domingo, 18 de septiembre de 2016

La trahison des clercs



LA TRAICIÓN DE LOS CLÉRIGOS
Víctor Meseguer. Educador  
@victormexeguer
La Verdad, 15 de septiembre de 2016
El profesor Antonio Garrido Rubia me llamó para invitarme a impartir una conferencia sobre los retos del sistema político español. ¿Dónde estamos y hacia dónde vamos? Un debate en cuatro actos inspirados en la profecía que Julien Benda nos adelantó en su obra “La trahison des clercs”.   
1.       Crisis económica y desempleo. La crisis de poder de los partidos y de los sindicatos ejemplifica cómo el papel preponderante que la norma daba a estas “instituciones” en la Constitución de 1978 está en tela de juicio. Vivimos en un mundo “sin intermediarios” o en el que se nos vende por los poderes fácticos la ilusión de que ya no son necesarios, cuando justamente en un mundo sobrecargado de información y demandas cada vez más son necesarios mediadores expertos y en los que poder delegar. Si la delegación no es posible es porque hay desconfianza respecto al real poder de los partidos y sindicatos, o estos no son capaces de “conectar” con las demandas de nuevo empoderamiento de los ciudadanos; unos ciudadanos muy conscientes de su rol de clientes y consumidores. Por tanto, hay demanda de “intermediarios” pero, o bien no se ajusta a la oferta (lo que aún ofrecen organizaciones que piensan con parámetros analógicos del siglo XX), o bien los intermediarios han abdicado de ofrecer soluciones y se contentan con que sus estructuras burocráticas y clientelares persistan: “Que me quiten lo bailao…”.
2.       Corrupción y crisis de las instituciones.  La crisis de las instituciones y la corrupción es, antes que nada, una crisis moral y ética en el sentido de “crisis de valores”. Sí, cuando todo vale, nada vale. Cuando no se es consciente del valor de las instituciones creadas desde la Ilustración para defender los derechos sociales e individuales, no se derramará ninguna lágrima por ellas cuando desaparezcan. Posiblemente haya un “cui prodest” (¿Quién se beneficia?) de la desafección con las instituciones. Y esos beneficiarios, y por tanto inductores de desafección, son todos aquellos que consiguen ventajas de que las personas vivan como individuos-isla, temerosos de los demás. Curiosamente, en un mundo donde la “lucha de clases” se vende que ha desaparecido, son las élites sociales y económicas (desde profesores de universidad a miembros de colegios profesionales oligopolistas, “hijos de…”) los más conscientes de su clase, los que más luchan para enmascarar su poder, para que tengamos la ilusión que las redes digitales hacen más democrática las relaciones sociales (sin necesidad de instituciones e intermediarios “físicos”). Luchar contra la corrupción y la desafección implica desenmascarar los verdaderos entramados de relaciones sociales que existen entre los hijos, nietos, sobrinos y demás de las élites, (¿o nos hemos olvidado cómo se coopta a los amigos de pupitre del colegio para presidir compañías telefónicas privatizadas?).
3. Crisis territorial: la amenaza independentista. Los territorios no tienen crisis; tienen crisis, perciben momentos críticos, buscan oportunidades… las personas. La amenaza independentista no existe: en realidad concurre  la oportunidad para unos (percibida como crítica para otros) de ganar más poder y así conseguir que su vida tenga más sentido (el sentido ilusorio que da el “tener una identidad”, que es el mismo que “tener una personalidad”). Si ello es así, la cuestión de la que estamos hablando con el independentismo se reduce a una mera lucha de poder. Las luchas de poder se solucionan si, o bien alguien gana (negociación por posiciones, y ello implica que alguien pierde), o bien ambas partes se ponen de acuerdo respecto a cuáles son los intereses comunes que merece la pena preservar en su (nueva) relación. Y para estas negociaciones de principios nos faltan representantes capaces, delegados de la “soberanía popular”, (sea el pueblo lo que sea). Ahora bien, ¿dónde están?, ¿alguien los ve, les reconoce por la calle? La crisis territorial es una crisis de representación, o sea, nos faltan intermediarios sensatos y que cumplan su papel.
4.       Cambio en el sistema de partidos y bloqueo político. El sistema de partidos ya ha cambiado. Pero ese cambio no supone una desafección política; al contrario, la participación electoral aumentó cuando hubo percepción de que los intermediarios podían ser verdaderamente legítimos representantes de los intereses de los representados. Ahora bien, el bloqueo político y unas terceras elecciones no van a cambiar la tozuda realidad: la sociedad se ha fragmentado porque también se han fragmentado los intereses de los electores. El problema es que vivimos en un mundo, en un país, donde el verdadero estadista aún no ha acabado de asumir que su rol es el de integrar en un mínimo común denominador intereses contrapuestos de personas que –mal que nos pese- no podemos abandonar en esta balsa de piedra a la deriva, la balsa del relato de Saramago.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

VICTOR MESEGUER DOTRAFORMA

TABLON DE ANUNCIOS

Sin noticias