viernes, 5 de agosto de 2016

CREMATORIO



CREMATORIO
Víctor Meseguer. Educador
La Verdad, 4 de agosto de 2016
Las lecciones que sobre “La banalidad del mal” acreditó Hannah Arendt, filósofa y alumna de Heidegger, mantienen hoy toda su vigencia y dimensión jurídica, al referirse a la ausencia de deliberación e intencionalidad y, consiguientemente, de sentimiento culpa. Obviamente, la ausencia de sentimiento de culpa no puede eximir la responsabilidad penal. 
Una teoría que encuentra paralelismos con la actual crisis: el mal puede ser obra de personas corrientes, que son incapaces de desarrollar un pensamiento crítico frente a la realidad de las cosas y que actúan contrariamente a la Ética, sin ningún tipo de remordimiento, porque esas conductas están normalizadas en la sociedad donde viven.  
Tomando como base los argumentos planteados por José Antonio Zarzalejos en su artículo "La banalidad de la corrupción", publicado en el diario La Vanguardia, se podría afirmar que las ignominiosas consecuencias sociales de la crisis financiera (de un lado, pérdida de empleos, desahucios, suicidios económicos, etc. y, del otro, amnistías fiscales, corrupción público-privada) han hecho de la amoralidad una práctica banal. Lo mismo se podría afirmar de la sucesión de conductas delictuosas de nuestra clase política. Un proceso donde el “mal” se diluye en las circunstancias ambientales, provocando que conductas reprobables sean vistas como normalizadas. Siguiendo la misma lógica, cuando los delitos de los políticos corruptos quedan impunes, también se banaliza el contenido ilegal de los mismos en la medida que se les desposee de valor moral. Un hilo argumental que el citado autor trata con más profundidad y aplica a la realidad socio-política de España en su obra “Mañana será tarde: un diagnóstico valiente de un país imputado”.
La impasividad casi generalizada de la sociedad ante la concurrencia de prácticas perversas de corrupción política y económica apunta hacia la socialización de la culpa, en una pluralidad de sujetos cómplices y necesarios para el mantenimiento del sistema: ya sea con sus votos o con su mirada hacia otro lado. En eso reside el carácter banal del mal, en que no es exclusivo de los monstruos sino de corruptos corrientes y molientes.
Stanley Milgram comprobó a través de un experimento científico que personas de la calle, sometidas a la influencia de la autoridad, son capaces de producir daños severos a personas inocentes por el simple hecho de responder acomodaticiamente a lo que el poder espera de ellos.
Una década más tarde se llevó a cabo otro experimento destinado a ser uno de los más famosos de la historia de la psicología: El Stanford Prison Experiment, cuyo artífice fue Philip Zimbardo. Como en el caso del experimento de Milgram, Zimbardo quería probar de qué manera los individuos cambian sus patrones de conducta en ciertas circunstancias: si colocamos a gente buena en un lugar malo, ¿la persona triunfa o acaba siendo corrompida por el contexto?, ¿de qué manera cambiamos nuestro patrón de conducta individual cuando actuamos dentro de un colectivo? ¿A dónde nos lleva la necesidad de adaptarnos al medio? La respuesta a la que llegó Zimbardo se encuentra en el título de su libro "El efecto Lucifer", que sanciona la complicidad y acomodo de las mayorías silenciosas que convierten lo delictuoso en aceptable.
Se trata de la ruptura del contrato social y de la vuelta a una guerra de todos contra todos –homo homini lupus–, el regreso a un estado prístino de inseguridad y brutalidad, derivado de la naturaleza egoísta del ser humano y sus motivaciones para la supervivencia y el placer, tal y como lo describió Hobbes en su Leviatán. Y por último, también habría que tomar razón de  los postulados de Marx, cuando explicaba que la base económica –infraestructura– determina o “construye” el complejo de instituciones y acuerdos culturales –superestructura–; de ahí que considerara que las instituciones legales son instrumentos del Estado y, en este sentido, entiende que la función última del Estado será la protección –a través de distintos mecanismos de violencia y coacción– de la clase económica dominante.
El último ejemplo de este recorrido dialéctico lo podemos encontrar en el deleznable robo del ordenador del fiscal anticorrupción (Novo Cartago, Umbra, uso indebido de los fondos destinados a obras del AVE…) así como el interés de los sicarios en dejar patente que no se trataba de un delito contra la propiedad (los rateros no se llevaron ningún otro objeto de valor), sino contra la seguridad e intimidad del Fiscal, lo que constituye un paso cualitativo de la mafia.
Los ciudadanos somos cómplices de lo que permitimos, nuestro silencio e inacción nos delata. Nos hace culpables.

1 comentario:

  1. Buscaba un blog sobre Crematorios para ver los servicios prestados y precios. Pero he venido aquí a su blog y la verdad que me ha gustado ya que tiene información interesante.

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