sábado, 7 de mayo de 2016

A mi madre...



LA COCINA DE LA JUANCHINA
Víctor Meseguer
La Verdad, 7 de mayo de 2016
Vicepresidente de la Academia de Gastronomía de la Región de Murcia
Arroz con leche, ¡qué bueno que está! pasan las cabras y no me dan… Al salir de la escuela parroquial, todos los días sacaba a pastorear a mis tres cabras. Al regresar a casa, visitaba el gallinero y recogía los huevos que habían puesto las gallinas e investigaba nuevos nidos en el huerto, para evitar que las muy tontas se pusieran cluecas (ya saben, les sube la temperatura corporal, dejan de poner y se asientan a empollar como si no hubiera mañana) ¡Qué tiempos tan felices!  
A mi madre se le ocurrían muchas cosas para cocinar aquellos manjares. Por las mañanas, sopas de pan duro con leche caliente (a la que yo le retiraba la fina tela de nata que criaba) y café de malta; en San José, buñuelos; el día de Todos los Santos, gachas con arrope… Y muchas delicias más: paparajotes, flanes de huevo al baño maría, pastel de manzana, etc. Mi debilidad era el bizcocho que hacía en la olla horno, que tras bañarlo toda una noche en agua de almíbar embadurnaba con crema pastelera por dentro y chocolate por fuera.  Lo guardaba en el trinchante y yo me levantaba por las noches para darle una vuelta.  También usábamos la leche como ingrediente base para el remedio de las fiebres. La receta era muy simple: un tazón de leche, con un par de yemas de huevo, azúcar al gusto y un buen chorro de brandy Soberano ¡Es cosa de hombres! Será por eso que mi padre se lo tomaba, aunque no tuviera calentura.
Pero el postre estrella para mis hermanos (Pepito y Jesusín) era el arroz con leche. Mi madre lo preparaba en la cocina de butano que había sobre el poyo de la hornilla. Primero ponía la cazuela al fuego, echaba el arroz y lo cubría con agua para que –según me decía- se hinchará antes de agregarle la leche. Después echaba la leche, un trozo de corteza de limón, una ramita de canela y esencia de vainilla y lo removía con un cucharón de madera para ayudar al arroz a soltar el almidón.  A continuación, añadía un poco más de leche y el azúcar, hasta que ella consideraba que estaba hecho.
La leche, los huevos, la matanza, pollos y gallinas constituían la fuente proteínica de la familia. Muy de tarde en tarde, los domingos y otras fiestas de guardar, entraban otras carnes en la fresquera.  ¡Qué maravillosos tiempos aquellos!

2 comentarios:

  1. En mi casa además estaban los conejos, que no podían faltar para el arroz de los domingos.

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VICTOR MESEGUER DOTRAFORMA

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