sábado, 5 de marzo de 2016

LA DIETA DE LA BELLOTA



LA DIETA DE LA BELLOTA
Víctor Meseguer. Vicepresidente de la Academia de Gastronomía
La Verdad, 5 de marzo de 2016

Mi padre pasaba largos y asfixiantes días de sol encorvado sacando tierra de la tierra. Él nunca pensó que podía tratarse de un remedio para el cuerpo y para el alma, aunque todos en la familia sabíamos que el vínculo que tenía con la tierra era lo más parecido al vínculo con Dios. Se trataba de una conexión sobrenatural con la naturaleza.
 De él aprendí que la belleza de la vida se encuentra en las cosas sencillas y simples. Su pasión era levantarse muy temprano, sobre las 6 de la mañana, todos los días y salir a la huerta con el “Pequeño Bartolo” y el “Juanchin” a trabajar; él era uno más, ellos no eran compañeros de trabajo sino amigos.
Cada día y a un ritmo pendular bajaban las azadas al unísono, como si se tratara de la representación de una gran ópera. De sus ojos entrecerrados por los rayos de sol emanaba el sudor más limpio que nunca antes la piel ofreció, ese sudor que a la vez lavaba sus camisas y sucios pantalones de trabajo. A primera hora de la mañana sacaban los almuerzos (mi padre tenía devoción por la sémola de harina con tropezones) y sentados en un margen de la tierra contaban sus historias, sus logros y también sus fracasos, nunca nadie les tuvo que decir ¡En pie! con una exactitud extraordinaria se levantaban todos a seguir con la faena. Solo paraba para comer (su plato preferido era el mondongo).
 Mi padre trabajaba de sol a sol en contacto con la vida más pura, su mente solo se dirigía a terminar el día de faena, nada de entresijos mentales, nada de competiciones malsanas, en absoluto mentiras ni actos perversos, él creía en las personas honestas y confiaba en ellas.
Sin haber estudiado ética ni moral fue la persona que mejor me enseñó valores como la integridad y la honradez.  Para Jesús -mi padre- el trabajo, la vida familiar y la felicidad iban de la mano. Hace unos días, en una revisión médica, un reputado doctor me dijo que me faltaba el 50% de la dieta mediterránea: la de la bellota. Me prescribió una azada marca “La Bellota”. El bancal quedó a mi cargo. De repente, un millar de recuerdos vinieron a mi mente… La bellota es resistente al desgaste y a la rotura del espíritu… Me brinda la oportunidad de reencontrarme con la tierra y, después, con mi amado padre.  

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