viernes, 5 de febrero de 2016

Prestige


La RSC desde una ecología del hombre
VÍCTOR MESEGUER
La Verdad, 4 de febrero de 2016
77.000 toneladas de fueloil residual pesado y muy tóxico, contaminando al menos 2.500 Km de costas españolas, portuguesas y francesas. El pasado 14 de enero, la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo condenó a Apostolos Mangouras, capitán del Prestige, a dos años de cárcel por un delito medioambiental. Según Greenpeace, los verdaderos responsables de la catástrofe no estaban ni siquiera imputados (perdón, ni investigados ni encausados).
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En un proceso desencadenado principalmente por la actividad humana, las especies están desapareciendo a una velocidad que multiplica entre 100 y 1.000 el ritmo natural. Según la FAO, el 60 % de los ecosistemas mundiales están degradados o se utilizan de manera insostenible; el 75 % de las poblaciones de peces están sobreexplotadas o significativamente agotadas, y desde 1990 se ha perdido el 75 % de la diversidad genética de los cultivos mundiales.
Un panorama desalentador si se tiene en cuenta que cada año se talan, aproximadamente, 13 millones de hectáreas de selva tropical y el 20 % del arrecife de coral mundial ha desaparecido, mientras que el 95 % correrá peligro de desaparición o daño extremo en 2050 si no se consigue frenar el cambio climático.
Líneas de actuación como la marcada por la teoría del desarrollo sostenible, la evitación de la pérdida neta de biodiversidad, la lucha contra el calentamiento global o la utilización racional de los recursos han logrado traducir los planteamientos científicos en nuevas políticas públicas ambientales que han logrado ralentizar el ritmo de destrucción del Planeta, pero no detenerlo.
Sin embargo, estas evidencias científicas que han fundado la respuesta normativa y el posicionamiento de la RSC clásica respecto de la problemática ambiental y social se han demostrado insuficientes para frenar la degradación de la naturaleza y sus criaturas.
Quizás, el problema sea que todo el mundo habla de Responsabilidad Social Corporativa, hasta los más irresponsables (organizaciones que viven al margen de la Ley, que chapotean en los barros de la corrupción, etc.)  No todo es RSC, y si lo fuera, deberíamos apostar por una nueva RSC de base humana y no mercantil, que entronque no con el discurso de la publicidad engañosa sino con la centralidad del hombre. 
Podemos entender centralidad como el intento de colocar al hombre por encima de todas las cosas. Pero, ¿a qué aspectos del hombre dar prioridad?, ¿a su afán acumulativo, a su egoísmo o soberbia, a querer estar por encima de todo y de todos?, ¿o nos quedamos con sus cualidades, con la solidaridad, la fraternidad, el amor y respeto a todos los seres de la Creación? Dependiendo cómo definamos al hombre, así definiremos su lugar dentro del mundo.
Una definición de hombre debe de considerar la dimensión espiritual y trascendental que tienen todas sus acciones. Una dimensión espiritual en la que tenemos que partir de lo dicho por Benedicto XVI en 2012: “Cuando Dios pierde su centralidad, el hombre pierde su justo lugar”. El hombre necesita trascender y trascenderse para llegar a ser él mismo.
Por ello, la centralidad del hombre en el mundo sólo es posible si -en todas las acciones de su vida- se concentra en aquello que le hace ser verdaderamente humano. Y lo humano, para nosotros, implica que todas las acciones que se hacen para un mundo más sostenible, ecológico, solidario, igualitario y libre se hagan desde el sentido. La perspectiva del PARA QUÉ se hacen las cosas hace al hombre HOMBRE.
Es la unión de lo Trascendente y lo más trascendental y contingente de lo humano lo que permite a las personas y organizaciones nacer, crecer, desarrollarse y evolucionar hacia formas superiores de existencia y conciencia.
Cuando hablamos de organizaciones sostenibles estamos hablando de organizaciones CON SENTIDO, en las que su misión, visión, estrategias, planes, programas y procedimientos están definidos no sólo desde la mera búsqueda de la eficiencia y productividad, también desde la satisfacción de las necesidades y expectativas de las personas. Empresas con alma. Empresas sociales. Porque las empresas o son sociales o no son empresas. A la crisis me remito.  
De ahí que desde los más diversos ámbitos se estén buscando alternativas que permitan construir nuevas respuestas a la crisis ecológica y humana que no tengan su cimiento único en el positivismo, sino en la dignidad de la persona; o dicho de otra manera: en una ecología del hombre que atienda a los valores culturales, espirituales y religiosos de la naturaleza como herramientas para su gestión y conservación.
La valoración de los servicios ecosistémicos y la internalización de los costes ambientales y sociales apuntan hacia un nuevo modelo productivo en el que la resiliencia de las organizaciones será puesta a prueba y en cuya superación jugarán un papel esencial tanto los valores culturales como muy especialmente los éticos, espirituales y religiosos, únicos capaces de dotar de sentido a la importante renuncia material individual imprescindible para la supervivencia colectiva del Planeta.

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