sábado, 23 de enero de 2016

Podemos... , pero no queremos



PODEMOS
(PERO NO QUEREMOS)

Diario “La Verdad”, 21 de enero de 2016

Tomás Valdés y Víctor Meseguer
Ciudadanos de izquierdas y residentes en España

En los días últimos del Mayo del 68 francés, en esas jornadas de calma chicha entre la algarada juvenil universitaria que buscaba utopías debajo de los adoquines y el arreón final de la Confederación General del Trabajo, con la convocatoria de la mayor huelga general de la historia de Francia, apareció pintada en la fachada de un viejo caserón de un barrio elegante de París una frase que, en nuestra opinión, constituye un tratado de filosofía política. Decía: “… para algunos, el mayor atractivo que tiene la revolución es que es imposible”.

Ernesto Sábato mantenía que la izquierda europea era más bien de revoluciones fracasadas y, a poder ser, en América Latina. Tal vez por eso, la gauche divine europea se trabaja más las revoluciones imposibles aquí, en casa. Y quizá por eso, el partido más votado por la clase obrera en España sea el Partido Popular, mientras que a las izquierdas les vota, preferentemente, el personal cultivado de las grandes ciudades.

Las revoluciones imposibles han dado mucho juego en nuestro país a una parte esencial de nuestra tradición revolucionaria pequeño burguesa, amantes ellos de la modernidad líquida y toda suerte de pulsiones utópicas. Y mucho empleo, sin responsabilidades. Uno puede llegar a estar en un cargo electo toda la vida, anunciando la verdad revelada y sin hacer nada de lo que dice que hay que hacer, y explicándole a los buenos izquierdistas, que hay que estar en un ay permanentemente, llenos de melancolía por lo que hubiéramos podido ser y no somos: por las ballenas, por los ecosistemas, por el lenguaje no sexista, por la manera de vestir de las clases pudientes, por los carril bici, por la tolerancia total y, en general, por toda suerte de divergencias que tiene la gente normal con los estereotipos que impone el Libro de Formas del Buen Izquierdista. Y esperando toda la vida, como novio de barrio que calla y aguarda, un buen gobierno que transforme la realidad de arriba abajo, mientras gobierna la derecha.

No les pedimos a los políticos de las nuevas izquierdas (ni de las viejas) que transformen la sociedad. Para eso nos bastamos solos y solas los que nos levantamos cada día con la idea de conseguir los recursos necesarios para vivir. Ni siquiera que tengan estudios, según esta nueva idea de la política/gestión. Únicamente les pedimos que hayan vivido, amado y trabajado antes, que tengan una idea que les lleve a la política y que se dejen el pellejo para hacerla realidad, convocándonos a un reto colectivo en libertad.

Les pedimos que nos propongan revoluciones posibles y deseables por todos: la reconstrucción de la industria nacional, la transformación del sistema educativo, la racionalización de la Universidad pública, la fiscalidad progresiva real, la modificación de la Ley Electoral, una agricultura viable que agregue valor a través de transformaciones industriales en zonas de cultivo, la garantía de independencia del Poder Judicial, medios de comunicación públicos e independientes, la reforma de la Administración y del Estatuto de la Función Pública o el desarrollo de una economía del conocimiento generadora de empleos decentes y proyectos de vida dignos. El interés general siempre se enfrenta a algún interés corporativo. Habrá que trabajar para juntar gente, despertar de algunos sueños y no resultar simpático a algunos. Incluso a los nuestros (sean los que sean los nuestros).

En los últimos meses hemos vuelto a mirar a la cara a algunos símbolos de la izquierda pretérita, que creímos convenientemente arrumbados por el tiempo. Ha vuelto a sonar ‘La Estaca’ de Llach y el ‘A Galopar’ de Alberti en la voz de Paco Ibáñez, se ha vuelto a poner en el escenario político la idea de la Unidad Popular, la idea de la Federación Ibérica de Pueblos o una cierta escenografía de la política/ficción al más puro estilo de la demagogia Lerrouxista.

Tal vez sea posible que quienes siempre representaron en España las aspiraciones de igualdad y vida digna para todos lleven años desaparecidos para el interés general. Puede que algunos aprendices de brujo, comunicólogos o telepredicadores (mayoritariamente miembros de la pequeña burguesía funcionarial y docente, así como destacados activistas del oenegismo ilustrado) aspiren a representar a las clases trabajadoras, a los inmigrantes, a los parados, a aquellos que trabajan, pero no llegan a fin de mes, a la legión de pobres que ha dejado como una estela de infamia la crisis financiera. Y tal vez nos convoquen a nuevas elecciones en las que dejen caer subliminalmente: “Somos la izquierda de verdad”. Y entonces, habrá que decirles, “PODEMOS…, pero no queremos”. Pues eso.

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