viernes, 2 de octubre de 2015

A LOS (EX)PAÑOLES

A LOS (EX)PAÑOLES
"La il·lusió pot amb tot"
Víctor Meseguer.


Mi amiga Lucía (no se llama así pero es conveniente preservar su anonimato) me dice que la diversidad es un tema difícil de trabajar y fácil de predicar. Ella lo ha vivido en sus propias carnes, abiertas a golpe de irrespeto. La diversidad no es solo promocionar la diferencia en todos los espacios profesionales. La diversidad supone un cambio en las estructuras sociales y del pensamiento. Un cambio que nos facilite relacionarnos todos con todos. La diversidad que ella defiende es aquella que no solo se limita a favorecer la inserción sociolaboral de las personas homosexuales (gais, lesbianas y transexuales), de las personas de otras nacionalidades, de las personas con movilidad reducida… Me cuenta que se trata de poder mostrarnos al otro sin miedo a no ser aceptado, no ser obligado a encajar en unos parámetros donde una buena parte de la población no conseguimos entrar. La normalidad socialmente constituida.  
Pero la normalidad no parece ir de la mano de la creatividad o la innovación. La sociedad exige nuevos talentos, pero demasiados empresarios contratan gente normal, aquella que se ajusta a las normas.
Lo normal, para mi gusto, es un concepto poco definitorio, estrecho de miras y brutalmente hostil.  Podríamos llamarlo lo mismo, lo mediocre, lo que no despunta ni por arriba ni por abajo, aquello que sigue el camino marcado, lo convencional… un robot preparado para funcionar en cualquier circunstancia, que no rechiste, que no se queje, que no hable excepto si tú se lo pides. Ese es el modelo deseado, no des tu opinión salvo si te la piden, y cuando te la pidan saca toda la imaginación que mataste durante este tiempo. Me duele enormemente afirmar que aquellos que defienden y trabajan la diversidad (lobbies feministas, oenegés, etc.) también buscan en muchas ocasiones patrones calcados, clónicos e invariables… La diferencia es el primer paso de la exclusión. El otro, el que no es como yo; sin embargo difícilmente podremos empatizar con una persona cuya identidad rechazamos o queremos cambiar. La diferencia no solo debe ser respeto sino también admiración, porque esa persona ha sobrevivido en el duro camino de la homogeneidad.
Como decíamos ayer...La gestión en positivo de la diversidad se debe basar en el reconocimiento desde el respecto, el diálogo, el afecto y el consenso. "Es exactamente lo mismo que cabe predicar respecto a la diversidad territorial en España",  comentaba un catalán de España.
Yo admiro a los catalanes  y  no reconozco a España sin su aportación a la diversidad del Estado español. Por eso me  apena  la campaña  de Junts pel Sí, su ceremonia de la confusión, su abuso de la identificación con el conjunto de Catalunya, una Catalunya mucho más diversa y plural, como demuestran los resultados electorales; el juego de trileros del president de la Generalitat Artur Mas, auto erigido –a buenas horas- en defensor de los derechos sociales y del Estado del Bienestar, su “gran butifarra” –en lenguaje de la “reserva”- a quienes desde otras partes de España –con mayor o menor acierto- se han involucrado en la campaña catalana. La independencia es una opción legítima, negativa en mi opinión para la mayoría de catalanes y españoles, pero políticamente legítima. Me  entristece que muchos independentistas honestos, con quienes no coincido pero a quienes respeto,  hayan acompañado  y tapado a Artur Mas –en el cuarto puesto de la lista electoral- en su PARTICULAR y tramposo viaje a Ítaca. Del Gobierno español, y más concretamente de su presidente, también debemos hablar, España necesita urgentemente una nueva mayoría (a ser posible diversa), un nuevo gobierno y un nuevo presidente, capaz de ofrecer respuestas a una realidad impepinable: hoy el 47% de los catalanes han apoyado a partidos o coaliciones que llevan la independencia como primer punto de su programa. Necesitamos a un presidente capaz de renovar el pacto constitucional, de trabajar para construir un Estado mejor sobre la base de lo pactado y votado en el 78. Mejor no es una palabra vacía, el sistema político basado en la constitución del 78 y construido durante 37 años  ha contribuido al desarrollo democrático, social, cultural y económico de España. No obstante, particularmente en los últimos años, los ciudadanos han visto con claridad sus fallos, no solo en el modelo territorial, en el que hay –sin duda- cabida para mejoras.
Necesitamos al pueblo catalán, a la nación catalana formando parte de una España diversa, de una Europa diversa. No puedo imaginar a Cataluña separada de España, tenemos que ser capaces de seguir construyendo esa identidad múltiple que nos permita sentirnos catalanes, españoles y europeos a la vez ¿Por qué se empeñan en que tengamos que elegir?

Si los catalanes se van de España, habrá que cambiarle el nombre a este país porque habremos perdido una parte de la diversidad y creatividad que durante siglos ha  ido amasando este gran proyecto colectivo. Volvamos a empezar. No podemos seguir esperando porque el tiempo pasa más rápido cuando todo deja de ser nuevo: "La il·lusió pot amb tot" 

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