sábado, 8 de agosto de 2015

Nadie te está esperando
®Víctor Meseguer y Juan Antonio Segura.
Plataforma de Innovación Social de la UMU
La Verdad, 6 de agosto de 2015
                       
Andamos huidos del calor asfixiante de Murcia, que te estruja, te quita la fuerza y se bebe tu energía sin dejarte hacer nada. Nos fuimos a donde el verano huele al atractivo aroma de la  hierba recién  cortada. Ni siquiera hace falta regarla, sólo dejarla crecer.  De repente, nos vimos envueltos en una conversación sobre los personajes de «Nadie te está esperando», la última novela de nuestro común amigo Raúl Martínez Ibars, un parte de guerra de existencias entrelazadas por la fuerza del azar.
- [...] Nunca como en estos momentos se había sentido un paria de la vida. Ya no era un príncipe peul, ya no era un osado aventurero, ya no era un emigrante que tarde o temprano volvería a su pueblo rico y victorioso, sólo era un negro sin papeles en un país en crisis que hacía aguas por todas partes. La escoria de la escoria. Así se sentía cada día cuando salía a buscar trabajo y entraba en cualquier establecimiento que tuviera un cartel que anunciara que se necesitaba personal. A pesar de su lustroso curriculum […] Abdou siempre era rechazado por falta de papeles, por falta de experiencia, por falta de perfil… Por falta. No era siquiera el cero a la izquierda, sino el cero del cero a la izquierda. Nadie. Nada.
- Joder, Raúl, si me quedo en estas palabras me rompo.
- Sí, sentir que siempre te falta algo es un pozo peligroso que termina absorbiendo las más íntimas ilusiones y esperanzas del ser humano.
En la novela, Reme se enamora de Abdou. Nosotros también nos hemos enamorado. Y utilizamos el verbo enamorar para recoger esos sentimientos de comprensión hacia el otro, esa necesidad de protección y cuidado al semejante, ese amor desligado de interés.
Sí, nos hemos enamorado de sus historias, las de cuatro chicos negros: Abdou, Ibrahima, Pap y Babacar, a los que Raúl hace hablar con borbotones de palabras entrecruzadas, que brotan de sus propias vivencias y experiencias desgranadas, haciéndonos  llorar, reír, pensar o  indignarnos a un tiempo a los que hemos  tenido la oportunidad de navegar entre las páginas de sus vidas. Y de las vidas de los otros personajes que van entrando y saliendo de la novela. Especialmente de Reme, una mujer que emigró de Murcia a Barcelona y que, tras ser desahuciada, acaba conviviendo con los cuatro negros. Ella es un torbellino que llegó a nuestras vidas para removerlo todo. Reme es el prototipo de mujer mayor, poco instruida, como ella dice repetidamente, con sus grandes prejuicios, como casi todas las personas que le contaron las historias sólo de una parte… Una mujer racista que termina hallando su felicidad conviviendo en un piso de acogida con cuatro negros. ¡Pobre Reme! con la vergüenza que le daba al principio verse en esa situación y cómo termina yendo a todas las manifestaciones para impedir el cierre del asentamiento y luchar por los derechos de las personas inmigrantes. Entonces, en medio del artículo, Reme volvió a conmovernos:
« ¿Es que la gente no se da cuenta de que nos estamos peleando entre los pobres? Yo estoy mutriste la verdá. Ya han cerrao el asentamiento ese, y todo el mundo se queda en la calle sin trabajo, sin papeles y sin na […] y en vez de pelearnos con los políticos y los banqueros nos peleamos entre los pobres. ¿Pero sabéis qué es lo peor de ? Lo peor es que yo hubiera estao ahí si no estuviera viviendo en el piso con los cuatro negros, que ahora son tres porque a uno lo han expulsao. Porque también yo me lo creía, que los inmigrantes nos robaban y nos quitaban el trabajo y la salud y to erapa ellos. Pero a mí no han sido los inmigrantes los que me han quitao el piso, sino el banco. […] ¡Contra esos es contra los que hay que pelearse y no con unos pobres desgraciaos que no tienen dónde caerse muertos! ...»
Raúl mira y nos hace ver cada instante, cada aire, cada una de las vidas, tantas veces olvidadas, de inmigrantes que viven la dura realidad de los asentamientos y las infraviviendas; esas realidades superpuestas a nuestra propia vida que no queremos ver,  no queremos conocer.
Nos hace escuchar las palabras de tantos  y tantos inmigrantes que permanecerían en el anonimato de nuestras vidas si no fuera por el regalo de su novela, mostrándonos  hasta los susurros del silencio en cada expresión de sus calladas voces.

Entre sus páginas lloras, como las nubes sobre la esponjosa tierra. Amas, desde la ternura de la mirada de un niño. Andas, sobre cada paso de sus vidas en el olvido del tiempo. Ríes, como si fuera la última risa del viento...

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