jueves, 28 de mayo de 2015

El naufragio en el Mediterráneo es el naufragio del Proyecto europeo

El naufragio en el Mediterráneo es el naufragio del Proyecto europeo
Víctor Meseguer y Juan Antonio Segura
La Plataforma de Innovación Social (UMU)
La Verdad, 28 de mayo de 2015

Europa corre el riesgo de convertirse en una caricatura de sí misma. El naufragio en el Mediterráneo es también el naufragio de los intentos de configurar una verdadera política migratoria europea y puede ser un indicador de la pérdida de rumbo del proyecto de construcción de una Europa social, no sólo económica, que apueste desde los principios y los valores constituyentes por un desarrollo sostenible, inteligente e integrador, como se afirma en la Estrategia Europea 2020.
De nada parecen haber valido las imágenes de cientos de compatriotas arrastrados por las corrientes marinas hacia ninguna parte, porque el "seguro" de la patera no da para pruebas de ADN y tampoco para repatriar los cadáveres. De nada sirvieron los llantos de las madres que sólo querían saber si sus hijos estaban vivos o muertos. "Los accidentes de tráfico constituyen una de las principales causas de muerte en su país y ustedes no dejan de conducir", nos dijo mientras nosotros nos  preguntábamos por las causas y las consecuencias de tantas muertes anónimas en un mar de olvidos, en un mar de sueños truncados. Tragedias que debemos evitar, no con operaciones Tritón de protección de fronteras marítimas, sino con operaciones de salvamento en aguas internacionales, como Italia llevó a cabo en solitario con la operación Mare Nostrum.
Son miles las historias. En algunos casos les empuja el objetivo de trabajar para vivir: con derechos, sin discriminaciones, con respeto. En otros muchos, alejarse, huir de los conflictos bélicos en Siria, Libia o en el cuerno de África. Sólo eso quieren las miles de personas, de seres humanos  que -como Omar- llegaron de otros países, en donde el pasado ha muerto en manos del presente y el futuro simplemente ha dejado de ser un sueño para convertirse en una pesadilla cargada de miedos.
Si no contamos con vías terrestres de acceso legal a Europa, aunque sólo sea por simples motivos humanitarios, estaremos abocando a miles de personas a la aventura de jugarse la vida, lo único que tienen, por la vía marítima del Mediterráneo, en muchos casos trampa mortal, a esta Europa olvidada. Pero no interesa que eso sea así. El ser humano ilegalizado es más barato, más rentable, no sólo porque su necesidad le obligue a asumir condiciones inadmisibles, sino porque su desesperado esfuerzo deprecia el valor de la mano de obra. Además, no genera costes tangenciales: ni educación, ni sanidad, ni subsidios, ni gastos de jubilación. Pura rentabilidad que convierte el sudor en calderilla. Poco importa que ese círculo vicioso que conforman la desesperación – admisión de condiciones laborales impropias por parte de los inmigrantes– y la degradación de las condiciones laborales de los autóctonos, conlleve un cultivo peligrosísimo de racismo y violencia; al contrario, su tratamiento maniqueo y su represión conllevan más votos que la apuesta por la acogida humanitaria o por las políticas de integración y convivencia con los que ya están en nuestros barrios.
Es evidente que el ser humano no puede seguir jugando con unas reglas que imponen unos pocos. Devorándonos unos a otros en una esquizofrénica partida de parchís, sin darnos cuenta que el único beneficiario es el que nos cobra por utilizar el tablero.
Un tablero en el que la concentración del poder financiero es cada vez mayor, donde las desigualdades entre ricos y pobres siguen aumentando.  
¡Y vamos a más!... si antes no paramos esta locura de desequilibrios territoriales a nivel internacional entre países, pero también a nivel interior entre Comunidades Autónomas, entre ciudades, barrios y entre personas.
Tenemos que exigir políticas de cooperación y solidaridad con el tercer mundo, reforzamiento de la acogida humanitaria, un programa de reasentamiento en países europeos de refugiados que huyen de la guerra, un visado humanitario que abra las vías de acceso terrestres a Europa, una unificación de los criterios de acceso al estatuto de asilado y refugiado. A la vez que políticas de integración en Europa que apuesten por la convivencia, por el diálogo, por la gestión positiva de la diversidad, por la justicia. Y debemos hacerlo por puro egoísmo, si queréis.
Omar nos recuerda que mientras una parte del mundo, del planeta, se desangra en guerras, crisis humanitarias e injusticias sin fin, que llevan a miles de personas a desplazarse, a huir, la Unión Europea, sus estados y sus gobiernos, nuestros gobiernos, responden solamente con medidas de incremento de la seguridad y  de protección, de nuestra seguridad, dejando con ello que también muera nuestro proyecto colectivo de una Europa social. Porque, o nos salvamos juntos o no se salvará nadie.
Mientras Europa siga más preocupada de proteger sus fronteras que de proteger a las personas, a las relaciones entre países y personas y la convivencia en nuestras ciudades, el naufragio de cada barco será el hundimiento de los sueños colectivos, entre ellos, el de una Europa social basada en la solidaridad y en la justicia. Soñar es bueno.


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