domingo, 26 de abril de 2015

Tic, tac, tic, tac...

Tic, tac, tic, tac... ¿Empieza la cuenta atrás?
©Víctor Meseguer. La Verdad 23 de abril de 2015

Sentados en un banco cualquiera, de una estación cualquiera, observamos como desenganchan algunos vagones. No añoramos de donde venimos ni nos gusta donde vamos y, sin embargo, miramos impacientes el reloj.
Probablemente sea cierto que sólo existe una vía, que la estación que nos espera a todos sea la misma. En esa apurada certidumbre se conforma un discurso uniforme, plano, que pretende evidenciar que no existen –ya no existen- diferencias entre izquierdas y derechas, que las ideologías han muerto. De su aclamada muerte ha nacido un nuevo demiurgo que ordena nuestra existencia: objetivo, aséptico, exacto.
No se trata de que nos guste o no. El proselitismo de sus fieles no trata de convencernos de sus bondades, sino de su inevitabilidad. Como ineludibles serían sus designios, en los que, obviamente, perderían los mismos que han perdido con todos los dioses: los sin techo, sin trabajo, sin permisos; siempre los nada. Es la gran religión que pretende hacerse universal desde sus púlpitos, sus universidades, sus bancos, sin nadie que les haga frente, porque las ideologías han muerto, como si la nueva Eva ultraliberal, nacida de la costilla del capitalismo más agresivo no fuera sino eso, superchería ideológica de los mejor situados.
Si la historia universal, diría Borges, es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas, el futuro, probablemente, sea las diferentes respuestas que demos al cómo y al porqué. Esas, quizás, sean las únicas diferencias en la metáfora del viaje común de izquierdas y derechas... Las enormes diferencias.
La respuesta al cómo viajamos constituye el primer dogma de lo que pretende instaurarse como pensamiento único.
El que unos viajen en primera y otros hacinados en los vagones de cola es, según la tesis de ese pensamiento, consecuencia inevitable de que exista un solo tren y una sola vía.
El hedor, la falta de higiene, de futuro, de los últimos vagones nos predican, son ley natural, como lo son el lujo y las atenciones de quienes viajan junto al maquinista. Para preservar cualquier desviación, cuentan con sus leyes, sus cuentas bancarias, sus supervisores del buen orden. Si esa “ley natural” convierte en insufrible –inútil, improductivo, en su lenguaje- el respirar de los parias del último vagón, no pasa nada, únicamente exige una pequeña parada para desengancharlo en una estación sin nombre de un paisaje olvidado. Prosigue el viaje.
Pero su “cómo” no es nuestro “cómo”. Puede ser que el nuestro no tenga que ver con “leyes divinas o naturales”, pero sí vocación de constituirse en normas para los hombres.
Normas que faciliten más el arte de convivir que el de ponerse a la delantera. Hay vagones de cola y de cabecera, pero no admitimos que las diferencias entre quienes viajan en unos u otros vayan del todo a la nada; que porque la máquina ya no necesite carbón, haya que apear del tren a los fogoneros. Nuestros revisores no son leyes de inmigración ni desinversiones en educación que eviten la movilidad en el tren de la vida, son fiscalidad progresiva, sanidad universal y gratuita, cultura para todos. Son, en definitiva, facilitadores de la acomodación y la supervivencia de todos los viajeros.
Nuestro porqué tampoco tiene que ver con el de la derecha. No viajamos para llegar a una estación a la diestra de la señora  Merkel o a cualquier otra estación “fin de viaje” donde nos cambien nuestra vieja ilusión por otra que envejecerá también. Viajamos para mantener viva la utopía de que son más importantes los pasajeros que el tren. Que es más importante que viajemos todos a que lleguemos antes.
Y nos hemos cansado de vivir sus “cómos” y sus “porqués”. No son divinos, son la expresión más egoísta del ser humano hecha ideología conservadora de los que viajan en primera. La izquierda debe recuperar el protagonismo en el movimiento de las bielas de la historia. Para esperar tiempos mejores hay que trabajar hoy. Proponer, liderar el esfuerzo de los que, no añorando de dónde vienen ni gustándoles donde les llevan, miran impacientes el reloj. Desde la izquierda no nos conformamos con seguir calafateando la barca de la utopía, defendiendo logros ya conseguidos. Sin negar a nadie, uniendo nuestro esfuerzo al de otros, proclamamos nuestra vocación de trabajar desde nuestros “cómos” y nuestros “porqués”. Porque hoy más que nunca haría  falta un partido socialista si lo hubiera.


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