viernes, 13 de marzo de 2015

LA (T)RAMA

LA (T)RAMA
Víctor Meseguer.
La Verdad,  12 de marzo de 2015
Según explica Max Weber (1884), las tres dimensiones relacionadas con la estratificación son, la riqueza, el poder y el prestigio. De estas tres nos interesa analizar el poder, y no para explicar el concepto de estratificación social de España sino con la intención de exponer el uso de este poder como forma de control por parte del Gobierno del Estado y de las Comunidades Autónomas. En este caso nos interesa la relación entre poder y control para comprender cómo un Gobierno concreto desarrolla normas coercitivas para proteger lo público y, en su caso, anteponerlo a intereses privados. Las razones de todo lo contrario ya las conocemos sin salir de nuestra tierra:  
Relación causal entre lo público y lo privado. Esto se explica a partir de la existencia de un solapamiento de funciones; lo público y lo privado queda definido en el mismo ámbito de actuación de determinados sujetos implicados.
Clientelismo. Esta es una característica derivada de la anterior. Revela la existencia de relaciones de poder que podríamos decir que evolucionan desde un “caciquismo franquista” hasta lo que denominamos “clientelismo post-transición”. Prácticas que encuentran su razón de ser en lo que Durkheim (1886) apuntaba como coacción invisible. Este tipo de coacción posiciona y reproduce los grupos de poder y sus prácticas, cargando de ideología y aspectos simbólicos estos comportamientos. Se trata entonces de prácticas institucionalizadas, con una importante carga simbólica, que exigen la interiorización por parte de los individuos, así como el acatamiento de una serie de valores, normas y pautas de comportamiento.
Cultura de autoridad y poder. Como consecuencia de estas relaciones descritas, que explican la evolución de la interacción entre empresa y poderes públicos, podemos hablar de la existencia y reproducción de unas prácticas culturales propias de un tiempo y lugar determinados. Nos referimos a la práctica de unas pautas de poder y autoridad carismático-legales, en caso de querer utilizar la terminología weberiana. Se daría así la combinación entre fuertes personalidades operando en ámbitos locales fácilmente influenciables, y el despliegue de un aparato legislativo que permitiera la consolidación de estas relaciones de poder-aceptación. 
De este modo, se  puede colegir los siguientes aspectos como característicos de “cultura de poder y autoridad”:
1. Aunque su caldo de cultivo es el clan familiar y, en menor medida, en los lobbies políticos, económicos y sociales (en función de la capacidad relacional y la probidad moral de sus miembros), opera desde la lógica del individualismo, aunque tejiendo redes de favor-contraprestación.
2. La praxis de estas relaciones se fundamenta en un tipo de “intimidación intrínseca” en la que se aceptan y practican determinados roles.  
3. Se impone mediante la fuerza dominante, siendo una relación unidireccional de arriba hacia abajo.
En definitiva, se trata de una lucha de reconocimiento entre sujetos. Esta es la tesis defendida por Althusser (1984) en su idea de interpelación. Este pensador sostiene que un individuo, como ciudadano de un Estado moderno, estará inmerso en relaciones de reconocimiento en su coexistencia con otros sujetos. A partir de aquí, ser sujeto significa reconocer las interpelaciones que la ideología dirige hacía este individuo entendido como sujeto. Hay, por tanto, una interpelación que precede al sujeto; este es interpelado además de por la ideología, por las instituciones y el resto de individuos de la sociedad. En el caso que nos ocupa (que no sé cuál es), constatamos la existencia de una “ideología autóctona”, que explica la normalización de estas prácticas clientelares y de solapamiento del poder público y la empresa. En este caso, la lucha de reconocimiento descrita por Althusser no se ha producido de manera recíproca. El discurso por parte del poder político seguirá defendiendo la panacea del interés económico y social para todos frente a los privilegios para unos pocos.

Pero algo les empieza a ir mal. En la relación prevista entre poder-gobierno-ciudadanía parece que empiezan a desplegarse mecanismos de presión real por parte de estos últimos que quieren acabar con la (t)rama y más cosas: "Si vas segando la rama de un árbol al final cae la rama (...) caerán todas y habrá sido responsabilidad de todos los que han practicado este tipo de política", afirmó el ex molt Honorable Jordi Pujol en un claro aviso a caminantes.   

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