viernes, 19 de diciembre de 2014

¿Y QUIÉN VIGILA A LOS VIGILANTES?

¿Y QUIÉN VIGILA A LOS VIGILANTES?

Víctor Meseguer
laplataformasocial.org
UNIVERSIDAD DE MURCIA

¿Transparencia?  Si la transparencia es  una actitud publica que despierta confianza en los ciudadanos, el  mayor esfuerzo de transparencia que se podría hacer, por ejemplo, en Instituciones Penitenciarias, sería mejorar los recursos y dotaciones de los jueces de vigilancia penitenciaria porque la división de poderes es la única posibilidad de hacer transparente al Estado. 

No es fácil que la administración sea percibida positivamente por la ciudadanía. No bastan loables esfuerzos de transparencia que se agotan en el salario de sus dirigentes. Por ejemplo, en el caso de la administración penitenciaria, lo importante para algunos puede ser que su titular -Ángel Yuste- gane mucho más que Mariano Rajoy pero lo que realmente importa en clave de transparencia es por qué concedió el tercer grado penitenciario a Jaume Matas, en contra de los informes del equipo técnico del Centro Penitenciario de Segovia o que nos explique cómo piensa reeducar y reinsertar a este señor.

El juez que vigila apeló a que los fines de la pena no se agotan en la prevención especial (en alusión a la fácil reinserción del Sr. Matas), recodándonos -a cuento de la prevención general- que no tendría ningún efecto disuasorio una norma que no se ejecutara y esto generaría una sensación social de impunidad.

¿Y la reeducación? Para seguir avanzando, tiré de los papeles heredados de mi amigo. Según él, la duda sistemática que mantiene el ciudadano con respecto a la Administración, en general, se convierte en crítica metódica cuando nos referimos al sistema penitenciario. El problema de esa crítica metódica es que su perspectiva nace, fuertemente condicionada por los propios valores del ciudadano. El cristal con que se mira una misma realidad, transforma en asimétrica la, sin duda, justa crítica a la administración penitenciaria. Unos califican el sistema penitenciario como de injusto por convertirse en “hoteles de lujo” sufragados por “las personas honradas”, mientras  otros lo cuestionan por convertirse en un “submundo de degradación”. Es la “simplificación antagonista” la que conduce a los seres humanos a  tomar posturas excluyentes ante lo que desconoce: blanco o negro, buenos o malos, murcianos o inmigrantes…Es la misma simplificación que transforma al delincuente de “un monstruo a perseguir”, cuando comete un delito, de forma especial si aparece en los medios de comunicación, a una “víctima del sistema” a partir de que ingresa en prisión.
           
Es con esta persona, privada de libertad, con quien tenemos que trabajar, con quien la sociedad nos exige que cumplamos los objetivos de retención y custodia, y también y de forma especial los de reeducación y reinserción. Siendo los primeros conditio sine qua non  para los segundos, es sobre estos últimos sobre los que se centra el debate más interesante. Una de las preguntas más difíciles que me pueden hacer, es si creo en la reeducación y no porque no sepa qué responder, sino porque no sé qué es lo qué se me pregunta.

Si la pregunta va referida a la “modificación de la intención”, debemos plantearnos dos cuestiones primordiales:

En primer lugar, si es viable educar para la libertad desde la falta de libertad. A veces, como en el estudio de caso que nos ocupa, el destinatario de la pedagogía correccional dista mucho del sujeto tipo para la que parece haber sido diseñada: los robagallinas.  

En segundo lugar, si es legítimo. Hoy en día hay autores que cuestionan esta legitimidad, definiendo como un paternalismo anacrónico el intento de adoctrinar, de uniformar; máxime en una sociedad antagónica, estratificada, sumida en definitiva en tensiones cuya dialéctica no hay porqué resolver definitivamente. Por ejemplo, la Ley Mordaza convierte la heroica defensa que el cura Joaquín Sánchez hace de los desahuciados en un delito. ¿En el caso de que Joaquín fuera  condenado por proteger a quienes pierden sus casas, qué debería hacer la institución penitenciaria con él?, ¿prepararle para que cuando cumpliera la pena montara un banco o un despacho de prestamista o usurero?

Sin embargo, si la pregunta se refería a la “modificación de la capacidad”, me declaro como un ferviente partidario de trabajar para ella. Para muchas de las personas que ingresan en prisión, constituye una primera oportunidad. Todo esfuerzo que haga la sociedad en este sentido es poco, y no por solidaridad, ni mucho menos caridad, es desde mi punto de vista una inversión que denota “inteligencia social”

En este sentido la administración penitenciaria no se parece en nada a la que yo conocí cuando comencé a trabajar en prisiones. El esfuerzo realizado es mucho, aunque quedan también muchísimas cosas por hacer. Las cárceles constituyen hoy día una especie de pueblo, con servicios sanitarios, educativos, culturales, deportivos…con dos graves problemas: está prohibido salir del pueblo sin permiso, y encima no puede elegirse al alcalde. Eso si lo que nos une a los de dentro y a los de fuera es que la relación con el otro diferente es una relación de poder y necesitamos un juez que vigile. Pero ¿quién vigila a los vigilantes? 







 

domingo, 14 de diciembre de 2014

La Mamá

La Mamá
VICTOR MESEGUER. VICEPRESIDENTE DE LA ACADEMIA DE GASTRONOMIA DE LA REGIÓN DE MURCIA
PUBLICADO EN LA VERDAD EL SÁBADO 13 DE DICIEMBRE DE 2014.
Tenía nueve años y mi madre celebraba los fines de semana de todos los inviernos con torrijas para desayunar y cocido y albóndigas para comer. Era la cocinera por excelencia de la familia. La nena para todos (era la mayor de cinco hermanas). "Mama" para mí. Insaciable en sus quehaceres domésticos, nunca se quejaba de su posición. Al contrario, se encontraba cómoda en sus tareas. A mí y a mis hermanos nos gustaba pasearnos por la cocina para ver qué sucedía en esos fogones.
Ella resolvía todos nuestros males con alimentos cuidadosamente seleccionados. Si tenías náuseas, agua con limón; si se trataba de un mal en el estómago, pan tostado con aceite y zumo de piña; si era el hígado, mucho descanso y nada de grasa; si te quitaban las anginas, helado y si padecías de la garganta, un poco de miel y zumo de naranja. Así no era tan desagradable estar enfermo. Los cumpleaños los celebrábamos en el patio de casa y no en los parques estos de bolas o comida rápida. Un balón, unos bocadillos con un poco de todo y un pastel que preparaba ella.
Si algo permanece de todo esto es el cocido de los domingos. Debo parar de teclear para recordar el olor solo alcanzable un bendito día, el día del Señor «ese señor era mi padre».  
Había un ritual en todo este proceso. Entre semana y estando ya crecidos, nuestra madre nos iba llamando por teléfono para invitarnos a comer el domingo. El sábado ella amasaba todos los ingredientes: el picadillo, la salchicha, el pan, el huevo –dependiendo de la textura–, la sal, la pimienta, el perejil, los piñones… y la sangre. Creo que ya no venden sangre en las carnicerías. Veis como todo cambia… Antaño mi abuelo cortaba el cuello de la gallina mientras se llenaba el plato de sangre.  Ahora nos volvimos más delicados.  Más flojos, que diría mi padre. De los domingos, mejor que los encuentros en familia era propiamente la comida. El olor fino al atravesar la nariz y denso al bajar por la garganta. Las manos abordando la mesa: dame el agua, pásame el pan, yo quiero más cerveza, yo limón. La ensalada daba un color deslumbrante a la mesa. El pan era casero, exactamente de la panadera que lo traía en su furgoneta...Todos juntos, apretados. Como la última vez:  "Ya están aquí. Llegaron ya. A la llamada del amor..."


sábado, 6 de diciembre de 2014

...una historia de amor.

La política, una historia de amor
Victor Meseguer
UNIVERSIDAD DE MURCIA

Publicado en "La Verdad" el 4-12-2014
Verás, lo mío con la política fue una historia de amor. Nací en una familia humilde, lo que para entonces era igual a socialista. Mis padres me dejaban junto con mi hermana en casa de mi abuela cuando iban a ver los mítines de Felipe. Bueno, mi abuela vivía con nosotros, por lo que simplemente nos quedábamos en casa. Las familias antes eran así, tradicionales. Mi madre era ama de casa, una dulce madre que alimentaba a sus hijas con leche recién sacada de la vaca. Mi padre era agricultor, hasta la crisis del 92 en la que todo se vino abajo. Fue una de las primeras personas que pagaba en la tierra a los inmigrantes lo mismo que a los españoles. En la mesa siempre nos recordaba que él había formado parte de la Organización Revolucionaria de Trabajadores. Mi abuelo no votaba, porque para ir al centro había que coger el vehículo y él no tenía. El cacique del alcalde le decía que le llevaba, siempre que le «preparara él, el sobre». Un acto tan justo como democrático. De mi abuelo también recuerdo que cuando llovía, subía a la sierra a por serranas y que por las noches, él era quien preparaba la cena.
Como comprenderás, mi ideología no puede ser de derechas. Yo no pasé hambre porque a mi época no le tocó vivir esa realidad, pero no nadé en la abundancia. Ni tampoco he vivido nunca por encima de mis posibilidades. Vivo con mis padres. Tengo un hijo de tres años y un coche que está a punto de cumplir la mayoría de edad. Gracias a mi familia, me crié en unos valores sociales y humanos sólidos. Soy atea, pero recé por la liberación de Miguel Ángel Blanco. Recuerdo con indignación el atentado de Hipercor. En el 96 protesté por el asesinato del ex presidente del Tribunal Constitucional, Francisco Tomás y Valiente. También estuve por el Nunca Mais, en 2003 contra la guerra de Irak, en el Agua Para Todos, en 2011 por Democracia Real Ya y el último en el que me las vi, fue en el 15M...
Recuerdo un 29 de mayo en París, con un grupo de indignados franceses tomando la plaza de la Bastilla y formando una asamblea. Por la noche, fuimos desalojados violentamente por la Policía Nacional francesa, con gases lacrimógenos. No me considero dentro de la casta casposa, adoro el jazz, el cine de Truffaut y Jean-Luc Godard y llevar guantes de piel en invierno.
Sin embargo, aunque mi corazón sigue siendo socialista, ya no tiene ilusiones ni esperanzas. La política mutiló mis creencias sobre que «otro mundo es posible». Perdí mi fe en los políticos. Se comieron a dentelladas sangrientas mis sueños. Ahora no veo la televisión porque intoxica mi inocente mirada del mundo. Las cosas no sólo han cambiado, sino que lo han hecho a peor. De mi casa al colegio de mi hijo hay más centros privados que públicos, y a mi hijo como no da religión lo pasan dos cursos más durante esa hora para que no esté solo. ¡Maldita sea!, ¿qué hace mi hijo en una clase con compañeros que no conoce, dando una materia que no comprende?, ¿qué tal una clase de valores sociales, ética, empatía, etc.? Tampoco me importaría que fuera una clase de religión si la trabajaran desde un punto de vista antropológico y social. La mitad de mi familia se encuentra en la economía sumergida y la mitad de mis amigos en desempleo. Tengo un juicio por ningún motivo digno de destacar y mis posibilidades son: o un abogado de oficio, el cual no se preocupa por mi caso, o un abogado privado, el cual no puedo pagar. En este punto quiero recordar que la justicia es para todos, pero no todos podemos pagarla. Cuando se estableció el Estado del bienestar pensamos que ya estaba todo hecho, lo descuidamos y, en vez de seguir trabajando por él, acabamos por asesinarlo.
Mi historia es una historia de amor, aunque como ocurre con casi todas estas historias terminé por desenamorarme, acabé por ver a los políticos como eran y hoy me siento perdida, sin representación alguna. Si me preguntas a quién voy a votar, te respondería como una niña pequeña: No lo sé.
Nota: Lo aquí contado nos es más que una carta por correo electrónico que me envió María Beat. Ella nació en España el mismo año que Tejero golpeó a este país pistola en mano. Ahora, para dar un golpe no hacen falta pistolas..... Ahora, el amor ya no es eterno ni por siempre....Ya nada es igual.

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VICTOR MESEGUER DOTRAFORMA

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