viernes, 25 de abril de 2014

LAHBIB

LAHBIB
LA VERDAD 24-05-2014

Lahbib lucía la equipación del Real Madrid y  le pegaba patadas a una pelota hecha con  un calcetín relleno con las hojas de periódico y envuelto con bolsas de plástico. Hameti, su padre, nos había recogido en Tinduf. A bordo del 4X4 recorrimos la carretera y el camino que separan el aeropuerto de los campamentos de refugiados. Durante el trayecto, cada vez que se tropezaba con un conocido, se repetía la misma liturgia:  paraban en paralelo a la altura que coincidían las dos ventanillas de los conductores, se saludaban con mucha reparandoria y muchos gestos e iniciaban  largas series de preguntas sobre su salud, la de sus parientes, sus quehaceres confesables, etc.. Todo sucedía como si no corriera el tiempo.  La verdad es que no teníamos ninguna prisa. Por eso, al divisar las dunas, le pedimos a Hameti que las cabalgara con el destartalado Land Rover. Las rodeábamos hasta alcanzar su cresta y, una vez allí,  nos lanzábamos casi al vacio por sus pendientes mas verticales. Durante un largo rato, jugamos  en la arena como niños chicos.
Trece años después de nuestra visita a Tinduf, dos ex funcionarios de naciones unidas,  Van Walsum y Frank Ruddy, han remitido una carta al presidente francés, François Hollande, denunciando la violaciones sistemáticas de los derechos humanos perpetradas por los autoridades marroquís contra los saharauis. El autoproclamado Rey de los pobres, Mohamed VI, no se conforma con condenar a su pueblo al hambre de la ignorancia sino  que es investigado por  una sarta de  crímenes cometidos contra una nación sin estado ni Ley internacional que la proteja.  
Recuerdo que en todos los rincones de aquel lugar reinaba el rigor de la pobreza. Era la misma austeridad con la que vivían las cabras de los corrales que rodeaban el acuartelamiento. Los animales se alimentaban a base de cartón disuelto en agua. La dieta la complementaban a golpe de lametazos a un pedrusco de sal. Está claro que a nadie se puede negar la sal y el agua, o eso pensaba yo antes de conocer el futuro de Lahbib, del que ni siquiera él era consciente. Como decía Gabo  antes de emprender su último viaje a Macondo: “El día en que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo”. Descansa en paz, maestro de las oraciones cortas.
También en plena Semana Santa, el juez Ruz tomó la decisión de no archivar la investigación abierta contra autoridades marroquíes por delitos de genocidio y lesa humanidad. Una medida difícil tras la reciente Ley que, a petición del gobierno chino,  recorta el principio de Justicia Universal hasta hacerlo casi irreconocible. Por su lado, la fiscalía de la Audiencia Nacional viene defendiendo que «España de iure, aunque no de facto, sigue siendo la potencia administradora» y, consiguientemente, responsable del futuro de miles de Lahbib, aquel niño que nunca supo que él era uno de los  personajes de los cuentos de Kiriku: "A veces me canso de luchar y me siento pequeño y tengo un poco de miedo".
Otra vez volvieron a mis ojos aquellas imágenes de la visita a los campamentos de la diáspora saharaui. Tras la parada militar para celebrar el XXV Aniversario de no se sabe qué, encabezada por unos cuantos tanques robados al enemigo, el padre de Lahbib nos agasajó con el ritual de los tres tés: el primero, amargo como la vida; el segundo, dulce como el amor y, el tercero, suave como la muerte...Su mirada suturaba frustración, odio y rencor. No compartía los argumentos de la mayoría de sus compañeros del Frente Polisario porque conocía sus consecuencias: otra generación, la de Lahbib, también sería tragada por las dunas del desierto. El forzado silencio y la rabia -que solo es capaz de generar  la impotencia de un padre que abandona a su suerte a su propio hijo- le rompían por dentro. No obstante, lo más sorprendente para mi, era verle limpiar los vasos de té azucarado con su turbante negro y casi rígido. Como nosotros, también tienen problemas de agua. Y de sed.  Sed de justicia.
El último día celebramos un banquete de Estado. Al entrar al  improvisado comedor que se montó en la escuela, uno de los pocos edificios del lugar, sobre las mesas destacaban los camellos asados. Estaban enteros. Y duros. Cuando desistí de la tarea imposible de encontrar los cubiertos, Lahbib me enseño a arrancar los trozos de carne con mis propias manos. Nunca volví a saber de él hasta la semana pasada:  el portal de noticias RASD News, difundía una foto de un grupo de presos políticos de la cárcel marroquí de Ait Melul.  Entre los cuerpos amontonados, reconocí a Lahbib.   De repente, lo entendí todo:  él tendría suerte, la mala suerte, no se lo tragaría una duna porque había decidido ir a buscar la libertad en vez de esperarla.

Víctor Meseguer. Director de laplataformasocial.org


jueves, 10 de abril de 2014

800 palabras para Julia

800 palabras para Julia
La Verdad, 10 de abril del 2014

Llévame a bailar a un sitio cutre y sucio, donde podamos beber cerveza y hablar libremente de la muerte y el amor... He elegido esta frase para empezar porque creo que puede ser una buena entrada a la historia que hoy les quiero contar. Julia, la protagonista, es una  joven que intenta gestionar la separación de su pareja, con un hijo de por medio y a la que por NORMA le quieren cortar las alas.  Marisol es una amiga de siempre y abogada desde casi el mismo tiempo. Mi papel es el de amigo de ambas y trovador. El hilo conductor de la trama es la custodia compartida, a priori, una buena solución, una  buena salida, para quienes se la puedan permitir. Cada caso es un mundo y cada cual le da vueltas al suyo, con sus variables económicas, sociales, familiares, personales...etc. Además, ningún problema grave se puede corregir con tan solo una Ley. Por cierto, esta historia no tiene final, porque este no ha llegado y porque no nos gusta cualquier final: queremos uno feliz. La escena se desarrolla en una cervecería donde Julia nos contó su historia...
Tenía 27 años cuando me quedé embarazada. Nos recuerdo a los dos en el baño. Yo sentada en el W.C. sosteniendo el predictor, mientras lloraba y miraba los ojos de él que sonreía nervioso. Nos fundimos en un profundo abrazo y nos apretamos los huesos para traspasarnos serenidad. Teníamos tantas dudas como ilusiones. Recuerdo esa sensación de felicidad, complicidad y amor. En esos días el aire era más ligero y entraba rápido por mis pulmones, elevándome como si fuera papel. Enseguida él se coló en nuestras conversaciones nocturnas. Divagábamos sobre posibles nombres, le tocábamos la guitarra,  nos aventurábamos a adivinar cómo sería, a quién se parecería. Nueve meses después di a luz. Recuerdo las palabras de él: ¡Le veo su cabeza! ¡Ya le veo su cabeza!, ¡Empuja! ¡Es morenito, como tú querías! Y nació, entre gritos, sangre y sollozos. Dieciocho terribles horas del más punzante dolor físico. No podía dejar de llorar de romántica felicidad. Le miraba, tan pequeñito, y me decía en voz baja: es tuyo Julia, tuyo.
Hoy mi hijo tiene tres años y nos encontramos inmersos en un proceso judicial. La verdad es que no sé muy bien qué ha pasado. Dicen que uno olvida los recuerdos pero no las sensaciones asociadas a estos. Y yo solo recuerdo angustia, pesar y dolor. Me sentía abandonada. Recuerdo los domingos en el parque con mi pequeño mientras miraba al resto de familias y lloraba con disimulo, preguntándome por qué a mi. Cuando llegaba a casa él estaba allí inmerso en sus cosas. Me miraba sin verme. No parecía necesitarme, ni a mi ni a su hijo. Lloraba repetidamente en la cocina. En la misma en la que hacía unos años bailábamos mientras preparábamos la cena. Me viene a la memoria cuando me cogía la cintura y yo apoyaba mi cabeza en su hombro. Sin música, él tatareaba cualquier ritmo. Me daba unas vueltas y sonriendo me decía: suficiente, vamos a cenar. Ahora la cocina era un lugar frío. Un lugar de lamentos.
Ante la falta de alternativas, regresé al lugar del que había escapado unos cuantos años atrás. No buscaba calor, solo cobijo. Volví a  la educación restrictiva, a la disciplina férrea y a la violencia inútil (en términos pedagógicos no sirve para nada) de un mundo rural que se tragó mi infancia y mi adolescencia. Eran los mismos gritos,  pero ahora yo no estaba sola. Me acompañan mi hijo y su dignidad y también su autoestima.
Actualmente he encontrado una vía para comenzar de nuevo. Lejos, a mil kilómetros de todo y de todos. Yo lo llamo mi esperanza de felicidad. Pero no puedo materializarla, no puedo huir. Al enterarse de mi esperanza, el padre de mi hijo me pide la custodia compartida y yo no comprendo nada. ¿Dónde estabas estas navidades cuando salió de pastorcillo en la guardería? ¿Y cuándo le quité el pañal? ¿Por qué no quisiste estar con él el día del Padre? ¿Por qué no me contestabas cuando te llamaba para que tu hijo escuchara tu voz?
...no le alcanzaron las fuerzas para seguir. Su  cuerpo solo pedía un poco de paz.  También un agujero por el que poder escaparse y soñar un poquito. Nosotros se lo impedimos. La acorralamos con decisiones de jueces, normas y leyes. Entonces, su cara se oscureció de pena.  Pesaba tanto la tristeza del momento, que no nos dijimos nada. Bueno sí, le dijimos que contara con nosotros para atravesar el infierno que se levantaba en su horizonte. Ahora su mundo era el nuestro. Le daríamos vueltas, le haríamos girar. Porque recuerden, no nos vale cualquier final, solo admitimos un final feliz para Julia y su hijo. Se lo merecen.


VÍCTOR MESEGUER. DIRECTOR DE LAPLATAFORMASOCIAL.ORG

VICTOR MESEGUER DOTRAFORMA

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