viernes, 29 de agosto de 2014

ECONOMÍA SUMERGIDA

7.000 MILLONES OCULTOS
Diario “La Verdad" 28 de agosto de 2014

Hace mucho que sé que las vacaciones son algo mágico, que constituyen simplemente una tregua en ese penetrar a destajo en el tiempo, en el que vivimos empeñados hombres y mujeres.

El año tiene así once meses y treinta vueltas completas a nosotros mismos; tras ellas, ahí siguen las luces y sombras que dan matices a nuestras vidas. Algunas, oscuras, impertérritas, se imponen a la fuerza, ya estemos de pie o boca abajo, en ese punto que nos ubica en algún sitio, obligándonos a seguir respirando lo cotidiano, haciéndonos más viejos.

 

Surge detrás de la cerveza que tira un joven ya agotado, en el comentario del peluquero, en el sudor desesperanzado del joven que trincha pollos asados... la economía sumergida y sus aledaños continua ahí, y lo que es peor, mostrándose cada vez más descarada. La economía sumergida mantiene 7.000 millones ocultos en la Región de Murcia y el 26,3% de nuestro PIB permanece sin declarar al fisco, según datos de los técnicos de Hacienda.


Así, aunque la mayoría de los que han entrado en ese “oficio” lo haya hecho con la calculada opción de quienes, carentes de escrúpulos, conocen  los rápidos beneficios que proporciona el trabajar a la sombra de la desregulación total; pretenden además convencernos, sin pudor alguno, que precisan de tales prácticas para garantizar la supervivencia de sus “empresas”, que crean riqueza y, cómo no, empleo.
Es la gran falacia de un discurso que, como paradigma del pensamiento ultraliberal, intenta justificar su falta de ética en la resolución de una artificial dialéctica entre lo legal y lo posible, naturalmente a favor de su personal enriquecimiento.
La obviedad de que esas actividades empobrecen al país, que debe soportar su no-fiscalidad, impide un desarrollo económico normalizado; al tiempo que dificulta la creación de empleo real, tanto por la falta de oxígeno para inversiones estructurales como por la competencia desleal que supone para los empresarios –me niego a llamar empresarios a las sanguijuelas de la necesidad ajena-  y no parece desanimar el argumento de lo inmediato: para unos medrar fácilmente, para otros sobrevivir.
Se genera así una fuerza centrípeta que convierte la economía en un “agujero negro” que tiende a engullirnos a todos.
Uno de los elementos delatores del problema es que, en ocasiones, puede dar la sensación de que el mundo empresarial y las autoridades competentes han aprendido a convivir con esta lacra. Aunque sería injusto generalizar, lo que no podemos obviar es que entre los empresarios el panorama es variopinto: los hay que gustan de anidar en el fraude laboral y, consiguientemente, fiscal y social, creando una marca fronteriza ocupada por sumergidos venidos a más y desertores de la supuesta rigidez del mercado. También hay otros que, a la chita callando, sopan de sus beneficios; y, finalmente, están los que no participan de este zipi-zape y, si lo hacen, más que por su voluntad, es por la inevitable guerra de costes a la que nos somete la interrelación de la economía.
 Los gobernantes, como viven bajo la influencia del poder económico y empresarial, tienen una sensibilidad plural pero, en cualquier caso, en consonancia con sus musas.
Los trabajadores sobreviven a ese discurso, con el temor de que entre la luz en estas cloacas, dando al traste con la única forma de sustento a su alcance. Resignados por la necesidad, son incapaces de exigir los derechos más nimios y, mucho menos, plantear al patrón a qué riqueza se refiere: si a la propia e ilimitada, o a la social y compartida. Les da miedo mirar al futuro. El discurso ha sido eficaz hasta horadar en los intersticios de lo más personal: tienen prohibido soñar. Confían en un silencio que al menos mantenga lo poco que tienen, ya que ni eso se les garantiza.
 Muchos de estos chiringuitos florecen y se marchitan con la misma rapidez que un mal maquillaje, que al desmoronarse sólo cuartea los rostros de los que están en el extremo más débil de la cuerda, dejándolos en la calle y sin ningún tipo de garantía presente o futura.
La experiencia nos dice que por la vía de la denuncia y la presión sólo se consigue, en el mejor de los casos, que trasladen sus agujeros a otros lugares menos inhóspitos, abandonando en el camino a sus antiguos rehenes para someter a otros. Rentabilizan como nadie lo de la aldea global.
Es más que evidente que necesitamos nuevas herramientas que sumar a las que ya disponemos y, sobre todo, nuevos aliados para contrarrestar con eficiencia lo que constituye una losa, no sólo para los trabajadores, sino también para el desarrollo económico y social. Para empezar, debemos ser conscientes de que para incorporarnos a la alta velocidad previamente deberemos coger el tren de la dignidad y el crecimiento sostenible. De lo contrario, quedaremos en vía muerta.



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VICTOR MESEGUER DOTRAFORMA

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