jueves, 10 de abril de 2014

800 palabras para Julia

800 palabras para Julia
La Verdad, 10 de abril del 2014

Llévame a bailar a un sitio cutre y sucio, donde podamos beber cerveza y hablar libremente de la muerte y el amor... He elegido esta frase para empezar porque creo que puede ser una buena entrada a la historia que hoy les quiero contar. Julia, la protagonista, es una  joven que intenta gestionar la separación de su pareja, con un hijo de por medio y a la que por NORMA le quieren cortar las alas.  Marisol es una amiga de siempre y abogada desde casi el mismo tiempo. Mi papel es el de amigo de ambas y trovador. El hilo conductor de la trama es la custodia compartida, a priori, una buena solución, una  buena salida, para quienes se la puedan permitir. Cada caso es un mundo y cada cual le da vueltas al suyo, con sus variables económicas, sociales, familiares, personales...etc. Además, ningún problema grave se puede corregir con tan solo una Ley. Por cierto, esta historia no tiene final, porque este no ha llegado y porque no nos gusta cualquier final: queremos uno feliz. La escena se desarrolla en una cervecería donde Julia nos contó su historia...
Tenía 27 años cuando me quedé embarazada. Nos recuerdo a los dos en el baño. Yo sentada en el W.C. sosteniendo el predictor, mientras lloraba y miraba los ojos de él que sonreía nervioso. Nos fundimos en un profundo abrazo y nos apretamos los huesos para traspasarnos serenidad. Teníamos tantas dudas como ilusiones. Recuerdo esa sensación de felicidad, complicidad y amor. En esos días el aire era más ligero y entraba rápido por mis pulmones, elevándome como si fuera papel. Enseguida él se coló en nuestras conversaciones nocturnas. Divagábamos sobre posibles nombres, le tocábamos la guitarra,  nos aventurábamos a adivinar cómo sería, a quién se parecería. Nueve meses después di a luz. Recuerdo las palabras de él: ¡Le veo su cabeza! ¡Ya le veo su cabeza!, ¡Empuja! ¡Es morenito, como tú querías! Y nació, entre gritos, sangre y sollozos. Dieciocho terribles horas del más punzante dolor físico. No podía dejar de llorar de romántica felicidad. Le miraba, tan pequeñito, y me decía en voz baja: es tuyo Julia, tuyo.
Hoy mi hijo tiene tres años y nos encontramos inmersos en un proceso judicial. La verdad es que no sé muy bien qué ha pasado. Dicen que uno olvida los recuerdos pero no las sensaciones asociadas a estos. Y yo solo recuerdo angustia, pesar y dolor. Me sentía abandonada. Recuerdo los domingos en el parque con mi pequeño mientras miraba al resto de familias y lloraba con disimulo, preguntándome por qué a mi. Cuando llegaba a casa él estaba allí inmerso en sus cosas. Me miraba sin verme. No parecía necesitarme, ni a mi ni a su hijo. Lloraba repetidamente en la cocina. En la misma en la que hacía unos años bailábamos mientras preparábamos la cena. Me viene a la memoria cuando me cogía la cintura y yo apoyaba mi cabeza en su hombro. Sin música, él tatareaba cualquier ritmo. Me daba unas vueltas y sonriendo me decía: suficiente, vamos a cenar. Ahora la cocina era un lugar frío. Un lugar de lamentos.
Ante la falta de alternativas, regresé al lugar del que había escapado unos cuantos años atrás. No buscaba calor, solo cobijo. Volví a  la educación restrictiva, a la disciplina férrea y a la violencia inútil (en términos pedagógicos no sirve para nada) de un mundo rural que se tragó mi infancia y mi adolescencia. Eran los mismos gritos,  pero ahora yo no estaba sola. Me acompañan mi hijo y su dignidad y también su autoestima.
Actualmente he encontrado una vía para comenzar de nuevo. Lejos, a mil kilómetros de todo y de todos. Yo lo llamo mi esperanza de felicidad. Pero no puedo materializarla, no puedo huir. Al enterarse de mi esperanza, el padre de mi hijo me pide la custodia compartida y yo no comprendo nada. ¿Dónde estabas estas navidades cuando salió de pastorcillo en la guardería? ¿Y cuándo le quité el pañal? ¿Por qué no quisiste estar con él el día del Padre? ¿Por qué no me contestabas cuando te llamaba para que tu hijo escuchara tu voz?
...no le alcanzaron las fuerzas para seguir. Su  cuerpo solo pedía un poco de paz.  También un agujero por el que poder escaparse y soñar un poquito. Nosotros se lo impedimos. La acorralamos con decisiones de jueces, normas y leyes. Entonces, su cara se oscureció de pena.  Pesaba tanto la tristeza del momento, que no nos dijimos nada. Bueno sí, le dijimos que contara con nosotros para atravesar el infierno que se levantaba en su horizonte. Ahora su mundo era el nuestro. Le daríamos vueltas, le haríamos girar. Porque recuerden, no nos vale cualquier final, solo admitimos un final feliz para Julia y su hijo. Se lo merecen.


VÍCTOR MESEGUER. DIRECTOR DE LAPLATAFORMASOCIAL.ORG

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