jueves, 31 de enero de 2013

“…Nunca pensó en sí misma, nunca se consideró libre”



Un final por escribir

VÍCTOR MESEGUER. CÁTEDRA RSC DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA
Hace demasiado tiempo que ella no cumple años. Sólo cumple con su trabajo de siete a quince, y con los suyos, mientras ve pasar la vida. Una vida desprendida, ausente de reproches.
Mientras criaba – a solas- a su hijo, su madre –pegada a sus faldas- volvía a una infancia como todas las infancias: absorbente, egoísta y llena de incertidumbres. Como los bebés, con un olor propio, evocando distintas emociones: la sudoración que provoca el miedo a iniciar una vida es químicamente distinta a la que provoca el miedo a perderla.
Para ella, la vida siempre supone el retorno al principio de una existencia donde, en ocasiones, para engañar al cansancio, hay que llegar al ficticio convencimiento de que dormir no es necesario y soñar es un lujo. También, a esa sensación de injusticia que queda cuando no dispones de tu tiempo, ni siquiera para atender tus propias preocupaciones; mucho menos, las de los que sólo se preocupan pero no se ocupan, fundamentalmente, seres amparados en su sexo masculino.
Para ella, todos  los días amanece gracias a la sensibilidad que nace de la esencia del amor y de la fuerza que arranca de sus caderas de mujer. Todo ello, pese a la enorme dificultad para asirse a la ternura innata que provoca la inocencia desvalida de los ancianos dependientes, cuando no convives con ellos y sólo los ves de uvas a peras.
Ella no es ajena a que esta nueva crisis que la atraviesa, amenaza con el apagón analógico de un Estado del Bienestar que siempre tuvo su base de apoyo en el pleno empleo.  Lo que viene no es nada digital. Lo que llega es posiblemente la pérdida de su trabajo y, quizás también,  de la ayuda a la dependencia o, simplemente, a un poco de independencia. Ahora todo es muy volátil, porque esta crisis es muy profunda, duradera y persistente, sobre todo, para los que son como ella. En fin, que no venimos, estamos. 
Ella intuye que el nuevo poder económico que nos gobierna (sustituto del Dios muerto), perdió hace tiempo por el camino su conciencia moral y su función social, provocando una metástasis cancerígena en los cimientos de la modernidad: la ley, las instituciones políticas, legislativas y judiciales, el mercado, etc. Ciegas ante el drama social que se ceba en los más débiles: los niños, los ancianos…Por ejemplo, la vejez es dura, muy dura. El cuerpo se va apagando sin poesía. Aún así, puede ser digna para los ancianos y para quienes les cuidan. Pero ahora lo que importa es la prima de riesgo, la deuda pública y, tal vez, la galopante corrupción económica, social y política que son como el Espíritu Santo: tres personas distintas y un solo Dios. 
A ella no le gusta generalizar, aunque a estas alturas cree que corruptos son la mayoría. Quizás, porque las estafas cotidianas sean muchas y le importen más que las que aparecen en los medios de comunicación. Son la historia de su vida: el puteo en el trabajo (compañeros que se cogen bajas fraudulentas a sabiendas de que ella hará el trabajo que cobrarán otros); la ausencia del marido que se va de casa porque le agobian los problemas y le gustan más jovencitas; las ilusiones robadas en largas noches de espera sin recompensa; los años perdidos a golpe de ausencia de posibilidades inesperadas que otros disfrutaron a su costa; la espalda del poder y de los políticos en los que un día creyó…Una vida muy previsible pero, al fin y al cabo, la única de la que dispone.
Al final, querido lector, son mujeres como ella las que hacen lo importante de la vida, sin arrogarse ningún mérito ni esperar nada a cambio. Sin darse importancia. Muy al contrario, entregan generosamente su tiempo y fuerzas renunciando al lícito derecho a una existencia libre y plena.  Sí, la crisis puede ser una oportunidad para la creatividad política, económica y social, así como para una nueva redistribución del poder. Sería muy de agradecer, pero estoy convencido de que al final, cambiaremos todo para que nada cambie.
Hace dos domingos, Arturo Pérez Reverte publicó un artículo en su sección de XLSemanal donde hacía referencia al epitafio sepulcral de una mujer romana del siglo II, que decía: “…Nunca pensó en sí misma, nunca se consideró libre”. Ella, tras esbozar una leve mueca, parecida a una sonrisa, pensó para sus adentros: “Sí, es una gran verdad, la historia continúa”. Por lo menos, para ella continúa… ¿Un final por escribir? Sí.

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