jueves, 20 de diciembre de 2012

FELICES FIESTAS






Postal de navidad

C/Dotraforma, s/n. La Verdad (20 de diciembre de 2012)


 “Siempre hay una luz en cada horizonte / Si te empeñas en buscar / Una luz que te guía en tu camino / En estos días inciertos que vendrán…” (Manuel Cuesta, Villancico de Navidad, 2012)


Creo que somos lo que somos, entre otras razones, por las canciones que nos han acompañado durante nuestra vida. Muchas no las elegimos, las heredamos de hermanos mayores, nos las prestan amigos, las cantamos con ellos (cada vez se canta menos).
 
Canciones que nos ayudaron a elegir aquellas primeras “palabras de amor, sencillas y tiernas, que echamos al vuelo por primera vez cuando apenas despertábamos de un sueño infantil”.

Era el instante en que se abría un cielo lleno de tierra y, también por primera vez, una boca arrastraba nuestra boca “dando a la grana sangre dos tremendos aletazos”.
 
Ignorados poemas de una juventud sin apenas letra, que hoy aún soy incapaz de recitar sin la música que en su día hacía más creíble, más fácil lo imposible.
 
También, por qué no, un tiempo de vivir, de soñar y de creer que tenía que llover a cántaros. Ni siquiera era necesario doler de la vida hasta creer, porque a una edad basta con contar.

Canciones que abrieron los ojos que ahora ven, como a otros cegaron, a los que entonaron cara al sol.
Seguramente, ni unos ni otros tuvimos culpas ni méritos, simplemente cantamos lo que tuvimos a mano mientras la vida nos modelaba con sus compases.

Era la poesía como un arma cargada de futuro, que nos exigía participar cuando aún no participábamos y ni siquiera sabíamos cómo hacerlo. Pero ya no podíamos desentendernos ni evadirnos. Héroes convencidos de estar tocando fondo, con inocente ignorancia del vacío.

Miguel Hernández, Celaya, Paco Ibáñez, Quilapayun, Víctor Jara, Serrat, Blas de Otero, confundidos, camuflados en la clandestina noche de vinilo, para convertirnos en parte de lo que somos.

No soy el padre al que Ismael Serrano pide que le cuente otra vez “ese cuento tan bonito de gendarmes fascistas y estudiantes con flequillo, y dulce guerrilla urbana con pantalones de campana”. Mis pantalones eran cortos y mi ocupada Sorbona un trozo de huerta en El Raal, debajo de cuyos terrones nunca encontré la playa.

Tampoco creo que descubrieran otros lo que hoy son debajo de los adoquines. Se hubieran lapidado con rabia. Pero algunos lo intentaron y otros escuchamos sus canciones.

Puede, seguramente, que no haya servido de mucho, pero al menos podemos pisar las calles de lo que fue Santiago ensangrentada, y detenernos a llorar por los ausentes.

Los traidores, ya lo sé, no pagan nunca su culpa. Les declaran locos cuando su locura ha dejado de hacer daño. Locos en activo se encargan de ello para salvarlos.

Muchas de aquellas canciones hoy son recuerdos, besos distantes y amargos. Pero también lo que soy. Y, si has llegado hasta aquí, querido lector, seguramente lo que somos.
 
Es cierto que hoy, demasiados momentos, “vivo en un saco pegado al suelo, desde donde veo gente pasando y, cuando salgo, entonces pienso: mejor quedo”. Jarabe de palo para los que siempre nos negamos a considerarlo como la única medicina para los españolitos de a pie.

Pero esto no ha terminado, para quienes estamos empeñados en que “nuestro reloj sean el sol y las horas” tenemos canciones para seguir dando vueltas a la noria de los mil caminos.

Quizá sea difícil encontrarla entre los acelerones de los “chunda chunda”, que se paran a respirar un segundo en los semáforos”, que no juzgo, porque no entiendo.

Sin embargo, hace unos días entré en un garito y comprobé que hay otros, como yo, también “sin ningún porvenir, sólo evitando el camino”. Que sueñan con llegar a algo, viviendo sólo en su interior, en el rastro de un mundo perdido”.
Como ellos, “llegaré donde quiera si quiero, pero me conformo con estar aquí, un garito y veinte personas... suficiente para mí”.

O quizá no sea ni haya sido así.

En todo caso, nos damos cuenta que no hemos perdido (aunque nunca ganemos porque no hay nada que ganar), mientras Diego Cantero (esa noche era el cantautor que contaba su vida “ochenta canciones para un futbolín”), cantaba la vida a despecho rimando algún verso sin buscar el fin.
 
Oigo de fondo la voz llena de matices de Virginia Labuat: Si tengo que cantar te lo digo cantando/Buena suerte y Feliz Navidad/Aunque para mí todos los días sean Nochebuena/Si tengo el amor que me das…

Sería injusto, tras apurar la copa, no dar las gracias.

jueves, 6 de diciembre de 2012

EPILOGO



PORTMAN
Versos y mitos

PUBLICADO EN EL DIARIO “LA VERDAD” EL 06-12-2012

LOS VERSOS. Con tres heridas viene: la de la vida, la del amor…
La Sierra Minera tiene sus tres heridas. Su piel -y también su alma- aún lucen las cicatrices que le dejaron. Primero la mina, después la contaminación depredadora y por fin el olvido.
El problema es que algunas heridas, a pesar de los años, no acaban de cerrar y siguen supurando. El verdadero alcance del daño ambiental causado no podrá determinarse hasta que la regeneración de la bahía sea completa. La draga de los estériles removerá los fondos y los metales pesados allí depositados. ¿Qué influencia tendrán las operaciones de regeneración sobre el medio ambiente? Nadie lo sabe. 
Cada uno decide qué hacer con sus cicatrices. Unos buscan un buen cirujano estético y otros las lucen con orgullo, como un trofeo. Te las enseñan y te explican al servicio de qué noble causa las sufrieron. En Portmán faltó nobleza y de casi todo.  En cualquier caso, la víctima debería ser quien decidiera qué hacer. No es el caso, aquí  nadie le ha preguntado a los que han padecido este desastre ecológico. La población afectada no ha sido consultada jamás. Ni siquiera después de que el Convenio Europeo del Paisaje de 2000 –del que España es parte- estableciera que es precisamente la población la que tiene que decidir cómo es el paisaje que quiere. Otra norma internacional que se transforma en papel mojado. 
No hace falta recordar los intereses económicos que hay en la zona. Baste, para hacernos una idea, que estamos hablando del solar contiguo al de la urbanización de la Manga Club; la más exclusiva de la Región.
Con todo, la zona no logra liberarse de la maldición y hace poco tiempo, cuando estaban a punto de comenzar los trabajos para la regeneración, una vez más, un turbio asunto relativo a la adjudicación del contrato para la ejecución de las obras las ha vuelto a posponer sin fecha.
El paisaje de la Sierra Minera ha sido desfigurado. Ahora hay que decidir qué hacer con él. Están abiertas todas las posibilidades y muchas son las opiniones: todas, menos las de los que de verdad tienen que hacerlo.
LOS MITOS.  Tántalo mató a su hijo para ofrecer un banquete a los dioses.  Su castigo consistió en permanecer en un lago de agua dulce y bajo un árbol rebosante de frutas que nunca llegó a probar. Padeció hambre y sed permanentemente…
¿Pero quién mató a la bahía de Portmán? El régimen desfilaba (a paso de oca) al son de un tambor golpeado por la mano invisible que siempre mece la cuna. Una empresa del Norte (Francia) corría con los gastos y, también, con los beneficios del festín en un pueblo del Sur. La llegada de la democracia cambió la escenografía, pero no el fondo: los trabajadores de la mina alimentaron a la empresa con lo que quedaba de la madre sierra. Los políticos y sindicalistas de la joven democracia se sumaron a las viandas. Para ser francos, como si con uno no hubiéramos tenido bastante, su papel en esta historia deja mucho que desear.
Los ciudadanos de la Unión Europea pagaremos la limpieza de las sobras y los vómitos. Les obliga la  “deuda ecológica”, así como la “responsabilidad común pero diferenciada” del Norte frente al Sur.
La justicia clama por la cofinanciación de la reparación del desastre por quienes lo causaron y por quienes más plusvalías obtendrían del reciclaje: los propietarios de las fincas, compradas a un precio ínfimo o inmatriculadas de aquella manera. Una cuestión de responsabilidad social, pero cuya materialización no se puede dejar al albur de los designios.  Portmán no se merece un final impropio de las mejores películas de "Far West". Aunque para sobrevivir en la Sierra Minera hace falta ser como John Wayne: tener la cabeza fría y la poesía -que es un arma cargada de futuro- siempre a mano.
A estas conclusiones (y muchas otras que no caben aquí) hemos llegado, tras un año de investigación y por gentileza de la Fundación Biodiversidad. Conclusiones que no habrían sido posibles sin el trabajo apasionado de dos abogadas que me han ayudado a escarbar y entender la verdad subyacente en los papeles de los repertorios judiciales y otros archivos: Marisol Robles Espinosa y Teresa Balsalobre Oliva.

Víctor Meseguer Sánchez. Investigador del proyecto: Compromiso por la protección del paisaje, la cohesión social y el desarrollo sostenible en la Sierra Minera de Cartagena. Fundación Biodiversidad | Universidad de Murcia.

VICTOR MESEGUER DOTRAFORMA

TABLON DE ANUNCIOS

Sin noticias