jueves, 5 de julio de 2012

PROYECTO ESPEJO PECH


Quizás (sólo quizás)
no es tan difícil
Víctor Meseguer. Cátedra de RSC de la UMU
Publicado en LA VERDAD el 05-07-2012
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Lo que es, lo que sabe y lo que sabe hacer el ser humano se determina y crece en el entorno que le rodea. (Anónimo. Aunque  lo podría haber dicho Vicente del Bosque) 

Menos consejos y más conejos. Si todos los analistas, opinólogos, consejeros áulicos y demás fauna de nuestra economía productiva, pusieran una empresa, acabaríamos con el paro en tres años. Pero yo confío más en los empresarios de verdad.  La semana pasada, mi amigo Tomás y yo tuvimos la oportunidad de compartir una jornada de trabajo con varios de ellos,  miembros de la  Asociación de Empresarios y Comerciantes de la Vega Media (ASEMOL). El motivo, iniciar el proceso de desarrollo operativo del Plan Estratégico de Capital Humano de Molina de Segura que, desde nuestro punto de vista, representa no sólo una búsqueda de mejores respuestas, sino, fundamentalmente, una nueva manera de hacer las preguntas pertinentes y una nueva mirada sobre el papel esencial de los ciudadanos y sus iniciativas sociales y económicas en la construcción de una Región viable, cargada de futuro. 
Nos conmovió lo que nos contaron. Llevan varios años intentando acercar dos mundos aparentemente condenados a ignorarse: de un lado, el mundo de la empresa y el trabajo y, del otro, el mundo de la formación profesional. Sus aspiraciones son sencillas, mayor cualificación de los técnicos y profesionales, polivalencia y multifuncionalidad en la definición de los perfiles profesionales y orientación de la inversiones en formación profesional hacia la economía real.
No parece mucho pedir, y sin embargo, su decepción es notable.  La gestión del sistema general de formación profesional en nuestra Comunidad Autónoma, como en el resto, se ha convertido en un laberinto de intereses que recuerda al eslogan del Fino La Ina: un mundo fino, seco, distante y aparte. A la vista de cómo está el patio, cabría cierto paralelismo con lo acaecido en el mundo financiero, que en vez de dedicarse a la que era su función natural, la gestión prudente y adecuada del ahorro ajeno y la provisión de crédito a las empresas y familias, se han dedicado a negocios propios, relacionados con la especulación y el dinero fácil. Una buena alegoría del pecado de avaricia o, dicho de otra manera, el interés particular otra vez por encima del interés general.
Tomás, que por cierto, estaba de buen humor, cosa últimamente rara en él (tampoco es que la realidad cotidiana haga mucho por mejorarte el sentido del humor), insistía, una y otra vez, en que los jóvenes necesitan ejemplos del mundo adulto que inspiren en ellos deseos de saber y de hacer; ejemplos que les orienten en la difícil tarea que tienen por delante jóvenes y adolescentes, para definir un proyecto sugestivo de vida y trabajo.
Hablamos de la necesidad de recuperar las viejas tradiciones industriales de transferencia generacional del conocimiento, de trabajador a trabajador. De la necesidad de comprometer a las empresas y profesionales en la orientación, motivación, formación e integración laboral de los jóvenes. Una sociedad de jóvenes sin futuro, es una sociedad sin futuro, concluimos.
También hablamos del espíritu emprendedor y de la estructura de nuestra sociedad, tan desafecta al riesgo (especialmente, entre aquellos que tendrían más capacidad para controlar ese riesgo). De la imposibilidad  esencial de construir una sociedad moderna sin iniciativa emprendedora. De la actitud de paciente espera en la que hemos educado a nuestros jóvenes. Del siglo XXI como un tiempo de empleo autogenerado y de aprendizaje permanente.
La globalización y la sociedad del conocimiento no sólo son palabras. Significa que un joven inteligente, bien formado, con conocimiento de idiomas, en New Jersey, puede hacer competencia a nuestros talleres y empresas industriales sin pisar nuestro suelo, sin ocupar nuestros modernos polígonos industriales, sin pagar nuestros impuestos.
Al final, también hablamos de nuestros servicios públicos, de los funcionarios que los gestionan y los políticos que, aparentemente, los dirigen. De su importancia como factor esencial para la  modernización de nuestra sociedad y nuestra economía. De lo mucho que nos jugamos en el objetivo ineludible de mejorar nuestras administraciones públicas, de definir con claridad su papel y sus funciones, de hacer excelentes sus prestaciones y servicios y, sobre todo, de demandar una visión política de participación y transparencia para que nada de esto se pueda hacer de espaldas a la sociedad, siguiendo el viejo principio del despotismo ilustrado: todo para el pueblo pero sin el pueblo. 
En este contexto, las Administraciones públicas deben desempeñar un papel central: conseguir pasar  de una administración que no agrega valor, a otra donde se organice y estimule la conformación de una inteligencia regional transformadora. Porque, como alguien dice, no todo es cuestión de dinero.
Creo que viene un tiempo nuevo de aprendizaje permanente, iniciativa y trabajo ilusionado para reconstruir y dar sentido de futuro a nuestras formas de vida y trabajo. O como dijo Diego, un empresario con empresa y presidente de ASEMOL: “Hay que cortar huevos y enseñar a capar”.
Tampoco faltaron a la cita algunas dudas: ¿Qué pueden y deben hacer los ayuntamientos? ¿Tienen un espacio demasiado estrecho para actuar? Puede ser. Quizás, el cambio de modelo, en esta y otras materias, precise de un  plan de aplicación regional a través de un modelo de gestión en red con los municipios y la puesta en marcha de alianzas público-privadas. Sólo quizás.

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