Víctor Meseguer
DIARIO
LA VERDAD, 5 DE ENERO DE 2012
Incienso:
Ya no sabía si tenía ganas de ascender, dejar la calle, aquel modo de vestir
para parecer uno más de la chusma, con su barba y sus pelos pelirrojos de bote,
largos y sucios, disfrazado de indigente, o de camello, o de él mismo ya.
No sabía
si quería poderse poner un traje, como el inspector, no estar todo el día
tirado –a veces le acompañaba un compañero-, persiguiendo el humo (porque a
nadie le interesaba apagar la hoguera, la borrachera de avaricia de los
banqueros es demasiado negocio como para eliminar el efecto “ley seca”). Esa
verdad hacía ya demasiados años que le había impregnado la piel de otro humo
que también ahoga el futuro, el escepticismo hecho hollín asfixiando todos los
poros.
Se había
cagado en los 222 euros anuales de subida
del IRPF no porque le importara mucho que se lo subieran (que también), sino
porque le apetecía cagarse... y de paso partirle la cara a aquel jefecillo de
despacho que no abría la boca para que no se le cayera el carnet del PP.
Ahora le
habían destinado a la brigada de inmigración. Al principio se había divertido
preguntando a los morenos el “padrenuestro” y el “diostesalve”. Al fin y al
cabo no hacía sino seguir las consignas de un cardenal, un tal Giacomo Biffi, que afirmó -allá por el
año 2000- que “hay que favorecer la entrada de inmigrantes católicos frente a
los musulmanes, ya que son culturas incompatibles”.
Dado que
él tampoco era católico, el tema le había aburrido enseguida, ahora se dedicaba
a perseguir negros de color, que eran fácilmente identificables. Por eso iba
detrás de aquel que se disponía a entrar en la sucursal bancaria. Lo único que
le jorobaba es la seguridad que tenía de que eso agradaba a su jefecillo;
mierda de humo.
Oro: Le
escocían desde hacía tiempo las barbas postizas, el puñetero camuflaje que
había comprado era evidente que no resistía la prueba del tiempo, aunque éste
fuera solo de unas horas. Le habían aconsejado que se comprara unas de pelo
natural, pero costaban un dineral.
El mismo
consejo que le hubieran dado para la peluca, si no fuera por los ojos de vaca
loca que le había puesto al dependiente cuando le dijo el precio de las barbas.
Aún así daba el pego, no se sabe bien de qué, pero daba el pego.
Desde
luego, no se parecía para nada al capullo ese que hacía ya tres horas había
bajado del andamio dispuesto a cambiar la vida para que los Reyes Magos le
pudieran comprar un algo a sus chiquillos.
Lo de
ayer había desbordado su vaso, un enorme vaso en el que se habían ido
acumulando mentiras, engaños, despidos, contratos “en negro”, recortes, mas recortes,
ya no hay nada que recortar…. Lo que más le tocaba las narices era tener que seguir pagando la hipoteca después
de que el banco le birlara el piso (aunque, bien pensado, se ahorraba el IBI).
Lo de menos, los diez cursillos de reciclaje que los del sindicato le habían
endiñado en el último año (que si inteligencia emocional, que si
responsabilidad social del sector financiero, que si…), números que falsean las
cifras del paro para regocijo de políticos que argumentan la existencia en
gráficos de ordenador; cortos, inversamente cortos a la angustia de la vida.
Su amigo
Jaime había convertido la estadística en gritos primero y luego una inmensa
soledad en los ojos de Lola, su mujer. La puta máquina que nunca tuvo nadie
tiempo de arreglar.
La
pistola no funcionaba, ni estaba cargada, pero tenía que ser suficiente para
cambiar su vida en la sucursal bancaria.
Y mirra:
Ser negro en España es jodido, si no eres Michael Jordan o Beyoncé, pero éstos no son negros, son
blancos peculiares. Porque aquí el color que importa es el del fondo de los
bolsillos. Una gama conveniente transforma al “moro” en “árabe” y al inmigrante
en turista.
Siete
meses de sol a sol, sin salir del invernadero, no da para pagar las deudas que
se han dejado atrás, y mucho menos para traer a la familia.
Los
empresarios no firman ningún contrato porque eres “ilegal”... para que te den
los papeles necesitas un contrato. A muchos compañeros los han detenido y
expulsado. No conozco a ningún empresario al que hayan detenido. El capataz
siempre nos dice que nos vayamos antes de que vengan unos señores que dicen que
son inspectores. Debe ser capataz porque los huele de lejos, inspira
profundamente el aire después de sonar su teléfono.
Él lo
sabe. Hace tiempo que debió cambiar de oficio. Como dice su mejor amigo, Tutu, al que el incremento de la prima de riesgo y
del déficit público le han obligado a
cambiar el trabajo en los invernaderos por el comercio minorista: “Esto es
mejor, hierba que me ha dado un amigo para vender, a veces también me fumo
algo. Es ilegal, pero yo ya soy ilegal, y me permite mandar dinero a mi familia”.
Cuando
se abrió la puerta de la sucursal, y entraron, un niño, ajeno al belén que se
iba a montar, gritó tirando entusiasmado del brazo a su madre ¡Mamá, mamá, han
venido los tres!

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