jueves, 28 de abril de 2011

¡MARE MIA DE DIOS SANTO Y BENDITO!


LA RAZÓN Y LA FE, LA VERDAD Y LA VIDA

© Víctor Meseguer


Nunca habíamos visto salir al Cristo de la Buena Muerte de la Iglesia de San Bartolomé. José Luis, una amistad reciente pero hermosa, nos regaló un lugar en el templo donde mi hijo y yo pudimos disfrutar del caos hecho orden, que hay detrás de cualquier procesión y del ambiente arropador que rezuman los preparativos de una de las realizaciones más bellas de la cultura católica, para unos, y una manifestación de fe, para otros. La nostalgia se apoderó de mi y, sin esfuerzo alguno, me traslado a aquellos días de mi infancia que se llenaban en un ir y venir de mi casa a la escuela y de la escuela a mi casa y de mi casa, no sin antes merendar, a la iglesia… y de la iglesia a mi casa, donde algunas noches con sus madrugadas, Don Miguel de Unamuno me abdujo en aquel complicado enfrentamiento entre la razón y la fe, la verdad y la vida, que nunca llegué a descifrar y que aún hoy tengo pendiente de resolver.

Revisar el papel de la Iglesia Católica en Murcia (porque es lo que hoy me pide el cuerpo), tanto en su componente cultural como espiritual y trascendente, es de gran utilidad para ayudarnos a entender por qué somos quienes somos. La Semana Santa de Murcia es una estampa de nuestra arquitectura social, aunque invisibilizada bajo el capuz de los nazarenos. Cuando uno los ve a cara descubierta, es evidente que nuestra ciudad siempre ha tenido unas minorías ilustradas, integradas por ciudadanos formados, vitalistas, apasionados, responsables, ordenados y educados. En su conformación, la Iglesia Católica siempre ha ocupado un lugar central, afirmando, a través de la escuela y de la familia, la reproducción de un orden jerárquico, de lo cual, no saco ninguna conclusión más allá de la propia divulgación del dato, pero es evidente que nuestra realidad no tiene nada que ver con lo que acontece en las ciudades de la laica Francia, donde las clases medias ilustradas participan activamente en la gobernanza de su país, cosa que aquí no sucede. Debe ser que las cofradías suponen un refugio seguro ante la recurrencia de ocurrencias que nos desgobierna o aspira a hacerlo.

La aportación de la Iglesia Católica a nuestra realidad social no se agota aquí ni mucho menos. Ya sabe, los caminos de Dios son inescrutables. No obstante, como no creo tener mal carácter y procuro siempre ir de buen rollito, me salto la página donde debería relatar el gran problema de la Iglesia y sus eclesiásticos: que no siendo su reino de este mundo, es en éste donde, realmente, se le ve empeño de sopar... Prefiero hacer un guiño de reconocimiento y agradecimiento a la silenciosa opción de muchos religiosos católicos, en favor de los más pobres y desheredados o su presencia profético-liberadora en la iglesia y en la sociedad, así como su compromiso en la articulación democrática de todos los colectivos que la integran. Los ejemplos más bellos los he vivido en América Latina. En casi todas mis escapadas, siempre saqué un rato para compartir cruz y pizarra con un buen puñado de curas y monjas por el mundo (de Murcia claro) que ejercían una labor revolucionaria, por sencilla, con quienes vivían atrapados por la cadena hereditaria de la pobreza. Ellos nunca les fallaban, siempre estaban ahí cuando más falta hacía, cuando la anomia por rutinaria no es noticia y a nadie importa. Más que evangelizar, educaban, a sabiendas de que como dijo Paulo Freire «todo acto educativo es un acto político». Lo bueno del caso es que sus hechos se me asemejaban a una interpretación no oficial de las palabras de Jesús de Nazaret: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres»

«Padrazo, cada día te entiendo menos ¿Dónde quieres llegar?» Me preguntó mi hijo. Víctitor, no te preocupes, lo tuyo se pasa. Respecto a tu pregunta, me intento explicar. Las bellas imágenes que hemos visto hoy –y no me refiero sólo a los pasos procesionales- me han reconciliado conmigo mismo de una forma irracional, pero sentida y firme. Mientras los nazarenos, costaleros, tamborileros, curas con sus monaguillos, mujeres de teja y mantilla... abrían camino y avanzaban por la calle hacia el punto de partida, pensé que nos desvelaba la misma suerte que a ellos y que lo importante pasa porque cada uno de nosotros, desde el papel nos toque desempeñar, diferentes y complementarios, nos comprometa a encender una candela que dé luz a un modo diferente y mejor de entender la vida. Para conseguirlo, necesitamos a los mejores de nuestros hijos, desprovistos del capuz y de su placida ausencia, porque como se quejaba aquel Hermano Mayor: «la calle es de todos pero hay que ordenarse».

Todo esto que les cuento, empezó a preocuparme y ocuparme uno de aquellos días de un constante ir y venir, de mi casa a la escuela y de la escuela a mi casa…y el resto del día lo pasaba jugando en la mota del río, trotando por veredas y caminos, soñando despierto, en voz alta, buscando veloz mi lugar en el mundo… ¡Mare de Dios santo y bendito! Cómo pasa el tiempo. Total para nada. Sí, sigo en ello.

jueves, 14 de abril de 2011

Es preferible perderse por la pasión que perder la pasión






© VICTOR MESEGUER
 
 
Era uno de esos días atestados de olor a azahar, con mucha luz gracias a un sol tibio que todavía no quemaba, en definitiva, un hermoso día de primavera. Junto a los soportales de la Catedral, una joven bien enfundada en unos vaqueros muy ajustados que más parecían unos leggins y una camiseta de algodón blanca, cantaba “Imagine” de John Lennon ante los atentos ojos de un corrillo de hombres que nos arremolinábamos en torno a ella. «A mí también se me caen las lágrimas de la emoción», le dije a un caballero (con pinta de intelectual de pastel y disfrazado de hippie perroflauta) que babeaba como un poseso a mi lado. Probablemente, aquellos distinguidos señores habían aparcado sus obligaciones porque aquella chica despertó… su curiosidad. Una curiosidad que, sin embargo, les impide ver lo que realmente está pasando a su alrededor « ¿Y tú qué? ¿Y tú qué?» No sean acusicas, de seguido les cuento, así que tranqui y, después de leerlo, piénsenlo tranquilos.  

Pasé el resto del día refugiado en mi leonera, revisando papeles y platicando con alguno de los fulanos atrapados entre sus hojas. ¿Cómo salimos de esta? , me pregunté. «Víctor, definamos para no discutir» me alertó Baltasar Gracian. Pues eso Baltasar, que la economía se ha globalizado pero las reglas del juego no. Por ejemplo, tal y como me enseñó uno de mis maestros, las grandes corporaciones empresariales pueden tener personalidad jurídica (de hecho muchas la tienen) pero pueden tener muchas personalidades jurídicas y trocear y domiciliar sus actividades en muy diferentes países, según convenga a sus intereses, de modo que «la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte....». En definitiva, lo que hacen es esconder sus responsabilidades detrás de los velos que ofrece la personalidad jurídica. A resultas, sus responsabilidades se volatizan pero sus residuos económicos, sociales y ecológicos no.

¿Y quién le pone el cascabel al gato? Las instituciones internacionales han adoptado instrumentos jurídicos no obligatorios que son limitados, tanto desde el punto de vista de su naturaleza como de su campo de aplicación y alcance. En este contexto económico y jurídico, la Responsabilidad Social (RSE) constituye una respuesta voluntaria de las empresas transnacionales a la ausencia de regulación y se manifiesta, a través de la adhesión a pactos internacionales (mucho ruido y pocas nueces) y/o por el desarrollo de Códigos Éticos o de Conducta, Planes de RSE, Memorias de Sostenibilidad… ¡Pero oiga! ¿Hay metro de medir? ¿Quién mide? ¿Su carácter voluntario es incompatible con posibles consecuencias jurídicas por su incumplimiento? No me caben todas las preguntas pero, bien visto, esto da para una tesina.

Las asimetrías de poder son descomunales, algunas empresas son más poderosas que muchos estados. Por ejemplo, la suma de los ingresos de las tres principales empresas españolas: Santander, Telefónica y Repsol equivale al PIB de países como Grecia, Irlanda o Argentina. «A ver Víctor (medió Ulrich Beck), por lo que dices, más que de globalización, hablamos de globalismo». ¿Globalismo? «Si hombre, el globalismo es la concepción según la cual, el mercado mundial desaloja o sustituye al quehacer político. La tarea principal de la política, delimitar bien los marcos jurídicos, sociales y ecológicos dentro de los cuales el quehacer económico es posible y legítimo socialmente, se sustrae a la vista o se enajena». ¡Vaya Globo!

En el silencio de la noche, se alzó una voz que venía del retrete: «¡Indignez-vous!, Indignez-vous!» Joder, ¡Qué plasta! Sea paciente, Sr. Hessel. Vayamos por partes. Hay quienes afirman (y yo lo comparto) que más que una revolución, lo que hace falta es una evolución: una oportunidad propicia para la innovación jurídica en el ámbito de la globalización económica. Un nuevo andamiaje internacional que pasa por repensar el papel de ciencias como el derecho, la economía y la ética. Al fin y al cabo, para los griegos estas ciencias eran una sola que se denominaba filosofía política o ética política. Hoy nos volvemos a dar cuenta de que en el fondo son la misma cosa. A resultas, si no podemos diseñar el mundo que queremos, diseñemos el que necesitamos, regulando los mercados para que, como afirma Polanyi, estén al servicio de la sociedad y no viceversa. ¿De dónde pijo habré sacado yo esto? , me pregunté mientras Julieta Venegas cantaba: «Me voy, que lástima pero adiós, me despido de ti y me voy…»

« ¡Espera, espera, chaval! Ya que te has metido en harina, ¿Tú no crees que ha llegado el momento de regular los crímenes económicos contra la humanidad?», me preguntaron las profesoras Lourdes Benería y Carmen Sarasúa. Puede ser, conozco vuestros argumentos y creo que tenéis razón: ni las ideas fueron las responsables del genocidio nazi ni los mercados financieros de la crisis económica. Detrás de ambos crímenes había y hay organizaciones e instituciones y personas a su frente con nombres y apellidos ¡Menuda tesis doctoral sale de aquí!

Sí, ya lo sé, son malos tiempos para los soñadores porque como suelen afirmar mis amigos Pablo y Juan Antonio, tener razón antes de tiempo es otra forma de equivocarse. « ¡Qué no, qué no! Víctor es preferible perderse por la pasión, que perder la pasión» me susurró el compañero Kierkegaard, ya entrada la noche, desde su escondite bajo mi almohada.

VICTOR MESEGUER DOTRAFORMA

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