jueves, 29 de septiembre de 2011

UNIVERSIDAD PÚB(L)ICA

®Diario La Verdad 29-09-2011

©By Víctor Meseguer

Sólo hay una universidad española entre las 150 mejores del mundo y no es ninguna de las de nuestra Región. Una foto fija que durante demasiado tiempo viene ensombreciendo la magnífica labor docente e investigadora de un buen número de profesores, que han dejado y dejan, día a día, su marca personal en la construcción del saber aplicado, del futuro de sus alumnos y, en consecuencia, el de nuestra sociedad. Y todo ello, sin confundirlo con nada personal y, menos aún, con vilezas humanas. Una larga lista de profesores que se sitúan en el más alto nivel de grandeza científica a nivel nacional e internacional, entre los que se encuentran nombres como Antonio García Berrio, Francisco Sánchez Nieto, Francisco Jarauta, José Antonio Lozano Teruel…, o José Pedro Cerón Carrasco, José Zúñiga y Alberto Requena, quienes acaban de publicar los resultados de una investigación sobre la mutaciones espontáneas del ADN en la revista Physical Chemistry Chemical Physics, una de las más importantes publicaciones del mundo en el área de la física atómica y molecular.
Ellos señalan el camino a seguir y deberíamos centrarnos en su ejemplo y abandonar ese rifirrafe que vienen protagonizando en nuestra Región las universidades públicas con la privada y viceversa. Sí, es frecuente escuchar en los corrillos de las universidades públicas una queja reiterada hacia la universidad privada, porque compite deslealmente y devalúa la calidad académica. Y no dudo yo que existan hechos que lo apunten en ese sentido, pero a veces tener razones no significa estar en posesión de la verdad. Me explico, de nada vale alegar la mayor excelencia académica de la pública, por muy cierta que sea, si quienes la validan en la vida real –las organizaciones y empresas que acogen a sus egresados- no lo perciben o valoran así.
Algo se está haciendo mal. En mi opinión, los de la pública deberían quejarse menos y preguntarse más por qué cada día se le van más clientes (perdón, quería decir alumnos) a la privada. Por cierto, no sé a qué se refieren estos señores cuando hablan de devaluación. Espero que esta afirmación no haga referencia a que se estén bajando los niveles de exigencia académica para evitar la sangría de alumnos que se marchan a la privada, máxime en unos momentos donde la captación de ingresos importa y mucho. Sería imperdonable.
A mi juicio, la concurrencia no devalúa, lo que resta valor es esa costumbre de afirmar que lo público es siempre mejor que lo privado sin explicar por qué. Un debate donde se confunden intencionadamente los intereses corporativos con los intereses generales y el servicio público con el empleo público para toda la vida.
Si tanto queremos lo público, quizás, lo que habría que hacer es replantearse algunas cuestiones desde la autocrítica. Me refiero a dos problemas graves de nuestra universidad pública, instalados en la retina social aunque imposibles de probar desde la perspectiva de la legalidad: la sensación de que estamos inmersos en una realidad asentada en sistemas nada eficientes de reclutamiento de personal; y, por otra parte, la inexistencia de un sistema fiable de evaluación docente e investigadora, que ponga en la calle o premie los méritos probados de los profesores universitarios y no se deba a su posición en el ranking en las redes sociales de los departamentos. Por ejemplo, no vendría mal incluir en la evaluación las iniciativas de transferencia de conocimiento a la sociedad. Ah, se me olvidaba añadir, un tercero y es la impresión de que existe una absoluta falta de conexión de la universidad con los problemas sociales y económicos de nuestra sociedad real. Eso unido a una ausencia total de crítica con los poderes.
En cuanto a una universidad privada, se corre el riesgo, ante la omisión o complicidad interesada de ciertos poderes, de que se convierta en la academia Mengánez y familia, con una inversión en investigación cercana a cero y un lucro interruptus tendente a infinito (análisis coste/beneficio) mediante la utilización gratuita de infraestructuras y centros públicos. ¡Oiga! ¿Y los destinatarios? Aquí si que me has dado: se puede acabar con un doble engaño. Por un lado, a los zagales, con el despacho de títulos como cheques regalo y con un valor profesional no contrastado. Por otro lado, a la sociedad, al generar titulados inútiles. Pobreza asegurada.
El problema no es la competencia entre las universidades, creo que es legítima y diría que hasta necesaria. El problema es la Región que nos espera mañana, con profesionales bien o mal formados, en libertad o condicionados por cualquier religión, preparados para competir con los daneses y los alemanes o únicamente con capacidad para rezar para que llegue el maná o más subsidios.
¿La solución? Doctores tiene la Iglesia y la Universidad también. Yo sólo soy un aprendiz con muchas preguntas sin respuesta. Eso sí, todo cuanto escribo en este artículo, lo digo en contra mía pero en defensa de los intereses de los ciudadanos de esta Región. Señor, que país.


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