jueves, 14 de abril de 2011

Es preferible perderse por la pasión que perder la pasión






© VICTOR MESEGUER
 
 
Era uno de esos días atestados de olor a azahar, con mucha luz gracias a un sol tibio que todavía no quemaba, en definitiva, un hermoso día de primavera. Junto a los soportales de la Catedral, una joven bien enfundada en unos vaqueros muy ajustados que más parecían unos leggins y una camiseta de algodón blanca, cantaba “Imagine” de John Lennon ante los atentos ojos de un corrillo de hombres que nos arremolinábamos en torno a ella. «A mí también se me caen las lágrimas de la emoción», le dije a un caballero (con pinta de intelectual de pastel y disfrazado de hippie perroflauta) que babeaba como un poseso a mi lado. Probablemente, aquellos distinguidos señores habían aparcado sus obligaciones porque aquella chica despertó… su curiosidad. Una curiosidad que, sin embargo, les impide ver lo que realmente está pasando a su alrededor « ¿Y tú qué? ¿Y tú qué?» No sean acusicas, de seguido les cuento, así que tranqui y, después de leerlo, piénsenlo tranquilos.  

Pasé el resto del día refugiado en mi leonera, revisando papeles y platicando con alguno de los fulanos atrapados entre sus hojas. ¿Cómo salimos de esta? , me pregunté. «Víctor, definamos para no discutir» me alertó Baltasar Gracian. Pues eso Baltasar, que la economía se ha globalizado pero las reglas del juego no. Por ejemplo, tal y como me enseñó uno de mis maestros, las grandes corporaciones empresariales pueden tener personalidad jurídica (de hecho muchas la tienen) pero pueden tener muchas personalidades jurídicas y trocear y domiciliar sus actividades en muy diferentes países, según convenga a sus intereses, de modo que «la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte....». En definitiva, lo que hacen es esconder sus responsabilidades detrás de los velos que ofrece la personalidad jurídica. A resultas, sus responsabilidades se volatizan pero sus residuos económicos, sociales y ecológicos no.

¿Y quién le pone el cascabel al gato? Las instituciones internacionales han adoptado instrumentos jurídicos no obligatorios que son limitados, tanto desde el punto de vista de su naturaleza como de su campo de aplicación y alcance. En este contexto económico y jurídico, la Responsabilidad Social (RSE) constituye una respuesta voluntaria de las empresas transnacionales a la ausencia de regulación y se manifiesta, a través de la adhesión a pactos internacionales (mucho ruido y pocas nueces) y/o por el desarrollo de Códigos Éticos o de Conducta, Planes de RSE, Memorias de Sostenibilidad… ¡Pero oiga! ¿Hay metro de medir? ¿Quién mide? ¿Su carácter voluntario es incompatible con posibles consecuencias jurídicas por su incumplimiento? No me caben todas las preguntas pero, bien visto, esto da para una tesina.

Las asimetrías de poder son descomunales, algunas empresas son más poderosas que muchos estados. Por ejemplo, la suma de los ingresos de las tres principales empresas españolas: Santander, Telefónica y Repsol equivale al PIB de países como Grecia, Irlanda o Argentina. «A ver Víctor (medió Ulrich Beck), por lo que dices, más que de globalización, hablamos de globalismo». ¿Globalismo? «Si hombre, el globalismo es la concepción según la cual, el mercado mundial desaloja o sustituye al quehacer político. La tarea principal de la política, delimitar bien los marcos jurídicos, sociales y ecológicos dentro de los cuales el quehacer económico es posible y legítimo socialmente, se sustrae a la vista o se enajena». ¡Vaya Globo!

En el silencio de la noche, se alzó una voz que venía del retrete: «¡Indignez-vous!, Indignez-vous!» Joder, ¡Qué plasta! Sea paciente, Sr. Hessel. Vayamos por partes. Hay quienes afirman (y yo lo comparto) que más que una revolución, lo que hace falta es una evolución: una oportunidad propicia para la innovación jurídica en el ámbito de la globalización económica. Un nuevo andamiaje internacional que pasa por repensar el papel de ciencias como el derecho, la economía y la ética. Al fin y al cabo, para los griegos estas ciencias eran una sola que se denominaba filosofía política o ética política. Hoy nos volvemos a dar cuenta de que en el fondo son la misma cosa. A resultas, si no podemos diseñar el mundo que queremos, diseñemos el que necesitamos, regulando los mercados para que, como afirma Polanyi, estén al servicio de la sociedad y no viceversa. ¿De dónde pijo habré sacado yo esto? , me pregunté mientras Julieta Venegas cantaba: «Me voy, que lástima pero adiós, me despido de ti y me voy…»

« ¡Espera, espera, chaval! Ya que te has metido en harina, ¿Tú no crees que ha llegado el momento de regular los crímenes económicos contra la humanidad?», me preguntaron las profesoras Lourdes Benería y Carmen Sarasúa. Puede ser, conozco vuestros argumentos y creo que tenéis razón: ni las ideas fueron las responsables del genocidio nazi ni los mercados financieros de la crisis económica. Detrás de ambos crímenes había y hay organizaciones e instituciones y personas a su frente con nombres y apellidos ¡Menuda tesis doctoral sale de aquí!

Sí, ya lo sé, son malos tiempos para los soñadores porque como suelen afirmar mis amigos Pablo y Juan Antonio, tener razón antes de tiempo es otra forma de equivocarse. « ¡Qué no, qué no! Víctor es preferible perderse por la pasión, que perder la pasión» me susurró el compañero Kierkegaard, ya entrada la noche, desde su escondite bajo mi almohada.

2 comentarios:

  1. Da gusto ver que hay más personas que les gusta la justicia, porque de eso trata tu artículo de hoy.

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  2. Querido Jose Luis, tienes razon. Gracias por tu comentario. Un saludo

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