jueves, 17 de febrero de 2011

A DOÑA PILAR. C/ de las Letras 1º Izquierda


© Víctor Meseguer

Una tarde de otoño, en el aulario de Derecho (antes lo fue de Químicas), ella impartía clases de lengua jurídica con la misma naturalidad que uno charla con son sus amigos tomando unos vinos en casa. Durante cinco horas sólo le acompañaban un hilo muy fino de ironía así como un poso denso de sabiduría. Ni adornos, ni ideas ensayadas…No dictaba: hacía pensar, sonreír... Enseñaba. Frente a mis ojos, sólo había autenticidad. Doña Pilar Díez de Revenga me emocionó. Me reconcilió con la Academia y con mi gran pasión en la vida (no me refiero ahora a lo que viene siendo esa tendencia mía a hacer el gilipollas y hacerle dañito a la gente que quiero y respeto): que cada día sea más gente la que participe en el saber y así, en el poder, para impedir que nuestro destino quede al pairo de la mediocridad que nos inunda.

Aquella tarde no pude evitar recordar el discurso que Steve Jobs, presidente de Apple Inc. y máximo accionista individual de The Walt Disney Company, dictó el 12 de junio de 2005, en la ceremonia de graduación de la Universidad de Standford. Él les contó a los chicos tres historias “Eso es. No es gran cosa. Sólo tres historias”. La primera, trataba de cómo conectar los puntos; la segunda, era sobre el amor y su pérdida y, por último, les habló sobre la muerte.

Les habló, desde la distancia que otorga haber renunciado a los deseos (después de haber cumplido buena parte de ellos) de su propia vida, de aquella parte de su biografía, aún inconfesada. Y les vino a decir, que la vida es un puzzle en el que las piezas encuentran su lugar, después de haber vivido. Lo que hemos deseado, lo que hemos hecho, lo que hemos aprendido, sólo encuentra significado después. En algún momento, no previsible, a lo largo de nuestra vida. Y puso como ejemplo de su propia experiencia, un curso de caligrafía, hecho como oyente a los diecisiete años, después de darse de baja en la universidad de su estado, por matar el tiempo hasta que supiera qué hacer con su vida.

Ese curso de caligrafía intrascendente, pero dictado desde la pasión por alguien que amaba el equilibrio de la forma y la belleza de la palabra escrita, le abrió un mundo desconocido. Diez años después, cambiaba “todo” el mundo desde un garaje, mientras fabricaba el primer ordenador personal Macintosh y pensó lo sugerente que podría ser, que el procesador de textos incorporara decenas de tipografías y permitiera la autoedición. En ese instante, se conectaron los puntos para Jobs y se inició la mayor transformación tecnológica de la historia de la humanidad.

No es una cuestión menor, mantener viva la llama de la pasión por saber, hasta que la vida nos dé la oportunidad de aplicar el conocimiento adquirido. Sólo es cuestión de elegir bien de quien aprender y conseguir que el mercado persa, en el que estamos convirtiendo nuestras aulas, desaparezca hendido por el rayo de la razón y convierta a nuestras instituciones educativas y docentes, en viveros inagotables de futuro.

Ahora que caigo, además de ésta, me quedan otras dos historias que contar. Jobs también les habló sobre el amor y su pérdida y, por último, sobre la muerte. Él tenía razón…. Nada mejor que poner todo el amor en todas y cada una de las cosas que haces o sientes, hasta que la ineluctable muerte te sorprenda. Al fin y al cabo, cualquier día puede ser el último de tus días: levántate y disfrútalo a tope. “Manténganse hambrientos. Manténganse descabellados. Déjense llevar por su intuición…”. Fue su mensaje de despedida al finalizar.

Hoy solo puedo decirles gracias, gracias de todo corazón a todos mis referentes y, públicamente, a Doña Pilar.

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