jueves, 14 de octubre de 2010

LA ENCRUCIJADA



Vivimos una situación difícil. No sabemos qué camino seguir. Sí o sí, tenemos que reinventar el futuro pero sin olvidar de dónde venimos ni dejar pasar la oportunidad para aprender de los errores que nos han enfrentado al presente que vivimos.

Los que nunca se equivocan esperan que la falta de éxito de la huelga general suponga, según su diseñada estrategia, la recogida de la fruta madura de su tendenciosamente resembrada dialéctica entre lo liberal y lo social.

Este es el mensaje, repetido hasta la saciedad desde todos y cada uno de los campanarios neocon. Un discurso que pretende convertirse en pensamiento único y hegemónico, sin debate, simplemente porque lo propugna la élite 'ideológicamente oportuna'.

Quien contradiga la priorización (porque nadie pretende abolir las leyes del mercado) de los valores que deben regir la definición de nuestra sociedad, se ve condenado, por los nuevos inquisidores neocon, a las calderas de un Pedro Botero ancestral y caduco, cuya mayor obcecación es levantar eternamente y sin éxito, como Sísifo, un nuevo muro de Berlín.

Este mensaje, fiscalizadamente dominante, pretende hacernos creer que el mercado lo resuelve todo de la mejor y más natural forma, que lo económico debe primar sobre lo político y lo social.

Lo curioso de esa línea de pensamiento, yo diría que de interés, es que pretende hacer pasar por novedoso, incluso postmoderno, lo que es la historia del origen de la Humanidad hasta nuestros días. Es la vida del hombre de Cromañón que, con la porra más grande y picuda, se hacía con el dinosaurio, la mujer y los alimentos del vecino, más débil por supuesto. La de la espada de hierro ante la de madera, la de la sangre azul frente a la vulgar roja, la de la riqueza frente a la pobreza, la del hombre frente a la mujer, la del norte frente al sur. Es el discurso conservador viejo y egoísta barnizado de teoría economicista. La ley del más fuerte.

Y ha sido así hasta que los débiles, los trabajadores, se unieron, cobrando fuerza en la dialéctica regida por los criterios liberales.

Es sólo a partir de ese momento cuando se comienza a teorizar sobre la conveniencia de la intervención del Estado, para regular una confrontación de la que nadie salía beneficiado. Había que pacificar las relaciones laborales, protegiendo aparentemente los derechos de los trabajadores y defendiendo realmente otros 'intereses'... a ser posible compuestos.

El Estado de bienestar es así una consecución de los trabajadores, nacido de su fuerza dentro de las reglas de juego del marco liberal.

No es sorprendente que la mundialización de la economía, con la integración de estructuras laborales absolutamente desprotegidas cuando no esclavistas, así como el desarrollo de tecnologías que han profundizado en el desequilibrio entre oferta y demanda de empleo, unido a un abandono, autojustificativamente denominado 'pragmatismo', de la izquierda política; y, por qué no reconocerlo, a una falta de capacidad de la izquierda sindical para cohesionar la defensa de los trabajadores estables con la de los trabajadores precarios y los parados, haya propiciado la crítica feroz a un estado social y de bienestar en el que, no olvidemos, junto a la sanidad, la educación, la cultura, etc., el empleo es un elemento irrenunciable.

Por supuesto que es necesaria una adaptación al reto que nos espera en un mercado global. Hace falta una redefinición de las reglas del juego para que consigamos las metas de desarrollo propuestas. Pero lo primero que hay que definir son esas metas, priorizar los instrumentos para alcanzarlas; qué sociedad, en definitiva, queremos para nosotros y nuestros hijos. Por eso y pese a los errores, el día después no puede reducirse a una lógica excluyente de lo económico sobre lo político y lo social. Serviría de poco, en la aldea global de la competitividad, o llegamos todos o no podrá llegar ninguno. De nada vale producir motos buenas, bonitas y baratas, si no hay quien pueda comprarlas.

La competitividad no puede apoyarse en bajos salarios, encogimiento del Estado y las prestaciones sociales a los más débiles, y engrosamiento de las cifras de paro y empleo precario. El camino es otro. Es necesario también, por otra parte, un mayor compromiso de los trabajadores. Tenemos que hacer un enorme esfuerzo en asumir que somos empresarios en la búsqueda de la excelencia. Lo mismo que hace falta que los empresarios se sientan trabajadores y no meros especuladores del esfuerzo ajeno.

Para ello, gobiernos, empresarios, y sindicatos debemos entendernos en un debate de altura, valiente y honrado, sin red para nadie. Aquellas regiones que logren antes y mejor esos acuerdos, cuyos responsables empresariales no se rasguen las vestiduras cuando se denuncian abusos, sino que comprendan que es a ellos a quienes primero perjudican, y en las que los responsables sindicales sean capaces de instalar en los trabajadores el orgullo de hacer bien las cosas, de esforzarse en el objetivo de nuestra empresa, serán las regiones que logren el éxito final en la carrera de la competitividad y, más aún, en la del desarrollo del ser humano como realidad supraindividual.

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VICTOR MESEGUER DOTRAFORMA

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