jueves, 30 de septiembre de 2010

VALS DE OTOÑO

HUELGA GENERAL


Ayer hubo una Huelga General. Yo estuve allí. No se trataba de un compromiso identitario, simple y llanamente quería reivindicar el bien simbólico que representa la idea de justicia que, como sugirió Platón, es un 'pacto' entre egoístas racionales, le comenté a Jesús mientras nos manifestábamos.

Víctor, como dice mi colega el alcalde de Cazalla, cuéntame el problema pero empieza por el final ¿A dónde quieres llegar? O, mejor aún, ¿Qué quieres?”, me preguntó mi buen amigo. Sólo quiero la verdad. “En tiempos de mentira universal, decir la verdad es un acto revolucionario”.

Vivimos tiempos apasionantes para saber quienes somos individualmente y quienes somos colectivamente, tiempos donde conviene no confundir la pobreza del tener con la pobreza del ser. Este largo túnel que transitamos los ciudadanos, no es consecuencia de una crisis financiera sino de una estafa financiera consentida por todos.

Vale, la culpa, esta vez, no es de ZP. Ahora mandan otros. Por eso mismo, ignorar la preeminencia de los mercados en este nuevo orden mundial ha constituido, simplemente, una gran estupidez. El desayuno de ZP con los más reputados tiburones de Wall Street en Nueva York es una imagen, que por necesaria, no deja de provocar pena. Ahora tenemos que pedirles préstamos a los mismos que nos han llevado a la ruina con nuestro dinero. Los intereses corren de nuestra parte y, a poco que no escampe, les pagaremos suprimiendo la pensión de viudedad (ignorando, por ejemplo, una cultura machista que, en su día, impidió a muchas mujeres incorporarse al mercado de trabajo). En este escenario, la reforma laboral solo ha sido un anticipo más de esteticien y la huelga general le ha venido de perlas al gobierno, valida su genuflexión.

Aunque para triste y desesperanzador el papel de Rajoy, cuya única obsesión ha sido rentabilizar electoralmente la huelga general. Pero no tardó en percibir que tanto el gobierno como los sindicatos jugaban a empatar, por lo que tuvo que emprender una huida hacia delante con el objetivo de que ni unos ni otros, salieran de rositas. Su estrategia ha sido muy burda y previsible, hurgar en los puntos negros del movimiento sindical: falta de control de los liberados sindicales, dependencia de los dineros públicos… ¿Por qué no lo hacemos a tajo parejo? Empezamos por los sindicatos, seguimos con el PP y después… Yo lo veo, me dijo Jesús. No te vengas arriba amigo, va a ser que no. Sólo pretendían enredar y condicionar a peor el día después. Nuestro hoy y mañana.

Entre los unos, los otros y, por si era poco, con nuestra propia ayuda, lo están consiguiendo: cuando los sindicatos tendríamos que ser percibidos como parte de la solución, los ciudadanos nos vislumbran como parte del problema. Una realidad donde la defensa de los intereses corporativos ensombrece el ideal de transformación de la sociedad. Sí, hemos cometido errores y mientras nos evadíamos de nuestra vocación internacionalista o nos dedicamos a gestionar aquello de… ¿Qué hay de lo mío?, hoy los chinos han inundado los barrios de nuestras ciudades de comercios de 24 horas. En una sociedad mundializada, los sindicatos tenemos que romper fronteras, unir esfuerzos y juntar mucha gente. Mira Jesús, ayer me llamó mi hijo que ahora anda por Munich… ¿Sabes qué me dijo? “Papito, me habría gustado participar contigo en la huelga, pero he optado por ser coherente con la propuesta sindical de servicios mínimos en el transporte y no violar el espacio aéreo nacional…” ¡Mecagoenelqueno! Y en la puta ironía, también (exclamé con la razón sobrecargada de emociones).

Una vez cerrado el diálogo social y con la chapuza laboral de visita en el BOE, el único sentido de la huelga era visualizar poder social. Pero la materialización de este objetivo necesita de sindicatos autónomos y responsables (aunque tengamos que reinventarnos) y de ciudadanos libres por conscientes.

Erich Fromm, psicólogo y sociólogo alemán, dice que “El industrialismo moderno ha tenido éxito en la producción de una nueva clase de hombre: el autómata, el hombre enajenado”. Hace unos días comenté esta idea con un compañero, también psicólogo, pero más cercano en todos los sentidos y me argumentó su discrepancia: Víctor, no es un problema de enajenación sino de alienación. La enajenación presupone una ausencia de conciencia de la realidad y la mayoría de los ciudadanos creen vivir en un mundo real, aunque su existencia esté teledirigida por la mano invisible que mece la cuna y nunca pierde El resto, observamos apenados la omnipresencia de un monstruo que crece alimentando la desigualdad, la violencia y el miedo. No alcanzamos a ver su cabeza y por ello le tememos aún más.

Jesús, convivir no es lo mismo que coexistir. No hay futuro sin sindicatos y, si lo hay, no merece la pena. Ésta es la razón por la que estoy aquí. Será por aquello de que todas las personas tenemos un vicio que nos salva y, los míos, hunden sus raíces en el humanismo laico.


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