jueves, 20 de agosto de 2009

LA CADENA HEREDITARIA DE LA POBREZA...


















Por un necesario cambio de lógica en las relaciones norte-sur

No es fruto de casuales ciclos económicos. La deuda externa, soportada por algunos pueblos es un instrumento de dominación.
Hoy no resulta creíble, ni honrado, engañarse con la injusticia que supone un mundo partido en dos, en el que unos soportan el bienestar de otros sufriendo enfermedades, hambre y la destrucción de su ecosistema.
La falta de futuro de unos ha sido diseñada concienzudamente para beneficiar a otros. La realidad de la globalización anula en ese proyecto la realidad del hombre. Reconozcamos que en el desarrollo de la mundialización cuentan cada día menos sus ciudadanos.
Es la compulsiva carrera por la acumulación, a la que es ajena un mínimo criterio de equidad. Sólo así se explica el que, en un mundo en el que cada día existe más riqueza, la pobreza ahoga cada día a más pueblos. Estos no mueren por falta de recursos, sino por ausencia de justicia.
La acumulación de una deuda externa insufrible sirve a los países acreedores para imponer condiciones draconianas. Instrumentos al servicio de estos, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional dictan las reglas del juego. Sus programas son reconocidos como ejemplos de degradación medioambiental, corrupción, desplazamiento de poblaciones indefensas y miseria. Sobre todo miseria.
Respondiendo a su lógica economicista, que hace del capital un fin en sí mismo, obliga a reducciones drásticas de las inversiones en infraestructuras, sanidad o educación.
Es el sur de cada sur quien debe sufrir con mayor intensidad la falta de viviendas, de trabajo, de salud y de formación.
Arrancar el futuro a los pueblos genera pingües beneficios a los acreedores. No sólo elimina la competencia hundiendo su industria, sino que permite imponer recetas acordes con los intereses del club de prestamistas.
Ajenos, atiborrados, nos creemos salvados por la puñetera suerte de haber nacido donde lo hemos hecho, aunque sea de culo. Nos puede dar pena hasta dejar mil euros en la hucha del Domun, pero no nos incumbe.
Como si la máquina del pensamiento único pudiera pararse por sí sola, como si reconociera fronteras, sexos o colores. El incremento constante en la acumulación de capital, implica necesariamente, en su lógica, la extensión cualitativa y cuantitativa de la pobreza.
La globalización de la desigualdad facilita la importación de productos con los que, para competir, se argumenta la necesidad de degradar las condiciones laborales de los estados receptores. Esta degradación implica a su vez otra vuelta a la tuerca de la miseria en los países exportadores, para mantener a su vez la competitividad. Es el círculo vicioso que tiene como resultado la universalización de la miseria de la clase trabajadora y la concentración de la riqueza en manos de unos pocos.
Y cuando no se importan productos se importan seres humanos desesperados, carne de cañón para la explotación (sexual, laboral, qué mas da). Las pateras procuran, además de aminorar las condiciones laborales, un rechazo social que favorece la implantación de ideologías que viajan cómodas con la gran máquina.
Pero ha pasado también el momento de culpar al sistema de nuestro compulsivo consumismo. La sangre de sus fauces no sirve ya para limpiar nuestras conciencias. La falta de solidaridad que rige nuestros pasos puede estar alimentada por un mundo en el que valemos lo que tenemos, pero ninguna abstracción es responsable del polvo o la hierba que elegimos pisar. Somos adultos, responsables... culpables, en definitiva, de la usura que configura las relaciones económicas de nuestro planeta.
Cerca 300 millones de personas -la mitad de la población de África- viviendo bajo el nivel mínimo de subsistencia no necesitan palabras.
A 50 millones de personas obligadas a cambiar de lugar les sobran las palabras.
Empecemos por la exigencia de la condonación de la deuda externa. Por pura justicia, porque no son países, sino hombres, mujeres y niños, los que deben responder por las deudas contraídas, muchas veces, por tiranos a los que ni siquiera han elegido.
Pero no sería suficiente con ello. Se hace necesaria la globalización de las respuestas. No sólo la puesta en marcha de la tasa Tobin, sobre los movimientos especulativos de capital, sino la imposición de una tasa de Compensación para un comercio justo, donde se grave, aún manteniendo su condición competitiva, la importación de productos de acuerdo a un índice de degradación de las condiciones laborales, reintegrándose las cantidades recaudadas a los países exportadores para su reinversión en infraestructuras. De esta forma se rompería el círculo vicioso, evitando las tentaciones de rebajar las condiciones (en busca de la competitividad) en los países importadores y procurando la mejora de la de los exportadores.
Pero, estas u otras propuestas pasan por la modificación de enfoques y valores en nuestra aldea. Poner al hombre como objetivo y la economía como instrumento, y no al revés, sería cambiar el mundo.
http://dotraforma.blogspot.com/

PUBLICADO EN LA VERDAD 20.08.2009 -
VÍCTOR MESEGUER

miércoles, 19 de agosto de 2009

GALERIA DE VACACIONES


Creo que somos lo que somos, entre otras razones, por las canciones que nos han acompañado en nuestra vida. Muchas no las elegimos, las heredamos de hermanos mayores, nos las prestan amigos, las cantamos con ellos (cada vez se canta menos).
Canciones que nos ayudaron a elegir aquellas primeras “palabras de amor, sencillas y tiernas, que echamos al vuelo por primera vez cuando apenas despertábamos de un sueño infantil”.
Era el instante en que se abría un cielo lleno de tierra y, también por primera vez, una boca arrastraba nuestra boca “dando a la grana sangre dos tremendos aletazos”.
Ignorados poemas de una juventud sin apenas letra que hoy aún soy incapaz de recitar sin la música que en su día hacía más creíble, más fácil lo imposible.
También, porqué no, un tiempo de vivir, de soñar y de creer que tenía que llover a cántaros. Para ello ni siquiera era necesario doler de la vida hasta creer, a una edad basta con contar.
Canciones que abrieron los ojos que ahora ven, como a otros cegaron las que entonaron cara al sol.
Seguramente ni unos ni otros tuvimos culpas ni méritos, simplemente cantamos lo que tuvimos a mano mientras la vida nos modelaba con sus compases.
Era la poesía como un arma cargada de futuro, que nos exigía participar cuando aún no participábamos y ni siquiera sabíamos como participar. Pero ya no podíamos desentendernos ni evadirnos. Héroes convencidos de estar tocando el fondo, con inocente ignorancia del vacío.
Miguel Hernández, Celaya, Paco Ibáñez, Quilapayun, Víctor Jara, Serrat, Blas de Otero, confundidos, camuflados en la clandestina noche de vinilo, para convertirnos en parte de lo que somos.
No soy el padre al que Ismael Serrano pide que le cuente otra vez “ese cuento tan bonito de gendarmes fascistas y estudiantes con flequillo, y dulce guerrilla urbana con pantalones de campana”. Mis pantalones eran cortos y mi ocupada Sorbona un trozo de huerta en El Raal, debajo de cuyos terrones nunca encontré la playa.
Tampoco creo que descubrieran otros lo que hoy son debajo de los adoquines. Se hubieran lapidado con rabia. Pero algunos lo intentaron y otros escuchamos sus canciones.
Puede, seguramente, que no haya servido de mucho, pero al menos podemos pisar las calles de lo que fue Santiago ensangrentada, y detenernos a llorar por los ausentes.
Los traidores, ya lo sé, no pagan nunca su culpa. Les declaran locos cuando su locura ha dejado de hacer daño. Locos en activo se encargan de ello para salvarlos.
Muchas de aquellas canciones hoy son recuerdos, besos distantes y amargos. Pero también lo que soy. Y, si has llegado hasta aquí, querido lector, seguramente lo que somos.
Es cierto que hoy, demasiados momentos, “vivo en un saco pegado al suelo, desde donde veo gente pasando y, cuando salgo, entonces pienso: mejor quedo”. Jarabe de palo para los que siempre nos negamos a considerarlo como la única medicina para los españolitos de a pie.
Pero en esto no ha terminado, para quienes estamos empeñados en que “nuestro reloj sean el sol y las horas” tenemos canciones para seguir dando vueltas a la noria de los mil caminos.
Es quizá difícil encontrarla entre los acelerones de los “chunda chunda” que no juzgo, porque no entiendo, que se para a respirar un segundo en los semáforos.
Sin embargo, hace unos días entré en un garito y comprobé que hay otros, como yo, también “sin ningún porvenir, sólo evitando el camino”. Que sueñan con llegar a algo viviendo sólo en su interior en el rastro de un mundo perdido”.
Como ellos, “llegaré conde quiera si quiero, pero me conformo con estar aquí, un garito y veinte personas... suficiente para mí”.
O quizá no sea ni haya sido así.
En todo caso nos damos cuenta que no hemos perdido (aunque nunca ganemos porque no hay nada que ganar), mientras Diego Cantero (esa noche era el cantautor que contaba su vida “ochenta canciones para un futbolín”, cantaba la vida a despecho rimando algún verso sin buscar el fin).
Sería injusto, tras apurar la copa, no dar las gracias.









VICTOR MESEGUER DOTRAFORMA

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