viernes, 26 de junio de 2009

UNA HISTORIA REAL QUE PUBLIQUÉ HACE UNOS AÑOS...

Hacía tiempo que no era NADIE, y lo sabía. Sus ojos abiertos en la claridad de su noche miraban de frente otro tiempo, cuando él y su hermano estudiaban en Kinshasa. Había sido buen estudiante. De eso hacía ya muchas noches con los ojos abiertos, muchos días oscuros, a pleno sol, trabajando sin respiro para nada. Hacía ya, sobre todo, mucha desesperanza. Fue su hermano Juvenal quien le convenció para viajar a un mundo mucho mejor, donde ganarían en un mes lo que allí les costaría años de trabajo.
Quienes les trajeron les habían asegurado trabajo y alojamiento (si no fuera por la oscuridad que reinaba en aquella nave, atestada de colchones en el suelo donde dormitaban o, quizá también como él, miraban muy lejos de allí otros NADIE, alguien podría haber visto la amarga sonrisa de la realidad en el rostro de Kasai).
Aquel mismo día había decidido que no quería que le siguieran engañando, había resuelto, por fin, denunciar a la policía cómo le estaban explotando. No sabía apenas el idioma de este país, pero tenía la firme decisión de no ser esclavo de nadie. No le habían hecho mucho caso en la policía, le remitieron a una asociación llamada Cáritas. Allí una señora muy bien vestida le había escuchado y, después de decirle que no podía hacer nada, le llevó a los sindicatos. También allí le habían escuchado, le pidieron el contrato, hicieron algunas llamadas por teléfono y le dijeron que volviera otro día.
El vacío que sentía no era miedo, ni rabia, era solo el espacio que deja ese esperado “mañana” cuando se ha escurrido entre las manos.
El ruido de un vaso rompiéndose contra el suelo sacó a Víctor de su ensimismamiento. Había venido a verle aquella mañana, Kasai era uno más de esos inmigrantes, mano de obra barata. Chapurreando el castellano le había dicho que, de lo que le pagaban, le descontaban 33.000 ptas. para la empresa de “búsqueda de empleo” que le consiguió el contrato; 40.000 ptas. para devolver el dinero y los intereses del viaje (Le contó también que para poder viajar tuvo que vender todo lo que tenía); otras 30.000 ptas. por el alquiler del colchón en que dormía. No le quedaba nada para vivir. Le había enseñado el contrato y allí figuraba todo aquello como concepto de devolución de un adelanto percibido. Al preguntar a Kasai si había firmado aquello, este se encogió de hombros, no sabía leer ni escribir en castellano. Todo asquerosamente legal, encajado limpiamente en el sistema, como la llamada que él mismo realizó a la D.G. de Trabajo y en donde le comentaron que ya llevaban un tiempo tras ese tema, que les vendría muy bien tener el contrato..
El contrato, despido de Kasai que, con su hermano, tendría que buscar otro trabajo, quizá no lo encontraran y fueran repatriados, en todo caso denuncia hecha por persona ilocalizable. Cierre del caso.
¡Estás en Babia Víctor!. « Perdón», contestó ese cogiendo su “tapón” y acercándose al grupo. Entre la atronadora música del local tipo “movida del jueves universitario” pudo entender como Fátima, una de las camareras, preguntaba a su compañero Luis en qué trabajaba. «En U.G.T. », respondió este mientras miraba a Víctor por encima del tapón de whisky que se acercó a los labios... sabía en que estaba pensando. «¿Y en ese sitio, qué hacéis? » insistió Fátima. «Pues... defender a los trabajadores, como a ti, por ejemplo». Supieron que aquella joven camarera tenía un contrato por 6 horas, aunque trabajaba el doble, que esa había sido su vida desde los 16 años, que no le interesaba que le defendiera nadie porque: ¿Dónde iba a ir luego?; que a una compañera la acababan de despedir (de no volver a contratar, perdón) porque ya tenía 24 años y allí solo querían gente joven, como los universitarios que venían a tomar sus “tapones” (vivos entre el alcohol del hoy es jueves y mañana será otro día... si es, y un ruido ensordecedor que impida escuchar el silencio de la nave donde, en ese momento, 50 personas, tratan de olvidar los grilletes que les aferran a un colchón tirado en el suelo, que impida escuchar su propio porvenir en una sociedad egoístamente liberal, en la que futuro se identifica con proyectos de vida precariamente temporales), que, de todas formas, ella pensaba votar al PP, porque: «Ahora salimos en la tele y nos ven en toda España en el día de la Región». La sonrisa de Luis no era la de una batalla perdida, sino la de que no merece la pena entablar. La de la inutilidad por explicar que los sindicatos no se presentan a las elecciones, ni que la vida real importa más que la de la publicidad de unos campanarios. Era la sonrisa decidida de un largo camino por recorrer, de recuperar mucho tiempo perdido; un firme compromiso de trabajar por y junto a los universitarios, Kasai, Fátima, Emilio (el trabajador que calló ese jueves de un andamio). Ellos, seguramente, no asistirán a la manifestación del día 3, pero por ello caminarían por las calles de Murcia y, al siguiente, como cada día, reiniciarían un proyecto cargado de esperanza. Víctor mientras pagaba, le devolvió la sonrisa. Quedaba tanto por hacer... pero merecía la pena.

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