jueves, 4 de junio de 2009

Hacer cosas diferentes



Por: Víctor Meseguer


Compañero me desvela la misma suerte que a ti.
Cada uno desde el papel que le toca desempeñar, diferentes y complementarios, prometimos encender esa candela que de luz a un modo diferente y mejor de entender la vida.
Tony Blair manifestaba que iba a gestionar lo mismo que la derecha, pero haciéndolo mejor. Es el nuevo discurso de una izquierda envejecida prematuramente, pragmática hasta anular por completo la imaginación.
Una izquierda europea teñida de un gris desesperanzado e impotente, contaminada de ese discurso que pretende que nos conformemos con el único mundo posible; injusto, insolidario... pero sin alternativa. Es “la cruda realidad” que vive de la ausencia de colores dispares, de la negación de ideologías, del “pensamiento único”, que sonríe superior ante otras formas de acercarse a la comprensión y el desarrollo de nuestra identidad como seres sociales.
Si hoy es preferible que gobierne la izquierda, aún con la espalda encorvada, a que lo haga la derecha, es solo porque aquella permite respirar. Pero si continua perdiendo sus señas de identidad, renunciando a llevar la imaginación al poder, llevará este a la imaginación. Y no podemos olvidar que el poder es necesario que sea tangible, real, si queremos conformar el futuro.
No pretendo ser realista pidiendo lo imposible, mi grado de utopía solo llega hasta donde creo es posible mejorar el mundo que nos ha tocado vivir. Pero hay que hacer cosas, no ya mejor, sino diferentes a las que hace la derecha, aunque las herramientas sean las mismas. Desde la izquierda no podemos conformarnos con generar riqueza, tenemos también que repartirla. Esta es la clave, el objetivo que, en economía, nos diferencia del pensamiento liberal. En su consecución el mayor error que podemos cometer es confundir instrumentos con metas. Así, el reparto de trabajo debe identificarse únicamente con un mecanismo. Quienes se empeñan en convertirlo en el eje de su discurso, no hacen sino jugar con las reglas de una derecha feliz viéndonos alejarnos del problema real: el reparto de la riqueza. Y ello es especialmente evidente cuando se producen más garbanzos con operaciones financieras que con el sudor de la frente. Si el salario global es cada día menor frente al beneficio del capital, es suicida limitarnos a discutir el modo de repartir aquel. De la misma forma, es evidente que no puede mantenerse un estado de bienestar sustentado únicamente por las rentas del trabajo. Hay que hacer cosas diferentes. El reparto de la riqueza debe traducirse en incremento de puestos de trabajo y, en ello, el Estado debe jugar un papel fundamental. Sanidad, educación, servicios a la comunidad, etc. están todavía muy alejados de una cobertura suficiente.
Otro de los mensajes que ha calado hondo, incluso entre la izquierda de lo posible, es lo inevitable de la precariedad en el empleo debido a la globalización de la competitividad. Obviando la evidencia de que, una gran cantidad de empresas, únicamente compiten con la de la esquina de enfrente y, por lo tanto, lo que hay que exigir es que el Gobierno haga cumplir la legalidad de una puñetera vez, en vez de mirar hacia otro lado, las respuestas a los dilemas que plantea la cada vez más real aldea global solo pueden ser globales. El círculo diseñado por el capitalismo liberal delimita un mundo cruel, cierra cínicamente cualquier salida a la esperanza.
Una situación prácticamente esclavista en los países denominados del tercer mundo, abarata los costes de producción, “obligando” a los países desarrollados a precarizar el empleo para poder competir. En una primera fase, en la que nos encontramos, el problema de nuestro privilegiado mundo se atenúa por el diferencial brutal que hace mantenerse, a costa de sangrar a quienes menos tienen, el estado de bienestar. El círculo se cierra en la degradación, si aún cabe mayor, de quienes se ven obligados a trabajar durante dieciocho horas por un salario de subsistencia.
En esta esperpéntica espiral degradadora, el beneficio del capital se ve paulatinamente incrementado, dado que lo que se reduce no es la riqueza, sino el coste de la mano de obra.
Si añadimos a esto el anteriormente mencionado concepto del reparto del trabajo en lugar de la riqueza, así como el mantenimiento del estado de bienestar a costa de las rentas de trabajo, el resultado es tristemente imaginable.
Decía que la respuesta de la izquierda ha de ser global, a través de un acuerdo internacional que grave las importaciones de los productos, respetando su competitividad, de acuerdo al índice salarial de los paises de los que provengan. Los mencionados gravámenes habrían de reintegrarse nuevamente a los países de origen, generando infraestructuras para facilitar el incremento en sus niveles de vida. Sería una fórmula de romper el círculo vicioso diseñado por el gran capital, probablemente ingenua si entendemos que quienes manejan los hilos del poder no tendrán ningún interés en ello.
Pero la izquierda que no busque hacer cosas diferentes, no es sino el maquillaje que simula humano el rostro de la derecha más brutal.

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