jueves, 7 de mayo de 2009

El techo de cristal

“Es un hermoso día”, dijo Obama antes de rubricar su primera ley como presidente de los Estados Unidos de América, llamada Lilly Ledbetter, como la mujer que abrió un proceso judicial en Alabama después de descubrir que durante décadas recibió un sueldo inferior al de los hombres por un trabajo de igual valor. Pese a los avances en la conquista de iguales derechos políticos, civiles y laborales, una sigue siendo la conclusión: la igualdad ante la ley no es la igualdad ante la vida y, como muestra, un botón: La vida de una mujer en Irán vale legalmente la mitad que la de un hombre y, a cambio, en los países desarrollados, en el mejor de los casos, vale lo mismo pero cuesta el doble.

No se puede tratar de igual modo al que parte de condiciones desiguales. Pues vale. Pero las medidas de discriminación positiva sólo tienen valor pleno si facilitan una mutación en las oxidadas estructuras sociales. En el tiempo que nos ha tocado vivir, lo único que permanece es el cambio, especialmente, en el mundo del trabajo y, puestos a cambiar la dermis, no nos vendría mal ponernos en la piel de ellas, de tal manera que el sexo, laboralmente hablando, fuera una mera anécdota como la puede ser el hecho de ser mas alto, más bajo, rubio o moreno. Una metamorfosis que debe orientarse a la puesta en valor de nuevos mecanismos de flexibilidad y nuevos modelos de trabajo que permitan conciliar la vida personal, familiar y laboral. Como afirma la economista belga Marianne Bertrand Bertrand "Habría que preguntarse si los trabajos tienen que ser así, ¿hay que trabajar tantas horas, estar disponible las 24 horas del día?". "Cuando una mujer tiene hijos su retribución cae porque son problemas, cuando un hombre los tiene se le considera más porque se les supone más responsabilidad". Tenemos que pasar del tiempo basura al tiempo productivo y de la economía a la filosofía.

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VICTOR MESEGUER DOTRAFORMA

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