viernes, 8 de mayo de 2009

El suicidio de la deuda externa



Por: Víctor Meseguer


No es fruto de casuales ciclos económicos. La deuda externa, soportada por algunos pueblos es un instrumento de dominación.

Hoy no resulta creíble, ni honrado, engañarse con la injusticia que supone un mundo partido en dos, en el que unos soportan el bienestar de otros sufriendo enfermedades, hambre y la destrucción de su ecosistema.

La falta de futuro de unos ha sido diseñada concienzudamente para beneficiar a otros. La realidad de la globalización anula en ese proyecto la realidad del hombre. Reconozcamos que en el desarrollo de la mundialización cuentan cada día menos sus ciudadanos.

Es la compulsiva carrera por la acumulación, a la que es ajena un mínimo criterio de equidad. Solo así se explica el que, un mundo en el que cada día existe más riqueza la pobreza ahoga cada día a más pueblos. Estos no mueren por falta de recursos, sino por ausencia de justicia.

La acumulación de una deuda externa insufrible, sirve a los países acreedores para imponer condiciones draconianas. Instrumentos al servicio de estos, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional dictan las reglas del juego. Sus “programas” son reconocidos como ejemplos de degradación medioambiental, corrupción, desplazamiento de poblaciones indefensas y miseria. Sobre todo miseria.

Respondiendo a su lógica economicista, que hace del capital un fin en sí mismo, obliga a reducciones drásticas de las inversiones en infraestructuras, sanidad o educación.

Es el sur de cada sur quien debe sufrir con mayor intensidad la falta de viviendas, de trabajo, de salud y de formación.

Arrancar el futuro a los pueblos genera pingües beneficios a los acreedores. No solo elimina la competencia hundiendo su industria (la falta de inversiones ha supuesto la pérdida de los tercios de su industria textil a Zambia, presentada como modelo por el FMI en la lucha contra la inflación), sino que permite imponer recetas acordes con los intereses del Club de prestamistas.

El Banco Mundial ha “promovido” así las exportación de café, cacao o té, con tal éxito que, ante una demanda relativamente estable, los precios han descendido hasta alcanzar el nivel más bajo de los últimos 90 años.

A esta “conquista”, que además tiene la virtud de degradar las biotas por la utilización intensiva de monocultivos, se une la necesidad de la explotación indiscriminada de los recursos naturales, como los minerales o la madera.

Ajenos, atiborrados, nos creemos salvados por la puñetera suerte de haber nacido donde lo hemos hecho, aunque sea de culo. Nos puede dar pena hasta dejar mil duros en la hucha del Domun, pero no nos incumbe.

Como si la máquina del “pensamiento único” pudiera pararse por sí sola, como si reconociera fronteras, sexos o colores. El incremento constante en la acumulación de capital, implica necesariamente, en su lógica, la extensión cualitativa y cuantitativa de la pobreza.

La globalización de la desigualdad facilita la importación de productos con los que, para competir, se argumenta la necesidad de degradar las condiciones laborales de los estados receptores. Esta degradación implica a su vez otra vuelta a la tuerca de la miseria en los países exportadores, para mantener a su vez la competitividad. Es el círculo vicioso que tiene como resultado la universalización de la miseria de la clase trabajadora y la concentración de la riqueza en manos de unos pocos.

Y cuando no se importan productos se importan seres humanos desesperados, carne de cañon para la explotación (sexual, laboral, qué mas da). Las pateras procuran, además de aminorar las condiciones laborales, un rechazo social que favorece la implantación de ideologías que viajan cómodas con la Gran Máquina.

Pero ha pasado también el momento de culpar al sistema de nuestro compulsivo consumismo. La sangre de sus fauces no sirve ya para limpiar nuestras conciencias. La falta de solidaridad que rige nuestros pasos puede estar alimentada por un mundo en el que valemos lo que tenemos, pero ninguna abstracción es responsable del polvo o la hierba que elegimos pisar. Somos adultos, responsables... culpables, en definitiva, de la usura que configura las relaciones económicas de nuestro planeta.

Cerca 300 millones de personas –la mitad de la población de África- viviendo bajo el nivel mínimo de subsistencia no necesitan palabras.

A 50 millones de personas obligadas a cambiar de lugar les sobran las palabras.

Empecemos por la exigencia de la condonación de la deuda externa. Por pura justicia, porque no son países, sino hombres, mujeres y niños, los que deben responder por las deudas contraídas, muchas veces, por tiranos a los que ni siquiera han elegido.

Pero no sería suficiente con ello. Se hace necesaria la globalización de las respuestas. No solo la puesta de marcha de la tasa “Tolbin”, sobre los movimientos especulativos de capital, sino la imposición de una tasa de “Compensación para un comercio justo”, donde se grave, aún manteniendo su condición competitiva, la importación de productos de acuerdo a un índice de degradación de las condiciones laborales, reintegrándose las cantidades recaudadas a los países exportadores para su reinversión en infraestructuras. De esta forma se rompería el círculo vicioso, evitando las tentaciones de rebajar las condiciones (en busca de la competitividad) en los países importadores y procurando la mejora de la de los exportadores.

Pero, estas u otras propuestas pasan por la modificación de enfoques y valores en nuestra aldea. Poner al hombre como objetivo y la economía como instrumento, y no al revés, sería cambiar el mundo.

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