viernes, 29 de mayo de 2009

Así es la derecha


Por: Víctor Meseguer
Hay quienes esperan que, la conclusión del debate sobre la reforma del mercado laboral, suponga, según su diseñada estrategia, la recogida de la fruta madura de su tendenciosamente resembrada dialéctica entre lo liberal y lo social. Este es, pues, el auténtico debate.
Lo curioso de esa línea de pensamiento, yo diría que de interés, es que pretende hacer pasar por novedoso, incluso post-moderno, lo que es la historia del origen de la humanidad hasta nuestros días. Es la vida del hombre de Cromañón que, con la porra más grande y picuda, se hacía con el dinosaurio, la mujer y los alimentos del vecino, más débil por supuesto. La de la espada de hierro ante la de madera, la de la sangre azul frente a la vulgar roja, la de la riqueza frente a la pobreza, la del hombre frente a la mujer, la del norte frente al sur. Es el discurso liberal viejo y egoísta barnizado de teoría economicista. La ley del más fuerte.

Y ha sido así hasta que los débiles, los trabajadores, se unieron, cobrando fuerza en la dialéctica regida por los criterios liberales.

Es sólo a partir de ese momento cuando se comienza a teorizar sobre la conveniencia de la intervención del Estado, para regular una confrontación de la que nadie salía beneficiado. Había que pacificar las relaciones laborales, protegiendo aparentemente los derechos de los trabajadores y defendiendo realmente otros "intereses"... a ser posible compuestos.

El “Estado de Bienestar” es así una consecución de los trabajadores nacida de su fuerza dentro de las reglas de juego del marco liberal.

No es sorprendente que, la mundialización de la economía, con la integración de estructuras laborales absolutamente desprotegidas cuando no esclavistas, así como el desarrollo de tecnologías que han profundizado en el desequilibrio entre oferta y demanda de empleo, unido a un abandono, autojustificativamente denominado “pragmatismo”, de la izquierda política; y, porqué no reconocerlo, a una falta de capacidad de la izquierda social en cohesionar tanto la defensa de los trabajadores como de los parados, haya propiciado la crítica feroz a un estado social y de bienestar en el que, no olvidemos, junto a la sanidad, la educación, la cultura, etc., el empleo es un elemento irrenunciable.

Por supuesto que es necesaria una adaptación al reto que nos espera en un mercado global. Hace falta una redefinición de las reglas del juego para que consigamos las metas de desarrollo propuestas. Pero lo primero que hay que definir son esas metas, priorizar los instrumentos para alcanzarlas; qué sociedad, en definitiva, queremos para nosotros y nuestros hijos. Por eso, nunca debe de constituir, dicha reforma, una síntesis exclusiva y excluyente de lo liberal sobre lo social. Serviría de poco, en la aldea global de la competitividad, o llegamos todos o no podrá llegar ninguno. De nada vale producir motos buenas, bonitas y baratas, si no hay quien pueda comprarlas.

Por otra parte, lo que algunos pretenden de derecho, y que eufemísticamente denominan regularización del mercado de trabajo, flexibilidad laboral, etc., es, en realidad, mucho más crudo y triste. Empecemos por cumplir las leyes.

La competitividad no puede apoyarse en bajos salarios, encogimiento del Estado y las prestaciones sociales a los más débiles, y engrosamiento de las cifras de paro y empleo precario. Ni siquiera la cualificación, la formación, son suficientes para el logro de la calidad total, como premisa ineludible para esa competitividad. Es necesario el compromiso de los trabajadores con el proyecto. Tenemos que hacer un enorme esfuerzo en asumir que somos empresarios en la búsqueda de la calidad. Lo mismo que hace falta que los empresarios se sientan trabajadores y no meros especuladores del esfuerzo ajeno.

Hace falta en definitiva, un consenso que provoque la idea de tener objetivos comunes, una paz laboral. Para ello empresarios y sindicatos deben entenderse en un debate de altura, valiente y honrado, sin red para nadie. Aquellas regiones que logren antes y mejor esos acuerdos, cuyos responsables empresariales no se rasguen las vestiduras cuando se denuncian abusos, sino que comprendan que es a ellos a quienes primero perjudican, y en las que los responsables sindicales sean capaces de instalar en los trabajadores el orgullo de hacer bien las cosas, de esforzarse en el objetivo de nuestra empresa, serán las regiones que logren el éxito final en la carrera de la competitividad y, más aún, en la del desarrollo del ser humano como realidad supraindividual.

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