Hace tiempo que vengo rumiando la idea de que en este país vivimos una nueva versión del Ruedo Ibérico. La política flash, donde la obsesión por decir algo es previa a tener algo que decir. En el tiempo y el espacio en el que nos ha tocado vivir, si no estás en el candelero eres menos que nadie. Es más que evidente que los tiempos modernos se caracterizan porque la gente ríe y canta menos y, consiguientemente, piensa menos también.
La moda es la moda. Los partidos políticos se transforman en tiendas de información todo a cien, dispuestos a echar mano de cualquier rumor que no información, ocurrencia que no idea e improvisado ofrecimiento que no pensada propuesta que sea útil a la organización (o a quienes la dirigen que es lo mismo).
La estrategia y los objetivos a medio y largo plazo son sustituidos por la gestión del hoy, aunque se malogre el mañana o vaya en el precio quemar alguna buena idea, que, puesta en valor antes de tiempo, quede sin solución de continuidad. Ciudadanos y ciudadanas, ¡Vamos a ganar! ¿Para qué?, interpela el toca huevos de siempre. Silencio. La callada por respuesta.
En la corte de los milagros, nuestros líderes andan enloquecidos y enloqueciendo a todo quisque que deambule alrededor para llenar la ansiada agenda de comunicación. Incluso tienen que dedicar un recurso tan escaso como su tiempo, para orientar a despistados periodistas para que estén en lo que es porque son más eso que ná. Eso sí, respetando su independencia. Me refiero a la propia, la de los demás se la trae al pairo. Pero ojo, hay que manejar con mucha inteligencia emocional, pues un evidente error con los mass media puede acarrear muchas cosas y ninguna buena.
Luego pasa lo que pasa. Rueda o comparecencia de prensa a tutiplén y sin tener una noticia que llevarse a la boca. Quién da más; para que luego digan. La verdad es que este oficio no está pagado. Pobreticos. ¡Que por nadie pase! Todo el día a bofetadas con los flashes que previamente han convocado en beneficio del interés general. ¿General? Por supuesto. Me pregunto si alguien a estas alturas duda de la generalización de verbos como trepar, medrar... Al fin y al cabo, significan lo mismo que subir, mejorar, progresar, prosperar... Y, si la cosa sale mal, pues eso, los medios de comunicación (siempre están vendidos a los contrarios de quienes los enjuician).
Como la política no es buena para la salud de los que piensan, son otros los que se dedican profesionalmente a ello. Pero pensar cuesta. Más que tiempo, dinero. Y no parece que sea fácil que te financien la independencia. Por supuesto, pensar sí. Definido el interés último, un poco de aderezo por aquí, relleno por allá, un espolvoreo de números que faciliten el resultado final y... ¡Listo para servir!
Fundaciones, Think Tank y gabinetes a porrillo se encargan de fabricar contenidos a destajo. Pero, ¿y si te tropiezas con la piedra filosofal?; ¿eh? ¡Ahí te quería ver! La primicia es la primicia o, lo que es lo mismo, el que da primero da dos veces. Pues nada, tampoco es problema. La desgranas a golpes en la cabeza del de enfrente y luego, lo invitas a negociar o la pactas con todos los demás: ¡Viva mi dueño! Ya saben, la cultura de desarrollo de consensos sociales que tantos días felices nos ha dado a nuestra amada patria y que corroe de envidia a nuestros vecinos (lusos, gabachos, boches, tanos, vikingos,...) que nos la quieren copiar. ¡Vaya unos tíos cochinos!
Bueno, no siempre funciona. Los de enfrente, se obsesionan en poner palos en las ruedas de cualquier iniciativa desenfundada por otro, por el mero hecho de que sea el otro quien se apunte el tanto. ¡Que irresponsabilidad! Así no hay quien avance. Los primeros damnificados somos los ciudadanos que generamos expectativas de cambio que tornarán (en la mayoría de los casos) en frustración. ¿Y de lo mío qué? De lo dicho, nada de nada. ¡Que fatalidad!
La política convertida en nueva versión de La Reina de los tristes destinos de Baza de Espadas. Nuestra democracia anda embrollada en un viaje al futuro caminando hacia ninguna parte. ¡Viva el esperpento! ...Ni siquiera es una mala interpretación de Luces de bohemia sino el teatro-realidad, donde la mayoría de los personajes apenas disponen de las luces necesarias para pasar el día, pero que, a poco que les dejes, se vienen arriba y te funden los plomos.
Son los tiempos líquidos de Zygmunt Bauman, el imperio de los postmodernos, donde todo es líquido, inconsciente, evanescente. Lo único estable es el cambio pero los cambios agonizan antes de que les hayamos dado una oportunidad. ¡Max, no te pongas estupendo!
Octavio Paz decía que, “probablemente el marxismo no haya sido la respuesta adecuada, pero las preguntas continúan ahí”. Yo disiento. A la vista de lo visto no puedo escapar al recuerdo de aquella escena donde Groucho Marx, nariz contra cristal, le comentaba a su hermano -que se hallaba en idéntica posición- “…en el edificio de ahí enfrente hay un tesoro”. A lo que éste le respondió “pero… ¡si no hay ningún edificio!”. Tras unos segundos, Groucho remató: ¡Pues que lo construyan!
Esta claro que cada día son más a los que el paso del tiempo no les enseña nada. Todavía no hemos reparado en los errores del pasado-presente y ya le estamos echando cuentas al futuro.
Unos cuantos empresarios a los que echarle la culpa (con razón y sin ella) mientras los verdaderos responsables se van de rositas: una banca y unos reguladores (gobiernos)… ¡i-res-pon-sa-bles!
El papel de los bancos en la crisis es sobradamente conocido. Se trata sin duda de "papel higiénico": son los primeros que se han descubierto llenos de mierda (fueron ellos quienes prestaban a quienes no podían devolver y los instigadores de todo el boom inmobiliario... y, claro, si es "boom" tiene que estallar.) Eso sí, no olvidemos que el papel higiénico sirve para limpiar, y es lo que han hecho los Gobiernos: invertir en papel higiénico (traducción simultánea: dar pasta a los bancos) para limpiar lo que les salpicaba del chorreo de la crisis. Perdón, ¿he dicho limpiar?; quería decir "cambiar la mierda de sitio". Y es que la porquería, como la energía, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. La única forma de acabar con ella es acabar con lo que la genera: el modelo económico.
Según el Perich, la religión sirve para solucionar los problemas que no existirían sin la religión. Hagamos el ejercicio de cambiar "religión" por "banca"... Aunque quizá ambas se parezcan bastante: anda que no hay que tener fe para creer que alguna vez terminarás de pagar una hipoteca; lo de la Santísima Trinidad se queda en ná. ¡Ojo! que con todo esto no pretendo escribir una invectiva demagógica contra los bancos. No podría: podemos comer gracias a ellos. Mi sobrino, concretamente, gracias a la cubertería de acero inoxidable (hasta que se oxida) que le regalaron por la hipoteca que se llevará el 40% de su sueldo durante los próximos 50 años.
Como diría “El Roto” ¡La operación ha sido un éxito: Hemos conseguido que parezca crisis lo que fue un saqueo! Ya saben, vivimos en la Sociedad-Espectáculo donde lo único que importa es lo que las cosas parecen y no lo que realmente son.
Mientras tanto, la mayoría de los gobiernos del mundo mundial recuperaban del fondo de armario, el viejo modelo de los neocon que sigue defendiendo que las leyes del mercado y que la maximización de la búsqueda del beneficio optimiza, por sí sola, la contribución de la empresa a la sociedad y minimiza los impactos negativos derivados de su actividad. A la vista queda.
Un poco de por favor…Stop. Como me suele decir Rosalinda cuando viajamos… recalculando, recalculando, a cincuenta metros gire a la izquierda. ¿Cómo? Necesitamos que la mano visible de los gobiernos redefina las reglas del juego y reinvente la política. Es evidente que el ser humano no puede seguir jugando con unas reglas que imponen unos pocos. Devorándonos unos a otros en una esquizofrénica partida de parchís, sin darnos cuenta que, el único beneficiario, es el que nos cobra por utilizar el tablero. La solución pasa por nuevas políticas económicas y el cambio de modelo productivo. Hay que acometer reformas estructurales como la redefinición de la función pública, con el objeto de que el empleo público no suponga una restricción para la modernización de las administraciones públicas.
Hay que revisar del modelo de mercado de trabajo, de los sistemas de educación y desarrollo personal y la distribución social de rentas inmateriales. También hay que retomar el impulso de los derechos sociales como única vía para la igualdad real de derechos y oportunidades (el general Franco decía que la mejor política social es elegir bien la familia en la que uno nace); la superación de la brecha industrial de España (nos separan 15 puntos de PIB industrial de los países más avanzados de Europa); el desarrollo de un nuevo régimen fiscal que rescate la idea de proporcionalidad/redistribución e impida el fraude (con la actual subida de impuestos se pretenden recaudar 15.000 millones de euros y nuestro fraude fiscal se aproxima a los 90.000 millones de euros); el fomento de la economía intensiva en conocimiento; la regulación de los flujos internacionales de capital y de un nuevo modelo financiero y económico. Desgranaré estás y otras propuestas en próximas entregas.
La erosionada reputación de nuestras instituciones alcanza niveles mayores allí donde gobierna el Partido Popular. El caso Gürtel ha hecho visibles las correas de transmisión de la mano invisible que mece la cuna en los aledaños del poder y en el mismo epicentro del poder. Como diría Rajoy... ¡Cuerpo a tierra que vienen los míos! Son las consecuencias de la irresponsabilidad. Los expertos vaticinan que, tras la crisis, necesitaremos un nuevo modelo productivo pero, a mi entender, ética y regeneración democrática deben compartir las prioridades en la agenda. La democracia puede morir por falta de vida o, lo que es lo mismo, porque entre todos la matamos y ella sola se murió. Para solucionar un problema no podemos aplicar la misma lógica que lo ha creado. La identificación de los delincuentes es nuestro compromiso con la ley, pero no constituye en sí misma una salida a la lamentable situación higiénica de nuestras instituciones. El cambio pasa por la corresponsabilidad de todos en la defensa de la decencia en la vida política, económica y social. Urge devolver la política a los ciudadanos. Porque aunque algunos confían en que el destino lo decide Dios o una instancia superior, en una sociedad como la nuestra, los que decidimos de verdad somos los ciudadanos, si nos dejan ejercer como tales y, a veces, incluso porque no nos dejan. Ante la ausencia de un cuarto poder (no me refiero a la prensa sino al poder de los ciudadanos), los responsables de la irresponsabilidad, parapetados y apestillados en la máquina de condicionar voluntades, que da el ejercicio del poder, se dedican a desacreditar y/o amedrentar cualquier voz crítica, promoviendo la cultura del chantaje a propios y ajenos, la del desprecio, las medias verdades o verdades interesadas... Son los costes de la estupidez. A estas alturas del cuento ni tan siquiera nos puede sorprender el creciente envilecimiento del debate político. Cuando los jefes se pelean... y se pelean, arriba se lanzan insultos; abajo, los indios, no más oyen, ven y luego... ¡se matan! Algunos, intentando emular o superar las lindezas que se cruzan sus jefes de fila sacan del fondo del armario el más destructivo de los discursos: el discurso de la mentira, del insulto generalizado, de los juicios de valor gratuitos,... Este tipo de discursos se sabe cuándo empiezan pero no cómo y dónde acaban; crecen y se desarrollan tras el cobarde discurso del anonimato y «el calumnia que algo queda». Una política de tierra quemada donde pueden acabar pagando justos por pecadores. Por todas estas razones y alguna más que dejo en el tintero, no entiendo la imagen de un Rajoy a la defensiva. Debería aprender del pasado y situarse en la vanguardia del cambio. Aunque sólo fuera en defensa de la honorabilidad de la inmensa mayoría de los militantes del PP -que estoy seguro- repudian la corrupción. No obstante, no seré yo el que utilice la corrupción como arma arrojadiza contra el PP (bastante tienen los pobreticos defendiéndose del fuego amigo) estando como estoy convencido de que vivimos una crisis de valores que, en mayor o menor medida, va penetrando en el tejido social sin distinción de colores ni clases. No nos engañemos. La diferencia la marca el poder en sus distintas dimensiones/manifestaciones y la probidad moral o su carencia de quienes lo ejercen. Este país necesita un poder que controle al poder de las instituciones y de los partidos políticos. Necesita de la corresponsabilidad de todos, de un cambio orientado a alcanzar una vida democrática más plena, donde sea posible contar permanentemente con el compromiso responsable, la participación y la movilización de la ciudadanía. Esta implicación, en los últimos años ha tendido a debilitarse, con el riesgo que comporta para las libertades y las instituciones. Es imprescindible, pues, un nuevo impulso democrático que haga ver el papel decisivo que en la política tienen los ciudadanos. Para avanzar en esta dirección es necesario, en primer lugar, que las instituciones sean percibidas como patrimonio de todos y no como instrumentos de una sola voz, monopolizados por la fuerza política que las gobierna. Por eso, las instituciones y las administraciones deben ser más abiertas y más cercanas a los ciudadanos. Solamente de esta manera, podrán responder con flexibilidad y celeridad a sus demandas. Y solamente así, serán, a la vez, controlables y transparentes. Además, las instituciones representativas y las organizaciones políticas no agotan la expresión de la participación ciudadana en la vida pública. La política se hace hoy de muchas maneras y en muchos ámbitos -asociativos, profesionales, culturales y laborales-, y no únicamente por la vía de los partidos y de las instituciones. Estos tienen una función fundamental e insustituible. Pero deben ser complementados con movimientos y asociaciones ciudadanas, como parte de la red social que asegura la participación política permanente, amplía y desde la base.
Pedro López es el nuevo secretario general de los socialistas de la ciudad de Murcia. Lo decidimos por arrolladora mayoría los socialistas en la asamblea municipal celebrada el pasado sábado. ¿Para qué? Para promover una nueva ciudadanía responsable que dé respuestas a las preguntas del tiempo y el espacio que nos ha tocado vivir. Pero dar respuestas al ciudadano que camina junto a nosotros no es sólo aspirar a gobernarle. Como tampoco será nuestra victoria el silencio que espera la derrota del contrario por desgaste. Porque el socialismo no es sólo una opción de alternancia, de la que se pueda esperar una mejor gestión, o la alternativa menos mala ante un inevitable hartazgo de los rostros y formas de la derecha. Siempre he defendido que no se trata únicamente de hacer mejor las cosas, sino de hacer cosas diferentes. Debemos recuperar para ello la capacidad de comunicarnos con el ciudadano; de escucharle en primer lugar, pero también de explicarnos. Aprender de sus angustias, de sus necesidades; trasladarles nuestros proyectos, nuestra ilusión. Hacer confluir su hambre de pan y la nuestra de horizontes. No son silencios lo que nos piden, sino la palabra como arma cargada de futuro, para dar esperanza y convencer al ciudadano de que no debe renunciar a ser el actor y el objeto de mañana. Palabras camino del trabajo, hablando de lo que nos preocupa, explicando por qué el agua no es patrimonio de nadie y lo es de todos; de por qué debemos regular cualquier intervención que modifique su naturaleza con el fin de respetar y garantizar escrupulosamente el futuro de nuestros hijos. Respeto al medio ambiente y solidaridad, en el vino y en el agua, se gobierne o se esté en la oposición. Todos ellos son elementos irrenunciables de la marca socialista y ninguna estrategia debe alejarnos de nuestras señas de identidad. Para que la sociedad confíe en nosotros debemos ser absolutamente respetuosos y coherentes con lo que afirmamos representar. Los socialistas siempre hemos abanderado el reparto del agua excedentaria. Pero dicho reparto en ningún modo debiera superar lo que puede suponer de aportación a un crecimiento sostenible. Respeto al medio ambiente es un signo irrenunciable de la izquierda. A los otros se les va el agua por la boca a la vez que secan el vientre de nuestra tierra como consecuencia de su incapacidad para apostar por un desarrollo sostenible: «Aquél capaz de satisfacer las necesidades del presente sin comprometer el derecho de las generaciones futuras de satisfacer las suyas propias». Su ignorancia como contrapartida del beneficio inmediato traslada un coste insostenible a medio plazo. La crisis económica es el legado de los neocon cuyas recetas nos quiere seguir aplicando el Partido Popular. ¡Qué disparate! Palabras a pie de obra para explicar que el mundo necesariamente no tiene por qué dividirse en vencedores y excluidos, que no existe un único modelo, por lo que las leyes de la lógica del crecimiento no tienen porqué profundizar en la separación entre países pobres y ricos; y, dentro de estos, en sociedades injustamente estratificadas. Hay que evidenciar que el socialismo, esté en el Gobierno o en la oposición, tiene un modelo de crecimiento no excluyente. Escuchar a pie de obra las angustias de quienes se ven obligados a trabajar doce horas cobrando sólo seis, a quienes llevan ya tres contratos en lo que va de año y a los que saben que lo terminarán sin ninguno. Escuchar y comprometerse con ellos ahora en la oposición y, por descontado, cuando se gobierne. Palabras al volver a casa, mientras agotados esperamos un autobús que nunca llega, porque el transporte público no interesa al mercado al no ser que pase por una Universidad Católica. Palabras que hagan ver de forma clara a nuestro vecino que quien le arroja del mercado no es ese hombre que llegó en patera, sino quien le explota porque sin papeles está indefenso. Palabras cuando se ha hecho de noche, y ya cansados de esperar ese transporte que nunca llega, caminamos por calles mal alumbradas; palabras para hacer comprender que la izquierda quiere velar por la seguridad, porque las primeras víctimas de su ausencia son siempre los pobres. Reconciliarnos con nuestro pasado, avenirnos en el presente y, sobre todo, dedicarnos a juntar ciudadanos para promover un programa por el cambio en la ciudad de Murcia es la mejor de las formas del volver al futuro. Sí, nosotros podemos. Porque a Pedro, más que las palabras, le definen sus hechos. Pedro es un ejemplo de ciudadanía responsable, defensor de un futuro en el que el ser humano sea el objeto y el fin de la acción política. Victor Meseguer http://dotraforma.blogspot.com/
Allá por 1989, en una mítica intervención televisiva, Fernando Arrabal anunciaba el próximo Apocalipsis gritando, fuera de sí, “¡El milenarismo va a llegar!”. Pero Arrabal se confundió. Primero porque, en lugar de echarse colonia en el cuello y las muñecas, se la bebió. Y segundo, porque lo que acabaría con el equilibrio social en el nuevo siglo no sería “¡el milenarismo, cojones ya!”, sino “el mileurismo”. Algo que sólo una mente patafísica como la de Arrabal podría predecir.
No me digan que no les hubiera sonado a chino si, hace unos veinte años, les hubieran dicho cualquiera de estas tres cosas: 1.- Seis de cada diez trabajadores españoles –mileuristas ellos- tienen que empeñar hasta su alma para comprarse un cuchitril de no más de treinta metros cuadrados; 2.- Los universitarios, niños mimados en todas las sociedades, no sólo no se escaparán sino que serán de los más afectados por el mileurismo (para su consecución ya nos encargamos de desmantelar las Universidades Laborales y desacreditar los oficios que no exigieran una titulación universitaria); 3.- Fraga seguirá en política en 2009. A cualquiera que hubiese soltado alguna de estas tres sentencias le habrían tachado de loco. O de patafísico.
Pero continuemos nuestro repaso histórico. Llegamos a los noventa, donde una marca de coches se inventa aquello de JASP: “Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados”. La intención era decir: “Muchachada, sois unos campeones, la generación más preparada de la historia española, podéis con todo... pero como no tenéis curro, a ver si podéis comprar este coche, que es baratico”. Aquello fue el embrión del mileurista de hoy. Del JASP pasamos al “jaspeado”: más rayado que la abeja Maya. Mirando al futuro sin ver nada. Y es que el futuro es como el Canal Plus: si no hay dinero, no lo ves.
Lo del JASP es un término extinto no sólo porque sea complicado decirlo sin escupir, sino porque la primera sigla carece de sentido. Hoy, los sobradamente preparados –y mal pagados- no son sólo los jóvenes, sino el sesenta por ciento de los currantes. Un sesenta por ciento de gente cansada de que le meen encima mientras dicen que llueve. Y mira que la patronal tiene una vejiga inmensa.
Pero hay de todo en la viña del Señor, como en botica o en un chino de todo a 100. Hasta hay gente que desea ser mileurista: es el caso de los empresarios españoles, un 75 por ciento de los cuales cotizan como mileuristas. Dicen cobrar menos que sus empleados. ¿Tenemos a los empresarios más filántropos del mundo?; o ¿Quizá simplemente a los más mentecatos? No, solo a los más defraudadores. Para que digan de la Gripe A, el mileurismo sí que es una pandemia: se le pega a quien menos te esperas.
Total que llegó 2009 y así estamos: seis de cada diez trabajadores son mileuristas. Entre usted y yo, 18.300.001 españolitos que cobran menos de 1,100 € al mes (sin contar los altos cargos a los que Valcárcel les va a rebajar el sueldo) a pie de calle y a punto de hacer la misma con su bolso de mano, sus taconazos y toda la pesca. Total, el mismo oficio pero mejor retribuido.
En fin, vamos a lo que vamos y a dejar los curas quietos. Zp tiene que convocar una merendola formal para este tema. Si, muy formal. Que luego pasa lo que pasa. Y si no mira como quedó el tapeo del Presidente con los Agentes Sociales para echar una parrafada sobre la ley de Economía Sostenible. Si, la "comida informal" que Zp convocó en la Moncloa. Y, como era informal, los empresarios perdieron las formas. Sí, Díaz Ferrán propuso que los sueldos bajasen un 1% con el argumento de que la inflación es negativa (los precios bajaron un 1,4% en julio). El que no lo vea está ciego: a salario cero, empleo infinito. Bueno, mejor callarse y no dar ideas, que últimamente por aquí parece que todo puede empeorar.
¡Acabo de caer!...Este tío se ha cargado el titulo de mi artículo. ¡Por los clavos de Cristo! Tenia que ser ahora, justo ahora, cuando La Verdad parecía que volvía a confiar en mi talento y yo andaba como un poseso intentando que mi talento confiara de nuevo en mí; pues me abandonó una mañana y sólo dejó una nota en el frigorífico: "Me voy. Compra leche". No dejó un número de móvil ni ná, a ver si lo localizo.
UGT ultima los preparativos del Congreso y él la presentación de su candidatura. Sí. Antonio Jiménez presentará candidatura a la Secretaría general de UGT. A mí me mueve la fuerza del cariño y el respeto. Si hay más, habrá más. No obstante, lo cortés no quita lo valiente y su decisión lo es. En primer lugar, porque supone un compromiso con el futuro de los trabajadores de nuestra Región en un momento donde hay que trabajar duro para que no sean éstos los que sigan pagando la crisis generada por la derecha económica y política (políticos adiestrados por economistas de derechas, militen en el partido que militen). En segundo lugar, porque lleva aparejada la responsabilidad de administrar el legado de cien años de sindicalismo socialista en un momento en que la izquierda vive sus horas más bajas en nuestra región que, a su vez, no vive las mejores. Porque desde la izquierda libertad es compromiso; cuando sale el sol y cuando llueve. Sí. Porque hoy más que nunca, creo que es necesario evidenciar ese compromiso. Cuando todas las campanas mediáticas anuncian el final de las ideologías, el triunfo del pensamiento débil, el avance del pragmatismo sindical dependiente, es necesario utilizar las gargantas para hacer oír unos valores diferentes: Porque se puede, porque sabemos que es posible. Si, nosotros podemos. Quienes defienden la inexistencia de izquierda y derecha basan su argumento en la utilización de los mismos instrumentos para la creación de la riqueza. Olvidan que, aún admitiéndolo, lo que nos ha diferenciado siempre no es eso, sino la forma de repartir esa riqueza. Los sindicatos, de esto, lo sabemos casi todo. Repartir es trabajar para conseguir la igualdad. Y cuando hablamos de igualdad desde la izquierda no hablamos de clones, ni de un mismo color de piel, ni siquiera de un mismo salario. Hablamos de oportunidades. De forma gráfica, mientras la derecha se interesa por un reparto desigual de la tarta, la izquierda lo hace por ampliar su tamaño y el número de comensales. Probablemente la disparidad nazca de la diferenciación de valores y objetivos finales, en tanto, que quienes militan en el conservadurismo pretenden ganar el cielo, otros nos conformamos con hacer más habitable la tierra. La Obra que conforma su pensamiento, les ha dicho desde sus púlpitos que han de ganarse el cielo dando de comer al hambriento con las sobras de su mesa. Nosotros, mucho más prosaicos, nos conformamos con habitar la tierra, trabajando por que todos tengan el empleo con el que ganarse el sustento. ¡Claro que hay diferencias!, ellos predican visitar al enfermo, por eso reducen los recursos destinados a la sanidad, cuando desde la izquierda entendemos como prioritaria la necesidad de extender la cobertura de las prestaciones sanitarias. Necesitan aumentar las diferencias culturales, porque de esa manera podrán enseñar al que no sabe. Es lógico por ello asfixian la enseñanza pública y apuestan por la privada pagada por todos. Desde la izquierda opinamos humildemente que la educación es un bien mínimo e irrenunciable. Predican que hay que dar posada al peregrino. Por ello requieren inmigrantes desesperados que, de paso, trabajen sus tierras por un trozo de pan. A quienes militamos en la izquierda nos gustaría, sin embargo, evitar que nadie tuviera que peregrinar, abandonando su mundo para poder sobrevivir. En todo caso y aunque nos condenemos, creemos más honrado darles un salario justo y un hogar para vivir. Por fin, su prueba del algodón reside en enterrar a los muertos... Los de otros, naturalmente. Son muy dolorosos los datos que todavía reflejan que son muchos los tajos donde resuenan los ecos del poeta: “Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo” ¡Naturalmente que hay diferencias! Eso sí, si existe Dios, que nadie se queje luego si nos sientan a su izquierda. No es mal sitio ¿verdad?, al menos para vivirlo en la tierra. Sí. Pero además de vías alternativas para expresar la diferencia, la sociedad exige espacios comunes por donde avanzar conjuntamente. En definitiva, personas como Antonio Jiménez, con sentido común, capaces de maniobrar el cambio de agujas cuando haga falta, con firmeza, pero no por sistema. Capaz de expresar la discrepancia sin distorsionar las formas. Antonio es un claro exponente de lo que es el respeto al fondo y las formas éticas en la vida pública; un fiel ejemplo del talante que hace posible la creación de espacios donde puedan surgir nuevas propuestas, vías comunes para avanzar con el conjunto de la izquierda. Convencido como él, de que la izquierda es un proyecto de cambio que no puede detenerse en estúpidas vías muertas. Sí. El compromiso de personas como tú facilitará que los diferentes objetivos de una izquierda plural sean capaces de avanzar juntos en el tren de la común sensibilidad de izquierdas. A la vez que hará posible que, contigo Antonio, trabajemos por un mismo presente y ganemos juntos el futuro.
Por un necesario cambio de lógica en las relaciones norte-sur
No es fruto de casuales ciclos económicos. La deuda externa, soportada por algunos pueblos es un instrumento de dominación. Hoy no resulta creíble, ni honrado, engañarse con la injusticia que supone un mundo partido en dos, en el que unos soportan el bienestar de otros sufriendo enfermedades, hambre y la destrucción de su ecosistema. La falta de futuro de unos ha sido diseñada concienzudamente para beneficiar a otros. La realidad de la globalización anula en ese proyecto la realidad del hombre. Reconozcamos que en el desarrollo de la mundialización cuentan cada día menos sus ciudadanos. Es la compulsiva carrera por la acumulación, a la que es ajena un mínimo criterio de equidad. Sólo así se explica el que, en un mundo en el que cada día existe más riqueza, la pobreza ahoga cada día a más pueblos. Estos no mueren por falta de recursos, sino por ausencia de justicia. La acumulación de una deuda externa insufrible sirve a los países acreedores para imponer condiciones draconianas. Instrumentos al servicio de estos, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional dictan las reglas del juego. Sus programas son reconocidos como ejemplos de degradación medioambiental, corrupción, desplazamiento de poblaciones indefensas y miseria. Sobre todo miseria. Respondiendo a su lógica economicista, que hace del capital un fin en sí mismo, obliga a reducciones drásticas de las inversiones en infraestructuras, sanidad o educación. Es el sur de cada sur quien debe sufrir con mayor intensidad la falta de viviendas, de trabajo, de salud y de formación. Arrancar el futuro a los pueblos genera pingües beneficios a los acreedores. No sólo elimina la competencia hundiendo su industria, sino que permite imponer recetas acordes con los intereses del club de prestamistas. Ajenos, atiborrados, nos creemos salvados por la puñetera suerte de haber nacido donde lo hemos hecho, aunque sea de culo. Nos puede dar pena hasta dejar mil euros en la hucha del Domun, pero no nos incumbe. Como si la máquina del pensamiento único pudiera pararse por sí sola, como si reconociera fronteras, sexos o colores. El incremento constante en la acumulación de capital, implica necesariamente, en su lógica, la extensión cualitativa y cuantitativa de la pobreza. La globalización de la desigualdad facilita la importación de productos con los que, para competir, se argumenta la necesidad de degradar las condiciones laborales de los estados receptores. Esta degradación implica a su vez otra vuelta a la tuerca de la miseria en los países exportadores, para mantener a su vez la competitividad. Es el círculo vicioso que tiene como resultado la universalización de la miseria de la clase trabajadora y la concentración de la riqueza en manos de unos pocos. Y cuando no se importan productos se importan seres humanos desesperados, carne de cañón para la explotación (sexual, laboral, qué mas da). Las pateras procuran, además de aminorar las condiciones laborales, un rechazo social que favorece la implantación de ideologías que viajan cómodas con la gran máquina. Pero ha pasado también el momento de culpar al sistema de nuestro compulsivo consumismo. La sangre de sus fauces no sirve ya para limpiar nuestras conciencias. La falta de solidaridad que rige nuestros pasos puede estar alimentada por un mundo en el que valemos lo que tenemos, pero ninguna abstracción es responsable del polvo o la hierba que elegimos pisar. Somos adultos, responsables... culpables, en definitiva, de la usura que configura las relaciones económicas de nuestro planeta. Cerca 300 millones de personas -la mitad de la población de África- viviendo bajo el nivel mínimo de subsistencia no necesitan palabras. A 50 millones de personas obligadas a cambiar de lugar les sobran las palabras. Empecemos por la exigencia de la condonación de la deuda externa. Por pura justicia, porque no son países, sino hombres, mujeres y niños, los que deben responder por las deudas contraídas, muchas veces, por tiranos a los que ni siquiera han elegido. Pero no sería suficiente con ello. Se hace necesaria la globalización de las respuestas. No sólo la puesta en marcha de la tasa Tobin, sobre los movimientos especulativos de capital, sino la imposición de una tasa de Compensación para un comercio justo, donde se grave, aún manteniendo su condición competitiva, la importación de productos de acuerdo a un índice de degradación de las condiciones laborales, reintegrándose las cantidades recaudadas a los países exportadores para su reinversión en infraestructuras. De esta forma se rompería el círculo vicioso, evitando las tentaciones de rebajar las condiciones (en busca de la competitividad) en los países importadores y procurando la mejora de la de los exportadores. Pero, estas u otras propuestas pasan por la modificación de enfoques y valores en nuestra aldea. Poner al hombre como objetivo y la economía como instrumento, y no al revés, sería cambiar el mundo. http://dotraforma.blogspot.com/
PUBLICADO EN LA VERDAD 20.08.2009 - VÍCTOR MESEGUER
Creo que somos lo que somos, entre otras razones, por las canciones que nos han acompañado en nuestra vida. Muchas no las elegimos, las heredamos de hermanos mayores, nos las prestan amigos, las cantamos con ellos (cada vez se canta menos). Canciones que nos ayudaron a elegir aquellas primeras “palabras de amor, sencillas y tiernas, que echamos al vuelo por primera vez cuando apenas despertábamos de un sueño infantil”. Era el instante en que se abría un cielo lleno de tierra y, también por primera vez, una boca arrastraba nuestra boca “dando a la grana sangre dos tremendos aletazos”. Ignorados poemas de una juventud sin apenas letra que hoy aún soy incapaz de recitar sin la música que en su día hacía más creíble, más fácil lo imposible. También, porqué no, un tiempo de vivir, de soñar y de creer que tenía que llover a cántaros. Para ello ni siquiera era necesario doler de la vida hasta creer, a una edad basta con contar. Canciones que abrieron los ojos que ahora ven, como a otros cegaron las que entonaron cara al sol. Seguramente ni unos ni otros tuvimos culpas ni méritos, simplemente cantamos lo que tuvimos a mano mientras la vida nos modelaba con sus compases. Era la poesía como un arma cargada de futuro, que nos exigía participar cuando aún no participábamos y ni siquiera sabíamos como participar. Pero ya no podíamos desentendernos ni evadirnos. Héroes convencidos de estar tocando el fondo, con inocente ignorancia del vacío. Miguel Hernández, Celaya, Paco Ibáñez, Quilapayun, Víctor Jara, Serrat, Blas de Otero, confundidos, camuflados en la clandestina noche de vinilo, para convertirnos en parte de lo que somos. No soy el padre al que Ismael Serrano pide que le cuente otra vez “ese cuento tan bonito de gendarmes fascistas y estudiantes con flequillo, y dulce guerrilla urbana con pantalones de campana”. Mis pantalones eran cortos y mi ocupada Sorbona un trozo de huerta en El Raal, debajo de cuyos terrones nunca encontré la playa. Tampoco creo que descubrieran otros lo que hoy son debajo de los adoquines. Se hubieran lapidado con rabia. Pero algunos lo intentaron y otros escuchamos sus canciones. Puede, seguramente, que no haya servido de mucho, pero al menos podemos pisar las calles de lo que fue Santiago ensangrentada, y detenernos a llorar por los ausentes. Los traidores, ya lo sé, no pagan nunca su culpa. Les declaran locos cuando su locura ha dejado de hacer daño. Locos en activo se encargan de ello para salvarlos. Muchas de aquellas canciones hoy son recuerdos, besos distantes y amargos. Pero también lo que soy. Y, si has llegado hasta aquí, querido lector, seguramente lo que somos. Es cierto que hoy, demasiados momentos, “vivo en un saco pegado al suelo, desde donde veo gente pasando y, cuando salgo, entonces pienso: mejor quedo”. Jarabe de palo para los que siempre nos negamos a considerarlo como la única medicina para los españolitos de a pie. Pero en esto no ha terminado, para quienes estamos empeñados en que “nuestro reloj sean el sol y las horas” tenemos canciones para seguir dando vueltas a la noria de los mil caminos. Es quizá difícil encontrarla entre los acelerones de los “chunda chunda” que no juzgo, porque no entiendo, que se para a respirar un segundo en los semáforos. Sin embargo, hace unos días entré en un garito y comprobé que hay otros, como yo, también “sin ningún porvenir, sólo evitando el camino”. Que sueñan con llegar a algo viviendo sólo en su interior en el rastro de un mundo perdido”. Como ellos, “llegaré conde quiera si quiero, pero me conformo con estar aquí, un garito y veinte personas... suficiente para mí”. O quizá no sea ni haya sido así. En todo caso nos damos cuenta que no hemos perdido (aunque nunca ganemos porque no hay nada que ganar), mientras Diego Cantero (esa noche era el cantautor que contaba su vida “ochenta canciones para un futbolín”, cantaba la vida a despecho rimando algún verso sin buscar el fin). Sería injusto, tras apurar la copa, no dar las gracias.
Los empresarios de este país andan enjugascados en el proceso de dialogo social y, como nadie lo impida, nuestras cabezas corren el peligro de convertirse en improvisadas pelotas. El presidente de la patronal, sólo o en compañía de otros –yo me inclino por lo segundo-, busca la deslegitimación del diálogo social. Ellos (y muchos más) perciben el diálogo social como un objeto en sí mismo, un espacio para ejercer el lobby económico y social. Y, puestos en harina, es lógico que les ponga más la bilateralidad e intimidad.
La propuesta de los empresarios, la descapitalización del sistema de Seguridad Social para rebajar de forma decisiva el coste laboral de las empresas y la descausalización del despido, junto con su abaratamiento, más que un fin es un instrumento.
Lo que más duele no es que la patronal haya decidido perpetrar este atentado contra los derechos individuales y colectivos de los ciudadanos aprovechándose de la debilidad del gobierno y los sindicatos. Lo más hiriente, es que lo hayan hecho en un momento en el que los ciudadanos más nos merecemos una actitud socialmente responsable de los empresarios; un momento, donde la concertación social es el único camino viable para planificar el futuro, para hacer hoy las cosas que nos permitan un mañana donde el paso del tiempo haya servido para algo.
Como dice mi viejo amigo el maestro Valdés Cifuentes, la actual situación de crisis y algunos elementos de la realidad que no producen la crisis, pero condicionan la duración del ciclo, sus consecuencias económicas y sociales y las alternativas de salida, ponen de manifiesto diversas debilidades estructurales de nuestro sistema productivo y disfunciones de los sistemas de aprovisionamiento y distribución de capital, tecnología y stocks de capital humano, a las empresas. En su superación está el botín del futuro.
Y de botín a botón como de cojín a…Como muestra, un botón (o varios). Aunque a algunos, apoltronados en su sillón, les sude uno o los dos. Ahí van unos cuantos ejemplos…
Tenemos un mercado laboral raro, raro, raro. Hemos perdido un millón y medio de empleos en un año con un impacto mínimo sobre el PIB (un 3% en términos interanuales). Lo que yo te diga, un mercado laboral con una lógica invertida, pues incrementa su productividad cuando pierde empleo.
Cada día es más visible la crisis sistémica de nuestras estructuras de educación, formación y empleo. En nuestro país, uno de cada dos escolares no finaliza con éxito ni obtiene el certificado de estudios secundarios obligatorios; dos de cada tres acceden al mercado de trabajo sin ninguna cualificación profesional; casi uno de cada dos alcanza la madurez laboral con niveles de cualificación bajos o nulos y con experiencias de trabajo no transferibles a otros sectores y empresas; y el esfuerzo económico que representa la inversión pública en formación universitaria, se diluye en subempleos o empleos precarios, públicos y privados, raramente vinculados con los estudios realizados (excepto en carreras técnicas, tal vez), generando un retorno de inversión mínimo.
Mientras que la mitad de los ciudadanos de la UE habla, al menos, un idioma distinto a la lengua materna, con el que podrían mantener una conversación, los españoles nos situamos por debajo de esta media con un porcentaje del 36%.
En nuestro país se produce una falta histórica de vocaciones empresariales entre los ciudadanos con mayor nivel de cualificación y mejores redes sociales. Malo, malo, malo.
Durante ese precioso tiempo de futuro que hemos empezado a perder, veremos crecer la geografía de puntos negros que generan más accidentes, con resultado de muerte o consecuencias irreparables para la vida de los ciudadanos; accidentes, que, por cierto, no están en las carreteras. Puntos negros que se distribuyen, como un rosario de fracasos colectivos, a lo largo de la geografía española. Se hayan presentes en barrios y concentraciones humanas periurbanas, conformando un modelo imposible de convivencia. Crecen en el olvido, viven en silencio, subsisten al margen de las reglas que nos protegen al resto, mientras se alejan de cualquier futuro. Lejos de las miradas de la mayoría, reconstruirán inframundos que se reproducen de generación en generación, como una pesada herencia inelegible, cuyo legado es muy difícil de romper…Pero parece que no les importa.
¡Ay Gerardo! Patrón de patrones...No todo está dicho, no todo está escrito, no todo está inventado, no todo está pensado.... Que sí. Que los ciudadanos no somos el problema, somos la solución. Hasta incluso, Sr. Díaz Ferrán, para que los sindicatos recuperen tiempos mejores…
(…al galope de la mano invisible que mece la cuna)
Esta semana toca hablar del papel de las entidades financieras en la crisis económica. Antes de iniciar este artículo he consultado con mis abogados. Inmediatamente después de hacerlo me he dado cuenta de que no tengo abogados... pero aún así me han cobrado por la consulta... En ausencia, pues, de representantes legales, le cedo todos mis derechos, copyrights, TMs y pelusas del ombligo, que es lo más personal que se puede tener, a “especuladores sin fronteras”, una oenegé que apunta maneras.
Todo empezó en los tiempos de la banca “paisa barato”. La banca nunca pierde y las cajas siempre ganan. Los mismos que ahora se hacen los estrechos, hace muy poco, desplegaban su top manta de subproductos financieros a cambio de hipotecar la personalidad de una generación llamada a pagar nuestras pensiones. Dinero busca dinero y, en una aventura con red, las autotasadoras supervaloraban las garantías de sus aliados en la crisis e infravaloraban las garantías de los demás.
Dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer y detrás de un gran especulador hay siempre… ¡Quieto parao! Supongo que hacer cualquier insinuación más aquí, podría convertirse en objeto de demanda... y no quiero que me demanden (aunque, bien mirado, si me enchironan me pilla más cerca el curro).
Aquellos vientos trajeron estas tempestades. Ahora, el gobierno, con el dinero fresco de los contribuyentes, garantiza el rescate de las entidades financieras y la captura de casi todos los demás por las susodichas para que paguemos sus deudas.
Dicho en romano paladín, bancos y cajas, utilizan los chorros de dinero que el Gobierno ha puesto a su disposición para rebajar su volumen de endeudamiento, compensar las pérdidas patrimoniales, refinanciar a aquellos clientes cuya caída arrastraría a la de la entidad (lo que más que como clientes les define como socios) o, peor aún, sanear la entidad con el dinero de todos para después venderla.
Los perdedores en esta crisis, a los hechos me remito, son las empresas de la economía real (que dejan de tener liquidez para operar), además de los ciudadanos (que dejan de obtener créditos para el consumo). Las consecuencias: menos ventas, menos inversión, pérdidas, despidos…Sin contar la sangría de empleos que va a costar la reestructuración del sistema financiero, para entendernos, las fusiones de cajas.
“Las peores consecuencias de una crisis no devienen de la crisis en sí, sino de sus respuestas” dice el gobernador del desgobierno. ¡Qué razón tienes, Mari! (Como diría un chupamedias). Proponen para salir de la crisis todo tipo de reformas: laborales, sociales... (Despido libre, retraso de la edad de jubilación, pérdidas salariales…) pero en el fondo no se reforma lo que ha creado la crisis: el modelo financiero. ¿Dónde están las iniciativas para reformar las entidades financieras "de verdad"?; No digo reforzar el control sobre las entidades, sino cambiar el modelo.
En la última conferencia del SOS, Michael Onfray, sacaba igualmente el tema y formulaba, por qué se mantiene el modelo de banco que tiene al mismo como eje central, y no al ciudadano; esto es: Por qué se prima al que tiene dinero y no al que no lo tiene, que es quien lo necesita.
Un debate éste, del que no se deben ni pueden escapar las cajas de ahorro, teóricamente desprovistas de la avaricia capitalista. Pero controladas, versus utilizadas, por nuestros políticos (por cierto, cada día son más las voces partidarias de sacar a los políticos de los consejos de las cajas), que no tienen accionistas ni deben repartir dividendos. Y es que las cajas de ahorro deberían estar obligadas exclusivamente a dedicar la totalidad de sus excedentes a reservas y a la obra social.
La realidad evidencia el alejamiento de las cajas de ahorro de sus fines fundacionales. Las consecuencias: el disloque de los índices de la morosidad y cobertura como resultado de su incursión en aventuras impropias (no sería honesto conmigo mismo si no dijera que la entidad líder regional Cajamurcia, en cuanto a estos indicadores, es una excepción envidiable y envidada).
La solución no pasa por privatizar las cajas y tampoco por generar un oligopolio. Quizá hablar de la nacionalización de la banca da miedito... y si un señor de derechas ha leído esto, ya se habrá encerrado en su cuarto colocando la cómoda por trinchera. ¡Vale, vale! No obstante, los perdedores debemos evitar que vuelvan a las andadas, ¿no? Pero igual, como decía La Trinca, “ni somos tantos ni es para tanto”.
Se trata sin duda de "papel higiénico": son los primeros que se han descubierto llenos de mierda (fueron ellos quienes prestaban a quienes no podían devolver y los instigadores de todo el boom inmobiliario... y, claro, si es "boom" tiene que estallar.) Eso sí, no olvidemos que el papel higiénico sirve para limpiar, y es lo que han hecho los Gobiernos: invertir en papel higiénico (traducción simultánea: dar pasta a los bancos) para limpiar lo que les salpicaba del chorreo de la crisis. Perdón, ¿he dicho limpiar? Quería decir "cambiar la mierda de sitio". Y es que la porquería, como la energía, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. La única forma de acabar con ella es acabar con lo que la genera: el modelo económico.
Según el Perich, la religión sirve para solucionar los problemas que no existirían sin la religión. Hagamos el ejercicio de cambiar "religión" por "banca"... Aunque quizá ambas se parezcan bastante: anda que no hay que tener fe para creer que alguna vez terminarás de pagar una hipoteca; lo de la Santísima Trinidad se queda en ná. Ojo que con todo esto no pretendo escribir una invectiva demagógica contra los bancos. No podría: podemos comer gracias a ellos. Yo, concretamente, gracias a la cubertería de acero inoxidable (hasta que se oxida) que me regalaron por la hipoteca que se llevará el 40% de mi sueldo durante los próximos 50 años
Un artículo publicado por José Antonio Lavado en Training & Development Digest
– 1 – La marea está cambiando…
Sólo hay que abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor para ver que la marea está cambiando. La globalización de la economía, la transformación tecnológica y los fenómenos demográficos están consumando rápidos y profundos cambios en nuestra sociedad. Está cambiando rápidamente la percepción acerca del rol y la responsabilidad relativa del Estado, de la sociedad civil y de las empresas, y éstas últimas están emergiendo como uno de los principales agentes del crecimiento y desarrollo sostenible en el nuevo orden mundial. En este contexto, las expectativas de la comunidad sobre el comportamiento empresarial están evolucionando aceleradamente, sobre todo en cuanto a la exigencia de un rol más protagonista de apoyo activo a un desarrollo más sostenible desde la integridad y la transparencia, y con mayor responsabilidad económica, medioambiental y social. La marea está cambiando y el mayor error que se puede cometer es permanecer inmóvil, sin tomar cartas en el asunto, como si no fuéramos en este barco. Se acabaron las excusas y las resistencias a cambiar: “esto es un invento de los ecologistas y las ONG’s…”, “esto es una moda…”, “esto es algo para grandes empresas con mucho dinero…”, “esto es una pura cuestión de imagen…”, “concentrémonos en el negocio –la ética es otra cosa–…”, “esto es un nuevo peaje que tenemos que pagar las empresas…”, “bueno, creemos una nueva área funcional y que todo siga igual…”, “está bien, demos algo de dinero…” – 2 – La empresa sostenible, una nueva visión empresarial La marea está cambiando, y se dan las condiciones para que se manifieste una visión empresarial que entiende la empresa como una organización humana que posee una extraordinaria capacidad transformadora y de creación de valor en su expresión más amplia, es decir, no sólo contemplando las consecuencias que se derivan de sus actuaciones cotidianas –al generar valor económico, velar por la conservación del entorno natural o contribuir a una mayor cohesión y justicia social– sino también a través de la organización de su propio proceso interno2, configurando valores, maneras de hacer y estilos de comportamiento y de relación que ayudan al desarrollo profesional, ético y emocional de las personas vinculadas a la actividad de la empresa. Es decir, un nuevo concepto de empresa que impulse el desarrollo de nuevas estrategias empresariales incorporando la gestión de activos intangibles como verdaderas ventajas competitivas a corto, medio y largo plazo –cultura de empresa, gestión del equipo humano y de la red compleja de relaciones con las partes interesadas (“stakeholders”), gestión de la reputación, etc.
– 3 –
La implantación efectiva pasa ineludiblemente por las personas Las empresas más innovadoras y líderes de nuestro ámbito territorial ya han empezado a constatar las grandes ventajas de apostar por la responsabilidad corporativa. “Ser o no ser una empresa sostenible, ésta empieza a ser la cuestión”. Efectivamente, han empezado focalizando gran parte de sus esfuerzos en la comunicación y la transparencia, pero la lógica empresarial está demostrando que, además, deben integrar explícitamente los principios de la responsabilidad corporativa en los planteamientos estratégicos de la empresa y en los sistemas de gestión. Poniendo un especial énfasis en los sistemas relacionados con el equipo humano, la implantación efectiva de sus estrategias de sostenibilidad pasa ineludiblemente por el desarrollo de unas competencias específicas de sus personas que acabarán configurando unas maneras de hacer, unos estilos de comportamiento, y de relación con todos los “stakeholders” que generarán una identidad propia y una cultura única que les acabará diferenciando claramentede sus competidores.
– 4 – La cultura como uno de los principales drivers’ de gestión de la empresa sostenible En este sentido, las empresas que se están comprometiendo decididamente con una visión empresarial responsable, en su triple dimensión económica, medioambiental y social, identifican ya la gestión de su identidad, es decir, la cultura de empresa como uno de los principales “drivers” de gestión, integrándolo dentro de las responsabilidades de la función directiva, implicando al equipo humano y al resto de “stakeholders” y estableciendo un sistema de indicadores para medir su impacto en todos los grupos de interés que concurren en la actividad de la empresa. En definitiva, están otorgando a la gestión de su cultura –de su identidad– una función fundamental para implantar con efectividad la estrategia de sostenibilidad, conscientes de la enorme fuerza impulsora que tiene: ◗ Para atraer e integrar personas con talento, traducir la estrategia de la compañía en la acción del día a día, servir de referencia y dar sentido a las actuaciones cotidianas; generar en todos adhesión, sentido de pertenencia, identificación y compromiso con la organización; y ofrecer la posibilidad de contribuir a la construcción de un mundo mejor a través de su trabajo diario. ◗ Para integrar los procesos, conseguir así la máxima eficiencia y garantizar la entrega de productos y servicios de excelente calidad. ◗ Para integrarse con el entorno, atrayendo y fidelizando clientes y proveedores, generando valor medioambiental y social, y construyendo confianza y reputación con las instituciones, reguladores, medios de comunicación, líderes de opinión y conocimiento y la comunidad en general. ◗ Para conseguir resultados, generando valor económico, rentabilidady crecimiento sostenible y atrayendo inversores, aliados y socios estratégicos. El éxito de las empresas sostenibles es atribuible en gran parte a su cultura y a sus valores, por lo que resulta del todo aconsejable –si existe el firme compromiso de apostar “de verdad” por una estrategia de sostenibilidad– diseñar e implantar un modelo propio de gestión de la cultura corporativa, que desarrolle un alto nivel de coherencia interna y que sea clave a la hora de marcar el valor diferencial con los clientes y con el resto de grupos con intereses legítimos en la empresa. La marea está cambiando. Ser o no ser una empresa sostenible, esta es la cuestión…
José Antonio Lavado Socio Director de Bidea Consultores
La elevada abstención en las últimas citas electorales es una crítica rotunda a la manera actual de hacer política. Los valores públicos están en quiebra y no hay grandes diferencias en los programas de los partidos
POR: JOSÉ VIDAL-BENEYTO EL PAIS 11/07/2009
Vivimos bajo el signo de la perplejidad. El imperio de la corrupción, el descrédito unánime de las instituciones, el nepotismo desbordado y sus prácticas, el oprobio inagotable en que ha devenido la política han llevado a la quiebra de todos los valores públicos, a la implosión de todas las referencias colectivas y nos han dejado sumidos en la confusión, átonos e inermes, sin pautas ni asideros a los que agarrarnos. Perplejidad que afecta a todos los ámbitos, incluyendo los más glorificados e intocables como la democracia. Causas de ello, múltiples; veamos algunas. A partir de los años setenta se confirma el enclaustramiento de lo público en los partidos y su tendencia a la endogamia y al sectarismo partitocrático. Al mismo tiempo, su acción se reduce a las luchas por el poder y con demasiada frecuencia al enriquecimiento de sus líderes. Cabildeos y corruptelas en las alturas y cinismo en la base se convierten en datos de la más concreta cotidianeidad política. Era inevitable que los ciudadanos que no militaban en los partidos, la inmensa mayoría, se desinteresasen por los avatares de sus pugnas y que buen número de ellos rechazasen sus modos y ejercicio. Este rechazo que ha asumido modalidades diversas, unido a la perplejidad a que me estoy refiriendo, tiene en la reiterada abstención electoral a la que se asiste en todos los comicios, su expresión más patente. Y así, sería un error considerar el abultado porcentaje de abstenciones de las últimas elecciones como una impugnación específica al proyecto europeo, cuando todo apunta a una desafección de las propuestas presentadas y, con carácter más general, de la práctica electoral como expresión privilegiada, sino única de las democracias. En efecto, la descalificación de las elecciones es antes que nada una crítica de la política democrática actual y de su falta de opciones claras, consecuencia de la atenuación de los perfiles diferenciales de los grandes partidos, que los hace, programáticamente, cada vez más próximos. El trasvase casi unánime de la socialdemocracia al social-liberalismo o el implacable desmantelamiento del sector público, al que procedieron, con tanta eficacia, Blair en el Reino Unido y Felipe González en España, sin olvidar el caballo de Troya del atlantismo británico liberal, que bajo el manto laborista instigó la nefasta reunión de las Azores, responsable de tan dramáticas iniciativas como la guerra de Irak, son los principales responsables de la deserción de la izquierda europea. Pues de otro modo es incomprensible que, en plena crisis económica y con la absoluta debacle de los principios y de la práctica del liberalismo que conllevaba, se ignorase o se rechazase el patrimonio que representaban los ideales y los programas socialistas y socialdemócratas, cuando eran el único arsenal conceptual y propositivo que podía sacarnos del atolladero. El comportamiento de la derecha ha sido mucho más diestro y pugnaz. Sin abandonar la doctrina y la práctica liberal, sino al contrario revindicando su plasticidad adaptativa, ha incorporado, sin rubor ni recato, los elementos de la oferta socialdemócrata que le han parecido más compatibles con su ideario a la par que más sugestivos para los electores. Paralelamente, ha alentado, por detrás de la cortina, a sus tropas ultra que han reactivado en Europa, de manera notable, la presencia de la extrema derecha, más o menos fascista según los casos. Por lo demás, el incesante trasiego de la clase política, de un bando a otro, por iniciativa propia o respondiendo a incitaciones del poder, de las que el presidente Sarkozy es el ejemplo más cumplido, han creado una retribuida circulación que nada tiene que envidiar a la de los futbolistas profesionales, y que alienta la confusión y perfecciona la perplejidad. El modelo neoliberal responsable del desastre no sirve ya, pero el social democrático, generalizado por Keynes hace 70 años, ha dejado también de ser útil. La razón fundamental es la inadaptación del keynesianismo, que sigue siendo hoy la espina dorsal de la socialdemocracia, a la sociedad actual y más concretamente su imposible y postulada función alternativa al capitalismo contemporáneo. Decir Keynes es invocar la regulación como piedra angular del edificio socialdemocrático, pero su posible y necesaria implantación es ahora, con la economía-mundo, absolutamente inoperativa en la perspectiva nacional e impracticable en la mundial. Por lo que no cabe ni siquiera pensar en una eficaz regulación general. Las grandes instituciones económicas -OMC, FMI, Banco Mundial, FAO, OIT, OMS, AIE, G-20, la futura Organización Mundial del Medio Ambiente- carecen de verdadera capacidad reguladora susceptible de organizar flujos e intercambios y se limitan a marcar pautas de alcance, en la mayoría de los casos, estrictamente retórico. Olivier Ferrand, agudo analista francés y presidente del think-tank progresista Terra Nova, insiste en que la dimensión reparadora que caracteriza las intervenciones socialistas se queda hoy siempre corta, por la extraordinaria onda expansiva de las crisis que comienzan siendo sectoriales y relativamente modestas y acaban siendo amplísimas y generales. Las subprimes que se inician en EE UU en el mercado financiero inmobiliario, con poco más de 1.000 millardos de dólares y se extienden en pocas semanas a Europa y a los países en desarrollo, sobrepasando los 30.000 millardos, son un buen ejemplo, como lo son también, las rupturas ecológicas con el desmontaje de la biosfera, las sanitarias con la multiplicación de pandemias, las sociales con la radicalización del hambre y las desigualdades. El mito liberal del mercado, que se autorregula sólo, tiene hoy tan poco fundamento observa Olivier Ferrand, como el Estado Bombero que apaga los incendios, cura los males y repara los destrozos, pues no tiene medios para ello. Hoy no es posible curar, sólo prevenir, y además mediante una intervención muy antecedente y de perspectiva mundial. Escribo mundial huyendo de la manipulación semántica a que nos han sometido los promotores del término y de la ideología de la "globalización", que hereda y culmina los escapismos economicistas que comenzaron en 1949 con la consagración de la expresión y de la doctrina del subdesarrollo, que Truman populariza el 20 de enero de dicho año en el discurso de investidura de su segundo mandato. Con ese término se designaron, a partir de entonces, los países que no alcanzaban el nivel económico y técnico de los países occidentales, medidos con los solos baremos e instrumentos de la contabilidad económica capitalista, en la que el producto nacional bruto por habitante y la acumulación financiera son los criterios fundamentales. Estas pautas que tanto deben a las determinaciones ideológicas y a los supuestos básicos del capitalismo convencional ignoran la dimensión cualitativa de todos los procesos y condenan a la inexistencia a lo más específico de las culturas nacionales y de las tradiciones autóctonas. Gracias a Gilbert Rist en El desarrollo. Historia de una creencia occidental y sobre todo a Amartya Sen y a su Índice de desarrollo humano comienza a aparecer un movimiento de resistencia, en el que la educación, la esperanza de vida, el bienestar social y todas las otras variables del progreso humano tienen el mismo peso que el PIB por habitante. La lucha por la contrahegemonía que es nuestro objetivo permanente debe comenzar por ahí, olvidando un poco las luchas de poder de los partidos, e insistiendo cada vez más en que el problema no es a quien votar, sino para qué votar, lo que exige enraizarse en la ciudadanía. Ya que frente al descrédito de la política y al encogimiento de los políticos, el movimiento social y los actores sociales y societarios de base están cobrando un protagonismo principal. La película Good morning England nos muestra la extraordinaria capacidad de transformación que esos sectores primarios, a caballo de las radios libres y de la música rock, operaron en la década de los sesenta en una sociedad tan encorsetada como la británica, liberando fuerzas y procediendo a una impresionante movilización de las energías de la gente. La izquierda, más allá de la conquista y gestión del poder político, debe revindicar esa acción directamente popular como la vía más segura para sacar a las democracias de su atonía y perplejidad, logrando promover el progreso de los pueblos. José Vidal-Beneyto es director del Colegio Miguel Servet de París y presidente de la Fundación Amela.
(Para los de letras, 8.319.300.000 de las antiguas pesetas)
DOTRAFORMA
Por: Víctor Meseguer
Hablamos de la televisión autonómica (la que pagamos todos los murcianos), 7 Región de Murcia. ¡Mírate! (No me veo). Se supone que en España, la televisión, -toda- es un servicio público; es decir, el Estado es el que da las concesiones. Redundo, se trata de un servicio público. Una tele de todos (como la 7) debería ser, por tanto, un servicio público al cuadrado.
Claro que el PP parece entender servicio público como "servirse del público" y no como "servir al público", ya que con el dinero de todos produce su canal. Viendo la programación de la 7 también puede pensarse que han confundido lo de "servicio público" con esas casetas de plástico con urinario que colocan en los recintos feriales.
Los formatos (esos magazines eternos con estentóreas risas de señora) ya eran antiguos cuando le bajó el cacharro a Laurita Valenzuela; las "estrellas" de la cadena son más caducas que los postres de "con las manos en la masa"... Vamos, que han armado un modelo de televisión de rabiosa demodé. Y por demodé me refiero a "idiota": siguiendo la máxima de "cuanto menos contenido, a más gente llego"; alegre perversión del "cada colectivo tiene su inquietud".
Y eso ahora que el futuro de la tele está en los nichos... y no me refiero a que la tele la vaya a palmar. Hablo de los "nichos" de audiencia, esto es, los targets específicos: cada vez la televisión se consume de forma más atomizada... porque cada miembro de la familia tiene diferentes inquietudes culturales o de entretenimiento. Ya no se arrejunta toda la familia en el sofá a ver Verano Azul.
Pero bueno, esta explicación sobra, porque hablamos del futuro de la tele comercial y aquí toca hablar, recordemos, de una tele "pública al cuadrado", cuyo interés fundamental, es la gente. La 7 debería ser plataforma de talentos murcianos y espejo de minorías, porque ese público plano (de encefalograma plano) al que busca, ya está satisfecho por el 99% de los canales.
El dinero público se debe usar para integrar y educar... y sí, se puede integrar y educar entreteniendo. Y se puede entretener sin integrar y educar... pero también sin insultar. Y yo me siento insultado cuando veo el reflejo deforme de los murcianos que ofrece la 7.
Sobre la "autoría intelectual" de la 7 no hay dudas: todo político necesita su tele. Al Partido Popular, más que barata, le sale gratis: la televisión es un medio fantástico para la difusión de sus ideas e intereses a cuenta del contribuyente.
La cuestión es: ¿Hacía falta una televisión pública regional? Pues, depende como se mire…Lo que está claro es que la tele que se ha hecho, no era necesaria. Otra, con distinto enfoque, quizá sí lo fuese. Ojo que cuando digo "necesidad" no es "necesidad imperiosa"... obviamente hay prioridades.
Entendiendo la tele como el medio de comunicación por excelencia, como el creador de opinión por antonomasia, como un mecanismo de cohesión impagable. Y no sólo impagable porque cueste un ojo de la cara, que lo cuesta, sino porque, bien empleada, es capaz de formar, de culturizar.
Concibo la cultura como "red de conceptos compartidos por un colectivo", donde la tele puede convertirse en aliada. Cómo: Apostando claramente por contenidos culturales propios, que generen unidad por medio del conocimiento compartido. Hablo de una tele que se sumerja en el patrimonio cultural murciano para exponerlo al público. Y la cultura, en la tele, no tiene porque suponer un coñazo. En resumen: una tele autonómica es útil si crea autonomía. Y no hablo de ínfulas nacionalistas sino de ausencia de complejos. Somos murcianos, SÍ... y es que acaso ¿No hay arte en Murcia?; ¿No hay universitarios?; ¿No hay investigación?
Conseguir una tele así es difícil. Mucho. Pero las hay: por ejemplo TV3. Hay programas culturales a patadas... y programas humorísticos sobre política. Quizá por eso el primer paso sea… cambiar el modelo. Quizá uno como el nuevo de TVE sería útil, con un director de consenso, de perfil técnico.
Por cierto, una de las mejores maneras de tener una buena tele es teniendo buenos profesionales y tratarlos como tales. Una de las taras del periodismo actual es que a los que están arriba les da igual que el trabajo lo haga un becario que acaba de entrar o un trabajador con 30 años de experiencia. Y lo peor de todo, es que al público también parece que le da igual.
Pienso, ¿No es curioso que cuando queremos dar una imagen exterior moderna, sofisticada y alternativa con campañas como el ‘No-Typical’ nos conformemos con una imagen interior, con una tele, tan rancia, conservadora y vacía de ideas?
El fracaso de los socialistas en las recientes elecciones europeas, precisamente por haber afectado a todos los países, remite a algunas causas ideológicas de carácter general. La pregunta que se plantea con irritación y desconcierto sería la siguiente: ¿cómo explicar que la crisis o los casos de corrupción golpeen de manera muy diferente, desde el punto de vista electoral, a la izquierda y a la derecha? El vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha, es el cinismo Pienso que la raíz de esa curiosa decepción, que se reparte tan asimétricamente, está en las diversas culturas políticas de la izquierda y la derecha. Por lo general, la izquierda espera mucho de la política, más que la derecha, a veces incluso demasiado. Le exige a la política no sólo igualdad en las condiciones de partida sino en los resultados, es decir, no sólo libertad sino también equidad. La derecha se contenta con que la política se limite a mantener las reglas del juego. Es más procedimental y se da por satisfecha con que la política garantice marcos y posibilidades, mientras que el resultado concreto (en términos de desigualdad, por ejemplo), le es indiferente; a lo sumo, aceptará las correcciones de un "capitalismo compasivo" para paliar algunas situaciones intolerables. Por supuesto que ambas aspiran a defender tanto la igualdad como la libertad y que nadie puede pretender el monopolio de ambos valores, pero el énfasis de cada uno explica sus distintas culturas políticas. La diferencia radicaría en que la izquierda, en la medida en que espera mucho de la política, también tiene un mayor potencial de decepción. Por eso el vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha es el cinismo. Esto explicaría sus distintos modos de aprendizaje, lo que probablemente responde a dos modos psicológicos de gestionar la decepción. La izquierda aprende en ciclos largos, en los que una decepción le hunde durante un espacio de tiempo prolongado y no consigue recuperarse si no es a través de una cierta revisión doctrinal; la derecha tiene más incorporada la flexibilidad y es menos doctrinaria, más ecléctica, incorporando con mayor agilidad elementos de otras tradiciones políticas. Por eso la izquierda sólo puede ganar si hay un clima en el que las ideas jueguen un papel importante y hay un alto nivel de exigencias que se dirijan a la política. Cuando estas cosas faltan, cuando no hay ideas en general y las aspiraciones de la ciudadanía en relación con la política son planas, la derecha es la preferida por los votantes. La izquierda debería politizar, en el mejor sentido del término, frente a una derecha a la que no le interesa demasiado el tratamiento "político" de los temas. La derecha hoy exitosa en Europa es una derecha que promueve, indirecta o abiertamente, la despolitización y se mueve mejor con otros valores (eficacia, orden, flexibilidad, recurso al saber de los técnicos...). Lo que la izquierda debería hacer es luchar, a todos los niveles (frente al imperialismo del sistema financiero, contra los expertos que achican el espacio de lo que es democráticamente decidible, contra la frivolidad mediática...) para recuperar la centralidad de la política. Hoy no es que haya una política de izquierdas y otra de derechas; el verdadero combate se libra actualmente en un campo de juego que está dividido entre aquellos que desean que el mundo tenga un formato político y aquellos a los que no les importaría que la política resultara insignificante, un anacronismo del que pudiéramos prescindir. Por eso la defensa de la política se ha convertido en la tarea fundamental de la izquierda; la derecha está cómodamente instalada en una política reducida a su mínima expresión, a la que le han reducido enormemente sus espacios el poder de los expertos, las constricciones de los mercados y el efectismo mediático. Para la izquierda, que el espacio público tenga calidad democrática es un asunto crucial, en el que se juega su propia supervivencia. La idea de que la izquierda está por lo general menos movilizada se ha convertido en un tópico que a veces revela una concepción mecánica y paternalista (cuando no militar) de la política. Hay quien entiende la movilización como una especie de hooliganización, como si la ciudadanía fuera una hinchada, y, llegado el momento, propone suministrar la dosis oportuna de miedo o ilusión para que la clientela se comporte debidamente. Este automatismo no es la solución sino el síntoma del verdadero problema de una izquierda que se está acostumbrando a chapotear en una ciudadanía de baja intensidad. Lo que la gente necesita no son impulsos mecánicos sino ideas que le ayuden a comprender el mundo en el que vive y proyectos en los que valga la pena comprometerse. Y la actual socialdemocracia europea no tiene ni ideas ni proyectos (o los tiene en una medida claramente insuficiente). No quiero caer en un platonismo barato y exagerar el papel de las ideas en política, pero si la izquierda no se renueva en este plano seguirá sufriendo el peor de los males para quien pretende intervenir en la configuración del mundo: no saber de qué va, no entenderlo y limitarse a agitar o bien el desprecio por los enemigos o bien la buena conciencia sobre la superioridad de los propios valores. Daniel Innerarity es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Acaba de publicar El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política.
Cada uno tiene derecho a defender sus propias concepciones de las cosas, sus valores. Salir a la calle, manifestarse dentro de los cauces legales a favor o en contra de algo, es un acto de ciudadanía de una sociedad viva. Es precisamente esa libertad de poder hacerlo la que nos hace responsables y, por lo tanto, nos define. No salimos a la calle, obviamente, por todo lo que nos agrada o repulsa, sino en relación a aquellas cosas que realmente nos preocupan más.
Nadie debiera por tanto, criticar el hecho de que una parte importante de la jerarquía de la Iglesia, acompañada o acompañando al Partido Popular, se dieran cita en una manifestación cuyo lema era «En defensa de la familia». Dicho lo cual, tampoco debiera escandalizar, a quienes se han manifestado, que los ciudadanos saquemos nuestras propias conclusiones de lo que constituyen sus valores como seres humanos y como ciudadanos. Ni que las expresemos libremente.
Lo primero que evidenciaron son los elementos que para ellos suponen poner en peligro su concepción de familia. Lo que en su día fue la Ley del Divorcio, a la que ambos se opusieron, ahora lo constituyen los matrimonios entre homosexuales. Curiosamente la ley no habla en ningún caso de recortar los derechos de nadie, sino de reconocer el de unos ciudadanos que, pagando sus impuestos como el resto, eran marginados por razón de una opción sexual. Defender la familia pasa para aquellos por seguir discriminando a quienes son diferentes.
Sin embargo, para otros muchos ciudadanos, las cuestiones que realmente suponen un peligro para la familia son la precariedad laboral, en especial para los jóvenes, el coste de la vivienda, las cada vez mayores dificultades para la conciliación familiar.
Disparidad de criterios.Disparidad que se acentúa en la segunda evidencia de sus valores éticos: los argumentos utilizados. Los matrimonios entre homosexuales «atentan contra la Ley Natural», al igual que pasaba con el divorcio. Siendo esta Ley Natural, según su doctrina, la percepción humana de la Ley Divina, su existencia sería al menos tan discutible como la de quien afirman haberla dictado. Tratar de imponerla a una sociedad definida como laica es tanto como tratar de imponer la creencia en su Dios.
Pero aún más grave que tratar de imponer su fe, es pretender diseñar nuestras artificiales instituciones a partir de aquella. Porque el matrimonio no es sino eso, una institución creada para aglutinar una serie de derechos y obligaciones en un solo contrato. La Iglesia católica lo único que hizo fue definir aquel contrato ya existente como sacramento para ellos, claro. Decir que un modelo de contrato es anti-natura es como afirmar que la regla del fuera de juego en fútbol es anti-divini.
Pero cuando a estos ya de por sí inescrutables argumentos se unen las justificaciones políticas genera hilaridad. Defender ahora que se trata de una cuestión semántica y que hubiera bastado con otra denominación, dicho por quienes hasta hace poco más de una año se negaban sistemáticamente al mínimo reconocimiento de parejas homosexuales, no sólo es hipócrita, que lo es, sino que se eleva a insulto de la inteligencia de los ciudadanos. La denominación de las instituciones define legalmente el contenido de estas, no de quienes las utilizan. La sociedad mercantil, el leasing, o el matrimonio son lo que son, independientemente de que los contratos estén constituidos por hetero u homosexuales. ¿Se imaginan por otra parte la nueva redacción que tendría nuestro derecho de familia? Algo así como La familia o Famigay se forma a partir de la voluntad de dos personas que deciden unirse en matrimonio o matrigay. Coña que el Partido Popular aboga por que se reproduzca en cada uno de los artículos que hacen referencia al matrimonio o la familia y con lo cual, según afirman, quedaría resuelto el problema. No voy a seguir ahondando en demasiado fáciles evidencias de hipocresía, como lo curioso de ver a quienes contraen nupcias con Cristo y denominan familia a congregaciones (de un mismo sexo todos sus miembros, claro), defendiendo un concepto de familia que se niegan a sí mismos porque perjudicaría su ministerio. Simplemente quiero terminar con la tercera y última evidencia de lo que han hecho ver son sus valores, sus prioridades.
Evitar que los homosexuales puedan contraer matrimonio constituye el único motivo, hasta la fecha, suficiente para manifestarse. No lo ha sido ninguna guerra, ni el hambre en el mundo, ni la violencia de género.
Jamás me atrevería a afirmar que mis valores o concepciones éticas son superiores, me conformo con evidenciar que son diferentes. Si esto al menos queda claro, me quedo realmente tranquilo.
Un gobierno que gobierne y, si no es mucho pedir, que gobierne en función del interés general, para todos y con todos. En definitiva, para empezar, hace falta un gobierno. Y, si fuéramos capaces de superar el punto de partida (objetivo complicado hasta en el imprevisible escenario de que el PP perdiera unas elecciones), haría falta tener algunas ideas (pocas pero claras) que facilitaran la articulación y vertebración del agrietado solar regional. En fin, como de la ignorancia al atrevimiento media un paso, para abrir boca, les apunto unas cuantas…
Un pacto entre gobierno y oposición por la regeneración política y las buenas prácticas en la vida pública. Pero como diría Camps, ¡primero y principal ir a misa y almorzar! Pero para recibir la eucaristía, o estás libre de pecado, o tienes que confesar. Mal empezamos, no lo veo. El personal anda más bien huidizo. ¡Corrupción! ¿Quién ha dicho corrupción?
Lo veo más fácil a través de una alianza con el mundo de la empresa. No me he vuelto loco, lo que pasa es que estoy convencido de que los empresarios que repudian el chantaje prevaricador son muchos más que los que chapotean felices en el fango de la corrupción. Precisamente el mérito de muchos de ellos ha sido trabajar frente a la competencia desleal alfombrada desde algunas instituciones públicas. ¡Un gobierno! Lo que hace falta es un gobierno.
Un plan de fomento de la economía real. La finalidad de las entidades financieras debería ser la movilización del ahorro hacia la inversión productiva en vez de manejar a las empresas para especular donde directamente no podían sopar. Por ejemplo, terrenos rústicos que “intuitivamente” sabíamos que se iban a recalificar (por supuesto, el ejemplo no es real).
No se preocupen, para evitar volver a las andadas, el gobierno los va a controlar mucho-mucho más. Pero oiga ¿es posible mayor control publico que el que ejercía el gobierno regional, concejales/as y otros/as en las asambleas y órganos de control de las Cajas de Ahorro? ¡Venga ya! ¡Un gobierno! Lo que hace falta es un gobierno.
Desarrollo de un consenso con los agentes “sociales” por la educación y el empleo. Para su consecución habría que abandonar viejos e interesados clichés en las organizaciones empresariales y sindicales (agentes económicos y españoles todos).
En las organizaciones sindicales, y dado que en los sindicatos de clase, la sub-clase dominante de la clase trabajadora somos los funcionarios y, consiguientemente, los que defendemos el empleo con garantías y derechos somos los que ya disponemos del mismo, no deberíamos confundir la titularidad con la gestión del servicio público ni el trabajo decente con el empleo público (entre otras cosas, porque condenaríamos a la inmensa mayoría a la impudicia laboral).
En la organización empresarial, la cosa es más fácil. Hay que garantizar que a las reuniones con el gobierno vayan todos en santa hermandad. Todos juntos se controlan solitos. Si hay, hay para todos y, si no hay, es que ha habido cambio de gobierno y, además, llevan poco tiempo. ¡Un gobierno! Lo que hace falta es un gobierno.
¿Y los demás? ¿Cuál es el rol de los demás? Una de dos, o seguimos con el bla bla bla o nos ponemos a participar de verdad en las organizaciones que vehiculan la democracia. Además, si lo hacemos, es posible encontrar… ¡Un gobierno! Porque lo que hace falta para mirar al futuro es un gobierno.
POR: JUAN CARLOS RODRÍGUEZ IBARRA/ EL PAIS 29/06/2009
ILUSTRACIÓN: EL ROTO
Pasaron las elecciones europeas y se sigue hablando del resultado de las mismas, y de la forma en que esos resultados han incidido en los dos principales partidos que conforman el Gobierno y la oposición en España. Mientras el debate político tenga más que ver con saber quién mete más y más veces el dedo en el ojo del adversario, no resultará extraño que la abstención crezca por temporada. Los españoles, como indican los sondeos de opinión, estamos preocupados por la crisis e indignados por los trajes de algunos políticos o por los espías de alguna comunidad autónoma. Cuando lo segundo aporta más información y comentarios que lo primero, la política pierde su grandeza para convertirse en espectáculo. Sin embargo, los responsables de articular respuestas a la grave situación en que nos encontramos, desvelan sus posiciones y sus deseos para salir adelante. Repasando las declaraciones de los últimos tiempos sobre la inestable época en la que vivimos, resulta esclarecedor recapitular y recordar la de los empresarios, la de los sindicatos y la del Gobierno. Los empresarios, por boca de algunos portavoces cualificados, culpan a todo el mundo, menos a ellos, de las causas de la crisis. Algo de razón llevan, pero ¿están seguros de que ellos no tienen ninguna responsabilidad en lo que está pasando? Los empresarios, en su inmensa mayoría, siguen pensando que estamos ante un momento pasajero y que las cosas volverán a su sitio tarde o temprano. Que se trata de aguantar y que, de igual forma que otras crisis han pasado, ésta pasará y se seguirá haciendo lo mismo que siempre, pero mejor. Seguramente muchos de ellos ignoran que no se va a salir de esta crisis para hacer lo mismo que se hacía antes, por la sencilla razón de que lo de antes sólo contemplaba una realidad, la física, mientras que ahora, en estos momentos, la realidad está formada por lo real y lo virtual. No tener en cuenta esa nueva realidad es despreciar una parte del funcionamiento y oportunidades de la nueva sociedad. Cuando hace 12 años se empezó a hablar sobre la sociedad del conocimiento, de la información, de la imaginación, muy pocos fueron capaces de entender de qué y por qué se hablaba. Hoy, una década después de que Internet se pusiera al alcance de todos y de que las TICs hayan desarrollado parte de sus potencialidades, ese discurso ¿está más vigente que antes o no? Si está más vigente que nunca, y así es, habrá que actuar en consecuencia. Los sindicatos, que andan preparando un gran acuerdo con el Gobierno y con la patronal, exclaman: "¡Cuidado con adoptar medidas irreversibles para cosas que son reversibles!". De esa expresión se deduce quelos sindicatos más representativos de los trabajadores piensan que estamos viviendo un sarampión y no un cambio de modelo. Los sindicatos no pueden aspirar a una política de tómbola, donde los regalos tocan de vez en cuando en función de la suerte. Nos estamos jugando el futuro y la suerte aquí cuenta poco. Lo que cuenta es ser progresista, es decir, intentar ir a la velocidad que marca la sociedad. El Gobierno, en el debate del estado de la nación aventuró, por boca de su presidente, el inicio de una política que aborde seriamente los retos que se nos plantean con la nueva economía. Es la decisión más acertada de todas cuanto se han oído en los últimos meses. Muchos no han entendido el mensaje e inmediatamente han preguntado a José Luis Rodríguez Zapatero por las claves de esa nueva economía. Pregunta inútil, porque la nueva economía se basa en la incertidumbre. ¿En qué consiste la nueva economía? Si hay que dar la respuesta, habría que decir: "No lo sé". Ésa es la primera condición para enfrentarse a la nueva economía. ¡No lo sé! ¿Qué va a pasar? Nadie está seguro de nada. Por ahí andan los editores de libros, preguntando: ¿qué va a pasar con los libros? Por ahí andan los editores de periódicos con la misma duda: ¿qué va a pasar con los periódicos? Por ahí andan los productores de cine: ¿qué va a pasar con el cine? Por ahí andan los expertos en educación desconcertados ante la información en Internet que supera a la de cualquier profesor, ¿qué va a pasar con los alumnos digitalizados? La primera condición para enfrentarse a ese nuevo modelo que el presidente del Gobierno quiere poner en marcha, es aceptar que no sabemos qué es lo que va a pasar, que estamos llenos de incertidumbres. Las certidumbres eran del siglo XX y, ahora, casi todas se han demostrado falsas, como se ha puesto de manifiesto en el último gran fracaso industrial de la General Motors. Durante un siglo estuvimos llenos de certidumbres. Hoy estamos inmersos en las dudas. En el siglo XX, el lema de la sociedad industrial era ganar o perder; en el siglo XXI, el lema es ganar o aprender, porque lo que caracteriza a la nueva sociedad es la acumulación de conocimientos. Ahora no se pierde nada. Si Obama va a insuflar dinero público en General Motors para que hagan lo mismo que antes, será perder, será dinero tirado a la calle y embargado a los que quieren arriesgarse en la nueva sociedad, en las nuevas tecnologías, en el nuevo conocimiento. No se puede invertir dinero para seguir haciendo lo mismo que siempre, porque lo mismo que siempre ha fracasado. Por eso parece tan desalentador que algunos exijan al presidente Zapatero que desvele los secretos de la nueva economía. La nueva economía consiste en experimentar, en ayudar a la gente joven para que arriesgue en este mundo nuevo, en esta nueva sociedad. Ése fue el atrevimiento del modelo extremeño hace más de 10 años. Se gastaron 60 millones de euros en poner ordenadores en los pupitres de cada aula de todos los centros de Secundaria y Bachillerato, y la gente preguntaba: ¿para qué? Y hubo que cargar con la incomprensión de una parte de la sociedad y de la comunidad educativa, que seguían pensando con criterios de certidumbres que ahora se demuestran obsoletos. Diez años después, el presidente del Gobierno, dice: "Vamos a proporcionar un ordenador personal a los alumnos de 5º de Primaria". Ése es el riesgo, aventurarse por un camino desconocido lleno de incertidumbres, pero que la gente joven conoce perfectamente. Ése es el debate que hay que hacer en Europa y cuando alguien pregunte "¿de qué va esto?", la respuesta es "no lo sabemos, pero no se pueden seguir haciendo las mismas cosas, porque las mismas cosas han fracasado". No es que los extremeños fueran más listos que nadie, sencillamente fueron más atrevidos. Atrevimiento es la segunda característica de la nueva economía. Incertidumbre y atrevimiento. Por eso, si el Gobierno quiere apostar, seriamente, por la nueva economía, éstas son las claves: 1. Incertidumbre: no se sabe exactamente adónde vamos, pero no hay otro camino. 2. Se trata de ganar o aprender, porque el conocimiento, al contrario que las materias primas clásicas de la era industrial, no se pierde, sino que se acumula. 3. Los apoyos que el Gobierno piense destinar para el impulso de la nueva economía deben destinarse a aquellos ciudadanos que estén imbuidos de ese espíritu de riesgo, de emprendimiento, de los que saben que lo que se premia es la acción y no la inactividad. Darle el dinero a los de siempre para que hagan lo de siempre es apostar firmemente por el fracaso.
Hacía tiempo que no era NADIE, y lo sabía. Sus ojos abiertos en la claridad de su noche miraban de frente otro tiempo, cuando él y su hermano estudiaban en Kinshasa. Había sido buen estudiante. De eso hacía ya muchas noches con los ojos abiertos, muchos días oscuros, a pleno sol, trabajando sin respiro para nada. Hacía ya, sobre todo, mucha desesperanza. Fue su hermano Juvenal quien le convenció para viajar a un mundo mucho mejor, donde ganarían en un mes lo que allí les costaría años de trabajo. Quienes les trajeron les habían asegurado trabajo y alojamiento (si no fuera por la oscuridad que reinaba en aquella nave, atestada de colchones en el suelo donde dormitaban o, quizá también como él, miraban muy lejos de allí otros NADIE, alguien podría haber visto la amarga sonrisa de la realidad en el rostro de Kasai). Aquel mismo día había decidido que no quería que le siguieran engañando, había resuelto, por fin, denunciar a la policía cómo le estaban explotando. No sabía apenas el idioma de este país, pero tenía la firme decisión de no ser esclavo de nadie. No le habían hecho mucho caso en la policía, le remitieron a una asociación llamada Cáritas. Allí una señora muy bien vestida le había escuchado y, después de decirle que no podía hacer nada, le llevó a los sindicatos. También allí le habían escuchado, le pidieron el contrato, hicieron algunas llamadas por teléfono y le dijeron que volviera otro día. El vacío que sentía no era miedo, ni rabia, era solo el espacio que deja ese esperado “mañana” cuando se ha escurrido entre las manos. El ruido de un vaso rompiéndose contra el suelo sacó a Víctor de su ensimismamiento. Había venido a verle aquella mañana, Kasai era uno más de esos inmigrantes, mano de obra barata. Chapurreando el castellano le había dicho que, de lo que le pagaban, le descontaban 33.000 ptas. para la empresa de “búsqueda de empleo” que le consiguió el contrato; 40.000 ptas. para devolver el dinero y los intereses del viaje (Le contó también que para poder viajar tuvo que vender todo lo que tenía); otras 30.000 ptas. por el alquiler del colchón en que dormía. No le quedaba nada para vivir. Le había enseñado el contrato y allí figuraba todo aquello como concepto de devolución de un adelanto percibido. Al preguntar a Kasai si había firmado aquello, este se encogió de hombros, no sabía leer ni escribir en castellano. Todo asquerosamente legal, encajado limpiamente en el sistema, como la llamada que él mismo realizó a la D.G. de Trabajo y en donde le comentaron que ya llevaban un tiempo tras ese tema, que les vendría muy bien tener el contrato.. El contrato, despido de Kasai que, con su hermano, tendría que buscar otro trabajo, quizá no lo encontraran y fueran repatriados, en todo caso denuncia hecha por persona ilocalizable. Cierre del caso. ¡Estás en Babia Víctor!. « Perdón», contestó ese cogiendo su “tapón” y acercándose al grupo. Entre la atronadora música del local tipo “movida del jueves universitario” pudo entender como Fátima, una de las camareras, preguntaba a su compañero Luis en qué trabajaba. «En U.G.T. », respondió este mientras miraba a Víctor por encima del tapón de whisky que se acercó a los labios... sabía en que estaba pensando. «¿Y en ese sitio, qué hacéis? » insistió Fátima. «Pues... defender a los trabajadores, como a ti, por ejemplo». Supieron que aquella joven camarera tenía un contrato por 6 horas, aunque trabajaba el doble, que esa había sido su vida desde los 16 años, que no le interesaba que le defendiera nadie porque: ¿Dónde iba a ir luego?; que a una compañera la acababan de despedir (de no volver a contratar, perdón) porque ya tenía 24 años y allí solo querían gente joven, como los universitarios que venían a tomar sus “tapones” (vivos entre el alcohol del hoy es jueves y mañana será otro día... si es, y un ruido ensordecedor que impida escuchar el silencio de la nave donde, en ese momento, 50 personas, tratan de olvidar los grilletes que les aferran a un colchón tirado en el suelo, que impida escuchar su propio porvenir en una sociedad egoístamente liberal, en la que futuro se identifica con proyectos de vida precariamente temporales), que, de todas formas, ella pensaba votar al PP, porque: «Ahora salimos en la tele y nos ven en toda España en el día de la Región». La sonrisa de Luis no era la de una batalla perdida, sino la de que no merece la pena entablar. La de la inutilidad por explicar que los sindicatos no se presentan a las elecciones, ni que la vida real importa más que la de la publicidad de unos campanarios. Era la sonrisa decidida de un largo camino por recorrer, de recuperar mucho tiempo perdido; un firme compromiso de trabajar por y junto a los universitarios, Kasai, Fátima, Emilio (el trabajador que calló ese jueves de un andamio). Ellos, seguramente, no asistirán a la manifestación del día 3, pero por ello caminarían por las calles de Murcia y, al siguiente, como cada día, reiniciarían un proyecto cargado de esperanza. Víctor mientras pagaba, le devolvió la sonrisa. Quedaba tanto por hacer... pero merecía la pena.
El futuro del PSRM pasa por un nuevo modelo de partido para construir un nuevo proyecto de Región; un proyecto, regenerador, progresista e integrador para una nueva Murcia, la Murcia del siglo XXI. Murcia ya no es la que era, hoy somos una región moderna, con una ciudadanía formada y exigente, y es que no somos la sociedad del post- franquismo. Hoy los murcianos reclaman una mayor participación en las estructuras políticas, ya no les vale con un proyecto cerrado, terminado y empaquetado, queremos construirlo juntos, queremos que cuenten con nosotros. El futuro pasa por desinventar e innovar.
Sustituir la organización política por una maquina electoral ha sido un error. Para empezar a ganar, no vendría mal desinventar el exceso de tic´s acumulados en este proceso de sustitución, cuyas notas más características son: la disminución del rol e influencia de los afiliados, el fortalecimiento de liderazgos personalizados, la vuelta a la democracia indirecta como sistema de funcionamiento interno, el alejamiento de las la bases sociales, el incremento de las luchas de poder y, consecuentemente, del sucursalismo. En política ya no están los mejores. Los ciudadanos no somos libres de elegir a aquellos que están más preparados para dirigir las instituciones y la política es, hoy por hoy, un mundo endogámico, de listas cerradas y aparatos de partido.
Si algo ha avanzado en este país es el concepto de ciudadanía. Nuestros electores, además de votantes y contribuyentes, demandan una ciudadanía plena, reclaman partidos participativos, quieren tomar parte en la gestión de su presente y su futuro. Creo sinceramente que nuestra capacidad de penetración social es muy mejorable pero, hoy más que nunca, comprometer significa compartir, perder el miedo a abrir las puertas de verdad para que seamos muchos más y para que vuelvan a entrar los que, por desafección o aburrimiento, decidieron un día abandonar el mundo de la política; un mundo que hace mucho dejó de ser ilusionante y determinante. No seré yo el que se instale en la nostalgia del pasado, hoy tenemos que conquistar nuestro futuro, tenemos la oportunidad histórica de reempezar, de trabajar por una nueva transición política, reflejo de una nueva sociedad, la sociedad del conocimiento y la participación.
Esta es la única vía para pasar de la retaguardia a la vanguardia. No podemos seguir apostando por un proyecto cuya visibilidad se reduce a una apuesta por la estrategia de contraposición entre blanco y negro. Los matices dan mucho juego para definir qué idea de región defendemos los progresistas. Explicar esas evidentes diferencias de matices entre nuestro proyecto y el de la derecha es, en definitiva, explicar el "para qué". Cuando el ciudadano observa atónito la exclusiva contraposición entre el "sí" y el "no" interpreta nuestro legítimo deseo de ganar un proceso electoral en un objetivo en sí mismo. Nos da la espalda porque desconoce el “para qué”. Además, los seres humanos no cambian, pero aprenden. Y “hay conservadores en el gobierno cuya actuación es percibida como una socialdemocracia mejorada” y viceversa. Planificar un mañana mejor pasa por diseñar hoy un idea de región que apueste por el desarrollo de conceptos como "economía virtuosa", "recuperación verde" y "sociedad sostenible; pero mientras gestionamos el futuro, no vendría mal administrar el presente. Avanzar en esta línea no pasa por estigmatizar la aportación del turismo y la construcción al PIB regional. Pasa por la redimensión y sostenibilidad de estos sectores. Pasa por reivindicar, unas veces sí y otras también, que el agua no es patrimonio de nadie y lo es de todos. Pasa por… ¡tantas cosas!
El futuro depende de nuestra voluntad y capacidad para conseguir que los ciudadanos nos vean, al PSRM, como una alternativa democrática, creíble, innovadora, abierta a la sociedad, participativa; con ganas de coger el “relevo democrático” para avanzar y solucionar las necesidades de esta región. Para hacer cosas no sólo mejor, sino diferentes, y hacerlo además con un mensaje distinto, más auténtico, más cercano a los intereses de los ciudadanos.
Es inútil discutir si el hombre es un ángel o un lobo para el hombre, es con ese ciudadano, cómodo en su nuevo papel de “progre” centrado que le ha asignado la derecha, con el que hay que trabajar. La revolución tecnológica, la globalización claroscura, prometedora pero llena de incertidumbres, constituyen el tiempo que hay que liderar. El objetivo de la izquierda siempre ha sido el ser humano, individual y socialmente considerado. Trabajar para él es trabajar con él, vencer esa batalla contracultural que ha de partir y tener como destinatario al ciudadano real. En ese frágil tablero, el que hay, justicia, solidaridad, no son conceptos extintos, pero su concreción necesita argumentos entendibles pro el nuevo individuo. Desde su propio egoísmo –humano y, por lo tanto, no ajeno- ha de demandar la necesaria solidaridad, desde su pequeñez la igualdad, desde su condena la justicia. La izquierda ha de evidenciar, en definitiva, las dificultades y contradicciones que la política liberal conservadora va a generar al ciudadano; hacerle ver que, sus problemas reales, no se circunscriben al terrorismo o a la definición autonómica, sino que se materializan en una pobreza galopante, un reparto progresivamente dispar, la falta de igualdad de oportunidades, la precariedad – siniestralidad cada vez más escandalosa en el trabajo, el nauseabundo avance del fraude laboral y, consiguientemente, fiscal y social. Tan importante como la consecución del agua es determinar cómo repartimos el fruto de la tierra. Hacer política con mayúsculas, próxima a los ciudadanos. Responder a sus preguntas de forma clara, cercana, global y diferente. Oposición sin contraponer al blanco el negro sin alternar los “digos” con los “diegos”, pero claramente identificada con los valores que hacen nuestras respuestas diferentes a las de la derecha. Es el momento de comenzar a ganar, de reforzar los pilares del puente por el que han de caminar empresarios y trabajadores, hombres y mujeres, legales de aquí y de allá, seres humanos, diferentes, semejantes. Es el momento de decir lo que pensamos, con todos los matices que se quiera, pero sin ambigüedades camaleónicas que confundan al ciudadano haciéndole desertar de “los mismos perros con diferentes collares”. El momento de radicalizar la democracia como instrumento para hacer posible la participación, porque todos los hombres y mujeres, vinculados al mundo social y cultural de la izquierda plural, son necesarios para convencer a todos de que es necesario comenzar a ganar todos.
Al Partido Popular le va bien y al resto de los ciudadanos como a Murcia. Los intereses populares están a buen recaudo y los nuestros en sus manos. El problema del PP y, desde que gobierna, el de todos los murcianos, ha sido su creciente desprecio a las necesidades insatisfechas de los ciudadanos. Pero no te confundas querido pardillo –me dijo hace poco un buen amigo- precisamente en esto, en no resolverlas, está el éxito.
Ilógico resultado de una estrategia de adecenamiento de la sociedad gracias a un paralizante chirimiri de adoctrinamiento planificadamente distribuido desde sus campanarios mediáticos y el boca a boca de un aumentado ejercito de adeptos sin par. Gobernar la Región se ha convertido en un objetivo en sí mismos para mayor gloria de sus gobernantes.
Mientras el Titanic se hundía, la orquesta seguía tocando…¡me niego a participar en semejante des-concierto!
PD. Esta mañana he asistido al homenaje a LOPEZ BAÑOS. Ha sido un acto emotivo y sincero. Mis mas sincera enhorabuena a la Unión General de Trabajadores.
Hoy Cándido Méndez, intervendrá en el homenaje que UGT Región de Murcia va a rendir al que fuera su secretario general entre 2002 y 2008, Antonio López Baños, fallecido el 25 de diciembre de 2008
Cándido Méndez,hará entrega a la familia de Antonio López Baños de la INSIGNIA DE ORO de UGT de la Región de Murcia, concedida a título póstumo por la Comisión Ejecutiva Regional el pasado día 18 de mayo de 2009.
Uno de los grandes objetivos de Antonio fue la rehabilitación de la Casa del Pueblo de El Llano del Beal, construida entre 1913 y 1916, para recuperar y poner nuevamente a disposición de nuestro Sindicato y de la sociedad un espacio sindical histórico; proyecto que también ha visto la luz. Por eso la UGT ha considerado la conveniencia de incluir esta inauguración dentro de los actos de homenaje.
¿Quizá sea porque para responder a la encuesta tenemos que pensar... y votar lo hacemos con el estómago? La derecha, en sus campañas, utiliza un truco muy usado en el audiovisual: "que el espectador crea que piensa". Hay que hacerle sentir inteligente: la derecha, con su mensaje, apela a lo básico, casi a lo irracional (cerrar fronteras, proteger lo mío, miedo al distinto) pero lo disfraza de conclusión lógica: "la derecha gestiona mejor la economía porque cree en el mercado".La izquierda no debería caer en el mismo error (como han hecho en esta última campaña, al menos en España) e intentar algo muy difícil: que la gente piense antes de votar. Y es que, por extraño que parezca, la jornada de reflexión no la inventaron para ir a la playa. Es cuestión de desandar: de ciudadanos pasamos a consumidores. Ahora tenemos que volver a encontrar la ciudadanía... pero la derecha ha recalificado el camino de vuelta.
La mayoría de los ciudadanos, en España y en casi todo el mundo, prefiere las políticas progresistas, pero no se moviliza en su defensa. Según el último European Election Survey, un 58% de los europeos se autodefine de centro izquierda, pero en las elecciones del pasado 7-J los partidos conservadores han obtenido un 15% más de escaños que los socialdemócratas. ¿Cómo explicarlo? La mayoría cree que el Estado debe actuar para proteger a los más débiles y que la religión no debe interferir en la política; defiende la promoción activa de las minorías y acepta nuevas formas de familia; otorga un papel importante al Estado en educación, sanidad, seguridad o dinamización económica, y sospecha de la capacidad de las grandes corporaciones para comportarse como deben sin controles públicos. Pero los partidos progresistas no logran persuadirles de que les voten con un mensaje sólido vinculado a valores ampliamente sentidos. En esta crisis económica es evidente: los progresistas ponen "las políticas" y los conservadores se llevan "la política", es decir, los votos, como Antonio Estella ha escrito aquí mismo recientemente. ¿Por qué los conservadores sacan la mejor tajada electoral? Pues porque aunque formuladas con franqueza sus políticas no tendrían apoyo general, su relato de "fuerza, seguridad y libertad" suena bien. En general, los conservadores ya no discuten los logros políticos y sociales defendidos y conquistados por sus adversarios a lo largo de la historia (el derecho a votar, a trabajar dignamente, al subsidio de desempleo, a la educación y la sanidad públicas, a la libertad de expresión, etc.), e incluso se han apropiado de algunos de ellos. Ahora se presentan como "centristas" y combinan su histórica defensa de la bandera nacional, la familia tradicional y la política de ley y el orden con un aura, más mítico que real, de gestión eficaz de la economía. El retrato que haría de sí un neoconservador es el de un centrista compasivo, hombre o mujer de principios claros y moral sólida, buen gestor económico, amante de la libertad individual y riguroso en la defensa de la seguridad. Enfrente estarían los progres: izquierdistas trasnochados, empeñados en defender la salud y la educación públicas de inexistentes enemigos, que llaman a la lucha de clases, la nacionalización, el libertinaje, la desaparición de la religión, el aborto, la subida de impuestos, el despilfarro, la promoción de la pereza, la tolerancia con los criminales y la falta de principios morales. Esta caricatura ignora la herencia de los pensadores de la Ilustración y de políticos progresistas egregios como Lincoln, Roosevelt, King, González, Brandt, Allende o tantos otros. Y ofende porque la Historia repite siempre lo mismo: los conservadores estuvieron siempre instalados en el"no" a cualquier avance cívico y social. Siempre "no"... hasta que el avance se impone y ya no hay vuelta atrás. ¿Cómo superar esta caricatura grosera e interesada del progre? Tal vez ayudaría la acuñación de un nuevo término que deshiciera tal simplificación y recogiera la esencia del nuevo pensamiento progresista del siglo XXI. De hecho, bajo el término neoprogresista se comienzan a agrupar distintos pensadores y políticos en los foros mundiales. Un neoprogresista no acepta la contraposición clásica entre libertad e igualdad, porque la verdadera libertad se logra promoviendo la igualdad. Ama la libertad más que los conservadores, pero no sólo la del "dejar hacer, dejar pasar". Porque, ¿cómo puede llegar a ser libre un niño que no accede a la mejor educación posible a causa de la pobreza de sus padres? ¿Cómo puede ser libre una persona con discapacidad si no se garantiza desde el Estado que pueda circular como cualquiera por las calles? ¿Cómo puede una mujer ser libre si no se garantiza su igualdad cuando trabaja? ¿Cómo puede un país ser libre si no se le protege de los abusos del mercado y no se favorece su nivelación? La búsqueda de esa verdadera libertad es lo que motiva las dos grandes políticas que hoy distinguen un programa progresista de uno conservador: la protección y la capacitación (lo que en inglés se llama empowerment). Un neoprogresista cree en la necesidad de dar seguridad a los niños, a los mayores, a los débiles, a las minorías, a los pobres... porque no cree que las desigualdades tengan un origen natural, sino un origen social que puede mitigarse. No se trata de proteger a los trabajadores frente a los empresarios, ni a los parias de la tierra y los descamisados contra los terratenientes y los nobles. Se trata de proteger a todos los ciudadanos de los excesos de un mercado sin normas y sin control. Protección, sí, pero también capacitación, porque con ella se libera el potencial de los individuos y disminuye la necesidad de protección. Así adquiere sentido la regulación frente a una "libertad" mal entendida: para equilibrar las desigualdades, para que el porvenir del planeta no quede hipotecado por la ambición desmedida de unos cuantos, para que la generación de hoy no condene a las siguientes. Bajo los nuevos conceptos de "economía virtuosa", "recuperación verde" y "sociedad sostenible", los neoprogresistas están agrupando las políticas que marcarán el futuro. Para capacitar hay que invertir y habilitar recursos públicos: es decir, cobrar impuestos. Sin avergonzarse. Reniegan de los tributos quienes no creen en lo público. Pero mucha gente necesita de la acción pública... y máxime en tiempos como los actuales de crisis financiera y económica. De estos temas y enfoques se debate en los diferentes foros de think-tanks progresistas de todo el mundo celebrados en los dos últimos años en Londres, Washington, Santiago de Chile... o en el que, dentro de unos meses, se celebrará en Madrid. La idea que va emergiendo de tales intercambios de ideas es que una mayoría de ciudadanos firmaría un manifiesto con estos principios y apoyaría las políticas que de ellos se derivan. Ahora el reto está en comunicarlos bien. Los neocon llevan décadas promoviendo sin pudor ni complejo sus ideas, defendiendo "la libertad, la fuerza y la seguridad", y presentándose como portentosos gestores que acabarían con los funcionarios y las instituciones públicas supuestamente inoperantes. La crisis en que nos encontramos ha demostrado que estaban equivocados, pero su habilidad comunicativa ha conseguido distraer a la ciudadanía de la responsabilidad plena que sus políticas tienen en la actual situación. Los neoprogresistas deben neutralizar la demagogia conservadora y acertar a comunicar su visión esperanzada de futuro. Si no lo hacen, verán como se imponen de nuevo el miedo, el desprestigio de lo público, la llamada al poder duro más peligroso. Un ambiente en el que los conservadores se mueven como pez en el agua, pero que nos abocará a la asunción resignada de la formación y estallido de burbujas insostenibles, con la consiguiente ampliación de las desigualdades. El desafío es grave y urgente. Obama, Zapatero, Sócrates, Brown, Rudd, Bachelet, Lula y sus pocos colegas progresistas aún en el poder han de contarnos su relato con claridad: protección y capacitación para la igualdad y para una verdadera libertad. También para la paz, la seguridad y el desarrollo sostenible. Y deben hacerlo con determinación ante cada reto. El más inmediato es el de superar un estereotipo aún vigente, un estereotipo que puede haber pesado en los resultados del 7-J en el conjunto de la Unión Europea: que la derecha gestiona mejor la economía y es más decidida ante las crisis. Los progresistas tienen que demostrar que sus valores son capaces de producir las políticas más eficientes. Esto requiere coraje, y también asumir que las reformas que ganan el futuro no siempre satisfacen a todos en el presente. La mayoría estaría con ellos si desplegaran un discurso cohesionado, emotivo y movilizador. Como lo hicieron antes cientos de líderes que lucharon para que las mujeres y los hombres fueran libres, para que se sintieran seguros y para que fueran capaces de construirse un futuro mejor. Los neoprogresistas, si decidimos asumir este término, son herederos de una larga y épica historia de libertad, derechos y protección que hoy deben reivindicar más que nunca. Además de Carlos Mulas Granados, director de la Fundación Ideas, firma este artículo Luis Arroyo, presidente de Asesores de Comunicación Pública.
La mayoría ve con pesimismo el futuro de los progresistas Público ha sentado en el diván de la izquierda a 14 prestigiosos intelectuales europeos y les ha invitado a mirar hacia dentro de su tradición a la búsqueda de las causas profundas que explican la derrota histórica de la izquierda en las elecciones europeas. El cataclismo no ha cogido a nadie por sorpresa: en mayor o menor medida, lo esperaban. Los pensadores más afines al centro-izquierda coinciden con los más vinculados a la extrema izquierda que las causas son profundas, vienen de lejos y tienen mucho que ver con un discurso cocinado a fuego lento durante años que servía para el corto plazo pero dificultaba la elaboración de un relato coherente y acababa desdibujando la opción propia con respecto a los rivales conservadores.¿Puede la izquierda recuperar el terreno perdido? Entre los encuestados por Público predomina el pesimismo hacia los partidos políticos tradicionales: no sólo los socialdemócratas, sino también las formaciones que se sitúan a su izquierda. Los que son capaces de detectar brotes verdes miran más a los movimientos sociales que a la política tradicional.
Tony Judt, Historiador "No se ha hecho nada por construir una visión alternativa coherente" Tras completar su monumental historia del siglo XX, Posguerra (Taurus), el historiador Tony Judt (Londres, 1948) se ha sumergido en el mundo progresista; primero para rescatar lo mejor de su tradición -El olvidado siglo XX- y ahora, precisamente, para tratar de entender el porqué de su naufragio, a lo que dedicará su próxima obra. "La iniciativa intelectual ha sido de la derecha y de los economistas" Las raíces, subraya, son muy profundas y aún pesa el lastre de la caída del Muro de Berlín, en 1989: "La izquierda política ha estado a la defensiva por el descrédito de la gran narrativa socialista de más de un siglo. La iniciativa intelectual ha sido de la derecha -porque el énfasis en la primacía de lo colectivo sobre los intereses individuales parece superado por el descrédito de la teoría anticapitalista o futuros utópicos- y de los economistas, porque el antiguo marco para el debate político fue sustituido por el lenguaje económico". "Para más de una generación", prosigue Judt, "los socialdemócratas han competido para adaptarse a los términos del debate público. Esto les coloca en desventaja: no son tan buenos como el centro-derecha justificando políticas basadas en criterios económicos y no tienen una contra-narrativa de buena sociedad". La derrota electoral no sería sino una consecuencia de ello: "Pese a la peor crisis económica desde 1931, los socialdemócratas no han podido ser merecedores de confianza. Hemos olvidado las razones por las cuales los europeos fueron atraídos por la socialdemocracia tras la guerra: la búsqueda de la seguridad y la idea de que había una relación necesaria entre una visión moral de buena sociedad y programas políticos destinados a consegurila, más allá del corto plazo." "El rechazo del electorado es merecido si no hay cambios" "Esto requiere una visión coherente de qué constituye una buena sociedad, pero nada de lo que Blair o ninguno de sus compañeros ha dicho o hecho en las últimas dos décadas sugiere ninguna visión alternativa coherente. Hasta que esto cambie, merecen ser rechazados por el electorado", concluye. P. R.
José Vidal-Beneyt, Sociólogo y político "No hay propuestas coherentes, claras y de realización posible" Para el filósofo y sociólogo José Vidal-Beneyto (Carcagente, Valencia, 1927), director en París del Colegio de Altos Estudios Europeos Miguel Servet, la alta absención y el hundimiento electoral de la izquierda van de la mano: "Este rechazo de las elecciones es antes que nada una crítica de la política democrática, consecuencia directa de la ausencia de propuestas claras, coherentes, novedosas, no desprestigiadas y de posible realización". "La recuperación de la democracia sólo puede venir de la base" "La debacle de la socialdemocracia europea responde sobre todo a su trasvase casi unánime al social-liberalismo, cuando en plena crisis económica sus abandonados ideales y sus programas socialdemócratas, incluso con su escasa renovación, le conferían primacía ideológica y operativa. Porque es incomprensible que el socialismo europeo y su potencia analítica e ideatoria se haya limitado durante 50 años a reiterar, debilitándolas, las formulaciones keynesianas, cuando las transformaciones sociales y los cambios de civilización convertían a su patrimonio conceptual y propositivo en el principal arsenal del futuro", argumenta. Las opciones a su izquierda, teoriza Vidal-Beneyto, se han visto contaminadas de un desprestigio global de la política: "A partir de la década de 1970 se confirma el enclaustramiento de la política en los partidos y su tendencia a la endogeneidad y al sectarismo. Al mismo tiempo, su acción se reduce a las luchas por el poder y con frecuencia al enriquecimiento de sus líderes. Nepotismo, corrupción y oportunismo se convierten en datos de la más concreta cotidianeidad política. "Era inevitable que los ciudadanos se desinteresasen por la política" Era inevitable que los ciudadanos que no militaban en partidos, la inmensa mayoría, se desinteresasen por los avatares de la política. Frente al "arrugamiento de la política", su esperanza está en los movimientos sociales. En su opinión, lo que está en juego es la democracia misma: "El relanzamiento de la política, la recuperación de la democracia, sólo puede provenir de la base de nuestras sociedades". P. R.
Wolfang Fritz Haug, Filósofo "Merkel es bastante bastante social-demócrata" El filósofo alemán Wolfgang Fritz Haug, de 73 años, cree que la crisis europea "es la factura de 30 años de neoliberalismo, desregularización, privatización y erosión de la protección social. La gente ve en Europa el bastión de ese neoliberalismo y una instancia incapaz de consensuar una política de lucha contra la crisis, así que sólo quedan los Gobiernos nacionales". Además, ve al Parlamento europeo como "la sombra de un Parlamento soberano." En Alemania, no ha prosperado el voto de izquierda porque "hay a conservadores en el Gobierno que actúan como una socialdemocracia mejorada. En su realpolitik, Merkel es bastante socialdemócrata o social-liberal". El partido La Izquierda no sacó provecho de la crisis porque "es muy joven y no tiene la competencia que la gente busca ahora para evitar que Opel o los grandes almacenes Karstadt se hundan". Los Verdes, en cambio, obtienen buenos resultados en Alemania y Francia porque "tienen un proyecto, un new deal comparable al proyecto de Obama. Aportan aunque sólo sea la promesa de hacer algo por el medioambiente y la creación de puestos de trabajo, lo que parece haber convencido a capas de la clase media". Ultras El auge ultra no le sorprende, porque "a mucha gente Europa le parece algo así como una agencia interna de la globalización, que les quita la protección nacional, desata la competencia universal, da un empujón a los precios y puede conllevar más paro". G. S. M.
Josep Fontana, Historiador "Tienen miedo a que los tomen por rojos" "En relación con la crisis del capitalismo, la socialdemocracia no plantea una alternativa real a la derecha, sino un modelo parecido de gestión, con más preocupación por la suerte de la banca que por la de los trabajadores en paro", subraya Josep Fontana (Barcelona, 1931), catedrático emérito de Historia, quien añade: "Por una combinación de incapacidad y de timidez -el miedo a que les tomen por rojos- nuestra socialdemocracia ha perdido la oportunidad de demostrar que la derecha está todavía peor preparada para enfrentarse a la crisis, con propuestas como abaratar el despido y rebajar impuestos, que han llevado al desastre". Fontana cree que "a consecuencia del desencanto y de la desconfianza, los votos de la vieja izquierda han ido más a la abstención que a la derecha", mientras que los votantes de derechas "son más constantes y deben pensar que, al quedarse solos, pueden conseguir que sus votos les devuelvan los añorados tiempos de la dictadura: bastantes de los diputados que eligen son hijos o nietos de viejos jerarcas, y algunos, de militares que asesinaron rojos impunemente". El historiador tira de la ironía para explicar el pírrico resultado de la extrema derecha en España: "¿Qué puede ofrecer al votante que supere lo que puede encontrar en el PP?". En cuanto a la izquierda alternativa, cree que "aún debe ganarse la credibilidad en la calle y en la fábrica". "La aternativa de izquierdas que es otra cosa, es algo que deberíamos cuidarnos de inventar entre todos". P. R.
Carlos Taibo, Profesor de Ciencia Política "Se han asumido las reglas de la derecha" Carlos Taibo (Madrid, 1956), escritor, editor y profesor de Ciencia Política de la Universidad Autonómica de Madrid, sostiene que "hace tiempo que la socialdemocracia realmente existente ha asumido las reglas del juego del discurso neoliberal", por lo que no le sorprende su caída electoral: "La socialdemocracia es corresponsable de la crisis y resulta normal que muchos electores prefieran respaldar al original conservador y no a la copia progresista". Deriva institucional "La deriva institucional de los partidos socialistas -su dramático alejamiento de unos movimientos de base- ha demostrado ser arriesgada en términos electorales. Esos partidos han acatado sin rechistar un modelo asentado sin más en el crecimiento y el consumo, con las secuelas que cabe esperar en un planeta de recursos limitados" agrega.El hundimiento socialdemócrata no ha supuesto un salto de la izquierda alternativa, de la que Taibo es intelectual de referencia. "Muchas de las fuerzas a la izquierda de la socialdemocracia arrastran problemas de burocratización, aceptación acrítica de la profesionalización de la política y preservación de prácticas superadas. A menudo quieren apoyarse en instancias que están del lado del desorden existente". Estas prácticas, opina, llevan a la abstención. "Es frecuente que estas fuerzas deseen recibir respaldo electorales sin desarrollar antes, en la base de nuestras sociedades, trabajo alguno. P. R.
Paolo Flores d'Arcais, Filósofo "En muchos países la izquierda no existe" "En muchos países de Europa, la izquierda no existe. Un ejemplo es Gran Bretaña, donde, desde los tiempos de Blair, no hay ninguna izquierda; es más, hay dos e incluso tres derechas, si tenemos en cuenta a los liberales. En otros países, una izquierda nueva obtiene un éxito impresionante, como ha sido el caso de Daniel Cohn-Bendit en Francia", analiza el filósofo italiano Paolo Flores d'Arcais, de 64 años. "En el resto de países, la socialdemocracia pierde en las urnas porque no tiene nada que decir desde hace un cuarto de siglo y no propone nada. En realidad, no son ya de izquierdas y la gente lo ha comprendido", agrega el director de la revista MicroMega. En su opinión, "la desafección de los electores afecta a todo el espectro político, desde conservadores a socialdemócratas. Tan sólo premia a los movimientos nuevos; por el lado de la derecha, a las formaciones chovinistas, lo que es un auténtico drama, y, por el lado progresista, a las fuerzas nuevas, como demuestra el éxito de Antonio Di Pietro en Italia. Donde no existen estas formaciones nuevas, los electores se quedan en casa." Nuevos progresistas Por desgracia, concluye, "estos movimientos de una izquierda completamente nueva, fuera del establishment y de la tradición organizativa de los partidos no existen exceptuando las experiencias de Cohn-Bendit y Di Pietro. Y matiza: "En realidad, sus partidos no son ni siquiera de izquierdas, sino nuevas fuerzas progresistas". T. D.
Siné, caricaturista francés "La gente de política se ha burlado de nosotros" El corrosivo caricaturista Siné, de 83 años, que el año pasado fundó el semanario Siné Hebdo tras ser despedido de Charlie Hebdo acusado de antisemitismo por mofarse de la boda del hijo de Sarkozy, es de los que ha abandonado a su suerte a la izquierda política: "Ya no confiamos en nadie, ni los unos ni los otros. Yo siempre voté a la izquierda. Y lo reconozco: hice muchas gilipolleces, del estilo de votar a partidos ultraminoritarios y hasta votar por François Mitterrand. Pero bueno: siempre voté por los menos malos. Ahora, estoy completamente deprimido. Cuando ves, por ejemplo, al Nuevo Partido Anticapitalista, que rechazó un frente común de la izquierda... ¡Sólo puedes quedarte deprimido! "Mi impresión", prosigue Siné, "es que toda esa gente de la clase política tradicional ha estado burlándose de nosotros. Creo que son gente que quiere un sueldo, un puesto, un coche oficial, un chófer, prestigio... Y se reparten los puestos. Y en tal caso la gente pasa de pronunciarse por uno u otro. A la gente modesta ya le importa un rábano que sea tal o cual el que se quede el escaño. Y ese sentimiento de que la política se ha convertido en un oficio burocrático en el peor sentido de la palabra es compartido en toda Europa. Quizá es un sentimiento injusto, porque algunos están en el combate político por la buena causa, pero son un grano de arena y se les confunde. Vemos a toda la clase política como un conjunto de hijos de puta. Este sistema se merece una Revolución. Mientras no seamos categóricos, aquí nada. A. P.
Gianni Vattimo, Filósofo y político "Se ganará si deja de dividirse por bobadas" En Europa la derecha no ha crecido, sino que los votantes de izquierda se han abstenido el 7-J porque están decepcionados con los partidos que deberían representarles. Es la tesis del filósofo y político italiano Gianni Vattimo, que augura que la izquierda de su país volverá al poder el día que deje de dividirse por cualquier "bobada". Deserción Él mismo, comunista, encarna la deserción del votante progresista de los partidos tradicionales. Tras pasar por los Radicales, los ex comunistas de DS y el partido comunista, se ha pasado a Italia de los Valores (IdV), el partido que ejerce la oposición más frontal a Silvio Berlusconi, y por el que ha sido elegido eurodiputado. "Con Refundación Comunista e Izquierda y Libertad no hubiéramos conseguido ningún escaño, y votar al Partido Demócrata era hacerlo por un partido que no sabe qué es". El problema principal de la izquierda en Europa, asegura Vattimo, es "no haber hecho su trabajo". En Italia, "el último Gobierno de Prodi no emprendió las reformas necesarias sobre la televisión o el conflicto de intereses" para frenar a Berlusconi. Idv ha surgidopara "defender la Constitución, la legalidad, la lucha contra la mafia". Vattimo, turinés de 73 años, aspira a ir escorando el partido hacia la izquierda. "Mis ideales son comunistas, pero hablar de comunismo hoy aleja a la gente", añade, "hay que centrarse en expulsar a Berlusconi y a la derecha del poder en Europa". S. B.
Carlos París, Presidente del Ateneo de Madrid "La izquierda padece síndrome de Estocolmo" Para Carlos París (Bilbao, 1925), "la crisis actual no es una crisis puramente económica, es una crisis antropológica, de la realidad y los valores humanos, de la moral, la política y el pensamiento". A su juicio, ello "hace comprensible el paradójico triunfo de la derecha, cuando el capitalismo muestra su incapacidad de dirigir la sociedad, pero mantiene hegemonía social sobre las conciencias y su dominio de los organismos que dirigen la economía ante una izquierda claudicante y perdida". "Los partidos socialistas europeos han tendido a reproducir la política económica de la derecha, renunciando a sus proyectos socialdemócratas, y los partidos comunistas, que habían ido dejando en la sombra su impulso revolucionario, han sido incapaces de asimilar la caída del muro de Berlín, presentada por la propaganda como un fracaso de cualquier intento de crear una sociedad colectivista", argumenta el catedrático emérito de Filosofía. Y añade: "La izquierda ha reaccionado ante sus derrotas con el síndrome de Estocolmo". Jaula de hierro "El capitalismo ha levantado un mundo propicio para sus intereses, que ha troquelado las necesidades y la misma conciencia humana. Su producto han sido unas masas domesticadas y degradadas, encerradas en una nueva jaula de hierro. Frente a los ideales de solidaridad, se ha logrado imponer la ilusión del enriquecimiento individual, engañosa para la mayoría, y obtenida en lucha despiadada. La izquierda sólo podrá triunfar cuando rompa esta jaula de hierro", concluye. C. E. B.
Philip Pettit, Filósofo y politólogo "Falta una visión política coherente" "En una atmósfera de incertidumbre económica y de miedo, la gente se dirige hacia los que ve más dispuestos a defender políticas de austeridad. Ello tiene un efecto desafortunado, en la medida en que salir de una crisis como la presente requiere que los Gobiernos estén dispuestos a estimular al economía y no a tratar de recortar gastos", lamenta el filósofo y politólogo Philip Pettit, nacido en 1945 en Irlanda y ahora profesor de la Universidad de Princeton, en EEUU. En opinión de Pettit, "los partidos de centro-derecha están a menudo afectados por asociación con la extrema derecha, mientras que los de centro-izquierda les sucede lo mismo con los de extrema izquierda. En este momento, la extrema derecha, que se centra en políticas nacionalistas y contrarias a la inmigración, puede parecer más atractiva que los de extrema izquierda, que pueden parecer poco realistas y con propuestas imposibles de materializar". "Sigo pensando", agrega Pettit, "que la socialdemocracia y los partidos de centro-izquierda fracasan a la hora de traducir sus políticas en una única visión, coherente". Su receta para lograr esa coherencia es el republicanismo cívico, que sintetiza en cinco puntos: "1- La libertad es el principal valor en política. 2- La libertad requiere no ser dominado por otros en las decisiones básicas de tu propia vida. 3- En consecuencia, el Gobierno no sólo debe proteger sino también dar capacitación. 4- El Gobierno debe ser transparente y abierto a la contestación. 5- El republicanismo cívico, pues, equivale al socialismo constitucional". P. R.
Concita de Gregorio, Directora de L’Unità "El dinero vence en el combate con los ideales" "En este momento histórico, la derecha en Europa está teniendo mucho éxito especialmente por el miedo al inmigrante y por la pobreza", analiza Concita de Gregorio (Pisa, 1963), directora de L'Unità, el histórico periódico italiano fundado en 1924 por el comunista Antonio Gramsci y ahora en la órbita de la izquierda moderada. "La dificultad material y la falta de trabajo, de dinero, de un piso donde vivir es un territorio muy fértil para el miedo. La derecha prospera con el mensaje de cada uno, a lo suyo, y difunde la idea de que el inmigrante quita puestos de trabajo". "En el combate con los ideales, el dinero vence", suspira la periodista y escritora que dirige este emblema de la izquierda italiana, en apuro económico permanente. Además, "la división impide a la izquierda tener un poder real y efectivo. En Italia, dos partidos a la izquierda del Partido Demócrata no han conseguido ni un escaño porque por sí solos no llegaban al 4% de votos necesario, pero juntos habrían obtenido el 6%". Motivos de esperanza Hay motivos de esperanza, sin embargo. "Italia está llena de personas como Débora Serrachiani, la diputada del Partido Demócrata que ha vencido a Berlusconi en su Friuli natal. Lo ha logrado porque representa una fuerza de innovación, de substitución de la clase política actual. La gente está harta de luchas intestinas y quiere una generación de políticos que haya nacido después de la fusión de los partidos que componen el Partido Demócrata, quiere acabar con la gerontocracia política". S. B.
José Saramago, Escritor "La izquierda está por ahí humillada" Las elecciones han tenido un efecto devastador en el ánimo del escritor portugués José Saramago, de 86 años: "Otras veces me he preguntado dónde está la izquierda, y hoy tengo la respuesta: por ahí, humillada", afirma. Saramago, vinculado a la tradición comunista, explica el derrumbe de la izquierda mayoritaria porque "cada día se asemeja más a los adversarios y a los enemigos, como si esa fuese la única manera de hacerse aceptar". La ruta hacia el centro, opina al escritor, fue esgrimido por sus promotores como "una genialidad táctica y una modernidad imparable", pero el resultado ha sido simplemente su aproximación a la derecha y, por tanto, la decepción del electorado de izquierdas. "No es posible votar a la izquierda si la izquierda ha dejado de existir", afirma con rotundidad. Saramago recalca la paradoja de que en Europa, donde la izquierda tiene una larga trayectoria de fuerza, vira a la derecha, pero que en el mismo momento Estados Unidos, la gran potencia tradicionalmente dirigida por fuerzas conservadoras, apunta a un giro con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca. Parece un signo de optimismo, pero es también una demostración más de la derrota porque la nueva esperanza ya no aspira a cambios radicales, sino a "salvar los muebles de un capitalismo sin reglas que estuvo a punto de devorarse a sí mismo". El escritor considera que la izquierda debe priorizar la recuperación de sus "fuentes tradicionales de influencia", entre los que cita los pobres, los necesitados y los soñadores.
Susan George, Filósofa y politóloga "No se han ofrecido soluciones propias" "El auténtico triunfo del neoliberalismo es que los socialdemócratas, a quienes prefiero llamar social-liberales, han acompañado cada nuevo paso en el camino [emprendido por la derecha]", afirma Susan George, francesa de origen estadounidense, presidenta del Transnational Institute de Ámsterdam y muchos años a cuestas de activismo."Confrontados en una elección entre el original (la derecha) y una copia light (los social-liberales), la gente elegirá el original. La única solución para el Partido Socialista Europeo y sus componentes nacionales es moverse hacia la izquierda e incorporar el medio ambiente en sus políticas, pero no creo que lo hayan comprendido", apunta la autora del Informe Lugano (Icaria), una de las obras de referencia del movimiento antiglobalización. Indignada con el PSF George, politóloga y filósofa formada a caballo entre Estados Unidos y Francia, se muestra especialmente dura con el Partido Socialista Francés (PSF): "La derecha se comporta como la derecha y nadie debería sorprenderse, pero los socialistas franceses no tienen derecho a decir que se sitúan en la izquierda", se indigna: "Jospin privatizó más que la derecha, el partido socialista estuvo a favor del Tratado constitucional europeo que rechazaron sus propios militantes en referéndum, apoyaron el cambio constitucional en Francia para asegurar la ratificación del Tratado de Lisboa..." ¿Y la izquierda alternativa, la suya? "Es cierto que la izquierda no ha logrado ofrecer sus propias soluciones a la crisis". P. R.
Marco Travaglio, Periodista y escritor "Se vota si se encuentra de quién fiarse" "En Italia, la crisis de la izquierda no tiene nada que ver con la del resto de Europa", opina el periodista y escritor Marco Travaglio. En su opinión, cuando estuvo en el poder, la coalición de izquierdas "no tuvo más remedio que sanear las cuentas públicas" pues la derecha "las había saqueado", pero los recortes en el gasto no han causado su fracaso. Su problema, asegura Travaglio, "es que tiene a los líderes equivocados. Si después de 15 años en la cúpula no han conseguido conectar con la gente, deberían irse a casa". A este periodista, nacido en Turín en 1964, se le considera uno de los mayores azotes de lo que define como el "régimen" de Berlusconi, al igual que lo fue su maestro Indro Montanelli. En su libro El olor del dinero, Travaglio denunció el modo en que Berlusconi ha construido su fortuna. Falta de confianza "La gente va a votar cuando encuentra a alguien de quien se fía", sostiene el autor. Han votado a la Liga Norte porque "aunque de forma equivocada, responde a problemas concretos de las personas"; al partido Italia de los Valores "pues es mucho más reconocible en su oposición radical e intransigente a Berlusconi", pero también a izquierdistas como Débora Serrachiani "porque es considerada nueva, joven y muy inteligente en su labor de oposición". Según Tavaglio, los electores dan la espalda a los partidos ex comunistas que se han atomizado "en una tendencia natural al suicidio", o a los Verdes que, salvo excepciones, en Italia "nunca han sido creíbles". S.B.
Lo de siempre: hace tiempo que no paso por aquí. Ya tiene huevos que Chiquito de la Calzada haya vuelto antes que yo. Pero tengo excusa, claro: un nuevo curro, que es una de esas cosas que hay que hacer para no estar en el paro.Mi nuevo trabajo es muy absorbente. En la escala Evax tendría cuatro gotitas. Pero, claro, ahora más que nunca, con la economía tal y el trabajo pascual, hay que dar gracias por tener curro... ¿A quién hay que dárselas? Aaaah, amigo, eso es otra historia. No lo sé. Y cada vez lo tengo menos claro. ¿Por qué?, por una extraña y desasosegante experiencia que tuve recientemente en el metro de Madrid. Y no es esa leyenda sobre el último vagón de no se qué línea donde la gente se quiere desnuda.Siento ser reduntante, pero la experiencia que voy a contar es 100 % real. Bueno, 95 % real, el otro 5 % se lo ha quedado el banco. Pero es más real que esquiar en Baqueira y casar a un hijo en la Almudena. Se trata de un acontecimiento que me ha hecho ver la luz sobre cómo y por qué la clase trabajadora, el proletariat, los curritos, los que compramos en el Lidl, estamos con una mano delante y otra detrás. Vale, vale, ya lo cuento...
Resulta que una agradable mañana de viernes (mi último viernes libre, por eso era tan agradabe) me senté en el metro frente a un señor inmigrante latinoamericano. A mí se me había olvidado coger un tebeo para leer en el vagón, así que eché un vistazo a la carpeta transparente que mi compañero de viaje llevaba en las manos... y ahí tuve la revelación. Ahí lo entendí todo. Entendí cómo, con la excusa de la crisis, las empresas fuerzan a sus trabajadores con la seguridad de que no se les rebelarán; entendí cómo los curritos exigimos, por miedo al paro, mucho menos de lo que nos corresponde. Y, sobre todo, entendí cómo el Estado no sólo no intenta evitar esta situación de indefensión... sino que la fomenta.¿Cómo comprendí todo esto con un simple vistazo a un señor inmigrante latinoamericano y a su carpeta (transparente)? Porque su carpeta (transparente) dejaba entrever dos cosas: unas fotocopias con el membrete “Ministerio de Trabajo. Secretaría de Estado de la Seguridad Social”... y lo verdaderamente estremecedor: un cedé donde se leía “Holocausto Caníbal”.
Todo estaba bien claro: sólo había que atar los cabos. Cosa que tampoco es fácil: cuando intenté atarlo, un cabo chusquero de Marina me soltó una hostia. A pesar de ello, llegué rápidamente a una conclusión: ¿qué hacían juntos los papeles de Trabajo y una peli mondo? Sencillo: el ministerio te da el alta en la Seguridad Social con tu pack de bienvenida: el catálogo de las vejaciones a las que te podrán someter tus empleadores. Un catálogo tan explícito como realista. "Holocausto Caníbal" no es un falso documental gore: es un vídeo didáctico institucional.
Trabajar para las personas, representa, un reto y una responsabilidad. Poniéndonos en su lugar, tratando de mirar por sus ojos. Analizar los problemas sociales, económicos y productivos desde nuevas perspectivas, diseñar alternativas creativas que den solución a los problemas de las personas porque para conseguir lo que no se ha conseguido hay que intentar lo que no se ha intentado. Este es un tiempo de oportunidades para los que saben, no solo para los que tienen. Lo que se sueña, lo que se imagina, lo que se inventa, lo que se sabe y lo que se sabe hacer, constituye un acervo fundamental para el desarrollo de las personas, las organizaciones y los territorios. Por ello, debemos mantener una inquietud creativa constante para generar nuevas ideas y soluciones y mejorar la eficiencia de los actuales métodos de transferencia del conocimiento a las personas. No todo está inventado.
"...en la vida, como en ajedrez, las piezas mayores pueden volverse sobre sus pasos, pero los peones sólo tienen un sentido de avance"
Desde el domingo, el chunda chunda de “Minoría Absoluta”, de los Mojinos Escozíos, martillea incesantemente mi cabeza. Cuando a ratos me vengo arriba… ¡zas!, empieza a sonar “Todos los ahorcados mueren empalmados” de Siniestro Total. Definitivamente no toca. Necesito otro tema.
¡Ya lo tengo! ¡Vaya por donde! Murcia no-typical ha sido distinguida nada menos y nada más que con el sol de plata en la categoría Platino, que premia las campañas más innovadoras y experimentales y aquellas que se han integrado mejor en más soportes de comunicación. Sí, esto ha sucedido en la 24 edición del Festival Iberoamericano de Comunicación Publicitaria El Sol, el más importante de España y Latinoamérica.
Nadie es profeta en su tierra. ¡Que no cunda el pánico! Aquí también es de aplicación aquello de ``Ninguna sociedad acepta a sus escritores hasta que ha asimilado lo que dijeron‘‘. Bueno, retiro lo dicho. ¡Que cunda!
La campaña ha sido mal entendida incluso por los que deberían entenderla bien, ya que son los que piden un cambio. Un cambio que, en cierto modo, representa la campaña.
Yo también me clavé, ¿o me clavaron como a una anchoa salada y carnosa? “¡Vaya cruz con Cruz!”, pensé cuando conocí la campaña “No-typical” tal y cual. Pues no. Me equivoqué. Aunque, al principio, no le entendí. Ahora tampoco. Pero la campaña me gusta más que comer con los dedos. Porque supera el tópico y proyecta la imagen de una Murcia moderna, provocadora, sugerente, divertida, creativa y dinámica. La de la otra Murcia en la que vivo.
Todo ello gracias a un derroche de innovación-provocación. Un target (destinatarios ideales) virgen y nada habitual en las campañas al uso. Refuerza la diferenciación jugando con el pensamiento lateral o divergente. Es una campaña viva y en permanente crecimiento como consecuencia de su apuesta por la interdependiecia, la interactividad y la participación creativa de jóvenes talentos y, además, liga la conjugación de los verbos elegir-pensar (una buena píldora del día después del marketing engañoso). Por último, la arriesgada estrategia-trampa del impostor Vladimir Karabatic ha sido genial, nunca fue tan fácil el posicionamiento y visualización de una campaña a costa de los demás. ¡Demasiado para el cuerpo! Estos pollos de la generación 2.0 (Jorge y sus colegas fueron mis musas) van a acabar con toda una vida cultivando el arte de la prudencia y el pensamiento lógico cartesiano. ¿O viceversa?
¡Bravo por los de Germinal! Punto y pelota. ¡Qué lástima! Con lo bien que quedaría uno soltándole una mano de sagradas formas al sobrino del tío por irrumpir quam meretrix in misa corpore insepulto. Al mismo tiempo, este cura que escribe sería un firme candidato a ganar el premio de “gilipollas del año”. Votantes no me iban a faltar. Méritos me sobran y casi seguro que contaría con el apoyo del partido de los que ganan y el de los que pierden.
Los que pierden (yo, además de ser de los que pierden, soy un perdedor) al día siguiente de conocer la campaña se echaron a la calle (especialistas en mondongo con crillas) enarbolando la bandera del ¡…mírala, mírala, ahí está, ahí está, ahí está, la puerta de San Esteban! También montaron ruedas/os de prensa, blogearon y enviaron comunicados a los mass media para que dejar constancia de que el fuego cruzado con Cruz se había iniciado. Aunque, como nos viene ocurriendo en los últimos… catorce años primó el efecto bumerang de nuestras iniciativas. Sería más adecuado, consiguientemente, anunciar fuego amigo. Pero el caso es que los míos hicieron campaña. Campaña sobre la campaña y sobre campaña una. Y ante este villancico, claro, se armó el Belén.
Los que ganan, que tienen muchas ganas de que los que perdemos nos subamos a la ventana que no es y nos pille el toro que sí es, nos han cedido todo el protagonismo (ya lo dijo Stevie Wonder 'Si bebes, no conduzcas ni te vayas a los San Ferrmines’). Pero, sobre todo, les pasa como a mí. Que, al principio, no le entendí y, ahora, tampoco. ¿Cruz o mucha cara? En menudo lío ha metido el tío a su tío. El sobrino suyo, ¿es de los míos?
Un escenario de progreso para la salida de la crisis
Laboratorio de ideas V. GÓMEZ, A. GONZÁLEZ, S. M. RUESGA Y F. VALDÉS Valeriano Gómez y Antonio González son economistas. Santos Miguel Ruesga y Fernando Valdés son catedráticos de Universidad.
EL PAIS NEGOCIOS 07/06/2009
Para seguir avanzando hace falta más y mejor Estado, financiado con suficiencia y con equidad Combatir la precariedad es la mejor garantía para aumentar la productividad y la competitividad. Durante el último año y medio, una crisis de origen esencialmente financiero, inicialmente localizada en EE UU, se ha ido convirtiendo en la más profunda que el mundo haya conocido desde 1929, afectando de forma intensa al conjunto de la economía mundial y propagándose rápidamente a todos los sectores productivos. La crisis que apareció en el verano de 2007 puso de manifiesto dos acontecimientos estrechamente interrelacionados: el primero, que buena parte de los productos financieros derivados, con escasa regulación y nula supervisión, estaban garantizados por activos inmobiliarios sobrevalorados por la dinámica del crédito fácil; el segundo, que se había estado prestando dinero en un contexto donde el acceso al mismo había sido sencillo y barato por la combinación de bajos tipos de interés y el crecimiento exponencial de dichos productos derivados. No es necesario insistir en el hecho de que el comportamiento de buena parte de los operadores de nuestros sistemas financieros ha resultado letal para el conjunto de la economía. Por desgracia, no era la primera vez que el comportamiento irresponsable de los operadores en algunos mercados producía sonrojo y malestar en el mundo entero, y debería de haber invitado a una reacción más rigurosa y severa de las autoridades económicas. Los mercados competitivos no son preciosos hallazgos sociales que el Estado, con su actuación, pretende destruir. Lo que ahora se ha derrumbado -si es que alguna vez estuvo en pie- es la absurda pretensión de que los propios participantes en el mercado tienen mayor capacidad autorreguladora que aquella que pudiera lograrse con la intervención de los organismos de regulación y supervisión de carácter público. Entre las lecciones adquiridas, una de las más preciadas reside en la existencia de papeles difícilmente sustituibles para el mercado y para el Estado. Por ende, conviene no ignorar que la actual crisis económica está contribuyendo, de manera tan acelerada como implacable, a la revisión crítica de aquellas ideologías que conformaron durante las últimas décadas buena parte de los principios económicos y políticos imperantes. El lema de "menos Estado y más mercado" ha aportado la cobertura ideológica a las formas de capitalismo especulativo más voraces y depredadoras. Aun así, lo peor que hoy puede hacerse es equivocar el enfoque interpretando que la intervención de los gobiernos sólo ha de orientarse a salvar de la crisis a las grandes instituciones financieras. Sin duda, éste es un objetivo para la intervención gubernamental en estos momentos, pero no es el único a plantearse. No obstante, de modo inmediato, lo fundamental era actuar para impedir el colapso financiero. Y, aunque seguramente no con la premura deseada, así se está haciendo. Por eso, ahora lo más importante es restablecer la situación en los mercados financieros y extraer las lecciones necesarias para garantizar que no vuelvan a repetirse los errores del pasado. En nuestro panorama podemos afirmar que las cosas se han hecho de forma razonable en la regulación del sistema bancario, pero no así en la prevención de las deficiencias en el funcionamiento del sector inmobiliario y en sus relaciones con el mundo del crédito: la burbuja inmobiliaria que hemos padecido en los últimos lustros sólo ha podido mantenerse a través de la complicidad y el concurso de las instituciones financieras. La actuación pública -en el ámbito local, autonómico y central- debe ser mucho más ambiciosa, particularmente en lo que se refiere a los mercados de la vivienda. La Ley del Suelo aprobada en la pasada legislatura fue un paso en la dirección adecuada, pero insuficiente. Hace falta mayor esfuerzo financiero para la promoción de viviendas accesibles -en alquiler y en propiedad- y un compromiso mucho más firme para crear instrumentos de actuación pública en el mercado de suelo, verdadera pieza clave en el proceso de formación de los precios de la vivienda. En esta situación no resulta necesario mantener un mecanismo de desgravación a la compra de la vivienda habitual, que en última instancia traslada estímulos al promotor y opera en la práctica como un mecanismo fiscal regresivo. España no necesita construir todos los años 800.000 viviendas. Basta con la mitad y con unos precios medios sustancialmente inferiores a los actuales. Por contraste, España necesita -y tiene- uno de los sectores de construcción, ingeniería y obra civil más competitivos del mundo. Es aquí donde debe seguir poniéndose el acento. De igual modo, también en el corto plazo, el Gobierno no debe descartar intervenciones en algunas instituciones financieras, con independencia de las inyecciones de liquidez que se están llevando a cabo. Debe ser posible definir un escenario de intervención pública en el sistema financiero mediante la suscripción de capital o participaciones (con derechos políticos) en las instituciones financieras que lo requieran. Resulta imprescindible aprovechar la salida de la depresión actual a través de las políticas públicas que se lleven a cabo para sustituir profundamente el modelo de crecimiento económico apoyado en el uso intensivo de trabajo poco cualificado por otro nuevo basado en el conocimiento y la innovación. Se requieren cambios en la estructura productiva, pero también modificar las pautas de gestión de las empresas, cubriendo lagunas tanto en el ámbito de la innovación gerencial y empresarial como en la formación de los trabajadores. Es ahora, más que en ningún otro momento de nuestra historia moderna, cuando la innovación tiene posibilidades de convertirse en el motor de la economía española. El sector público tiene la obligación de acomodar y fomentar ese cambio hacia un modelo productivo sostenible en el largo plazo. De ahí el protagonismo que han de alcanzar las políticas industriales, energéticas y medioambientales para desbloquear los cuellos de botella que dificultan el cambio de modelo productivo en España Junto a ello, una sociedad moderna y avanzada no puede considerar sus impuestos como una carga contra las empresas y las familias establecida por la voracidad incorregible del Estado. En nuestro país no hay que reducir el tamaño del Estado. España está retrasada en todos y cada uno de los grandes renglones que definen el grado de progreso de una sociedad, por la calidad de sus bienes y servicios públicos. Es verdad que se ha avanzado mucho durante las tres últimas décadas: la consolidación de la democracia y el desarrollo de la constitución de 1978 se han visto acompañados del más profundo y duradero proceso de avance social de nuestra historia. Pero se necesita seguir avanzando y, para lograrlo, hace falta más y mejor Estado, financiado con suficiencia y con equidad. La educación, la sanidad, la justicia, las pensiones, la atención a los mayores y a las personas dependientes, la innovación, la investigación y una todavía larga relación de rúbricas demandan de todos más esfuerzo y mayor dedicación y compromiso. Si queremos orientar nuestra economía hacia un modelo de crecimiento sostenible lo que necesitamos es un trabajo más productivo y no un trabajo más barato. Por eso, combatir la precariedad de nuestro mercado de trabajo, en cualquiera de sus manifestaciones, es también la mejor garantía para incrementar la productividad y la competitividad de las empresas. Por su parte, la política salarial debe seguir siendo un espacio diseñado y gestionado mediante la actuación autónoma de los interlocutores sociales en la negociación colectiva. En este ámbito resulta crucial configurar un concepto de moderación salarial que tenga su expresión a lo largo de todo el ciclo económico. Si se quiere moderación durante las etapas de auge, no pueden aprovecharse las fases de crisis para deprimir el poder de compra de los salarios. Para ello sigue siendo un objetivo esencial la reforma de la estructura de la negociación colectiva, que debería fomentar fórmulas de articulación entre los distintos niveles y potenciar los convenios de ámbito estatal. La intensidad de la crisis en el ámbito de la destrucción de empleo ha vuelto a situar el abaratamiento del despido en el centro del debate público. Una vez más, volvemos a asistir a la paradójica pretensión de que facilitando el despido en tiempos de crisis se estimula la creación de empleo. Es fundamental recordar que, tras la reforma de la regulación del despido acometida de forma unilateral en la Ley 45/2002, en España no sólo existe una gran facilidad de ajuste derivada de la extensión del empleo temporal sino también una enorme flexibilidad de salida en el empleo indefinido. Por estas razones, a nuestro juicio, las reformas que se necesitan deben dirigirse a ayudar a mantener el máximo nivel de empleo, a sostener las rentas de los desempleados evitando el desplome de su capacidad de compra, a mejorar el rendimiento de la formación profesional, a reducir los estímulos a la rotación laboral, a impulsar la flexibilidad interna en las empresas a través de la negociación colectiva y a estimular nuestra capacidad competitiva mediante la educación de calidad, la investigación y la innovación. No son reformas de menor calado. Es verdad que no modifican el coste del despido, pero es que, con toda probabilidad, nuestro futuro no se juega en ese terreno.
Solo quiero trasladar algunas ideas desde el respeto y la humildad de quien sabe que nadie puede estar en posesión de la verdad, porque esta, además de esquiva, desbordante en matices y colores, es imposible de aprehender, quiero, eso sí, hablar con el corazón y desde la libertad no interesada.
Derrota tras derrota hasta la derrota final. La culpa de los resultados electorales de ayer en Murcia no es de Zetape. De Pedro tampoco. La solución, a mi juicio, tampoco la encotraremos en la política flash. Todos somos culpables y todos somos parte de la solución. La falta de apoyo de los ciudadanos nos exige que iniciemos un proceso de autocrítica. Una reflexión autocrítica que tiene que ser visible, la tienen que percibir los votantes...
Tres ejes vienen marcado debate político en nuestra Región: la confusión entre lo público y lo privado, la política hidrológica y la crisis económica.
He manifestado reiteradas veces mi coincidencia plena con la línea argumental de mi partido en la lucha contra algunos abusos relacionados con la especulación urbanística y la corrupción política, más que una estrategia se trataba y se trata un deber ético y moral al que los socialistas no podíamos sustraernos. Pero, ¿no creéis que nuestro trabajo habría sido percibido de distinta manera si hubiéramos sido capaces de generar una alianza con aquellos que mas han sufrido y sufren el peaje de la corrupción política? Estoy absolutamente convencido de que los que repudian el chantaje prevaricador son muchos más que los que chapotean felices en el fango de la corrupción. Precisamente el mérito de muchos de ellos ha sido trabajar frente a la competencia desleal alfombrada por el Partido Popular.
En lo referente a la campaña del "Agua para todos", yo me quiero mojar. Mirad tengo claro que los del PP no se creen este eslogan, a mi juicio, no ha sido más que una muletilla (a la que hemos entrado en suerte) para promover el conflicto entre ciudadanos y regiones y obtener una cutre rentabilidad del mismo. Es conocido que para el PP la escasez de agua es garantía de abundancia de votos. Tenemos que liderar el discurso del agua con propuestas creíbles y tangibles que desenmascaren la torticera y goebeliana estrategia de los populares.
Por otro lado, creo sinceramente que nuestra capacidad de penetración social es muy mejorable. Sigo pensando, tal y como he planteado reiteradamente, que ha sido un error apostar por la estrategia de contraposición entre blanco y negro. Creo que los matices dan mucho juego para definir que idea de región defendemos los socialistas. Explicar esas evidentes diferencias de matices entre nuestro proyecto y el de la derecha es, en definitiva, explicar el "para qué". Cuando el ciudadano observa atónito la exclusiva contraposición entre el "sí" y el "no" interpreta nuestro legítimo deseo de ganar un proceso electoral en un objetivo en sí mismo. Nos da la espalda porque desconoce el para qué. Creo que hemos hecho mucha oposición mirando al PP y soy de la opinión que deberíamos haberla hecho mirando mucho más a la sociedad.
Si algo ha avanzado en este país es el concepto de ciudadanía, nuestros electores, además de votantes y contribuyentes, demandan una ciudadanía plena, demandan partidos participativos, quieren participar en la gestión de su presente y su futuro.
A mi juicio, el problema y, en consecuencia, la solución -que es lo que a mi realmente me interesa-, está en conseguir que los ciudadanos nos vean al PSRM como una alternativa democrática creíble, nueva, innovadora, abierta a la sociedad, participativa, con ganas de coger el “relevo democrático” para avanzar y solucionar los problemas de esta región, y hacerlo además con un mensaje distinto, más político, mas propositivo, más cercano a los intereses de nuestros vecinos.
Para ello tenemos que reconciliarnos con nuestro pasado. Tenemos que volver a la política con mayúsculas y abandonar espacios cuya gestión corresponde a otras instituciones, hay que volver a volar alto. Ha llegado el momento de abrir la puerta a la grandeza de la política.
El PSOE se hunde, con el 29,59% de los votos, casi 7 puntos menos que en las elecciones de 2004
NetoRatón 3.0
Tras una campaña bronca como hace tiempo que no se veía, los feudos tradicionales de voto del PP, fundamentalmente Madrid y Valencia, se han demostrado insensibles a los casos de corrupción que han asolado al partido conservador, y se han movilizado otorgándoles una importante diferencia que en esta ocasión no ha posido ser conjugada por las comunidades de voto socialista, que se han movilizado mucho menos.
Hace 65 años se produjo el desembarco de las tropas aliadas en las playas de Normandía. En Francia cantaba Edith Piaf y aunque la Resistencia se reconocía en aquella voz de pájaro herido, la libertad llegó a Europa acompañada de los trombones del swing, de los saxos y trompetas del bebop y bailando el boggie-boggie, la música de jazz creada por negros. Está escrito que decenas de miles de afro-americanos participaron en la II Guerra Mundial. En principio se les relegó a servicios auxiliares, como cocineros o conductores, para reservar la gloria del combate sólo a los blancos; luego fueron asimilados a la lucha y se formaron algunos batallones sólo de negros para ser ofrecidos como carne de cañón a los hierros de la Wermacht. Al margen de su preparación para las armas, hubo un hecho inapelable: sobre el estruendo de los carros de la victoria los músicos negros impusieron en Europa un sonido sincopado, que cambió el espíritu de la época. Todas las personas que se sintieron libres comenzaron a mover los pies al compás que ellos marcaron. Terminada la guerra los negros vivos volvieron a casa y después de haber dejado miles de hermanos muertos en el campo de batalla, en su país se encontraron con que tenían que ceder como antes el asiento en el transporte público a un blanco, comer en restaurantes distintos, usar distintos lavabos; en el sur se repetía el rito de la soga y los linchamientos bajo el resplandor de una cruz en llamas, mientras muchos europeos creían que era Gene Kelly quien les había salvado de las garras del nazismo bailando en las calles de París. Un día la negra Rosa Parks se negó a ceder el asiento a un blanco en un autobús de Alabama; luego llegaron los panteras negras y Martin Luther King. Hace ahora 65 años, en la playa de Omaha de Normandía, bajo el fuego alemán, un coronel yanqui le dijo a un soldado negro: "Oye, chico, deja el fusil y toca la trompeta para alegrarnos la vida". Los cañones se han apagado, pero el swing de aquel soldado sigue sonando todavía. Después de 65 años, otro negro, llamado Barack Obama, ha recorrido las playas de aquel desembarco y ya no es cocinero ni camillero, sino conductor del destino de Norteamérica.
Primero se llevaron a los comunistas, pero a mi no me importó porque yo no lo era; enseguida se llevaron a unos obreros, pero a mí no me importó porque yo tampoco lo era, después detuvieron a los sindicalistas, pero a mí no me importó porque yo no soy sindicalista; luego apresaron a unos curas, pero como yo no soy religioso, tampoco me importó; ahora me llevan a mí, pero ya es demasiado tarde.
Bertolt Brecht, poeta y dramaturgo alemán (1898-1956)
Ningún día mejor que este para recordar un cuento (no sé si árabe o indio) en que el Maharajá de un país quiso premiar a los representantes de las dos familias que le habían servido alternándose en el cargo de Gran Visir, los llamó a su presencia y les dijo:
- Me habéis servido mucho tiempo y quiero premiaros por ello así que pedidme lo que queráis que os será concedido, lógicamente al que ahora ocupa el puesto de Gran Visir le daré el doble que al otro.
Ante esta oferta el que en esos momentos no ocupaba el puesto, tras mucho meditar, dijo:
- ¡Oh señor quiero que me saqueen un ojo!
Siendo hoy el día de las elecciones europeas, la verdad que sólo faltaba que el tipo se llamara Mariano.
Hemos asistido a una campaña calificada de dura por los medios de comunicación y creo que sólo merece el calificativo de mediocre, me ha recordado permanentemente a esas rabietas infantiles en que a fuerza de decirse un niño a otro- y tú más- terminan por no saber que se habían llamado al principio de la discusión.
En una situación de crisis mundial el lamentable espectáculo de la derechona incapaz de hacer el más mínimo análisis sobre el fracaso del modelo económico que defienden se refugia (otra vez) en buscar culpas y, como no, paganos ajenos.
Nunca un Jefe de Gobierno debió sentirse tan importante como José Luís Rodríguez Zapatero, culpable de la crisis internacional, del fracaso del sistema liberal-neoconservador, de la subida y bajada del crudo y de la pérdida del empleo del sastre de Camps, entre otra infinidad de cosas; ni la izquierda y la socialdemocracia mundial al enterarse, si han escuchado al PP, que el modelo que ha fracasado es el que no se ha puesto nunca en marcha porque la derecha siempre lo ha impedido.
Y votando-votando creo que en un mundo donde el cuarto poder cree tener derecho a ser el primero, donde nadie asume responsabilidad en el fracaso, donde la democracia en la confección de candidaturas para elegir a los que deben exigir democracia en los estados miembros brilla por su ausencia, donde para defender una idea de Continente-nación nos dicen que los mejores son de su pueblo; los simples electores tenemos para elegir no a los mejores candidatos sino a los partidos que pensemos que mejor representan la idea de Europa, cosa de la que nos han informado poco o nada todos ellos, en definitiva creo que hoy no podré votar al mejor pero me conformaré con votar al menos paleto.
Una espesa nube, mezcla del humo de cigarrillos compulsivamente fumados en una bolsa de Wall Street, y del sudor de niños trabajando a destajo en Birmania, nos desdibuja cotidianamente nuestro perfil como seres humanos, nuestros sentimientos. Cuando Marcuse –sé que su mención no es políticamente correcta- nos advirtió del riesgo de una sociedad uniformada por el “hombre unidimensional”, no podíamos sospechar que corríamos un mayor peligro: el hombre incorrecto, sin dimensiones. Quizá por eso tenemos necesidad de sustituir la indefinición de cuanto nos rodea por eso que llamamos REALIDAD VIRTUAL. Puede generar sensaciones más intensas. Indudablemente es más aséptico, más maleable, domesticado, asequible que lo real. Está de moda. Vista, olfato, gusto, oído, tacto, virtuales. Amor (usted, si quiere, llámelo sexo), dinero, ideas e ideologías virtuales. En ese espacio de verdades intangibles, se manifiesta con pleno esplendor el “gran invento”: la POLÍTICA VIRTUAL. Podemos definirla como el aparente modo de gestionar lo público, donde no importa lo que se hace, sino la sensación que se transmite. No importa que en la iglesia del pueblo haya una boda o un entierro, lo que trasciende es que las campanas tocan a muerto. La realidad se define por el tañer de aquellas. Naturalmente que este modelo de hacer política tiene sus ventajas, y no ya sólo para el gobierno, que rentabiliza los resultados virtuales que trasladan sus campanarios, sino que es capaz de generar sensaciones en los ciudadanos. Podemos ver así como, supuestamente, el actual gobierno regional rompe con el aislamiento que sufrimos los murcianos. Poco importa que sean campanazos huecos, que ni traen agua ni resuelven el endémico déficit de nuestras comunicaciones; esa sensación, de por sí ya puede originar actitudes positivas de enfrentamiento al mañana... además de votos. Sin embargo, son muchos los males que este modelo acarrea, de forma especial cuando, como ocurre con el actual partido en el gobierno, desgasta en él todas sus energías. Otro grave riesgo viene determinado por la necesidad de campanarios afines. No existe política virtual efectiva sin el alambique mass-mediático que destile las verdades convenientes: “España va bien”. Para ello necesitan “plumillas” camuflados como opinadores aparentemente banales, vías digitales enderezadas por empresas digitalmente independientes, televisiones públicas (dícese de las que pagamos todos y que jamás de los jamases serán dirigidas por políticos) cada vez más deficitarias. “El Virtuoso” –de Shadwell- describe el mejor nadador virtual del mundo: imita perfectamente los movimientos de una rana, pero es incapaz de flotar en el agua, la realidad es su mayor riesgo. Para el “sistema”, sin embargo, la realidad no es en sí peligrosa, que se ahogue el “nadador” es indiferente siempre y cuando nadie lo sepa. El enemigo que hay que tratar con rigor (mortis) y a toda Prisa, es aquel capaz de crear otra realidad virtual o cierta. Así, la necesidad de conquistar campanarios o derruir los incomprables es la triste realidad antidemocrática del modelo virtual obsesivo. Pero, desde mi punto de vista, el mayor conflicto estriba en la propia necesidad del sistema de potenciar esos mass media hasta constituir un nuevo marco metafórico, en el que actuamos, pensamos, sentimos; donde el hambre o la muerte real se convierten en entretenimiento. Establecen una forma de ideología colchón que evita el compromiso y la implicación. Se trata de conseguir hombres y mujeres empobrecidos en su relación perceptiva con la realidad, potenciando el conformismo social. Todo es virtual para el hombre-espectador. Ética virtual donde no importa la comisión de delitos, si al juzgarlos ya han prescrito. Una sociedad sonámbula, de espectadores impasibles, que no sienten ni se cuestionan a sí mismos, puede ser cómoda para los políticos virtuales, sin embargo conlleva un gran peligro cuando se dan cuenta de que, con el sonido de las campanas, no llegan a final de mes.
Compañero me desvela la misma suerte que a ti. Cada uno desde el papel que le toca desempeñar, diferentes y complementarios, prometimos encender esa candela que de luz a un modo diferente y mejor de entender la vida. Tony Blair manifestaba que iba a gestionar lo mismo que la derecha, pero haciéndolo mejor. Es el nuevo discurso de una izquierda envejecida prematuramente, pragmática hasta anular por completo la imaginación. Una izquierda europea teñida de un gris desesperanzado e impotente, contaminada de ese discurso que pretende que nos conformemos con el único mundo posible; injusto, insolidario... pero sin alternativa. Es “la cruda realidad” que vive de la ausencia de colores dispares, de la negación de ideologías, del “pensamiento único”, que sonríe superior ante otras formas de acercarse a la comprensión y el desarrollo de nuestra identidad como seres sociales. Si hoy es preferible que gobierne la izquierda, aún con la espalda encorvada, a que lo haga la derecha, es solo porque aquella permite respirar. Pero si continua perdiendo sus señas de identidad, renunciando a llevar la imaginación al poder, llevará este a la imaginación. Y no podemos olvidar que el poder es necesario que sea tangible, real, si queremos conformar el futuro. No pretendo ser realista pidiendo lo imposible, mi grado de utopía solo llega hasta donde creo es posible mejorar el mundo que nos ha tocado vivir. Pero hay que hacer cosas, no ya mejor, sino diferentes a las que hace la derecha, aunque las herramientas sean las mismas. Desde la izquierda no podemos conformarnos con generar riqueza, tenemos también que repartirla. Esta es la clave, el objetivo que, en economía, nos diferencia del pensamiento liberal. En su consecución el mayor error que podemos cometer es confundir instrumentos con metas. Así, el reparto de trabajo debe identificarse únicamente con un mecanismo. Quienes se empeñan en convertirlo en el eje de su discurso, no hacen sino jugar con las reglas de una derecha feliz viéndonos alejarnos del problema real: el reparto de la riqueza. Y ello es especialmente evidente cuando se producen más garbanzos con operaciones financieras que con el sudor de la frente. Si el salario global es cada día menor frente al beneficio del capital, es suicida limitarnos a discutir el modo de repartir aquel. De la misma forma, es evidente que no puede mantenerse un estado de bienestar sustentado únicamente por las rentas del trabajo. Hay que hacer cosas diferentes. El reparto de la riqueza debe traducirse en incremento de puestos de trabajo y, en ello, el Estado debe jugar un papel fundamental. Sanidad, educación, servicios a la comunidad, etc. están todavía muy alejados de una cobertura suficiente. Otro de los mensajes que ha calado hondo, incluso entre la izquierda de lo posible, es lo inevitable de la precariedad en el empleo debido a la globalización de la competitividad. Obviando la evidencia de que, una gran cantidad de empresas, únicamente compiten con la de la esquina de enfrente y, por lo tanto, lo que hay que exigir es que el Gobierno haga cumplir la legalidad de una puñetera vez, en vez de mirar hacia otro lado, las respuestas a los dilemas que plantea la cada vez más real aldea global solo pueden ser globales. El círculo diseñado por el capitalismo liberal delimita un mundo cruel, cierra cínicamente cualquier salida a la esperanza. Una situación prácticamente esclavista en los países denominados del tercer mundo, abarata los costes de producción, “obligando” a los países desarrollados a precarizar el empleo para poder competir. En una primera fase, en la que nos encontramos, el problema de nuestro privilegiado mundo se atenúa por el diferencial brutal que hace mantenerse, a costa de sangrar a quienes menos tienen, el estado de bienestar. El círculo se cierra en la degradación, si aún cabe mayor, de quienes se ven obligados a trabajar durante dieciocho horas por un salario de subsistencia. En esta esperpéntica espiral degradadora, el beneficio del capital se ve paulatinamente incrementado, dado que lo que se reduce no es la riqueza, sino el coste de la mano de obra. Si añadimos a esto el anteriormente mencionado concepto del reparto del trabajo en lugar de la riqueza, así como el mantenimiento del estado de bienestar a costa de las rentas de trabajo, el resultado es tristemente imaginable. Decía que la respuesta de la izquierda ha de ser global, a través de un acuerdo internacional que grave las importaciones de los productos, respetando su competitividad, de acuerdo al índice salarial de los paises de los que provengan. Los mencionados gravámenes habrían de reintegrarse nuevamente a los países de origen, generando infraestructuras para facilitar el incremento en sus niveles de vida. Sería una fórmula de romper el círculo vicioso diseñado por el gran capital, probablemente ingenua si entendemos que quienes manejan los hilos del poder no tendrán ningún interés en ello. Pero la izquierda que no busque hacer cosas diferentes, no es sino el maquillaje que simula humano el rostro de la derecha más brutal.
POR; FELIPE GONZÁLEZ*/EL PAIS 04/06/2009 *Ex presidente del Gobierno español.
Siempre pensé que el destino de España era integrarse en lo que hoy, tras el Tratado que negociamos hace 20 años, llamamos la Unión Europea. Era y soy un europeo europeísta, que es algo que trasciende a determinadas posiciones ideológicas, pero que impregna a la inmensa mayoría de la corriente socialdemócrata de Europa. Porque europeos somos todos, pero europeístas somos menos, incluso parece que cada vez menos. Nosotros, los españoles, somos europeos con los mismos derechos y obligaciones que los demás componentes de la Unión desde el 1 de enero de 1986, cuando nos integramos en la entonces Comunidad Europea. Dentro de nuestro país, el impulso integrador fue muy amplio, aunque parece que estemos perdiéndolo cuando más lo necesitamos. Europeístas son los europeos que creen en la Unión Europea como un espacio público compartido por los países integrantes. Algo más, con ser importante, que espacio de mercado único o incluso que una moneda única. Ese algo que nos permita avanzar hacia una forma de ciudadanía compartida, compatible con las de cada Estado-nación. Si esto era así, cuando pugnábamos por dejar de ser los súbditos de una dictadura que nos alejaba del destino común con la Europa de las libertades y de la justicia social, lo debería ser más ahora, contra la corriente de los nacionalismos conservadores y antieuropeístas que parecen dominar el escenario, frenando la construcción de una Europa capaz de enfrentar unida los grandes desafíos de la globalización. Por eso, el compromiso de entonces, que me llevó a luchar para romper las barreras que nos separaban y a ser de los más activos en la construcción de una Europa más integrada, más solidaria, más política, más relevante para sus ciudadanos y para el mundo, se ha reforzado hoy ante la crisis y la recesión mundial que estamos viviendo. Se ha reforzado desde el conocimiento racional de los desafíos globales que enfrentamos. Con Europa podemos hacer cosas relevantes, sin Europa seremos insignificantes en la situación mundial. Esto vale para nosotros, pero también para los demás países de la Unión, grandes, medianos y pequeños. Por eso participo en la campaña electoral para el Parlamento Europeo, explicando su importancia, velada por un griterío sin sentido, cargado de lugares comunes y de demagogia localista. Seguimos viendo a Europa como algo ajeno y distante, no como algo nuestro, que condiciona nuestro destino, para lo bueno si se hacen las cosas que deben hacerse, o para lo malo, si se renuncia a utilizar el único gran instrumento que tenemos frente a la crisis financiera global, frente a la recesión mundial, o ante los desafíos como la energía y el cambio climático, como el paso de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento a la que tendrá que adaptarse nuestra cohesión social. O para afrontar problemas y necesidades como la regulación de los flujos migratorios. O para enfrentarse al reto de la criminalidad organizada y del terrorismo internacional. Domina la noticia de la quiebra de General Motors, icono norteamericano y mundial de la industria más representativa de la era industrial. Vemos su repercusión europea y asistimos al problema como algo que nos afecta, pero sin relacionarlo con las elecciones del día 7, con las posibilidades y las dificultades de Europa. ¿Cómo mantenemos la ceguera local y localista en el debate? Miles de puestos de trabajo en juego, el futuro de una industria, que como otras, han sido la esencia del modelo europeo de desarrollo y bienestar como potencia industrial. Aquí discutimos las medidas de ayuda del Gobierno y dispersamos, en algunas comunidades autónomas, el esfuerzo necesario. Debería ser europeo, pero no lo concebimos ni siquiera como nacional. ¡Qué absurda percepción de los problemas! Como la americana, la industria europea del automóvil se tendrá que plantear su capacidad para competir en ese escenario mundial, si no, las ayudas serán pan para hoy y hambre para mañana, a costa del contribuyente. No es un desafío al que pueda hacer frente España como país. Ni Francia o Alemania o Italia. Tiene que hacerlo Europa, como trata de hacerlo Estados Unidos. Del mismo modo hay que abordar la crisis financiera y las normas de control del sistema y de las entidades. Debe haber un marco regulatorio europeo, para unas entidades que trabajan en toda Europa, y en el mundo. Además, hay que negociar este marco regulatorio con los demás: Estados Unidos, Japón, China, Brasil, México, etcétera. De lo contrario, tras esta crisis ya estaremos incubando la siguiente. Europa depende de las energías fósiles en porcentajes semejantes a EE UU y ha contribuido al cambio climático en correlación a su uso y consumo. ¿Es posible continuar cada país por su lado a la hora de elaborar una estrategia energética que sea respetada, que induzca a un nuevo modelo de producción y consumo, que nos dé ventajas en la lucha contra el cambio climático? Así podríamos seguir con todos los problemas, con todos los desafíos que debemos enfrentar y siempre nos encontraremos con el espacio europeo como necesario para articular estrategias exitosas: migraciones, seguridad, política exterior... El Parlamento Europeo colegisla para todos nosotros en el 70% de las normas que nos afectan. Ahora aumentará su poder presupuestario y legislativo. Tenemos que decidir si las mayorías que lo integren estarán a favor de la Unión Europea con los objetivos que condicionarán nuestro futuro o estarán en contra, con políticas de menos Europa y más nacionalismo. El voto importa, para enfocar la salida de la crisis, para conseguir un Parlamento capaz de hacer propuestas de diálogo social, económico y político que nos acerquen a los pactos que necesitamos en las materias que he mencionado. Lástima que no seamos capaces de crear una conciencia ciudadana para que todo el mundo desee votar. ¡Y decidir el destino de Europa que es el nuestro!
Joaquin Estefanía es licenciado en Ciencias Económicas y en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, comenzó su actividad profesional en 1974 como redactor en el Diario Informaciones; poco después pasa a ser jefe de la sección de economía de la revista Cuadernos para el diálogo y redactor jefe del diario económico Cinco días.Más adelante se incorpora al Diario El País, del que llegó a ser director entre 1988 y 1993 y de 1993 a 1996 director de publicaciones del Grupo PRISA. Continúa escribiendo una columna sobre economía en el Diario El País. Ha escrito varios libros de contenido económico.
La mayoría de los Gobiernos de los 27 países de la Unión Europea (UE) son de derechas; de derechas es la mayoría del Consejo Europeo, y el presidente de la Comisión, Durão Barroso, fue el cuarto mosquetero (y anfitrión) de la foto de las Azores, que dio el visto bueno a la invasión de Irak; por último, la mayoría del Parlamento Europeo, que se renueva dentro de unos días, es mayoritariamente de centro derecha.A algunos ciudadanos españoles de más de una generación, que siempre identificaron Europa con las libertades perdidas durante el franquismo (la ciudadanía política y civil) y con la creación del Estado de bienestar (la ciudadanía social) -y que siempre vincularon a Europa con un proyecto progresista- parece olvidárseles esta realidad ideológica. Las elecciones al Parlamento Europeo, del que dependen ya más de la mitad de las iniciativas legislativas que afectan a la vida cotidiana de los europeos, son la oportunidad de limitar ese escoramiento ideológico.Además, en ese espacio público compartido que es la Unión Europea (UE) se padece una grave crisis económica que habiéndose iniciado en EE UU es ya más profunda en el viejo continente; que se manifiesta en una enorme reducción de la actividad, fuertes crecimientos del paro (más de 20 millones de personas) y un incremento nulo de los precios que algunos analistas identifican con una próxima deflación. Más allá de las dificultades institucionales, a este contexto de la coyuntura se añade un factor estructural negativo -el fracaso de la Agenda de Lisboa, que pretendía hacer de la UE la zona más avanzada del planeta con un modelo social propio- y una paradoja: pese a que la mayoría de Gobiernos de la zona son conservadores, la política económica que se está aplicando es una política keynesiana, de expansión de la demanda, que en nada se parece al modelo neoliberal del que presumían hasta el año 2007.Dada la naturaleza, profundidad y velocidad de la Gran Recesión, los ciudadanos parecen (a través de los sondeos privados y el eurobarómetro) asumir un hecho que todavía no han verificado los políticos de algunos países de la Unión (por ejemplo, España): que ninguna fuerza política es capaz, por sí sola, de sacar del atolladero económico, global y sistémico, a sus representados. ¿En qué momento se manifestará, sin ningún tipo de velos, la necesidad de un pacto que sustituya con garantías de éxito al que en la segunda posguerra mundial firmaron los socialdemócratas y los democristianos y que hizo de Europa una historia integradora de éxito y de progreso que todos querían emular? Ese pacto dio lugar a la edad de oro del capitalismo (el periodo en el que la economía creció más, y más prolongadamente, hasta la mitad de los años setenta) y a la creación del Estado de bienestar, como mejor utopía factible de la humanidad.Felipe González, que preside la célula de reflexión de hacia dónde va Europa y uno de los escasos políticos que está utilizando la campaña electoral al Parlamento Europeo para hacer europeísmo militante, ha volcado los contenidos de ese nuevo pacto en cinco puntos: consolidación de una política económica anticíclica, que invierta el curso de la recesión, y propuestas para un nuevo orden financiero que impida recaer en los errores y abusos cometidos (más y mejor regulación); una nueva agenda que sustituya a la de Lisboa y que vincule inseparablemente el modelo económico con el Estado de bienestar europeo (cómo ser una potencia económica y tecnológica que compita en la era de la globalización y cómo y cuánta cohesión social se puede financiar para mantener el modelo social que se exhibe como seña de identidad europea); una política energética que tenga en cuenta al tiempo la seguridad en el suministro con las limitaciones que impone la lucha contra el cambio climático ("es el problema global de mayor envergadura que enfrentamos en el medio y largo plazo"); políticas migratorias comunes, en las que se tenga en cuenta la cooperación con los países emisores y que vayan a las causas de los flujos incontrolados; y una política de seguridad que no sólo tenga en cuenta el terrorismo sino la lucha contra las mafias criminales organizadas.¿Hay tiempo para ponerse de acuerdo en estas políticas de carácter más transversal que ideológico? En parte depende del resultado de las elecciones al Parlamento Europeo. Por ello es imprescindible votar.
Ayer, mientras me disponía a disfrutar de un café en el bar de mi pueblo no pude evitar escuchar a un regidor popular que formulaba (a gritos y a golpes) su más enérgica repulsa a la clonación humana. Primero dudé. Pero luego pensé: ¡Recojostio! ¡Este tipo tiene razón! No me convencieron los episcopales argumentos esgrimidos por el fulano sino más bien que conocía al que los esgrimía y, a mi juicio, la humanidad se podía ahorrar a otro más. ¡Ni hablar! ¡Eso si que no! ¡Por ahí no paso! En el peor de los casos pido que se regule la licencia para clonar.
No hay problema en regular excepciones como la del maestro Groucho y muchos mas. La inmensa mayoria de gente que es normal.
Si. Es el mismo aunque no lo parezca. El tipo blandito de Canarias que llegó a ministro. Muchos (por lo menos yo y unos cuantos más) pensábamos que podía ser él quien cogiera el relevo a Zetape.
La campaña no le está sentando nada bien. Lo veo muy encorsetado y falto de su natural frescura. La verdad es que lo entiendo. El envilecimiento de la política y de la mayoría de sus voceros no es un ambiente propicio para la gente normal y con el sentido del humor que solo da la inteligencia.
No es fácil digerir la facilidad con la que los demás se pierden el respeto y abdican de los mínimos de decencia y dignidad. A modo de ejemplo, no creo que Rajoy sea un mal tipo, pero la ansiedad y desesperación de los suyos le está llevando a una sobreactuación que roza la indecencia intelectual amén de escupir la de todos los demás.
Lo del avión del presidente ha sido la gota me ha derramado el tarro (en el que les aseguro que me cabe bastante mas de un vaso). Además de la amnesia que parece sufrir el pobre hombre, nos lo ha puesto a huevo con su afán ahorrador. Hablando de ahorro, sería fácil pero, a mi juicio, un juego tan bastardo como el suyo, hablar del Yak 42 o del ahorro fiscal de las empresas que financian la fundaciones de Espe.
Partidos catch all o atrapalo-todo STOP características STOP reducción drástica del bagaje ideológico que es sustituido por elevadas dosis de pragmatismo STOP fortalecimiento del liderazgo personalizado STOP disminución del rol e influencia de los afiliados individuales STOP democracia indirecta como sistema de funcionamiento interno STOP menor énfasis en la base de apoyo social tradicional del partido STOP que es sustituido por el refuerzo de vínculos con los grupos de interés STOP interesados ponerse en contacto con Weng Weng “El libertador”
Xavier Sala-i-Martín és Catedràtic de Columbia University i Professor Visitant de la Universitat Pompeu Fabra
¿Sabían que los hombres altos tienen más hijos que los bajos? Aunque a muchos de ustedes les sorprenda, algunos economistas intentamos explicar por qué. En 1973, el premio Nobel Gary Becker empezó a estudiar fenómenos sociológicos con las herramientas que los economistas utilizamos para analizar decisiones individuales. Entre las decisiones importantes que uno toma está la de con quién casarse y tener hijos. Según Becker, si todos tuviéramos la capacidad de decidir pareja, veríamos que los machos más atractivos se hacen con las hembras más atractivas (o al revés). La pregunta clave, pues, es: ¿qué hace atractivos a hombres y mujeres? El cliché nos dice que los hombres valoran belleza y juventud y las mujeres valoran dinero y poder. También nos dice que la gente de todas las razas y religiones encuentra atractiva a la gente la misma raza y religión. Algunos de estos clichés tienen fundamentos en la psicología evolutiva. Recuerden que a Charles Darwin se le ocurrió una de las claves de su teoría de la evolución cuando se preguntó por qué el pavo real tenía esas plumas tan incómodas que le perjudicaban a la hora de buscar alimento o escapar de los depredadores. Su respuesta: la especie que sobrevive no es ni la que más come ni la que mejor se escapa sino la que... ¡mejor se reproduce! Et voilà: las plumas del pavo tenían que resultar atractivas a las pavas (me refiero a las hembras del pavo). Es decir, a pesare de que perjudicaban a la hora de conseguir comida… permitían lograr pareja y eso le daba ventaja en la competencia por la reproducción y la supervivencia de la especie. Del mismo modo, nosotros somos los descendientes de los homínidos que resultaron más atractivos en la competencia por su reproducción. Los psicólogos evolutivos nos dicen que, seguramente, las madres que tuvieron éxito reproductivo son las que buscaron hombres poderosos y honestos (con recursos, capacidad y ganas de mantener a sus descendientes). Nuestros padres, por otro lado, debían buscar la belleza física ya que, en psicología evolutiva, se asocia la belleza con la salud y la capacidad de tener hijos Y si los ancestros con ese tipo de gustos son los que se reprodujeron, nosotros deberíamos haber heredado esos gustos. La pregunta es: ¿es verdad? Para responder podríamos mirar con quien se casa cada uno. El problema es que las decisiones finales son el resultado tanto de las preferencias como de las oportunidades. Los negros tienen una mayor propensión a casarse con las negras por cuatro posibles razones: (1) porque a ellas son racistas (con ello quiero decir que prefieren gente de su raza), (2) porque ellos son racistas, (3) porque ambos son racistas, y (4) porque nadie es racista, pero resulta que los negros raramente conocen a blancos ya que viven en barrios separados Para separar lo que son las preferencias de las oportunidades, un equipo de la Universidad de Columbia (liderado por el profesor Ray Fisman) condujo un experimento en el que se ofrecía un “servicio de citas”. Una vez a la semana se reunía a un grupo de personas en un bar de New York. Se aparejaba a cada hombre con cada mujer durante unos minutos. Acabada la cita, cada uno de ellos evaluaba el atractivo físico, simpatía, ambición, inteligencia e intereses comunes de la otra persona y decía si querría volver a citarse con ella. Al final de la noche, cada chico había conocido cada chica y los investigadores tenían una visión precisa de lo que habían escogido. Después de dos años de citas, Fisman y sus colegas publicaron un artículo con los siguientes resultados: Primero, se confirma el cliché y la teoría evolutiva de que los hombres valoran principalmente el aspecto físico y la belleza de la mujer. Segundo, también se confirma el tópico de que las mujeres valoran la inteligencia y la ambición del hombre. Tercero, lo que no quiere decir que los hombres no valoren la inteligencia. ¡No! No nos gustan las chicas tontas… pero ¡nos dan miedo las demasiado listas! En el estudio, los varones rechazaron sistemáticamente a las mujeres que eran percibidas como más inteligentes o ambiciosas que ellos. Parece que los hombres somos seres de ego frágil y de fácil intimidación. Cuarto, como predicen los psicólogos evolutivos, las mujeres valoran más la honestidad masculina que los hombres la femenina. Quinto, las mujeres son mucho más racistas: mientras que los hombres aceptaron repetir citas con mujeres de todas las razas, las mujeres denotaron una preferencia muy fuerte por la misma raza. Una excepción: las chicas orientales aceptaron a asiáticos y a blancos (aunque no a negros o latinos). El tópico de que a los hombres blancos nos gustan las orientales se derrumba: es verdad que en Estados Unidos las parejas interraciales más comunes son de hombre blanco y chica asiática, pero eso no es porque a los blancos nos gusten las orientales especialmente (de hecho, nos gustan todas) sino que son las asiáticas las que prefieren a los blancos. Y finalmente, la belleza masculina. ¡Si! Los hombres las preferimos guapas. Pero antes de que nos acusen de frivolidad, decir que el estudio demuestra que… ¡el físico masculino es valorado por las chicas en igual magnitud! Lo que nos devuelve a los hombres altos y corpulentos: las mujeres se sienten atraídas por esas características y por eso tienen mayor éxito a la hora de casarse en segundas nupcias con chicas jóvenes en edad reproductiva. Eso les permite tener más hijos que los bajitos. Son las peculiaridades de los mercados matrimoniales.
Vicenç Navarro es Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas, Universitat Pompeu Fabra, España, y Profesor de Políticas Públicas de la The Johns Hopkins University, EE.UU.
Uno de los indicadores de la insuficiencia democrática de nuestro país es la escasa diversidad ideológica que existe en los medios de información y persuasión más importantes existentes en nuestro país. En un país, España, donde la suma de los votos a los partidos de centro izquierda e izquierda ha sido (excepto en 1978 y en 2000) muy superior a los votos a los partidos de centro y centro derecha; y en un país, España, donde la mayoría de la población se define de centro izquierda y de izquierda, las voces de izquierda son minoritarias en tales medios. No sólo las voces, sino los temas. Cito un ejemplo que es indicativo de lo que hablo. Hace unos meses escribí un artículo en el que analizaba la temática cubierta por los artículos publicados en las páginas de opinión de los diarios de mayor venta en Cataluña. En mi artículo mostraba el gran predominio que tenían en tales páginas de opinión los temas identitarios a costa de los temas laborales y sociales. Así, tales páginas de opinión habían incluido un gran número de artículos críticos al documento firmado por el catalanófobo Fernando Savater y amigos, que denunciaba la supuesta persecución del castellano en Cataluña. Tal documento contenía muchos errores fáciles de rebatir. Con un par de artículos de opinión tal documento podría haberse mostrado por lo que era: un alegato nacionalista español con escasa credibilidad. Pues no, hubo cuarenta y dos artículos de opinión sobre aquel tema que contribuyó a poner al rojo vivo las tensiones nacionalistas tanto de la periferia como del centro de España. Una vez más, los temas identitarios que ocupan la mayor atención mediática de la intelectualidad catalana y madrileña (que la constituyen en su gran mayoría personas de procedencia de clase alta y mediana alta) acapararon la atención a costa de los temas laborales y sociales. En realidad, durante aquellas semanas donde tanto se escribió sobre el documento de Fernando Savater, varios hechos sociales y laborales alarmantes estaban ocurriendo en Europa, en España y en Cataluña (como la decisión del Tribunal Supremo Europeo, permitiendo que empresas del Este de Europa pudieran instalarse en España y en Cataluña, pagándoles a sus trabajadores salarios del Este de Europa en lugar de salarios españoles) que permanecieron ignorados en las páginas de opinión de tales diarios. Ninguno de estos temas contaminó las páginas de opinión de los mayores diarios del país (tanto de Cataluña como de España). Fue esta falta de equilibrio en los temas cubiertos por las páginas de opinión que me motivó a escribir un artículo, denunciando la falta de atención a los temas sociales y laborales. Y aunque era un artículo de opinión, documenté tal falta de equilibrio en tales medios, donde los temas identitarios tienen mucho mayor espacio que los temas sociales y laborales. Y lo envié a tales diarios para su publicación. Era consciente de que el artículo implicaba una crítica de tales diarios. Ahora bien, confiaba en que lo publicarían como consecuencia de su compromiso democrático y abertura a la crítica. Pues bien, me equivoqué. Uno por uno, cada diario me lo rechazó. Y uno de ellos, El Periódico, me pasó la noticia de que el Director, el Sr. Rafael Nadal, había dado instrucciones al Jefe de Opinión, el Sr. Carlos Pastor, de que “a partir de ahora sus artículos no tienen cabida en nuestro diario”. Y así lo tengo escrito, con fecha y firma. Pedí explicaciones que, como era de esperar, tal Director ni se dignó a contestar. Tengo que reconocer que tal carta y su contundencia me preocuparon, no sólo como escritor sino como ciudadano que ha luchado toda su vida para que tengamos democracia en nuestro país. Y no era la primera vez. Me pasó también con La Vanguardia (y con el programa de Cataluña Radio del Sr. Bassas). Ambos promovieron, y La Vanguardia continúa promoviendo, puntos de vista liberales incluyendo el de un economista ultraliberal que quiere privatizarlo todo, desde la totalidad de la Seguridad Social a todos los servicios del Estado del Bienestar (posturas, por cierto, no defendidas por ningún partido representado en el Parlament de Catalunya). Yo les escribí a los dos diciéndoles que me parecía muy bien que promocionaran a tal economista, pero por razones de mero equilibrio democrático debieran también promover (o al menos permitir) en sus páginas o en sus ondas a economistas trotskistas que quieren nacionalizarlo todo, incluida la tienda de la esquina. Lo tomaron como una broma de mal gusto, ignorando que la broma existía ya en su falta de equilibrio ideológico. El Director de las páginas de Opinión de la Vanguardia también me hizo saber que mis contribuciones no serían bienvenidas en su sección.Un tanto parecido ocurrió cuando, como Rector de la Universidad Progresista d’Estiu de Catalunya, me invitaron, junto con el Rector de la Universidad d’Estiu de Prade al programa de Mònica Tarribas La Nit al Dia de la televisión catalana. En tal programa (que era en directo) critiqué tanto al programa como a TV3 por evitar sistemáticamente ciertos temas, como el hecho de que un burgués en Catalunya (ya no se utiliza tal término; se llama ahora una persona muy rica que viva en Pedralbes) viva diez años más –sí, diez años más- que un trabajador no cualificado con más de cinco años en paro. Y también critiqué a TV3 por no haber hecho nunca un documental crítico de la Iglesia catalana y su participación en la Represión fascista (que ahora se llama franquista). La respuesta de la Sra. Tarribas fue de estar notablemente irritada. Claramente no se lo esperaba. Un invitado a tal programa no se espera que haya una crítica al programa o a la televisión que lo promociona. Yo era consciente del coste personal de tal comportamiento. Y sabía lo que tal comportamiento implicaba. Y así fue. Nunca más me volvieron a invitar a este programa o a cualquier otro programa de TV3. La escasa atención a temas laborales y sociales Una situación idéntica hubiera ocurrido en cualquier CC.AA. de España. Un ejemplo de ello es la enorme atención mediática que han tenido las tensiones interterritoriales acerca de la distribución de los fondos públicos centrales entre las distintas CC.AA., tensiones exacerbadas por los nacionalismos centrales y periféricos que centran la atención mediática y política del país. Una vez más, los temas identitarios han ocupado un enorme espacio en el que la catalanofobia ha sido muy rentable para las derechas españolas. Ignorado en este debate ha sido el hecho de que el problema mayor no es tanto o sólo la distribución de la tarta nacional (aunque deben hacerse correcciones necesarias), sino el pequeñísimo tamaño de la tarta nacional (el gasto público, incluyendo el gasto público social, es uno de los más bajos de la UE-15), resultado del enorme poder de clase existente en nuestro país, y que explica que el fraude fiscal sea de los más altos y las aportaciones al Estado por parte de los grupos dominantes y clases pudientes en el país sean de los más bajos de la UE-15. Y pocas voces aparecen en las páginas de opinión de tales medios denunciándolo y documentándolo, no porque no existan sino porque no tienen facilidad de acceso a tales medios que no reflejan la auténtica pluralidad de la sociedad. Y casi nadie dice nada. Con algunas excepciones dignas de mención. Hace unos meses los dirigentes de los tres sindicatos más importantes de Cataluña, CC.OO., UGT, y CGT, escribieron una carta de protesta a la Sra. Mònica Tarribas, directora de TV3, por la falta de cobertura de temas sociales y laborales en TV3. Podría haber sido extensiva a todos los medios y a toda España (Sería de agradecer que los sindicatos a nivel del Estado escribieran una carta semejante). Pero excepto tales voces, hay un silencio ensordecedor sobre la falta de diversidad ideológica en tales medios, lo cual se traduce en que sistemáticamente ciertos temas y puntos de vista tienen muchas más posibilidades de exposición que otros que apenas aparecen. Este es uno de los problemas mayores de nuestra democracia. El Plural, 27/02/09
Hay quienes esperan que, la conclusión del debate sobre la reforma del mercado laboral, suponga, según su diseñada estrategia, la recogida de la fruta madura de su tendenciosamente resembrada dialéctica entre lo liberal y lo social. Este es, pues, el auténtico debate.
Lo curioso de esa línea de pensamiento, yo diría que de interés, es que pretende hacer pasar por novedoso, incluso post-moderno, lo que es la historia del origen de la humanidad hasta nuestros días. Es la vida del hombre de Cromañón que, con la porra más grande y picuda, se hacía con el dinosaurio, la mujer y los alimentos del vecino, más débil por supuesto. La de la espada de hierro ante la de madera, la de la sangre azul frente a la vulgar roja, la de la riqueza frente a la pobreza, la del hombre frente a la mujer, la del norte frente al sur. Es el discurso liberal viejo y egoísta barnizado de teoría economicista. La ley del más fuerte.
Y ha sido así hasta que los débiles, los trabajadores, se unieron, cobrando fuerza en la dialéctica regida por los criterios liberales.
Es sólo a partir de ese momento cuando se comienza a teorizar sobre la conveniencia de la intervención del Estado, para regular una confrontación de la que nadie salía beneficiado. Había que pacificar las relaciones laborales, protegiendo aparentemente los derechos de los trabajadores y defendiendo realmente otros "intereses"... a ser posible compuestos.
El “Estado de Bienestar” es así una consecución de los trabajadores nacida de su fuerza dentro de las reglas de juego del marco liberal.
No es sorprendente que, la mundialización de la economía, con la integración de estructuras laborales absolutamente desprotegidas cuando no esclavistas, así como el desarrollo de tecnologías que han profundizado en el desequilibrio entre oferta y demanda de empleo, unido a un abandono, autojustificativamente denominado “pragmatismo”, de la izquierda política; y, porqué no reconocerlo, a una falta de capacidad de la izquierda social en cohesionar tanto la defensa de los trabajadores como de los parados, haya propiciado la crítica feroz a un estado social y de bienestar en el que, no olvidemos, junto a la sanidad, la educación, la cultura, etc., el empleo es un elemento irrenunciable.
Por supuesto que es necesaria una adaptación al reto que nos espera en un mercado global. Hace falta una redefinición de las reglas del juego para que consigamos las metas de desarrollo propuestas. Pero lo primero que hay que definir son esas metas, priorizar los instrumentos para alcanzarlas; qué sociedad, en definitiva, queremos para nosotros y nuestros hijos. Por eso, nunca debe de constituir, dicha reforma, una síntesis exclusiva y excluyente de lo liberal sobre lo social. Serviría de poco, en la aldea global de la competitividad, o llegamos todos o no podrá llegar ninguno. De nada vale producir motos buenas, bonitas y baratas, si no hay quien pueda comprarlas.
Por otra parte, lo que algunos pretenden de derecho, y que eufemísticamente denominan regularización del mercado de trabajo, flexibilidad laboral, etc., es, en realidad, mucho más crudo y triste. Empecemos por cumplir las leyes.
La competitividad no puede apoyarse en bajos salarios, encogimiento del Estado y las prestaciones sociales a los más débiles, y engrosamiento de las cifras de paro y empleo precario. Ni siquiera la cualificación, la formación, son suficientes para el logro de la calidad total, como premisa ineludible para esa competitividad. Es necesario el compromiso de los trabajadores con el proyecto. Tenemos que hacer un enorme esfuerzo en asumir que somos empresarios en la búsqueda de la calidad. Lo mismo que hace falta que los empresarios se sientan trabajadores y no meros especuladores del esfuerzo ajeno.
Hace falta en definitiva, un consenso que provoque la idea de tener objetivos comunes, una paz laboral. Para ello empresarios y sindicatos deben entenderse en un debate de altura, valiente y honrado, sin red para nadie. Aquellas regiones que logren antes y mejor esos acuerdos, cuyos responsables empresariales no se rasguen las vestiduras cuando se denuncian abusos, sino que comprendan que es a ellos a quienes primero perjudican, y en las que los responsables sindicales sean capaces de instalar en los trabajadores el orgullo de hacer bien las cosas, de esforzarse en el objetivo de nuestra empresa, serán las regiones que logren el éxito final en la carrera de la competitividad y, más aún, en la del desarrollo del ser humano como realidad supraindividual.
“Yo ya no sé si soy uno de los nuestros”… porque todo cambia y cambiamos con el cambio. Bueno, no todos ni todo.
Nací en 1963. Los de mi generación nos perdimos el sesenta y ocho, y el siguiente, si no hubiésemos andado espabilados, casi también. Más inhumano fue lo de la anterior que les robó parte importante de su vida un régimen manilargo. Recuerdan aquella película en la que Pepe Sacristán decía”…el régimen nos robó la juventud. Nunca les perdonaré los libros que tenía que haber leído y no leí […], las veces que tenía que haber hecho el amor y no lo hice”. Pues eso.
En Murcia ahí seguimos. Siempre hay quienes están dispuestos a hacer los cambios necesarios para que nada cambie. Son los guardianes del “status quo”, de los intereses complejos. Un notorio club de figurantes del tío vivo político, económico, social y cultural donde –si no hay más remedio- se cambia de caballito, pero de apearse… ¡ni hablar!
De esta fauna protegida siempre destacó una burguesía presuntuosa, a la vez que acomplejada y acomodada en la inacción. Ya saben: ¿Qué es lo que le gusta a todos y trabajar no es? Siempre barriendo para los lados, instalados en el cómodo espacio de la excusa y de la culpa es de los demás; con las bisagras engrasadas para cuando a la Villa y Corte se tenga que viajar; expertos en socavar futuros que pongan en riesgo la “sostenibilidad”. La de ellos claro.
Una imagen en blanco y negro de una región provinciana de “huevos”, donde algunos tienen el vicio de tocárnoslos amen de hacer lo propio. Pero lo mejor de nuestras generaciones es que ya está aquí la que viene después. Una nueva oportunidad. La generación 2.0. A ver si a la de tres va la vencida.
Sí, hablo de la Murcia del indie anglosajón de los Second, tan buenos que pasan de ser los primeros ; la de la escritora oculta Maria Miranda, que nos hace reír cada domingo con los guiones que escribe para la serie “Aída”; la del optimismo pop de Diego Cantero, un trovador con causa y sin tierra; la del humor surrealista de Celia Montalbán, presentadora de las mañanas de M80, una gañanaca con mucha gracia; la de Lucía Hernandez, mucho más que una voz de “Hoy por hoy”, que además de SER lo está; la Murcia de Javier Valero, un atribulado guionista gafapasta capaz de encontrar el lado más divertido de la actualidad. Me refiero también a la Enrique Rubio, un nuevo joven talento Booket, vencedor de la cuarta edición del Certamen Universitario de Relato Corto con “Tengo una pistola” (¡sietemachos!, así cualquiera); la de María González y, sobre todo, Veracruz, ¡casi ná! , que dudo que sea caperucita pero muy roja si que es, y que hay que ver como mantiene a raya al lobo, al lobezno y al Dios que los crió a todos; la del cartagenero experto en números Pablo Mira, que para número el que montó su madre que agotó la última edición de la revista “Capital”, en la que tanto él como “la Veracruz”, integran la lista de los cien líderes del futuro. Con este ejército yo lo veo: muy mal se nos tiene que dar Mari.
Nunca perdimos la esperanza (el dinero si, hay que pagar las deudas de juego a bancos y cajas de ahorro) de que siempre ha habido “otra Murcia posible”. Una Murcia donde no sólo hay –aunque a lomos del machito son los que más se ven- empresarios ventajistas y especuladores, políticos histriónicos y flash, sindicalistas de diseño y trasnochados, pseudos intelectuales mamados (no como Clinton sino como Yeltsin), coches tuneados y gente que llora porque no sale su procesión (¡No llores, chaval, que la ibas a hacer descalzo y te has librado de los callos!).
Esa Murcia que hasta ahora ha estado casi en silencio, bajo la sombra de la “otra Murcia”. Una Murcia que ya empieza a hablar y que ahora tiene que empezar a andar…o a dar patadas, lo que venga antes. ¡Va por ellos! Ánimo y adelante.
Estamos, salvando las distancias, en una situación parecida a la de la ascensión del fascismo.
Reino Unido está viviendo protestas y huelgas salvajes contra la contratación de trabajadores de otros países de la Unión Europea. El enfado ha sido provocado por la concesión de un contrato por Total a la empresa italiana IREM para ampliar la refinería de Lindsey, la tercera más importante del país. Ahora bien, esta empresa, que busca salarios más bajos, ha llamado a centenares de obreros italianos y portugueses, excluyendo así a los locales. Este movimiento se ha extendido por casi todo el Reino Unido bajo la consigna "British jobs for British workers!" ("Empleos británicos para trabajadores británicos"). Con la lógica más cruel, los trabajadores británicos caen en la trampa de la xenofobia al reivindicar la preferencia nacional para defender sus puestos de trabajo. En cuanto a los sindicatos, están divididos entre la voluntad de solidarizarse con el desamparo de los trabajadores y el rechazo a legitimar esta deriva xenófoba. Y el Gobierno británico no puede sino constatar su impotencia: cualquier intervención iría en contra de las reglas comunitarias sobre la movilidad de los trabajadores en la UE. En otras palabras, no hay salida a la crisis si no es poniendo en duda la regulación comunitaria. La cruda realidad es que los gobiernos europeos han caído en la trampa de la estrategia ultraliberal que ellos mismos han seguido y creado. Aceptar la lógica de la desterritorialización del capital y del trabajo supone, irreversiblemente, que los salarios compitan a la baja. Lógica perversa, que consiste en jugar con las desigualdades de desarrollo económico y social, favoreciendo, de hecho, en Europa a los asalariados de los países menos desarrollados en detrimento de la posición adquirida por los más desarrollados. La ideología europeísta ha servido durante veinte años para enmascarar esta operación. El caso de Reino Unido no es el único. En España, aumentan las tensiones tanto contra los trabajadores comunitarios (rumanos) como contra los no comunitarios a los que se pide que vuelvan a sus países después de haber explotado su fuerza de trabajo. El consiguiente repliegue nacionalista es legítimo a ojos de la opinión pública por el aumento del paro. Y esto, desgraciadamente, no ha hecho más que empezar, ya que la crisis será profunda. Los países se hunden en una profunda espiral recesiva -el FMI prevé una caída del PIB del 2% en la zona euro- con un desempleo que se disparará. Así, algunos prevén en España que en 2009 se superaran los cuatro millones de parados y tal vez los 4,5. En Francia una sola cifra resume la magnitud del seísmo: el número de horas de paro forzoso por reducción de jornada ha pasado de 200.000 en enero de 2008 a 13 millones en diciembre. Esta tendencia se da en toda Europa. La magnitud de la precariedad y de la pobreza resultante será devastadora. Ante este oscuro porvenir, es de esperar que se produzcan tensiones sociales muy fuertes. Algunos partidos políticos irresponsables aprovecharán para sembrar el odio, la xenofobia y el nacionalismo. Es por ello urgente tomar conciencia del alcance de la amenaza y de lo que está en juego. Estamos, salvando las distancias, en una situación parecida a la de los años 30, momento de la ascensión del fascismo en Europa. Así que la pregunta clave es: ¿Cómo construir una Europa social ante la deflación de los salarios, que ha sido aceptada por las élites políticas? La respuesta dada por los movimientos sociales espontáneos es clara: la desesperación social puede llevar a explosiones muy graves. ¿Qué hacer para desactivar esta bomba? En primer lugar, hay que oponerse frontalmente a los ataques que se producirán en contra del derecho de residencia de los inmigrantes legalmente establecidos. Se trata de defender los derechos adquiridos por extranjeros que han contribuido en gran medida a la riqueza nacional. Lo que aquí está en juego es en realidad el respeto por el Estado de derecho. En segundo lugar, hay que tener la valentía de decir que la legislación comunitaria en materia de libertad de instalación de las empresas en Europa lleva consigo graves conflictos potenciales. La instauración de normas comunes y, en particular, de cláusulas en contra del dumping social (y también medioambiental) es indispensable. Sería así razonable crear una autoridad que regule la competencia interna en la zona euro, cuyo objetivo sería imponer una cláusula social y medioambiental mínima a las empresas que se instalen fuera de su país. Sería el primer paso para la creación de un tratado social europeo, que fijaría criterios de convergencia en materia fiscal y social. Construir de manera efectiva una Europa social basada en la armonización hacia arriba y no hacia abajo es la única manera de oponerse hoy a las reacciones xenófobas y al nacionalismo que amenazan a Europa.
Las ideas liberal-conservadoras son hoy hegemónicas en la esfera pública en nuestro país. En muchos casos son defendidas con ardor por gente que fue progresista en su juventud, y a veces, hasta marxista-leninista
POR: IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA (EL PAIS 24/05/2009 )
Aunque viene de atrás y el proceso ha sido gradual, en los últimos años se ha acelerado, y desde luego se ha hecho más visible, un muy notable desplazamiento de buena parte de los intelectuales españoles hacia posiciones conservadoras y derechistas. Los intelectuales -entendiendo por tales, en un sentido muy amplio, a aquellas personas con un protagonismo destacado en la esfera pública: profesores universitarios, periodistas, escritores, etcétera- se han derechizado, muchas veces a cuenta de la negación de la diferencia misma entre la izquierda y la derecha, que consideran superada, mistificadora o simplemente sectaria. Siempre ha habido muchos intelectuales de derechas y, como es lógico, continúa habiéndolos. Ocurre así en todas partes. Lo que no resulta tan habitual es que en el lado opuesto del espectro ideológico haya habido una especie de desbandada generalizada. Muchos de quienes escribían antes desde posiciones a veces furiosamente radicales o revolucionarias, hoy defienden no valores liberales, como quizá cabría esperar, sino ideas que sólo cabe calificar de reaccionarias. Este cambio se hace especialmente chocante en los casos más extremos, en aquellos que defendían la dictadura del proletariado, el marxismo más estricto, el derecho a la autodeterminación de los pueblos, o incluso a la propia ETA. Muchos de ellos andan hoy en las antípodas de todo aquello. Sus preocupaciones ahora son muy distintas, como la defensa de la unidad de España, la guerra a los nacionalismos periféricos, el desprecio a la socialdemocracia, el combate frente a esas espectrales amenazas del relativismo y el multiculturalismo, el lamento por la pérdida del modelo antiguo de la educación, basado en la jerarquía y la disciplina, o la defensa, en nombre del realismo y la madurez, de cuantas intervenciones armadas tengan a bien emprender Estados Unidos e Israel. Hay, por supuesto, casos mucho menos llamativos, pero seguramente más abundantes, de intelectuales que fueron de izquierdas, socialistas por ejemplo, que se identificaron en su momento con el proyecto de Felipe González, y que han pasado a abrazar una confusa mezcla de liberalismo y nacionalismo español que cristaliza en el desprecio a la figura de José Luis Rodríguez Zapatero. Muchos de ellos han dedicado grandes esfuerzos a hacer escarnio de esa pobre figura imaginaria, casi mítica, del progre profundamente antiamericano, que apoyaba a Fidel Castro, que tenía sus ambigüedades ante el terrorismo, que veía casposa la idea misma de España, que rechazaba los métodos memorísticos en la escuela, que hacía apología de un pacifismo ingenuo, que pensaba que la policía era un cuerpo represivo... En fin, un discurso perteneciente en todo caso al género autobiográfico y hecho en realidad con el claro afán de justificar ante sí mismos y ante la sociedad cambios ideológicos pendulares, que van de un extremo a otro. ¿Cuántos artículos de opinión en esa línea no hemos leído en las páginas de este periódico en los últimos, digamos, 15 años? Quizá sea la cuestión eterna sobre el ser de España la que mejor ha permitido visualizar el cambio al que me refiero. Si en otros tiempos los intelectuales de izquierda creyeron tener una suerte de afinidad natural con los movimientos nacionalistas vascos y catalanes que reclamaban un Estado propio, hoy han abjurado completamente de aquellas ideas y las han sustituido por otras no menos dogmáticas y esquemáticas que las anteriores, según las cuales estos nacionalismos son un vestigio de la "tribu", una doctrina irracionalista de principio a fin que no cabe en nuestro orden liberal. El término "tribu" es hoy un comodín tan gastado como en su día lo fue el "sistema" o los "poderes fácticos". Como una derivación natural de la cuestión nacionalista, la lucha contra el terrorismo de ETA ha tenido efectos similares. En estos últimos años han surgido, como si fueran setas, intelectuales que se mostraban muy indignados con los etarras, justo cuando ETA menos mataba. Estos antietarras sobrevenidos, que no se ocuparon de este drama en los tiempos realmente duros, y que escriben bien alejados del País Vasco, se han aprovechado descaradamente del prestigio moral que otorga la resistencia frente a ETA para hacer su peculiar ajuste de cuentas con las ideas que defendieron antaño. Como todo fenómeno complejo, la derechización creciente de los intelectuales que fueron de izquierdas tiene múltiples causas. En primer lugar, cabe destacar el espíritu de los tiempos. El auge del neoconservadurismo por un lado, así como el colapso del marxismo que, por muy distintas que fueran las formas que adoptara, servía al fin y al cabo de lengua común de la izquierda, sumado todo ello a la confusión sobre el papel que puede desempeñar la socialdemocracia en el capitalismo actual, ha creado un clima propicio para el abandono de las antiguas convicciones ideológicas. No son pocos los que se han dejado arrastrar cómodamente por esta corriente. Aunque se suponga generosamente que los intelectuales somos gente que piensa por sí misma y revisa críticamente sus ideas, en realidad nos dejamos influir por las modas y las tendencias tanto o más que el común de los mortales. El espíritu de los tiempos tiene además una especificidad propia en España. La historia política de nuestro país ha sido extremadamente convulsa. Sólo así se explica que muchos intelectuales abrazaran el izquierdismo para oponerse a Franco. Desaparecido éste, fueron evolucionando en la democracia hacia posiciones liberales que son las que habrían tenido de forma casi natural, por su origen social y formación, si España no hubiera pasado por una dictadura tan prolongada. A esto hay que sumar el estigma que ha arrastrado en nuestro país la derecha democrática debido a sus conexiones con el régimen anterior. Algunos intelectuales se atrevieron a hacer explícitas sus nuevas posiciones sólo cuando, tras la llegada del PP al poder en 1996, ese estigma comenzó a diluirse. Hay también una cuestión generacional que no cabe soslayar. Los intelectuales que han tenido una fuerte presencia en la esfera pública desde los tiempos de la transición, cuando eran todavía muy jóvenes, tuvieron sus años de gloria bajo los primeros Gobiernos de Felipe González. Lo llamativo es que no se resignen a perder el oligopolio de las letras 30 años después. En un país normal, con un sistema político consolidado que lleve largo tiempo funcionando, la renovación de personas e ideas se produce con total naturalidad. Aquí no. Es anómalo que las personas que nacieron, aproximadamente, entre 1935 y 1950, comenzaran tan pronto y acaben tan tarde. Su incomprensión y su desconcierto ante la generación socialdemócrata en el poder salen a relucir casi a diario. Que se trata de una cuestión generacional queda meridianamente claro por el tono de riña y suficiencia que se emplea para realizar lo que debería ser la crítica razonable al Gobierno y a su presidente. Esa falta de entendimiento generacional explica también, según me parece, la deriva liberal-derechista de tantos intelectuales que, sin embargo, se identificaron, con mayor o menor entusiasmo, con los Gobiernos socialdemócratas de Felipe González. Este abandono de la izquierda ha provocado una creciente hegemonía de las ideas liberales-conservadoras, que son hoy las dominantes en periódicos, revistas de debate y ensayo, libros y otros elementos que componen la esfera pública. Los centros de agitación intelectual están hoy en la derecha. En la izquierda no extrema no hay nada parecido a un debate desde hace mucho tiempo, como atestigua la facilidad con la que se propalan en España tópicos exagerados y sin fundamento sobre el catastrófico estado de la educación, el desastre del sistema autonómico, o la cuestión de los derechos lingüísticos. Lo más curioso del caso es que quienes han abandonado los principios progresistas exigen a los demás que recorran el mismo trayecto, de forma que si alguien se resiste se le tacha de inmediato de sectario, dogmático o vendido. El ardid es muy burdo como para pasar desapercibido y, en el fondo, resulta revelador de la incomodidad que muchos sienten cuando se les recuerda su "evolución", por llamarlo de alguna manera. ¡Qué extraños son estos nuevos liberales que se siguen creyendo progresistas!
Los trabajadores precarios ya tienen quien les defienda. Quien les defienda bien. No como les defienden los sindicatos que sólo pretenden que dejen de ser precarios. Están surgiendo como hongos empresarios y directores de recursos humanos, profesores y editorialistas que se erigen en sus auténticos defensores. Estos sobrevenidos paladines de la lucha contra la segmentación del mercado de trabajo y de los trabajadores temporales han encontrado la mejor solución para evitar el agravio comparativo que estos sufren: convertir a todos los trabajadores en precarios. Para ello proponen establecer un contrato de trabajo único.
Esta idea ya fue planteada hace cinco años por economistas franceses en sendos informes (Blanchard y Tirole, 2003; Camdessus, 2004; Cahuc y Kramarz, 2004).
Dicha propuesta, propiciada y apadrinada por Nicolás Sarkozy cuando éste era Ministro de Economía y Finanzas y ya candidato a la Presidencia de la República francesa, ha sido trasladada a España en las últimas semanas por un grupo de 95 economistas españoles, que han realizado varias propuestas de reforma del mercado de trabajo. De ellas, sólo comentaré en esta ocasión la que propone establecer el mencionado contrato de trabajo único. En la misma línea, la organización empresarial CEOE propone un contrato también único pero al que denomina contrato de trabajo “indefinido no fijo”.
Ambos proyectos coinciden en tres cosas fundamentales. En primer lugar, la eliminación del control judicial para todas las nuevas contrataciones, salvo en los despidos discriminatorios (en la primera propuesta) o en los permisos de maternidad/paternidad (en la segunda). Segundo, en equiparar, en una primera fase, las indemnizaciones por despido de esas nuevas contrataciones a las que tienen actualmente la mayoría de los contratos temporales. En la propuesta patronal ese precio de la rescisión del contrato estaría vigente durante los dos primeros años del mismo, para ir luego aumentándola gradualmente hasta llegar, como máximo, a 20 días por año. Los expertos abogan, igualmente, por comenzar por una compensación ligeramente superior a los 8 días de indemnización que tienen establecidos actualmente los contratos temporales, sin especificar durante cuanto tiempo regiría la misma y sin determinar tampoco hasta que cuantía podría llegarse, también de manera gradual, como indemnización máxima. Aunque señalan que “a la hora de elegir la senda de indemnizaciones es importante evitar un aumento de los costes laborales medios con respecto a la situación actual” y que habría que situarla en la media europea. Y, en tercer lugar, ambas propuestas hacen desaparecer los despidos colectivos, aunque no lo argumentan explícitamente. También desaparecería el despido procedente que, con lo que se plantea, resulta inútil mantener ya que de lo que se trata es de pagar una cantidad menor que ahora y olvidarse de todos los demás procedimientos
El contrato de trabajo único, de tipo indefinido, no llegó a ser ni siquiera propuesto y debatido formalmente en Francia. La propuesta encontró el rechazo de sindicatos, expertos de Derecho del Trabajo, otros economistas que no pensaban como los autores de la iniciativa, partidos políticos (sólo UPM lo incorporó a su programa). Ni siquiera la organización empresarial la hizo suya. Por otra parte, esta fórmula de contrato de trabajo único es inédita en el derecho laboral comparado.
Esta propuesta choca con la jurisprudencia constitucional, que ha deducido la protección jurídica frente al despido injustificado como un derecho derivado del art. 24.1 CE, con la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE (art.30) y con el convenio 158 de la OIT, ratificado por España (Miguel Rodríguez-Piñero y Bravo-Ferrer, 2009), normas que obligan a nuestro país y que garantizan la tutela judicial efectiva ante el despido injustificado. La iniciativa también vulneraría la directiva europea sobre despidos colectivos.
Aunque se denominen contratos “indefinidos” o “indefinidos no fijos” (durante los dos primeros años de contrato) la realidad es que estos nuevos tipos contractuales convertirían a todos los trabajadores que fueran contratados bajo sus estipulaciones en precarios. Y todos los trabajadores, incluidos los contratados con anterioridad a la entrada en vigor de la nueva fórmula contractual, pasarían a ser tan o más precarios que en la actualidad.
De entrada porque todos los que se contratasen en el futuro de esta forma comenzarían, al menos los dos primeros años, como precarios indefinidos: podrían ser despedidos en cualquier momento sin ninguna justificación y serían indemnizados con cuantías equivalentes a las que ahora se dan a los temporales al finalizar sus contratos. Lo mismo les pasaría a los actuales contratos temporales que se reconvirtieran en “fijos” o a los que pierdan el puesto de trabajo y sean contratados en otra empresa.
Segundo, porque en el futuro todos los trabajadores podrán ser despedidos sin causa – salvo por paternidad/maternidad o con discriminación - y pagándoles lo que ahora reciben los despedidos por causa objetiva.
Tercero, porque se pretende acabar con las consultas, negociaciones y autorizaciones en los despidos colectivos. Es decir, ya sólo habrá despidos individuales sin ningún tipo de negociación, todo estará predeterminado.
Y cuarto, es muy previsible que con las propuestas que estamos comentando pasemos de la actual segmentación, volatilidad, y flexi-precariedad de nuestro mercado de trabajo a otra situación caracterizada por la fluidez y provisionalidad laboral constante, la flexi-depuración permanente de los efectivos y la sustitución darwinista de los viejos contratos por los nuevos. La temporalidad será sustituida por una provisionalidad permanente, cuya rescisión pueda costar un poco menos o un poco más dependiendo de cuando se lleve a cabo. La segmentación no será entre temporales y fijos sino entre antiguos y nuevos. El mercado de trabajo será objeto de una nueva ingeniería en la utilización de los “recursos humanos” para ver como se sustituye a los viejos, a los peor formados, a los enfermos, a las potencialmente embarazadas, por nuevas contrataciones. Aunque ello pueda dar lugar a una fuerte litigiosidad, en el supuesto de la propuesta realizada por los expertos.
Un ejercicio, en suma, de depuración laboral constante en el que la peor parte la llevarán los más débiles, una carrera para evitar que se llegue al umbral de las más altas indemnizaciones, una estigmatización de los que sean despedidos tras cierta antigüedad en el puesto, un obstáculo estructural para una carrera profesional sostenida y continua. ¿Exageración? No lo creo y, desde luego, no me lo invento: es la síntesis de las argumentaciones que se han utilizado en Europa, por parte del movimiento sindical y de algunos expertos, para criticar la propuesta del contrato de trabajo único. El precio de la indemnización tampoco lo impedirá: ¿qué representa el precio de la misma, aunque sea elevado el coste del despido improcedente en nuestro país, al lado de repuestos laborales más baratos, de una arbitrariedad empresarial sin contrapeso, de una indemnización futura que se puede amortizar, de entrada, con menores salarios y se puede mutualizar y proveer para el futuro si prosperan algunas de las propuestas que, simultáneamente, se realizan para modificar la forma de financiar las prestaciones de desempleo?
En realidad, con lo que se propone, hablar de contrato indefinido – figura a la que suelen ir vinculados una serie de derechos que aquí se eliminan - no tiene ningún sentido, salvo el de enmascarar lo que, en realidad, representa la propuesta que se hace. Todos los contratos pasarían a ser desprotegidos indefinidos. Sin tutela judicial, salvo para excepciones muy tasadas, sin negociación con las organizaciones sindicales, sin intervención de la administración. Con todo el poder en manos del empresario para rescindir el contrato en cualquier momento con la sola condición de pagar una moderada compensación por ello. Se trata de la generalización del despido improcedente, con una indemnización más baja. Se defiende un despido (ad nutum, lo define la doctrina iuslaboralista) sin controles y al margen de la razón o dimensión del despido. Un contrato que le da la vuelta radicalmente a la estructura axiológica del derecho del trabajo, a la jerarquía de valores que lo impregna: en lugar de dar prioridad absoluta al empleo como valor se lo da al “valor”, al precio, del empleo. Esta propuesta es la expresión más acabada de algo que siempre está en el imaginario de algunas cúpulas empresariales: la sustitución del derecho del trabajo por el derecho comercial en las relaciones laborales. El contrato único significa un gran paso hacia ese derecho mercantil, en el cual la ruptura de un contrato simplemente se paga por una indemnización compensatoria prevista en la firma del mismo.
Conclusión. No parece, por todo lo argumentado, que el contrato único pudiera remediar las disfunciones de nuestro mercado de trabajo – algunas de ellas muy influenciadas por el modelo productivo que el propio modelo laboral ha contribuido a crear - sino, más bien, agravarlas. Se me ocurren tres razones para sostener este pronóstico.
En primer lugar, la mayor propensión a la pérdida de empleo en nuestro país está condicionada, además de por la enorme temporalidad del empleo y la especialización en sectores productivos de bajo valor añadido, por la intromisión perversa de la figura del despido improcedente en la institución del despido (también, de hecho, en los despidos objetivos individuales y en los colectivos). Esa contaminación explica la facilidad con la que se despide en España, mucho más aún desde que Aznar eliminó los salarios de tramitación. Y esa perversión, en lugar de limitarse o eliminarse, se generaliza con las iniciativas que comentamos. Si los empresarios están tan preocupados por la precariedad laboral y por el precio del despido ¿no sería, me planteo, oportuno acabar con la figura del despido improcedente (el de los famosos 45 días de indemnización). ¿No sería más eficaz reforzar la justificación del despido, definir mejor, si fuera necesario, las causas objetivas que tiene que valorar un juez en los despidos justificables, dar mayor protagonismo a los sindicatos en los procedimientos individuales, además de en los colectivos, de despido, implicar a las empresas en los planes sociales de recolocación de los trabajadores, tener instituciones públicas de intermediación laboral que funcionen y dejar reposar en los trabajadores la opción de reintegrarse al puesto de trabajo en caso de que el despido sea declarado injustificado? En toda Europa la institución del despido se basa en el derecho del trabajador a no ser despedido sin causa justificada, no en cuánto cuesta despedirle. Eso es lo esencial. Y eso es lo que se quiere hurtar del debate. ¿Están los empresarios dispuestos a perder discrecionalidad y a asumir mayores responsabilidades en la recolocación de los trabajadores a cambio de ganar en coste del despido? Me temo que no.
Es muy contestable, en segundo lugar, que el contrato único consiga rebajar las perspectivas de desempleo que tenemos, o incitar a una mayor creación de empleo. Estoy seguro de que muchos economistas, seguramente tan conocidos y reconocidos como los que han firmado la “Propuesta para la reactivación laboral en España”, consideran que ello depende muchísimo más de recuperar el crecimiento y que éste, a su vez, está condicionado por la innovación, la relación entre calidad y precio, la demanda, que de las condiciones de ruptura de los contratos de trabajo.
Finalmente, entiendo que las propuestas no atacan el problema de fondo de nuestro mercado de trabajo que, en mi opinión, se sitúa precisamente en la facilidad del despido. Una facilidad que actúa como un contra-incentivo para el establecimiento de relaciones laborales basadas en la estabilidad, en la formación continua, en la transmisión del saber implícito en las empresas, en el compromiso con estrategias a largo plazo y con políticas de organización del trabajo y de innovación. De relaciones laborales, en suma, basadas en la participación de los trabajadores y en la flexibilidad interna. Como es tan fácil despedir y los salarios de los trabajadores españoles son, comparativamente, tan bajos, para qué invertir en todo ello. El resultado final es una economía con muy baja productividad y con una espantosa volatilidad y precariedad del empleo.
Al mismo tiempo, como llevamos 30 años esperando la reforma laboral pendiente para qué invertir en innovación, en investigación, en formación, en educación, en políticas activas del mercado de trabajo, en dotación de capital, en partenariado laboral. De tal manera que nuestro modelo laboral es, de forma cada vez más patente, un freno para abordar otra concepción del modelo productivo que no sea la basada en el empleo fácil de despedir y con una proporción de trabajadores muy escasamente remunerados. Sinceramente, no creo que el contrato único pudiera remediar esa situación.
Hoy, la prensa regional recoge que en Murcia hay 3.000 sentencias (50.000 en el Estado) por delitos contra la seguridad del tráfico pendientes de cumplir. ¿De que hablamos?
Una aproximación.
La Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal, introduce en nuestro sistema penal, dentro de las penas privativas de derechos, las penas de trabajos en beneficio de la comunidad, cuyos artículos 39, 40 y 49, en su redacción dada por la Ley Orgánica 15/2003, de 25 de noviembre, remiten las circunstancias de ejecución de esta pena a la vía penitenciaria, estableciéndose en el citado artículo 49 que los trabajos en beneficio de la comunidad –que no podrán imponerse sin el consentimiento del penado-, le obligan a prestar su cooperación no retribuida en determinadas actividades de utilidad pública en las Administraciones Central, Autonómica y, sobre todo, Local. Así mismo estas prestaciones se pueden desarrollar en ONG´s.
El Real Decreto 515/2005, de 6 de mayo, por el que se establecen las circunstancias de ejecución de la pena de trabajos en beneficio de la comunidad, considera, en su artículo 4.1, que el trabajo en beneficio de la comunidad será facilitado por la Administración Penitenciaria y que a tal fin, podrá establecer los oportunos convenios con otras Administraciones públicas o entidades públicas o privadas que desarrollen actividades de utilidad pública. En este caso, éstas Administraciones o entidades podrán asumir las funciones de gestión de los trabajos, asesoramiento, seguimiento y asistencia de los penados, sin perjuicio de la supervisión de la Administración Penitenciaria.
La ejecución se desarrolla bajo el control del Juez de Vigilancia Penitenciaria y los penados gozarán de protección en materia de seguridad social a cargo del Ministerio del Interior. Las actividades que dan contenido a la prestación son similares a las de las antiguas prestaciones de los Objetores de Conciencia al Servicio Militar.
La duración de la jornada diaria no podrá exceder de 8 horas. La ejecución de este pena estará regida por un principio de flexibilidad para hacer compatible, en la medida de lo posible, el normal desarrollo de las actividades diarias del penado con el cumplimiento de la pena impuesta. A tal efecto, cuando concurra una causa justificada, podrá autorizarse por el Juez de Vigilancia penitenciaria el cumplimiento de la pena de forma partida, en los mismos o diferentes días.
Ciutadans pel Canvi (CpC) impulsa una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) para que el Parlamento elabore una nueva Ley Electoral.
En síntesis, CpC propone un sistema electoral de listas desbloqueadas con opción de voto preferente a nombres concretos, aplicado en siete circunscripciones --las veguerías de Barcelona, Central, Girona, Lleida, Alt Pirineu i Aran, Camp de Tarragona y Terres de l'Ebre-- con mucha más proporcionalidad que la actual, para acercarse al principio de una persona-un voto. Y aún así, el valor de un voto pirenaico valdría el doble que el barcelonés, mientras que en las cinco circunscripciones restantes quedaría más o menos equiparado.
Además, y como innovación sin precedentes en el mundo, la ILP vincula el número total de escaños a elegir, entre 120 y 150, a la participación. O sea, que el máximo de diputados del Parlament (y los preceptivos sueldos y subvenciones a los partidos) solo sería alcanzable con una participación del 75% del censo, mientras que una abstención del 40%, que es la habitual, reduciría la Cámara a 120 escaños, contra los 135 fijos actuales.
La recogida de firmas ha tenido el apoyo del expresidente de la Generalitat Pasqual Maragall y personalidades de la sociedad civil, algunas próximas al PSC, com Roser Capdevila, Josep Cuní, Rosa Regàs, Pere Portabella, Enric Majó, Viky Peña, Maria del Mar Bonet, Albert Solé, Gemma Lienas, Xavier Folch, Carme Riera, Marina Rosell y Marta Angelat. También de los periodistas Josep Cuní, que presenta Els matins de TV3, Enric Sopena y Margarita Sáenz-Díaz.
La apuesta es tan incuestionable como necesaria pero, por favor, que alguien piense que hay que dotarla de recursos suficientes, un plan de gestión del cambio para los docentes y, si no es mucho pedir, de los consensos políticos y sociales necesarios para que no fallezca antes de nacer.
Son muchos los casos en los que la hiperactividad política consume excelentes ideas sin darles oportunidad a que nazcan y se desarrollen.
Desgraciadamente, la educación, constituye un buen ejemplo. Las sucesivas leyes e iniciativas de referencia van enterrando a la anterior antes de que ésta haya roto a andar. En la mayoría de los casos la razón la encontramos en la insuficiente dotación presupuestaria, la confusión de la gestión del cambio con la gestión de imprevisto y la imposibilidad de llegar a consensos previos ente gobierno y la oPPosición.
Nací en 1963. Los de mi generación nos perdimos el sesenta y ocho, y el siguiente, si no andamos espabilados, casi también. Mas duro fue lo de la anterior que les robó la vida un régimen ladrón. Recuerdan aquella película en la que José Sacristán decía ”...el régimen nos quito la juventud. Nunca les perdonare los libros que tenía que haber leído y no leí […], las veces que tenía que haber hecho el amor y no lo hice” Pues eso.
En Murcia, mas de lo mismo a la sombra de la morera. Ambas generaciones sufrimos el ahogo del fuerte olor a brillantina que desprendía un notorio club de figurantes que se resistían a apearse del tío vivo político, económico, social y cultural. De esta fauna siempre destacó y, por ello perdura, una burguesía “obstentoria” a la vez que acomplejada y acomodada en la inacción ¿qué es lo que le gusta a todos y trabajar no es? Siempre barriendo para los lados, con el muro de las lamentaciones como justificación e instalados en el cómodo espacio de la culpa es de los demás.
Una imagen en blanco y negro de una España provinciana “tipycal de cojones” que a algunos nos los tocó en demasía. Lo mejor de nuestras generaciones es que ya está aquí la que viene después. “Yo ya no sé si soy uno de los nuestros”… porque todo cambia y cambiamos con el cambio. Bueno, no todos.
Rin, rin, rin… ¿Oiga? Quería hablar con los de la última generación. ¿Donde? ¡Ah!:
Por: Víctor Meseguer La magistrada Jone G. Lurgain señaló no hace mucho tiempo, el origen de la pandemia que afecta a nuestro sistema judicial: “…la judicialización de la política y también la politización de la justicia. Son dos caras de una misma moneda que no se entenderían nunca la una sin la otra. A los tribunales se les está interpelando para resolver cuestiones que debieran ser resueltas en sede legislativa. Cuando la clase política no se atreve a determinar ciertas resoluciones, las intenta vestir de justicia. Pero para eso, previamente, ha habido que politizar la justicia y conseguir, en cierta manera, unos tribunales a la carta que luego hagan el papel demandado tanto por la clase política como por la opinión pública convenientemente movilizada”. Se quedó corta.
Primero la cruz. La politización de la justicia o, lo que es lo mismo, el guiñol en el que han convertido al Consejo General del Poder Judicial, dificulta la credibilidad de la alta curia; una institución cuyos sacerdotes son instituidos para dirimir litigios en razón de no tener interés en ellos.
Nota: no me he olvidado del Tribunal Constitucional, pero por mucho interés que le pongo, y pese a mi formación jurídica, la tengo hecha un lío. Les confieso mi manifiesta incapacidad para dilucidar si se trata de un alto tribunal o, de factum, la tercera de las cámaras legislativas. En cualquier caso, a mi juicio, lo que no es, es lo que le dio razón de ser. Como ejemplo, recuerden la sentencia Henri Parot (ahora doctrina con nombre de asesino).
Después la cara. La judicialización de la política; si no fuera por la previa politización de la justicia, más que una rémora, constituiría una garantía de los “intereses legítimos”; máxime ante la declarada incapacidad del legislativo-ejecutivo para desincentivar las conductas corruptas y, en su caso, depurar responsabilidades políticas, con independencia de que los tribunales diluciden las jurídicas. Y dadas, además, las carencias democráticas que aún hoy perviven en las organizaciones que vehiculan la voluntad ciudadana y, consiguientemente, la democracia.
En Murcia, por ejemplo, hemos llegado al esperpento de que la acertada denuncia pública de puntuales casos de corrupción, se vea como un ataque a nuestra Región. Aunque en puridad, no deberíamos confundir la judicialización de la política con el enjuiciamiento de políticos presuntamente delincuentes (presuntos delincuentes aforados, pero presuntos delincuentes) es lógico que la percepción de los ciudadanos se vea condicionada por la lenta penetración de la que está siendo objeto el gobierno de los jueces. Así, no nos podemos quejar de que se confundan churras con merinas.
¿Y la justicia? ¿Cómo anda? Como España. Es más que evidente que muchos jueces están hasta las puñetas de sus togas, de tanta intrusión en su independencia, como si no tuvieran bastante con hacer funcionar la pesada maquinaria de la justicia con los escasos recursos con los que cuentan. No es de extrañar que muchos de ellos, simulando a Clint Eastwood en Gran Torino, digan aquello de ¿Por qué tengo que ser yo el que esté entre la espada y la pared?
Corolario. A lo largo y ancho de este estado, territorio o cosa rara llamada España (la entrada se la he hurtado a un teniente sin tierra cuya inteligencia y sentido del humor me cautivaron), vivimos las consecuencias de la más cobarde de las valentías de muchos políticos, que intentan amedrentar, intimidar o condicionar interesadamente la independencia de los periodistas junto al cabreo razonable, pero mal digerido, de tantos jueces y operadores del sistema, que hartos de estar hartos de que los políticos, de pronto, colaboren tanto con la justicia, les sitúa indiferentes ante el incontrolable ventilador de la filtración. Este es el origen de una ceremonia de la confusión que hará imposible –si quienes tienen que evitarlo no lo evitan- saber los porqués y quién es quién en la cadena de valor de la corrupción política. Unos campan por sus respetos por toda España (confundiéndola con su finca) y otros no tienen quien les gobierne o les gobierna quien no tiene que gobernarles.
De tanto conocer, no nos vamos a enterar de nada y lo que es peor, con tanta innovación jurídica se corre el riesgo de sustituir la justicia por un sucedáneo sin garantías, de pervertir instituciones como la prisión preventiva…En definitiva, de la devaluación de la justicia.
No obstante, estoy convencido de que el mañana pasa por volver al pasado y desenterrar el espíritu de las leyes de Montesquieu. No quiero que nadie me reproche “la estrafalaria rapidez con que la utopía se torna distopía, con que el cielo se torna infierno”.
Las observaciones realizadas por el Gobernador del Banco de España, en esta ocasión ante la Comisión del Pacto de Toledo del Congreso de los Diputados este 15 de abril, han acaparado de nuevo el primer plano del debate nacional. Y tampoco esta vez han estado exentas de controversia. De su comparecencia, tres son los mensajes que han tenido mayor repercusión: la afirmación de que las cuentas de la Seguridad Social podrían dejar pronto de estar en superávit, la hipótesis de aumentar la edad de jubilación y/o de incrementar el número de años para realizar el cálculo de la base reguladora de las pensiones y, por otra parte, la pregunta retórica sobre los altos índices de desempleo en España en relación con los de otros países europeos. Alguna de estas cuestiones no figura en el texto escrito difundido por el Gabinete de Comunicación del Banco de España y, en cambio, dicho texto contiene otras posibles actuaciones en el campo de las pensiones de importancia igualmente relevante: la reducción de la tasa de sustitución (reducción del porcentaje de la cuantía de la pensión en relación con el salario en activo) y la modificación de la actual compensación a las pensiones por la desviación de la inflación (para hacerla más simétrica con la desviación de la inflación: no se entiende por lo dicho si es para que todas las pensiones, las altas y las bajas, recuperen el mismo porcentaje o si de lo que se trata es de que las pensiones también puedan decrecer en el supuesto de que la inflación final sea inferior al aumento inicial de las mismas). Esto es lo que había escrito antes de saber ayer que el Banco de España se refería a la segunda opción, como era previsible. Algo que ye el PP intentó hacer en 1997 y 1998 pero que, finalmente, no se atrevió a hacerlo. Pero vayamos por partes.
Reconocimiento. Las consideraciones y declaraciones de Miguel Ángel Fernández Ordóñez podrían ser catalogadas de inoportunas (la difusión de inquietudes y sombras sobre una de las cuestiones más sensibles para la opinión pública ha deslucido el estreno del nuevo gobierno), pero no de novedosas ni incoherentes con su ideario. Desde hace más de 30 años viene defendiendo las mismas ideas sobre la protección social, el mercado de trabajo, las relaciones laborales, el sector público, la intervención del Estado. En mi opinión, pocos tienen en nuestro país los conocimientos, la inteligencia y la convicción para representar mejor que él un auténtico pensamiento neoliberal. El actual Gobernador del Banco de España es -su trayectoria así lo acredita- un hombre de convicciones ideológicas firmes: cree en la regulación por el mercado, cree en una profunda desregulación laboral, cree en la iniciativa privada, cree en las privatizaciones, cree en la reducción de impuestos, cree en las pensiones privadas, desconfía del sector público, opina que los sindicatos son un factor de rigidez y de corporativismo. Seguramente por ello, el Sr. Fernández Ordóñez se distinguió durante los mandatos del Presidente Aznar por defender la tesis, a través de brillantes artículos y declaraciones, de que las realizaciones de los gobiernos populares -en el sector eléctrico, en las privatizaciones de empresas y, desde luego, en el campo laboral y de la protección social- habían sido mucho menos liberalizadoras y mucho más intervencionistas que las de los anteriores gobiernos socialistas. Sus posiciones no han sido nunca contradictorias con las orientaciones de fondo de los Ministros económicos que le han promocionado a las altas instancias que ha ocupado y ocupa (uno de los cuales terminó entrando a formar parte del laboratorio de ideas de José María Aznar), aunque siempre se ha distinguido por la mayor beligerancia y nitidez de sus posiciones ideológicas. Todo ello es perfectamente respetable y sólo pone de manifiesto la coherencia entre lo que dice y piensa el señor Gobernador. Si alguna incoherencia cabe señalar al respecto no es por lo que el Sr. Fernández Ordóñez piensa o dice, sino, en todo caso, porque, pensando como piensa, sea miembro del Partido Socialista. Quizá tampoco eso sea ninguna incoherencia sino más bien un cálculo racional y él se encuentre entre los que sostienen que es actuando desde los partidos de izquierdas como se pueden llevar mejor a cabo determinadas reformas liberales.
Credibilidad. La coherencia con sus posiciones ideológicas no le garantiza, sin embargo, al Sr. Gobernador el acierto en sus análisis y pronósticos. Su previsión de que la Seguridad Social puede entrar en déficit en el plazo de un año no coincide con los datos que ofrecen sus gestores. Pretender que el sistema español de SS, que ha tenido durante los últimos tres años el mayor superávit de todos los sistemas del conjunto de países de la OCDE, mantenga el mismo nivel de superávit en la coyuntura actual es, evidentemente, imposible. Pero, aún cuando fuera como dice el Sr. Fernández Ordóñez ¿por qué poner una nota de alarma en algo que es común a todas las cuentas públicas, a las empresas privadas, a las familias… en España y en la mayor parte de los países europeos? ¿No está, además, previsto en el propio Pacto de Toledo que, en caso de desequilibrio en las cuentas de la SS, el Estado debería acelerar la financiación a su cargo de los complementos de mínimos de las pensiones y otros capítulos del gasto impropiamente financiados con cotizaciones? Realmente ¿podemos considerar técnicamente sólido y políticamente inocuo vincular -bien es verdad que de forma subrepticia y al tiempo que se negaba su relevancia respecto al problema de fondo- un dato coyuntural, como el saldo de la SS en un año, o en varios, de profunda crisis económica y del empleo, con otro estructural, como es la sostenibilidad a largo plazo del sistema de pensiones? Este tipo de alarmismos basados en datos coyunturales nunca suelen ser, en todo caso, casuales: siempre tienen la finalidad de reclamar medidas inmediatas y urgentes. Hay que decir, por otro lado, que ninguno de los muchos pronósticos alarmistas que se han realizado en nuestro país sobre la “quiebra” de la seguridad social se ha cumplido. En realidad, este tipo de estimaciones y modelos de extrapolación a 40 o 50 años son poco fiables, se prestan a cometer grandes errores y, muchas veces, están claramente escorados por la sobreestimación o subestimación de determinadas variables. Además, y a mayor abundamiento, no son los tiempos actuales los más gloriosos para los pronósticos de los economistas. Y el Sr. Fernández Ordóñez lo es, además de estar apoyado en sus pronósticos por otros muchos. Otro economista, Richard Dale, británico en este caso a la vez que menos ortodoxo respecto a las escuelas que dominan en la actualidad la doctrina económica, ha señalado que “pese a la existencia de 4.000 profesores de finanzas en el mundo y de miles de trabajos de investigación publicados cada año”, la práctica totalidad de los especialistas no han sido capaces de prevenir a nadie de la posibilidad de la crisis que ha acaecido. La razón reside, de acuerdo con este otro tipo de economistas más autocríticos, en que la teoría financiera dominante no permite ni siquiera plantear la posibilidad de una crisis, ya que reposa sobre la hipótesis de la eficiencia de los mercados y del equilibrio óptimo de los mismos. La realidad ha venido a desmentir dramáticamente tal hipótesis. Esta confianza ciega en los modelos de la ciencia económica dominante, que se traduce en una fe absoluta en la autorregulación de los mercados es, según algunos de los economistas en boga, como Dani Rodrik o Paul Krugman, la prueba de que “los economistas han transmitido, demasiado a menudo, sus propias preferencias económicas y sociales: en lugar de ser analistas, han sido ideólogos”. Esto es algo que, bastante antes de que dichos economistas estuviesen en candelero, ya se sospechaba en España: desde hace más de veinte años algunos sectores de la izquierda de este país, incluidos algunos integrados en el PSOE, han venido señalando, con muchos fundamentos, que el Banco de España era una entidad doblemente emisora: de moneda y de ideología.
Las propuestas. Es, no obstante, en el terreno de las propuestas donde cabe, sobre todo, señalar mayores discrepancias con las observaciones del Sr. Gobernador. No sólo por lo que dice sino, en gran medida, por lo que no dice. Para ser sintéticos, podemos señalar tres características de sus propuestas que suelen ser típicas de una manera de enfocar los desafíos futuros de los sistemas de pensiones: La comparación incompleta y parcial con las experiencias de otros países. Hacer referencia a medidas que se han adoptado en otros países europeos, o del conjunto de la OCDE, sobre el retraso de la edad de jubilación, la ampliación de los años de cotización para el cálculo de las pensiones, la reducción de la tasa de sustitución de las mismas, la vinculación de la pensión a la esperanza de vida o la acentuación del sistema hacia un mayor ratio contributivo, sin situar tales reformas en el contexto del conjunto del sistema en el que están articuladas, es un ejercicio más propio de la propaganda que del análisis riguroso.Un par de datos pueden contribuir a relativizar este tipo de comparaciones. El primero: en algunos de los países europeos el gasto en pensiones representa el 13% del PIB (Francia, Holanda o Alemania), el 14% (Austria), o cerca del 15% (Italia) y en torno al 12%, de media, en el conjunto de la UE. En España, en cambio, no llega al 9%. Cabe preguntarse, a la luz de estos datos, si la insostenibilidad sistémica que nos anuncian para el año 2050 consistiría, por tanto, en llegar a un porcentaje de gasto en nuestro sistema de pensiones que sería un poco superior al que ya ahora (cuarenta años antes), destinan a ello otros países de nuestro entorno. El segundo: es igualmente relevante tener en cuenta que el gasto público total en España es inferior al 39% del PIB mientras que en Suecia, por ejemplo, es superior al 52%. Y en la Europa-15 es del 46%. Probablemente podríamos reflexionar mejor sobre las medidas de sostenibilidad y reforma del sistema de pensiones si incorporamos todos los datos del problema. En este tipo de propuestas sólo cabe actuar sobre el gasto, nunca sobre los ingresos (salvo para apoyar fiscalmente a los fondos privados de pensiones). En las reflexiones del servicio de estudios del Banco de España, expresadas por su Gobernador, está descartado incrementar las cotizaciones. Y ni siquiera se contempla la posibilidad de actuar sobre otras fuentes de financiación para sufragar las pensiones contributivas. Y, como si la Seguridad Social fuera una compañía de seguros y no un sistema de reparto y solidaridad, se insiste en la contributividad pura. En realidad, sólo en 8 de los 27 países de la UE se financian exclusivamente las pensiones mediante cotizaciones (Zubiri,2009).Tampoco en este tipo de enfoques reformadores se aborda nunca en detalle y con suficiente prioridad el actuar sobre otras variables que contribuirían a la sostenibilidad del sistema de pensiones: tasa de empleo, incremento de la productividad del trabajo, tasa de natalidad, medidas para favorecer la permanencia en el empleo y asegurar carreras completas de pensión de las mujeres trabajadoras o de los trabajadores mayores de 55 años, fórmulas alternativas para redistribuir los incrementos de la productividad. Más allá de los discursos generales, donde se reconoce en abstracto la necesidad de un tratamiento multifactorial, en el terreno de las propuestas concretas todas ellas tienen que ver con el gasto. Y específicamente con el recorte del gasto; es decir, con el recorte de las pensiones. Tal y como se plantean, retrasar la edad de jubilación, aumentar el número de años para calcular la pensión, reducir la tasa de sustitución, sustituir la “cotización definida” por la “prestación definida”, congelar la pensión máxima, modificar el sistema de revalorización de las pensiones…, siempre suelen tener un objetivo apriorístico: recortar el futuro gasto en pensiones. Y, por ende, el importe de la mayoría de las mismas.Un ejemplo de ello es la propuesta de retrasar la edad de jubilación. Una medida que, en pura hipótesis, no es rechazable. Entre otras cosas porque cabría pensar en otra distribución de las horas de trabajo a lo largo de la vida (reducción de jornada, tiempos sabáticos, etc.). En cualquier caso, el debate sobre la misma, sin embargo, es inseparable de tres cuestiones. Primera, que realmente todos los trabajadores consigan llegar trabajando a la edad de jubilación (65 años, en nuestro país). La realidad es que nuestra tasa de empleo de los trabajadores mayores de 55 años es más de 30 puntos inferior a la media. Y la edad real de jubilación en España (una de las más elevadas de la UE) es de 63,7 años. Antes de proceder a retrasar la edad de jubilación tendríamos que hacer lo necesario para que todos los trabajadores que quieran puedan alcanzar trabajando la edad legal de jubilación. Y obstaculizar las prejubilaciones propiciadas por las empresas para deshacerse de los trabajadores mayores y, por lo tanto, con mayores cargas sociales. Segunda, el debate sobre el retraso de la edad de jubilación es indisociable de la tasa de empleo de los jóvenes. Lo que nos plantea la necesidad de aumentar la tasa general de empleo en nuestro país. Tercera, es necesario tener en cuenta el desgaste de determinadas labores y profesiones. De no abordar esas cuestiones primero, lo único que conseguiremos retrasando la edad de jubilación es precarizar aún más las pensiones de la mayoría y favorecer la prolongación de la vida laboral de una minoría privilegiada que, por las características de su trabajo, está en condiciones de hacerlo. Este tipo de reflexiones y de medidas de recorte siempre tienen un beneficiario último: las pensiones privadas. Como si las mismas estuvieran más protegidas o fueran más inmunes a los desafíos que plantean fenómenos como la reducción de la tasa de natalidad o el aumento de la esperanza de vida, y la consiguiente disminución del ratio entre activos y pasivos. O como si no hubiera que cotizar -aportar- para capitalizarlas; o como si éstas pensiones privadas estuvieran al abrigo de los riesgos de la coyuntura económica. Al hablar del impacto negativo de la crisis económica sobre las cuentas de la Seguridad Social el Sr. Gobernador podría haber realizado también una valoración sobre la debacle que han sufrido los fondos de pensiones privados. ¡Ese tipo de pensiones si que han evidenciado tener una “sostenibilidad” -un valor- bien vulnerable! De hecho, el 66% de los fondos de pensiones con 17 años de historia han tenido una rentabilidad inferior a la inflación (Zubiri, 2009). Por otra parte, de enero a octubre de 2008, las pensiones privadas de la zona OCDE registraron, según datos de esa organización, una pérdida real de cerca del 20% de su capital.
Tasa de paro.En este apartado, el Gobernador se limitó a señalar la conveniencia de mirar hacia otros países que tienen tasas de paro del 6, del 7, del 3 o del 4 por ciento porque, argumentó, quizá podamos aprender algo de ellos. Sin tratar de interpretar lo que el Sr. Fernández Ordóñez entienda que hay que aprender de ese tipo de países, sí conviene comentar algunas cuestiones que podemos aprender del nuestro y que, sin duda, explican, al menos en parte, la más elevada tasa de desempleo española. Seguramente el servicio de estudios del Banco de España podrá indicarnos también otras, pero modestamente sugeriría considerar las siguientes: La mayor tasa de paro española se explica por el enorme volumen de empleo industrial que se perdió en nuestro país al abandonar la autarquía y abrir la economía hacia el exterior. Hasta la segunda mitad de los años 70, la tasa de desempleo española no superaba el 5%. En sólo siete años (de 1977 a 1984) se pasó a una tasa de paro del 20% y la tasa de empleo descendió desde el 48%, en 1977, hasta el 38%, en 1994. Nada comparable sucedió en nuestros países vecinos. En nuestro país la población activa en el campo ha pasado, en tres décadas, de representar un 20% de la población activa a suponer menos del 5%. Con la consiguiente pérdida de centenares de miles de puestos de trabajo. Fenómeno que tampoco ha tenido parangón en otros países europeos. En España ha aumentado mucho más la población activa que en otros países europeos. Ello, como consecuencia del “baby boom” de los años 60, de la incorporación de la mujer al trabajo y, más recientemente, de la entrada de inmigrantes. Por ejemplo, entre 1986 y 2006 (Antonio González González, 2009) la población activa en España creció en 7,9 millones. Mientras que, en el mismo periodo, en Francia aumentó en 3,7 millones, en el Reino Unido en 2,1 millones, en Italia en 1,6 y en Dinamarca ha conocido un ligerísimo retroceso. Finalmente, en nuestro país crece mucho más rápidamente el número de parados porque, entre otras cosas, en España es mucho más fácil despedir a los trabajadores que en otros países europeos. Por supuesto, en los contratos temporales. Pero también en los fijos. Salvo en los despidos colectivos, que son los únicos en los que es necesaria una negociación con los sindicatos. En los demás -despidos individuales de tipo improcedente o por causas objetivas- también se despide con mayor facilidad que en otros países. El mayor precio del despido improcedente (figura inexistente o prácticamente inviable en otros ordenamientos) no es un obstáculo insalvable para ello. Lo esencial es que ante el despido improcedente como en los despidos objetivos de tipo individual, es siempre el empresario el que tiene la opción de readmisión y éste opta sistemáticamente por indemnizar y mantener el despido. En toda Europa la readmisión en caso de improcedencia o no justificación del despido es universalmente una opción del trabajador ya que esta regla es la esencia misma de la institución del despido. Evidencias de la facilidad con la que se despide en nuestro país son el incremento espectacular de la tasa de salida del empleo indefinido en los últimos años al tiempo que el índice de paro de larga duración en España ha pasado a ser, antes de la presente crisis, uno de los más bajos de la Unión Europea (Antonio González Gonzáles, 2009). Seguramente estas no son todas las razones que explican nuestra mayor tasa de paro, pero entiendo que son algunas de las fundamentales y que no son frecuentemente destacadas.
He manifestado reiteradas veces mi coincidencia plena con la línea argumental del PSRM PSOE en la lucha contra algunos abusos relacionados con la especulación urbanística y la corrupción política, más que una estrategia se trataba y se trata un deber ético y moral al que los socialistas no podíamos sustraernos. Pero, ¿no creéis que nuestro trabajo habría sido percibido de distinta manera si hubiéramos sido capaces de generar una alianza con aquellos que mas han sufrido y sufren el peaje de la corrupción política?
Estoy absolutamente convencido de que los que repudian el chantaje prevaricador son muchos más que los que chapotean felices en el fango de la corrupción. Precisamente el mérito de muchos de ellos ha sido trabajar frente a la competencia desleal alfombrada por el Partido Popular.
El integrismo liberal enclaustró al individuo en el recinto de sus intereses propios, lo confinó en el universo de sus insignificancias, en el cálculo de tendero, de los logros y las pequeñeces de su estricta vida personal.
POR: JOSÉ VIDAL-BENEYTO
Director del Colegio Miguel Servet de París y Presidente de la Fundación Amela.
Publicado en el EL PAÍS - Opinión - 11-05-2009
La democracia-marketing, tanto en su fase de emergencia como de consolidación, tiene como ethos fundante la afirmación del sujeto en sus diversas variantes que señorean la época y todas sus actividades. Con lo que el sujeto, el yo, lo de uno, el ego, lo propio, lo mío, lo íntimo y su expresión pública, el individuo, dibujan el perímetro sémico y social al que Malraux apostrofaba como ese "monstre préférable à tout", que nos devora pero nos realiza. De las inabarcables referencias bibliográficas que lo manifiestan retengo sólo el reader de Pierre Birnbaum y Jean Leca, Sur l'individualisme, que fue el primero que, hace más de 20 años nos ayudó a sobrevivir a la confusión del imperialismo individualista en que iba a sumirnos el neoliberalismo radical y sus grandes epígonos Reagan, Bush, Thatcher y tantos otros apasionados acompañantes. La gran falsificación del integrismo liberal fue enclaustrar al individuo en el augusto recinto de sus solos intereses propios, confinarlo en el universo de sus insignificancias, en el cálculo de tendero, de los logros y las pequeñeces de su estricta vida personal. Esta regresión era además totalmente incompatible con la apertura al mundo, a lo otro y a los otros que caracterizó la modernidad y su principal banderín de enganche: el individuo y su producto, el individualismo, con su reivindicación del descubrimiento, la conquista, el progreso. Por el contrario, el individuo del integrismo liberal, miedoso y acurrucado, huido del mundo y refugiado en el último sótano de su vida particular, tenía, como único posible ámbito de ejercicio la libertad, pero obviamente confinada a su esfera personal. De aquí que la intimidad fuese el objeto privilegiado, que se vive bajo el signo de la autonomía absoluta. La privacidad nos salva y nos protege de la agresión de lo de todos, de la contaminación de lo común; la intimidad es la última trinchera de nuestro ser más auténtico, nos dicen, y el ejercicio de la libertad es la prueba de fuego de ambos. Con lo que la libertad conjugada en lo personal y privado se constituye en el referente máximo del cumplimiento individual. El análisis de las grandes categorías que nos ofrece el compendio de Birnbaum y Leca, y más concretamente el estudio de la interacción entre los diferentes individualismos que distingue -metodológico, sociológico, ético, descriptivo, explicativo, legitimador, institucional, etcétera- nos confirma en esta lectura. La única posibilidad de superar "el cada uno para sí" que todos comparten, es la de insistir en un incondicionado desarrollo total de ese "para sí" que lo ensanche y profundice, es la de confiar a la libertad la realización de su intimidad más originaria, de lo solamente mío, sin intermediarios ni adulteraciones. Búsqueda patética en tantos casos y en tantos ámbitos. Por ejemplo, en la afirmación de la mujer y de lo más genuinamente femenino, comenzando con la celebración de su genitalidad, vergonzante y oculta, la vagina, sexo invisible frente a la exhibida arrogancia del órgano masculino. El extraordinario éxito del breve texto dialogado de Eve Ensler, Los diálogos de la vagina, la obra más representada en la última década, número uno en más de 50 países, brillante conjunción de literatura y sociología en la que la sensibilidad, el humor, la delicadeza y el rigor en la elaboración del contenido de las múltiples entrevistas -testimonios recogidos y procesados por la autora- se traducen en una gloriosa proclamación, en una triunfal revancha del objeto indecible. Con la confortadora consecuencia de la instauración del V-day contra la violencia hecha a las mujeres, que sigue superando los 1.000 casos anuales, pero que después de más de 10 años de lucha y resistencia comienza a invertir la tendencia. Esta afirmación que de lo íntimo va a lo público, tiene sus riesgos y sus perversiones, que en la reivindicación de lo originario femenino ha encontrado su ilustración en Zonas húmedas, el libro de la ex presentadora de la televisión alemana, Charlotte Roche, del que sólo en Alemania ha vendido ya más de un millón de ejemplares. Se trata de una mostrenca aplicación pornofecal de la exploración de la intimidad de la mujer, que, según declara la propia autora, tiene en las hemorroides y en las pústulas anales de las adolescentes su desencadenante más eficaz. A partir de ahí, se inicia una penosa competición entre lo mórbido y lo repugnante, a golpe de chistes de estudiantes de proctología -el relato está localizado en un hospital- y de lamentables provocaciones del ejercicio de sexo-pipí-caca, sobre cómo fabricarse cócteles con excrementos y orina, cómo perfumarse con sus secreciones vaginales, o comerse las bolitas fabricadas con flemas y mucosidades, coleccionar el comedón de sus amigas, intercambiar las compresas higiénicas con sus compañeras y así un vasto repertorio de ingenuidades nauseabundas con las que Roche quiere liberar a Hélène Memel, su protagonista, de la sumisión a los últimos tabúes impuestos por la sociedad masculina: el credo de la pulcritud y de la higiene, las pautas de la moda, en el vestir y en el hacer, esa silueta filiforme, esos modos sumisamente neutros que difunden las revistas femeninas. Todas ellas condiciones imperativas para que las mujeres superen sus relaciones perturbadas con sus cuerpos y alcancen gracias al dominio directo y exhaustivo de su intimidad, la plenitud de su ser femenino. Una vez más, la apoteosis de la soberanía del yo, esta vez femenino, olvidando todos los condicionantes a que estamos sometidos los seres humanos, y que hacen que la libertad sea siempre la práctica de la necesidad. No hace falta ser súbdito de la sociología para aceptar que el yo es en buena medida un producto social y que el repertorio de los posibles personales es necesariamente función del conjunto de determinaciones objetivadas que estructuran cada contexto. Lo que implica no sólo una fuerte limitación del número de esos posibles, sino un inescapable condicionamiento de su contenido y modalidades, que se traduce en una fuerte homogeneización del resultado, en una banalización reiterativa y uniformizadora de las aspiraciones a la diferencia. Todos los estudios empíricos sobre los modos de vida nos confirman que las múltiples posibilidades que inaugura la sociedad de consumo se contraen a unos cuantos pocos usos encardinados desde los imperativos del mercado. Con lo que la intimidad que se nos aparece como la expresión más acabada de lo propio, como la huella más inconfundible de lo irreductiblemente subjetivo, es lo más contaminado, lo más afectado por determinaciones exteriores masivas, consecuencia, por una parte, del repertorio extremadamente limitado de las posibilidades humanas; y por otra, de la estructura absolutamente dominante de la oferta real, organizada por las imposiciones estrictamente mercantiles. Una de sus principales consecuencias ha sido que el imperativo fuerte de la unión política europea haya sido sustituido por la inacabable ampliación de un espacio mercantil blando en el que el principio más efectivo es obtener el máximo beneficio mediante la especulación y el privilegio. De tal manera que el principio de la unidad política de Europa y el objetivo de la ciudadanía europea, proclamados esperanzadamente en el Tratado de Maastricht en 1992, se han quedado en un uso angostamente interesado en la sola búsqueda del enriquecimiento. La hipótesis de una Confederación Europea, que viví muy de cerca y con la que el presidente Mitterrand movilizó tantas esperanzas, tropezó en seguida con el fervor, entonces ya dominante, por la riqueza y con el furor por las intimidades personales a que me he referido en este texto. Pero sobre todo, topó con la eficacísima oposición de Bush Senior y del lobby reaccionario mundial que se opusieron, por todos los medios, a este proyecto necesario. La Confederación hubiera sido un muy eficaz impulsor de la Europa política y hubiera puesto a cada país europeo en su sitio. Pero no fue posible y seguimos en la suicida cerrazón del nacionalismo de los Estados. ¿Cuándo podremos los Europeos volver al protagonismo mundial y solidario de un mundo de todos y para todos que es nuestro gran proyecto común? Ésta es la última esperanza de un muy viejo europeísta.
"Niebla", tu no comprendes: lo cantan tus orejas, el tabaco inocente, tonto de tu mirada, los largos resplandores que por el monte dejas al saltar, rayo tierno de brizna despeinada. Mira esos perros turbios, huérfanos, reservados, que de improviso surgen de las rotas neblinas arrastrar en sus tímidos pasos desorientados todo el terror reciente de su casa en ruinas. A pesar de esos coches fugaces, sin cortejo, que transportan la muerte en un cajón desnudo, de ese niño que observa lo mismo que un festejo la batalla en el aire, que asesinarle pudo. A pesar del mejor compañero perdido, de mi más tristísima familia que no entiende lo que yo más quisiera que hubiera comprendido, y a pesar del amigo que deserta y nos vende. "Niebla", mi camarada, aunque tu no lo sabes, nos queda todavía, en medio de esta heróica pena bombardeada, la fe, que es alegría, alegría, alegría.
En lugar de una intervención política, López leyó dos poemas: uno del escritor euskaldun Kirmen Uribe; otro, de la polaca Wislawa Szymborska. Uno hablaba de la importancia de las relaciones personales; el otro, de las pequeñas diversidades que acaban conformando una identidad.
No es fruto de casuales ciclos económicos. La deuda externa, soportada por algunos pueblos es un instrumento de dominación.
Hoy no resulta creíble, ni honrado, engañarse con la injusticia que supone un mundo partido en dos, en el que unos soportan el bienestar de otros sufriendo enfermedades, hambre y la destrucción de su ecosistema.
La falta de futuro de unos ha sido diseñada concienzudamente para beneficiar a otros. La realidad de la globalización anula en ese proyecto la realidad del hombre. Reconozcamos que en el desarrollo de la mundialización cuentan cada día menos sus ciudadanos.
Es la compulsiva carrera por la acumulación, a la que es ajena un mínimo criterio de equidad. Solo así se explica el que, un mundo en el que cada día existe más riqueza la pobreza ahoga cada día a más pueblos. Estos no mueren por falta de recursos, sino por ausencia de justicia.
La acumulación de una deuda externa insufrible, sirve a los países acreedores para imponer condiciones draconianas. Instrumentos al servicio de estos, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional dictan las reglas del juego. Sus “programas” son reconocidos como ejemplos de degradación medioambiental, corrupción, desplazamiento de poblaciones indefensas y miseria. Sobre todo miseria.
Respondiendo a su lógica economicista, que hace del capital un fin en sí mismo, obliga a reducciones drásticas de las inversiones en infraestructuras, sanidad o educación.
Es el sur de cada sur quien debe sufrir con mayor intensidad la falta de viviendas, de trabajo, de salud y de formación.
Arrancar el futuro a los pueblos genera pingües beneficios a los acreedores. No solo elimina la competencia hundiendo su industria (la falta de inversiones ha supuesto la pérdida de los tercios de su industria textil a Zambia, presentada como modelo por el FMI en la lucha contra la inflación), sino que permite imponer recetas acordes con los intereses del Club de prestamistas.
El Banco Mundial ha “promovido” así las exportación de café, cacao o té, con tal éxito que, ante una demanda relativamente estable, los precios han descendido hasta alcanzar el nivel más bajo de los últimos 90 años.
A esta “conquista”, que además tiene la virtud de degradar las biotas por la utilización intensiva de monocultivos, se une la necesidad de la explotación indiscriminada de los recursos naturales, como los minerales o la madera.
Ajenos, atiborrados, nos creemos salvados por la puñetera suerte de haber nacido donde lo hemos hecho, aunque sea de culo. Nos puede dar pena hasta dejar mil duros en la hucha del Domun, pero no nos incumbe.
Como si la máquina del “pensamiento único” pudiera pararse por sí sola, como si reconociera fronteras, sexos o colores. El incremento constante en la acumulación de capital, implica necesariamente, en su lógica, la extensión cualitativa y cuantitativa de la pobreza.
La globalización de la desigualdad facilita la importación de productos con los que, para competir, se argumenta la necesidad de degradar las condiciones laborales de los estados receptores. Esta degradación implica a su vez otra vuelta a la tuerca de la miseria en los países exportadores, para mantener a su vez la competitividad. Es el círculo vicioso que tiene como resultado la universalización de la miseria de la clase trabajadora y la concentración de la riqueza en manos de unos pocos.
Y cuando no se importan productos se importan seres humanos desesperados, carne de cañon para la explotación (sexual, laboral, qué mas da). Las pateras procuran, además de aminorar las condiciones laborales, un rechazo social que favorece la implantación de ideologías que viajan cómodas con la Gran Máquina.
Pero ha pasado también el momento de culpar al sistema de nuestro compulsivo consumismo. La sangre de sus fauces no sirve ya para limpiar nuestras conciencias. La falta de solidaridad que rige nuestros pasos puede estar alimentada por un mundo en el que valemos lo que tenemos, pero ninguna abstracción es responsable del polvo o la hierba que elegimos pisar. Somos adultos, responsables... culpables, en definitiva, de la usura que configura las relaciones económicas de nuestro planeta.
Cerca 300 millones de personas –la mitad de la población de África- viviendo bajo el nivel mínimo de subsistencia no necesitan palabras.
A 50 millones de personas obligadas a cambiar de lugar les sobran las palabras.
Empecemos por la exigencia de la condonación de la deuda externa. Por pura justicia, porque no son países, sino hombres, mujeres y niños, los que deben responder por las deudas contraídas, muchas veces, por tiranos a los que ni siquiera han elegido.
Pero no sería suficiente con ello. Se hace necesaria la globalización de las respuestas. No solo la puesta de marcha de la tasa “Tolbin”, sobre los movimientos especulativos de capital, sino la imposición de una tasa de “Compensación para un comercio justo”, donde se grave, aún manteniendo su condición competitiva, la importación de productos de acuerdo a un índice de degradación de las condiciones laborales, reintegrándose las cantidades recaudadas a los países exportadores para su reinversión en infraestructuras. De esta forma se rompería el círculo vicioso, evitando las tentaciones de rebajar las condiciones (en busca de la competitividad) en los países importadores y procurando la mejora de la de los exportadores.
Pero, estas u otras propuestas pasan por la modificación de enfoques y valores en nuestra aldea. Poner al hombre como objetivo y la economía como instrumento, y no al revés, sería cambiar el mundo.
“Es un hermoso día”, dijo Obama antes de rubricar su primera ley como presidente de los Estados Unidos de América, llamada Lilly Ledbetter, como la mujer que abrió un proceso judicial en Alabama después de descubrir que durante décadas recibió un sueldo inferior al de los hombres por un trabajo de igual valor. Pese a los avances en la conquista de iguales derechos políticos, civiles y laborales, una sigue siendo la conclusión: la igualdad ante la ley no es la igualdad ante la vida y, como muestra, un botón: La vida de una mujer en Irán vale legalmente la mitad que la de un hombre y, a cambio, en los países desarrollados, en el mejor de los casos, vale lo mismo pero cuesta el doble.
No se puede tratar de igual modo al que parte de condiciones desiguales. Pues vale. Pero las medidas de discriminación positiva sólo tienen valor pleno si facilitan una mutación en las oxidadas estructuras sociales. En el tiempo que nos ha tocado vivir, lo único que permanece es el cambio, especialmente, en el mundo del trabajo y, puestos a cambiar la dermis, no nos vendría mal ponernos en la piel de ellas, de tal manera que el sexo, laboralmente hablando, fuera una mera anécdota como la puede ser el hecho de ser mas alto, más bajo, rubio o moreno. Una metamorfosis que debe orientarse a la puesta en valor de nuevos mecanismos de flexibilidad y nuevos modelos de trabajo que permitan conciliar la vida personal, familiar y laboral. Como afirma la economista belga Marianne Bertrand Bertrand "Habría que preguntarse si los trabajos tienen que ser así, ¿hay que trabajar tantas horas, estar disponible las 24 horas del día?". "Cuando una mujer tiene hijos su retribución cae porque son problemas, cuando un hombre los tiene se le considera más porque se les supone más responsabilidad". Tenemos que pasar del tiempo basura al tiempo productivo y de la economía a la filosofía.
“de pie en tierra vasca, bajo el árbol de Gernika, ante vosotros, representantes de la ciudadanía vasca, en recuerdo de los antepasados, prometo desde el respeto a la Ley desempeñar fielmente mi cargo de lehendakari”.
Las autopistas están atascadas de héroes destrozados / En una última oportunidad a los motores
Todo el mundo ha huido esta noche / Pero no hay sitio donde esconderse
Juntos, Wendy, podemos vivir con la tristeza / Te amaré con toda la locura de mi alma
Oh, algún día, chica, no sé cuándo / Llegaremos a ese lugar al que queremos ir
Y pasearemos al sol pero hasta entonces / Vagabundos como nosotros
El juez de la Audiencia Nacional Ismael Moreno, que actualmente investiga a cuatro responsables de las SS hitlerianas -que residen actualmente en EEUU- por su responsabilidad en el Holocausto , ha sumado una denuncia presentada por la Fundación Acción Pro Derechos Humanos (FAPDH) contra el régimen franquista. En concreto, se acusa a la España franquista de haberse "inhibido" ante las prácticas infligidas por las autoridades nazis a ciudadanos españoles que se trasladaron a Francia tras la Guerra Civil, y es que Alemania ofreció al caudillo la posibilidad de que fueran repatriados a su país de origen.