viernes, 19 de agosto de 2016

DE PORTMÁN AL MAR MENOR



DE PORTMÁN AL MAR MENOR
Víctor Meseguer
La Verdad, 19 de agosto de 2016

El presidente en funciones del Gobierno de España afirmó la semana pasada, en un mensaje en Twitter, que el Mar Menor es «un paraje natural único en Europa que debemos conservar». No muy lejos, en algún cajón de su mesa, debe seguir guardando el Plan Nacional de Empresas y Derechos Humanos. Les pongo en antecedentes.
En 2011, el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas adoptó por consenso el texto de los Principios Rectores sobre empresas y derechos humanos, inspirado en tres premisas: 1) El deber de los Estados de proteger los derechos humanos (incluido el derecho a un Medio Ambiente sano); 2) La responsabilidad de las empresas de respetar los derechos humanos; 3) El derecho de las víctimas al acceso a mecanismos de reparación.
Este mismo año, la Comisión de la UE aprobó una Comunicación al Parlamento Europeo, al Consejo, al Comité Económico y Social y al Comité de las Regiones bajo el título “Estrategia renovada de la Unión Europea para 2011-2014 sobre la responsabilidad social de las empresas”, en la cual se invitó a los Estados miembros a desarrollar un Plan nacional para implementar los Principios Rectores de Naciones Unidas sobre empresas y derechos humanos.
España aceptó esta invitación y el 26 de junio de 2014 el texto definitivo del plan, elaborado por la Oficina de Derechos Humanos del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación -tras un supuesto “proceso de diálogo” con la sociedad civil, representantes de las organizaciones sindicales y académicas, así como un acto de dogeza con las organizaciones empresariales- se remitió a la mesa del Consejo de Ministros para ser sometido a aprobación, pero a día de hoy todavía no se ha incluido en el orden del día de ningún Consejo de Ministros.
Uno de los elementos positivos más reseñables del documento viene determinado por la aplicación de la debida diligencia en materia de Derechos Humanos, con el objeto de evitar, por ejemplo, daños irreversibles al medio ambiente. Como Uds. saben las normas de cuidado se construyen en base a la existencia de resultados previsibles que, además, son evitables. Una lógica implacable que habría evitado desastres medioambientales como el del Mar Menor o el de la Bahía de Portmán. Dos lamentables episodios que tienen más relación de la que parece.
En ambos pesa la sombra de una relación simbiótica entre lo público y lo privado, ajena a los intereses generales; por ejemplo, el Tribunal Supremo avaló que la Société Minière et Metallurgique Peñarroya disponía de los permisos gubernativos pertinentes para realizar los vertidos sin cuestionar la legitimidad de los mismos. En el caso del Mar Menor me remito al artículo publicado aquí por Pedro Costa Morata (22-10-2014):  El Mar Menor y el 'crimen del Estacio'.
A la vista de los hechos, también se puede afirmar que las empresas hace tiempo que han iniciado la gran huida del Derecho para aquellas cuestiones que no son de su interés, como es el caso del acceso de las víctimas de violaciones en el ámbito de los Derechos Humanos y Medio Ambiente a vías de reparación judicial.
Si se ponen en relación los desastres ambientales sucedidos en la Bahía de Portmán, en la laguna del Mar Menor o el del Prestige en la Costa da Morte con el reciente desastre ambiental provocado por la petrolera británica BP en el Golfo de México (donde la petrolera pagará la mayor indemnización de la historia: 20.800 millones de dólares, 5 años después del desastre ambiental, tal y como informó la Fiscalía General de los Estados Unidos de Norteamérica en octubre del año pasado), se puede colegir que el daño ambiental ligado al binomio pobreza-riqueza de las naciones da como resultado una relación desigual frente a la ley y, especialmente, hacia el derecho de las víctimas en función del poder internacional de los estados de los que son miembros.
Por último, al igual que en Portmán, una posible demanda penal contra los presuntos autores podría volver a evidenciar que los atentados contra los derechos medioambientales quedan impunes por las dificultades propias de demostrar la concurrencia de los elementos del delito, especialmente, la imputación objetiva del resultado a la acción. La única novedad ha sido la reforma del Código Penal de 2015, que regula la responsabilidad penal de las personas jurídicas e incluye la doble imputación de personas físicas y personas jurídicas por crímenes como, por ejemplo, los delitos contra los recursos naturales y el medio ambiente, cuya eficacia jurídica está por demostrar.
Una realidad que demanda no solo respuestas jurídicas, sino también la conformación de un poder social que haga posible su materialización y ejercicio a favor de los más débiles: las víctimas.
Espero y deseo que el final de la historia de la laguna del Mar Menor no coincida con el de la Bahía de Portmán y para eso hace falta algo más que un tuit del presidente en funciones. 




viernes, 5 de agosto de 2016

CREMATORIO



CREMATORIO
Víctor Meseguer. Educador
La Verdad, 4 de agosto de 2016
Las lecciones que sobre “La banalidad del mal” acreditó Hannah Arendt, filósofa y alumna de Heidegger, mantienen hoy toda su vigencia y dimensión jurídica, al referirse a la ausencia de deliberación e intencionalidad y, consiguientemente, de sentimiento culpa. Obviamente, la ausencia de sentimiento de culpa no puede eximir la responsabilidad penal. 
Una teoría que encuentra paralelismos con la actual crisis: el mal puede ser obra de personas corrientes, que son incapaces de desarrollar un pensamiento crítico frente a la realidad de las cosas y que actúan contrariamente a la Ética, sin ningún tipo de remordimiento, porque esas conductas están normalizadas en la sociedad donde viven.  
Tomando como base los argumentos planteados por José Antonio Zarzalejos en su artículo "La banalidad de la corrupción", publicado en el diario La Vanguardia, se podría afirmar que las ignominiosas consecuencias sociales de la crisis financiera (de un lado, pérdida de empleos, desahucios, suicidios económicos, etc. y, del otro, amnistías fiscales, corrupción público-privada) han hecho de la amoralidad una práctica banal. Lo mismo se podría afirmar de la sucesión de conductas delictuosas de nuestra clase política. Un proceso donde el “mal” se diluye en las circunstancias ambientales, provocando que conductas reprobables sean vistas como normalizadas. Siguiendo la misma lógica, cuando los delitos de los políticos corruptos quedan impunes, también se banaliza el contenido ilegal de los mismos en la medida que se les desposee de valor moral. Un hilo argumental que el citado autor trata con más profundidad y aplica a la realidad socio-política de España en su obra “Mañana será tarde: un diagnóstico valiente de un país imputado”.
La impasividad casi generalizada de la sociedad ante la concurrencia de prácticas perversas de corrupción política y económica apunta hacia la socialización de la culpa, en una pluralidad de sujetos cómplices y necesarios para el mantenimiento del sistema: ya sea con sus votos o con su mirada hacia otro lado. En eso reside el carácter banal del mal, en que no es exclusivo de los monstruos sino de corruptos corrientes y molientes.
Stanley Milgram comprobó a través de un experimento científico que personas de la calle, sometidas a la influencia de la autoridad, son capaces de producir daños severos a personas inocentes por el simple hecho de responder acomodaticiamente a lo que el poder espera de ellos.
Una década más tarde se llevó a cabo otro experimento destinado a ser uno de los más famosos de la historia de la psicología: El Stanford Prison Experiment, cuyo artífice fue Philip Zimbardo. Como en el caso del experimento de Milgram, Zimbardo quería probar de qué manera los individuos cambian sus patrones de conducta en ciertas circunstancias: si colocamos a gente buena en un lugar malo, ¿la persona triunfa o acaba siendo corrompida por el contexto?, ¿de qué manera cambiamos nuestro patrón de conducta individual cuando actuamos dentro de un colectivo? ¿A dónde nos lleva la necesidad de adaptarnos al medio? La respuesta a la que llegó Zimbardo se encuentra en el título de su libro "El efecto Lucifer", que sanciona la complicidad y acomodo de las mayorías silenciosas que convierten lo delictuoso en aceptable.
Se trata de la ruptura del contrato social y de la vuelta a una guerra de todos contra todos –homo homini lupus–, el regreso a un estado prístino de inseguridad y brutalidad, derivado de la naturaleza egoísta del ser humano y sus motivaciones para la supervivencia y el placer, tal y como lo describió Hobbes en su Leviatán. Y por último, también habría que tomar razón de  los postulados de Marx, cuando explicaba que la base económica –infraestructura– determina o “construye” el complejo de instituciones y acuerdos culturales –superestructura–; de ahí que considerara que las instituciones legales son instrumentos del Estado y, en este sentido, entiende que la función última del Estado será la protección –a través de distintos mecanismos de violencia y coacción– de la clase económica dominante.
El último ejemplo de este recorrido dialéctico lo podemos encontrar en el deleznable robo del ordenador del fiscal anticorrupción (Novo Cartago, Umbra, uso indebido de los fondos destinados a obras del AVE…) así como el interés de los sicarios en dejar patente que no se trataba de un delito contra la propiedad (los rateros no se llevaron ningún otro objeto de valor), sino contra la seguridad e intimidad del Fiscal, lo que constituye un paso cualitativo de la mafia.
Los ciudadanos somos cómplices de lo que permitimos, nuestro silencio e inacción nos delata. Nos hace culpables.

domingo, 24 de julio de 2016

La dolce vita



La dolce vita
Víctor Meseguer
La Verdad, 23 de julio de 2016
Pasamos dos días en Roma, dos días de visitar, comer, pasear y escudriñar con los ojos y el estómago bien abiertos los placeres que ofrece la capital de Italia. Como el Madrid de Sabina, a mitad de camino entre el infierno y el cielo, Roma es caos: alcachofas a la judía, intestinos, achicoria, aceite de oliva o pasta cacio e pepe (queso y pimienta). En definitiva, pura pornografía gastronómica.
Nos quedamos en un apartamento en la Via dei Banchi Vecchi, a pocos minutos andando de la bulliciosa plaza de Campo dei Fiori, en la que cada mañana se monta un mercado. Nada más llegar e instalarnos, decidimos dirigir nuestros pasos a la Montecarlo, toda una institución, siempre rebosante de romanos y turistas dispuestos a dar cuenta de una de las mejores pizzas de la ciudad. Quizá por reservarnos para la cena o simplemente por llevar la contraria, nosotros pedimos pasta. Spaghetti al pomodoro, una salsa de tomate, ajo y albahaca, simple pero deliciosa si se utiliza un buen tomate fresco y maduro para el 'sofritto'; y spaghetti carbonara, una pasta intrínsecamente con guanciale (careta de cerdo curada en sal), yemas de huevo y pecorino romano, un queso de cabra curado y de textura granulada.
Por la noche fuimos a Baffetto, el ícono de la pizza en Roma. Tras hacer la cola de rigor para entrar al local y compartir mesa y mantel -por falta de espacio- con una agradable pareja de americanos recién casados, las pizzas quattro stagioni y de salchicha fresca, nos defraudaron. Una mala noche la tiene cualquiera…
Me desperté antes que ella y bajé a buscar el desayuno. Compré pizza bianca y pizza al pomodoro en el Forno Campo dei Fiori -masas rectangulares y cujientes, una con sal y aceite de oliva y la otra con salsa de tomate-; en la Antica Nocineria Viola pedí prosciuto, mortadella y una morcilla seca con forma de longaniza. De vuelta a casa, me hice con dos espressos y ya se pueden imaginar... nos pusimos como el quico, preparados para un día intenso de visitas al Vaticano, al Trastevere, a los Foros Romanos y al Coliseo, entre otras maravillas de la milenaria L'Urbe.
Entre visita y visita, a mediodía retomamos fuerzas en Da Giovanni, una trattoria en pleno Trastevere. Comida tradicional y de calidad a un precio asequible a todas las economías. Emulando a los romanos, comimos una sopa de sesos con pasta de primero, callos a la romana -tripas de ternera en una salsa de tomate y achicoria- y centros de ternera en salsa de champiñones, de segundo. Comida casera y reconfortante, en un restaurante sin pretensiones, pero que cuida con mimo la comida que sirve.
Recuerdo con especial cariño los callos, que han llegado a convertirse en el símbolo de esos dos días en Roma. Radicalmente distintos de los callos a la madrileña, principalmente por la salsa ligera y digestiva de tomate y achicoria. De camino a Santa María in Trastevere nos sorprendió el tiramisú del “Nicknowego”, café que se ocupó del postre de la copiosa comida.
En el barrio judío nos habían recomendado los restaurantes “Ai Pompieri” y “Sora Margherita”, que lamentablemente encontramos cerrados. No obstante, nos negamos a abandonar la Ciudad Eterna sin haber catado las alcachofas a la judía. Probamos suerte en “Nonna Betta”, donde degustamos estas famosas alcachofas confitadas y cremosas al tiempo que crujientes. ¡Una auténtica delicia! Y comimos y bebimos y…¡Y hasta aquí puedo contar!
Dos días de glotonería desmedida en una de las mejores ciudades de nuestro viejo continente. A mitad de camino entre el infierno y el cielo, en Roma siempre me siento en casa, arropado por muchos años de historia y de buen comer que, al fin y al cabo, es una de las claves del buen vivir.


VICTOR MESEGUER DOTRAFORMA

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